Calm

Chapter 7: La verdad detrás de las dos niñas

—No entiendo —dije.

Mi voz apenas parecía mía.

—Explíquese.

Beatriz se acercó a la mesa y tomó la fotografía con manos temblorosas.

—Las niñas nacieron la misma noche.

Valeria la miró fijamente.

—¿Gemelas?

Beatriz asintió.

—Idénticas.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—Pero a mí me dijeron que había muerto una sola bebé.

—Porque eso era lo que necesitabas creer.

—¿Quién decidió eso?

Beatriz cerró los ojos.

—El padre de Mauricio.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque una de las niñas tenía una condición médica que requería atención especial.

—¿Cuál?

—Nada grave. Pero necesitaba vigilancia durante los primeros meses.

Valeria negó con la cabeza.

—Eso no explica que separaran a las niñas.

—No.

Beatriz respiró profundamente.

—La verdadera razón era otra.

—¿Cuál?

—Mauricio no sabía que serían dos.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo que no?

—Cuando Claudia ingresó al hospital, el embarazo estaba registrado como uno solo. El ultrasonido nunca mostró claramente que había dos bebés.

—Entonces, ¿qué pasó?

—Durante el parto descubrimos que eran gemelas.

La habitación parecía haberse quedado sin oxígeno.

—¿Y Mauricio?

—Llegó unas horas después.

—¿Vio a las dos?

Beatriz bajó la mirada.

—Sí.

—Entonces sabía.

—Sí.

—¿Y permitió que desaparecieran?

—No exactamente.

—¡Entonces dígame qué hizo!

Beatriz comenzó a llorar.

—Mauricio quería quedarse con una.

Valeria dio un paso atrás.

—¿Qué?

—Quería reconocer solamente a una niña.

—¿Por qué?

—Porque el padre de Mauricio le había dicho que un heredero debía tener una sola familia.

Sentí una mezcla de asco y dolor.

—¿Y la otra?

—La otra sería entregada.

—¿A quién?

Beatriz tardó unos segundos.

—A la familia Salgado.

—Arturo.

—Sí.

Me llevé una mano a la boca.

—Entonces Arturo sabía que eran dos.

—Sí.

—¿Y la niña que aparece en la fotografía?

Beatriz miró el celular.

—Esa es Lucía.

—¿Y la otra?

Beatriz no respondió.

Valeria insistió.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¡Tiene que saberlo!

—La separaron de mí antes de que pudiera descubrirlo.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.

—¿Qué pasó con mi otra hija?

Beatriz me miró con una tristeza profunda.

—Una de las niñas fue entregada a los Salgado.

—¿Cuál?

—Lucía.

—¿Y la otra?

—Fue registrada con otro nombre.

—¿Cuál?

Beatriz apretó los labios.

—Mariana.

El nombre me atravesó.

No sabía por qué.

Pero me sonaba familiar.

—¿Mariana qué?

—Eso es lo que no sé.

Valeria caminó hacia mí.

—Claudia, necesitamos hacer una prueba de ADN.

Asentí.

—Sí.

—Con Lily.

Miré a mi hermana.

—¿Por qué con Lily?

—Si encontramos a alguna de las gemelas, podemos confirmar el parentesco.

—Pero Lily es mi hija.

—Exactamente.

Me quedé callada.

Entonces recordé la fotografía.

La pulsera.

Los ojos.

Todo.

—Necesitamos encontrar a Lucía primero.

Beatriz sacudió la cabeza.

—No.

—¿Qué?

—Si van por Lucía, Arturo va a saber que descubrieron la verdad.

—Ya sabe que estoy buscando.

—No sabe cuánto.

Beatriz abrió un cajón.

Sacó una libreta pequeña.

—Esto es lo único que pude conservar.

La abrió.

Había fechas.

Nombres.

Direcciones.

Y una fotografía vieja.

La tomé.

Eran dos bebés envueltas en cobijas.

Una tenía una cinta blanca.

La otra, una cinta rosa.

