Calm

Chapter 7: Lo que Maisie llevaba escondido

Ethan entendió demasiado tarde que el secreto de Eleanor había estado frente a sus ojos durante tres años.

Y lo llevaba una niña de cuatro años.

—¡Más rápido! —gritó Gabriel mientras corrían por el callejón.

Ethan apenas podía respirar.

No dejaba de pensar en Maisie.

Su hija estaba con la vecina.

A salvo.

Eso quería creer.

Pero la última frase de Gabriel había cambiado todo.

“Eleanor escondió la verdad con Maisie.””

—¡Gabriel! —Ethan se detuvo de golpe—. ¿Qué significa que estaba con Maisie?

Gabriel volteó.

—Significa que Eleanor sabía que algún día alguien buscaría esa información.

—¿Y la escondió en mi hija?

—No dentro de ella, Ethan. En algo que ella llevaba consigo.

Ethan sintió un alivio momentáneo.

—¿Qué cosa?

Gabriel negó con la cabeza.

—Eso tienes que descubrirlo tú.

—¡No tengo tiempo para acertijos!

—Precisamente por eso tienes que pensar.

A lo lejos se escuchó el motor de un automóvil.

Gabriel tomó a Ethan del hombro.

—Tenemos que movernos.

Regresaron por una calle paralela y llegaron hasta un pequeño estacionamiento.

Gabriel abrió un automóvil viejo.

—Sube.

Ethan miró hacia atrás.

—Mi hija.

—Vamos por ella.

—¿Y la policía?

—No podemos confiar en que todos los que están investigando sean honestos.

Ethan se quedó quieto.

—¿Qué quieres decir?

—Que el abogado tiene amigos.

Gabriel encendió el motor.

—Y algunos llevan uniforme.

Ethan subió.

Durante el trayecto llamó a su vecina.

No contestó.

Volvió a marcar.

Nada.

El corazón comenzó a golpearle con fuerza.

—No responde.

Gabriel miró el teléfono.

—¿Hace cuánto?

—Dos minutos.

—Tal vez está ocupada.

—No.

Ethan negó.

—Ella siempre contesta cuando sabe que estoy preocupado.

Gabriel aceleró.

—¿Dónde vive?

Ethan le dio la dirección.

Cuando llegaron, la puerta principal estaba abierta.

Ethan bajó antes de que Gabriel apagara el motor.

—¡Maisie!

Entró corriendo.

La casa estaba vacía.

La taza de café de la vecina seguía sobre la mesa.

Una caricatura sonaba en la televisión.

Pero Maisie no estaba.

Ethan sintió que las piernas le fallaban.

—No...

Gabriel revisó las habitaciones.

—¡Aquí no hay nadie!

Ethan vio algo sobre el sillón.

El conejo de peluche.

Lo tomó.

—Se lo llevó alguien.

Gabriel se acercó.

—¿Cómo sabes?

—Nunca lo deja.

Entonces Ethan vio una pequeña hoja debajo del conejo.

La tomó.

Solo tenía cuatro palabras.

“Tu hija está con nosotros.””

Ethan sintió que la rabia reemplazaba al miedo.

—¡La tienen!

Gabriel le quitó el papel.

Lo leyó.

—Esto no es del abogado.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque quiere que entres en pánico.

—¿Y eso qué significa?

Gabriel señaló la frase.

—Si realmente tuvieran a Maisie, no necesitarían avisarte.

Ethan lo miró.

—Entonces ¿dónde está?

Antes de que Gabriel pudiera contestar, escucharon un ruido.

Una puerta se abrió detrás de ellos.

La vecina apareció.

—¡Ethan!

Él corrió hacia ella.

—¿Dónde está Maisie?

La mujer estaba confundida.

—¿No está contigo?

—¡No!

—Pero yo la dejé aquí hace veinte minutos.

Ethan sintió que se le detenía el corazón.

—¿Qué pasó?

—Llegó una mujer.

—¿Quién?

—Dijo que era tu hermana.

Ethan palideció.

—No tengo hermana.

La vecina se llevó una mano a la boca.

—¡Dios mío!

—¿Qué mujer?

—Cabello oscuro. Abrigo negro.

Gabriel intervino.

—¿Dijo su nombre?

—No.

—¿Se llevó a la niña?

La mujer negó.

—No.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Maisie no quiso ir con ella.

—¿Dónde está entonces?

La vecina señaló el patio.

—Se escondió.

Ethan salió corriendo.

Encontró a Maisie debajo de una mesa de jardín.

La niña estaba abrazando el conejo.

—¡Papá!

Ethan cayó de rodillas.

—¡Mi amor!

La abrazó con tanta fuerza que Maisie se quejó.

—Despacio, papá.

Ethan soltó una risa nerviosa.

—Perdón.

La besó en la frente.

—¿Estás bien?

Maisie asintió.

—La señora quería llevarme.

—¿Qué señora?

—La que dijo que tú la mandaste.

Ethan cerró los ojos.

