Calm

Chapter 2: La visita de Corinne

Corinne estaba parada al final de las escaleras.

No parecía sorprendida.

Eso fue lo primero que Ethan notó.

Llevaba el mismo abrigo beige con el que había salido horas antes, pero ahora tenía el cabello recogido y una expresión demasiado tranquila.

—¿Qué haces despierto? —preguntó.

Ethan no respondió.

El documento seguía en su mano.

Corinne bajó lentamente un escalón.

—Ethan.

—¿Cómo entraste?

—Con mi llave.

—Te dije que no vinieras.

Ella sonrió apenas.

—Es mi casa también.

Ethan sintió que la rabia le subía por el cuello.

—No subas.

Corinne se detuvo.

—¿Por qué?

—Maisie está dormida.

—Quiero hablar contigo.

—No aquí.

—Entonces vamos a la cocina.

—No.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué te pasa?

Ethan levantó el documento.

—¿Qué es esto?

Corinne se quedó mirando el papel.

Por primera vez, su rostro cambió.

Fue apenas un segundo.

Pero Ethan lo vio.

Miedo.

Después volvió a ser indiferencia.

—No sé.

—Tu nombre está aquí.

—Entonces supongo que Eleanor lo puso.

—Eleanor murió hace tres años.

—Precisamente.

Ethan dio un paso hacia ella.

—¿Sabías de este fideicomiso?

Corinne cruzó los brazos.

—¿Y si lo sabía?

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque no era asunto mío.

Ethan soltó una risa amarga.

—Curioso.

—¿Qué?

—Porque hace dos meses empezaste a preguntarme cuánto dinero tenía reservado para Maisie.

Corinne levantó la barbilla.

—Soy tu esposa. Tengo derecho a saber cómo están las finanzas de nuestra familia.

—¿También tienes derecho a saber cuánto cobrarías si yo muriera?

Silencio.

La expresión de Corinne se endureció.

—Eso es una acusación muy grave.

—Todavía no te estoy acusando.

—Claro que sí.

—Te estoy preguntando.

Corinne bajó la mirada al documento.

—Eleanor era paranoica.

Ethan sintió que aquella frase era una bofetada.

—No vuelvas a hablar así de ella.

—No conocías todo lo que pasaba.

—Era mi esposa.

—Y yo soy tu esposa ahora.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Ethan la miró.

Por primera vez desde que se casaron, no vio a la mujer que había creído conocer.

Vio a alguien completamente distinto.

—¿Fuiste tú quien intentó abrir el gabinete?

—No.

—Hay marcas.

—Entonces quizá fue un cerrajero.

—Nadie tenía permiso.

—Ethan, estás cansado.

—¿Dónde está tu hermana?

Corinne frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver ella?

—Dijiste que ibas a dormir en su casa.

—Sí.

—Acabo de hablar con ella.

Corinne se quedó callada.

Ethan había mentido.

Todavía no había llamado a nadie.

Pero la reacción de ella fue suficiente.

—¿Qué te dijo? —preguntó.

—Que no estabas ahí.

Corinne palideció.

—Estás mintiendo.

—Tal vez.

Ella apretó los labios.

—No puedes tratarme como si fuera una delincuente.

—Entonces dime dónde estuviste.

—Fui a caminar.

—¿A medianoche?

—Necesitaba despejarme.

—¿Y regresaste para qué?

Corinne no contestó.

Ethan miró hacia las escaleras.

—¿Viniste por el documento?

—No.

—¿Entonces por qué?

—Por Maisie.

Ethan sintió que el cuerpo se le tensaba.

—No vuelvas a acercarte a mi hija esta noche.

—Soy su madrastra.

—No me importa.

—Ella me necesita.

—Ella te tiene miedo.

La cara de Corinne se transformó.

—¿Qué te dijo?

La pregunta salió demasiado rápido.

Ethan la observó.

—Así que sí te importa lo que dijo.

Corinne intentó recuperar la calma.

—Por supuesto.

—Me dijo que le dijiste que su mamá se fue por su culpa.

—Eso no es cierto.

—También dijo que tú le dijiste que yo podría abandonarla si me hacía enojar.

—Ethan...

—¿Lo dijiste?

Corinne bajó la mirada.

—Tal vez intentaba enseñarle disciplina.

—Tiene cuatro años.

—Y está malcriada.

Ethan sintió un golpe de incredulidad.

—No vuelvas a llamarla así.

—No sabes lo difícil que es convivir con una niña que constantemente exige atención.

—¡Es una niña!

—¡Y yo también tengo derecho a tener una vida!

La voz de Corinne resonó por la casa.

Arriba se escuchó un pequeño sollozo.

Ethan levantó la cabeza.

—La despertaste.

Corinne también miró hacia arriba.

—Déjame hablar con ella.

—No.

—Ethan.

—Fuera.

Corinne se quedó inmóvil.

—¿Me estás echando?

—Sí.

—¿De tu casa?

—De la casa donde vive mi hija.

Ella soltó una risa corta.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Sí sé.

—No.

Corinne bajó otro escalón.

—Estás destruyendo tu familia por una niña que ni siquiera sabe lo que dice.

Ethan la miró fijamente.

—Ella tiene cuatro años.

—Exacto.

—Y tú eres adulta.

Corinne guardó silencio.

Ethan caminó hacia la puerta principal.

—Vete.

—No pienso hacerlo.

—Entonces llamaré a la policía.

Eso la hizo detenerse.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente, Corinne tomó su bolso.

Antes de salir, se acercó a Ethan.

—Vas a arrepentirte.

—Ya me arrepiento.

Ella abrió la puerta.

Pero antes de cruzarla, se volvió.

—Tu hija no es tan inocente como crees.

Ethan sintió que la sangre se le helaba.

—¿Qué significa eso?

Corinne sonrió.

—Pregúntale qué pasó realmente con el accidente de Eleanor.

La puerta se cerró.

Ethan permaneció inmóvil.

No sabía qué pensar.

No quería creerle.

Pero había algo en aquella frase.

Algo calculado.

Algo que parecía haber estado esperando para salir.

Subió al cuarto de Maisie.

La niña estaba sentada en la cama, abrazando el conejo.

—¿Papá?

—Estoy aquí.

—¿Se fue?

—Sí.

Maisie respiró aliviada.

Ethan se sentó.

—¿Puedo preguntarte algo?

La niña asintió.

—¿Qué pasó con mamá?

Maisie arrugó la frente.

—¿Mamá?

—Sí.

—¿La que está en las fotos?

—Sí.

La niña pensó.

—Ella estaba enferma.

Ethan sintió alivio.

—¿Quién te dijo eso?

—Tú.

—¿Y Corinne qué te dijo?

Maisie bajó la mirada.

—Que mamá lloraba por mi culpa.

Ethan sintió un dolor profundo.

—¿Ella dijo eso?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando me escondí debajo de la mesa.

—¿Por qué te escondiste?

Maisie apretó el conejo.

—Porque Corinne estaba hablando con un señor.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué señor?

—No sé.

—¿Cómo era?

—Grande.

—¿Lo conocías?

—No.

—¿Qué estaban diciendo?

Maisie cerró los ojos.

—Decían tu nombre.

Ethan se quedó helado.

—¿Qué más?

La niña empezó a temblar.

—El señor dijo que faltaba poquito.

—¿Poquito para qué?

Maisie no respondió.

Ethan no quiso presionarla.

—Está bien. Ya no tienes que hablar.

La abrazó.

Pero mientras la sostenía, una pregunta comenzó a crecer dentro de su cabeza.

¿Qué significaba "faltaba poquito"?

Bajó nuevamente al estudio.

Revisó el documento.

Después abrió la computadora.

Buscó los estados de cuenta.

Encontró algo que no había visto antes.

Una transferencia mensual.

Cinco mil pesos.

Después diez mil.

Luego veinte mil.

El dinero salía de una cuenta conjunta.

Y todos los movimientos llevaban una misma descripción:

"Servicios de asesoría".

Ethan abrió el historial completo.

Las transferencias habían comenzado ocho meses atrás.

Ocho meses.

Exactamente cuando Corinne comenzó a insistir en que él necesitaba contratar a un asesor financiero.

Ethan llamó al banco.

La operadora le confirmó que las transferencias habían sido autorizadas desde una computadora registrada en su casa.

—¿Puede decirme desde qué equipo?

—No tengo acceso a esa información detallada.

—¿Hay alguna persona autorizada además de mí?

La operadora revisó.

Luego dijo:

—Su esposa tiene acceso como cotitular.

Ethan colgó.

Se quedó mirando la pantalla.

Corinne no solamente sabía del dinero.

Había estado sacándolo.

Pero todavía faltaba una pieza.

¿A dónde iba?

Abrió la última transferencia.

Había un número de referencia.

Ethan lo copió.

Y entonces reconoció el nombre de la empresa receptora.

Era una pequeña firma legal de Querétaro.

La misma firma que había preparado el documento del fideicomiso.

Ethan se quedó mirando la pantalla.

—¿Qué estás haciendo, Eleanor?

Por primera vez, una idea aterradora apareció en su cabeza.

Tal vez el fideicomiso no era una protección.

Tal vez era la razón por la que alguien quería que él muriera.

En ese momento, su teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Solo decía:

"Si encontraste el documento, no confíes en Corinne. Ella no está actuando sola.""

Ethan levantó la mirada.

Desde arriba llegó un grito.

—¡Papá!

Corrió hacia las escaleras.

Y cuando llegó al cuarto de Maisie, la ventana estaba abierta.

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El conejo de peluche estaba en el suelo.

Y la niña había desaparecido de la cama.

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