—¿Qué le dijiste?

—Que tú nunca mandabas señoras desconocidas.

Gabriel sonrió por primera vez.

—Muy bien hecho, campeona.

Maisie lo miró.

—Yo te conozco.

Gabriel se quedó rígido.

—¿De dónde?

La niña señaló su rostro.

—Mamá tenía una foto tuya.

Gabriel se agachó.

—¿Qué más recuerdas?

Maisie pensó.

—Mamá decía que eras bueno.

Gabriel tragó saliva.

—Tu mamá tenía razón.

Ethan se agachó.

—Maisie, necesito preguntarte algo importante.

—¿Qué?

—¿Mamá te dio alguna cosa antes de morir?

La niña frunció el ceño.

—Sí.

Ethan sintió que el corazón le golpeaba.

—¿Qué?

Maisie metió una mano dentro de su pequeña mochila.

Sacó un pañuelo viejo.

Ethan lo reconoció.

Era de Eleanor.

—¿Por qué tienes eso?

—Mamá me lo dio.

—¿Cuándo?

—Antes de irse al hospital.

Ethan se quedó sin palabras.

—¿Te dijo algo?

Maisie asintió.

—Me dijo que lo cuidara.

—¿Dónde lo guardaste?

—En mi mochila.

—¿Siempre?

—Sí.

Ethan tomó el pañuelo.

Era pequeño, de tela blanca, con una flor bordada en una esquina.

Gabriel lo observó.

—Ábrelo.

Ethan extendió la tela.

No había nada.

—Está vacío.

Gabriel señaló la costura.

—No por dentro.

Ethan pasó los dedos.

Notó una parte ligeramente más gruesa.

Tomó unas tijeras.

Cortó con cuidado.

Dentro había una pequeña tarjeta de memoria.

Ethan se quedó mirando aquel diminuto objeto.

—Esto estaba escondido aquí.

Gabriel asintió.

—Eleanor sabía exactamente lo que hacía.

Regresaron al automóvil.

Gabriel tenía un lector de tarjetas.

Conectaron el dispositivo.

Había un solo archivo de video.

Ethan lo abrió.

La imagen apareció.

Eleanor estaba sentada frente a la cámara.

Pero esta vez no parecía enferma.

Estaba llorando.

—Ethan, si Maisie todavía tiene este pañuelo, significa que no pudieron quitárselo.

Ethan sintió que se le cerraba la garganta.

Eleanor continuó.

—No confíes en los documentos que encuentres en la casa. Algunos fueron modificados después de mi muerte.

Ethan miró a Gabriel.

La grabación siguió.

—La persona que está detrás de todo esto conoce nuestra familia desde hace años.

Eleanor respiró profundamente.

—Y lo más importante: no está buscando solamente el dinero de Maisie.

La pantalla mostró una fotografía.

Un documento.

Un nombre.

Ethan se inclinó hacia adelante.

Pero la imagen se congeló.

—¿Qué pasó? —preguntó.

Gabriel golpeó suavemente el dispositivo.

—El archivo está dañado.

—¡Arréglalo!

—Estoy intentando.

Ethan volvió a mirar a Maisie.

La niña estaba dormida en el asiento trasero.

Tenía el conejo entre los brazos.

—¿Qué significa que no buscan solamente el dinero?

Gabriel no contestó.

—Gabriel.

—Eleanor descubrió algo más.

—¿Qué?

—Que el fideicomiso era solo una parte de la herencia.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué otra cosa dejó mi padre?

Gabriel lo miró.

—Una propiedad.

—¿Dónde?

—En Guadalajara.

Ethan sintió que algo no encajaba.

—Mi padre no tenía propiedades en Guadalajara.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Eso es exactamente lo que él quería que creyeras.

El teléfono de Ethan vibró.

Un mensaje de Corinne.

“Ya sé que encontraste a Maisie.””

Ethan respondió:

“¿Dónde estás?””

La respuesta llegó casi inmediatamente.

“En el lugar donde empezó todo.””

Después apareció una dirección.

Ethan la reconoció.

Era la antigua casa de Eleanor.

La casa donde ella había vivido antes de casarse con él.

Gabriel leyó el mensaje.

—No vayas.

—Tengo que hacerlo.

—Es una trampa.

—Probablemente.

Ethan miró a Maisie.

—Pero si Corinne sabe dónde está la verdad, necesito saber qué sabe.

Gabriel guardó silencio.

Entonces el teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era una fotografía.

Era Eleanor.

Y detrás de ella aparecía el abogado.

Pero había algo que ninguno de los dos había visto antes.

En la fotografía, sobre la mesa, había una taza.

Una taza de café.

Y al lado había un pequeño frasco sin etiqueta.

Gabriel palideció.

—Ahora entiendo.

Ethan lo miró.

—¿Qué?

Gabriel tomó aire.

—La taza no era la evidencia.

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Señaló el frasco.

—Eso era lo que Eleanor quería que encontráramos.

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