Sentí que las lágrimas me quemaban los ojos.

—¿Cuál soy yo?

—La de la cinta blanca.

Miré a la otra.

—¿Y ella?

—Tu otra hija.

Le di la vuelta a la fotografía.

Había una frase escrita atrás.

*“Una se queda. Una se va.””*

—¿Quién escribió esto?

—El padre de Mauricio.

Valeria tomó la foto.

—Esto es una locura.

—No —dije.

Guardé la fotografía.

—Esto es un crimen.

Regresamos a casa al caer la tarde.

Lily estaba sentada en la sala haciendo la tarea.

Cuando me vio, corrió hacia mí.

—¡Mamá!

Me agaché y la abracé.

La sostuve con tanta fuerza que ella se rió.

—¿Qué pasa?

—Te extrañé.

—Yo también.

La miré a los ojos.

Y por un instante me pregunté si alguna vez había mirado esos mismos ojos en otra niña.

Lily frunció el ceño.

—¿Encontraste a mi hermana?

Me quedé inmóvil.

—Encontré una pista.

—¿Está viva?

—Sí.

Sus ojos se iluminaron.

—Entonces tengo una hermana.

—Parece que sí.

Lily sonrió.

—¿Cómo se llama?

—Lucía.

Ella repitió el nombre.

—Lucía.

Después preguntó:

—¿Y dónde vive?

No tuve tiempo de responder.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje.

*“No confíes en Beatriz.””*

Le mostré la pantalla a Valeria.

Ella negó con la cabeza.

—No podemos saber quién lo mandó.

Llegó otro.

*“Ella te está ocultando el nombre de la familia que crió a la otra niña.””*

Miré a Beatriz.

—¿Quién crió a Mariana?

Ella palideció.

—No puedo decirlo.

—¿Por qué?

—Porque esa familia todavía está relacionada con Arturo.

—¿Quiénes son?

Beatriz se quedó en silencio.

—¡Quiénes son!

Lily nos observaba desde el sofá.

—Mamá...

Me obligué a calmarme.

—Todo está bien, corazón.

Pero no estaba bien.

Beatriz finalmente habló.

—Los Herrera.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué?

—La familia Herrera.

Valeria me miró.

—¿Tu familia?

No pude contestar.

Porque los Herrera eran mi familia.

Mi propio apellido.

Mi propia casa.

Mi propia madre.

Mi propia vida.

—Eso es imposible.

Beatriz negó con la cabeza.

—No.

—Mi mamá nunca habría hecho algo así.

—No estoy diciendo que lo supiera.

—Entonces, ¿quién?

Beatriz me miró.

—Tu hermano.

Me quedé helada.

Mi hermano Andrés había muerto cuatro años atrás.

Siempre había sido el hombre tranquilo de la familia.

El que cuidaba a mamá.

El que nunca se metía en problemas.

—Andrés no.

—Sí.

—No.

—Él fue quien firmó la entrega.

Sentí que las piernas me fallaban.

Valeria me sostuvo.

—Claudia...

Miré hacia el pasillo.

Mi hija estaba ahí.

Y por primera vez me pregunté si la niña que yo había buscado durante ocho años había vivido toda su vida cerca de mí.

Quizá incluso me había visto.

Quizá había pasado frente a mi casa.

Quizá alguna vez había escuchado mi nombre.

—Necesito hablar con mi mamá.

La llamé.

No contestó.

Volví a marcar.

Nada.

Entonces llegó un mensaje.

Pero no era de ella.

Era de un número desconocido.

*“Tu madre sabe dónde está Mariana.””*

Sentí un escalofrío.

Otro mensaje apareció.

*“Pero si quieres verla, tendrás que preguntarle por qué aceptó dinero para perder una nieta.””*

Miré a Valeria.

—Vamos.

—¿A dónde?

—A casa de mi mamá.

Lily se levantó.

—¿Yo voy?

La abracé.

—No, mi amor.

—¿Por qué?

—Porque necesito hablar con la abuelita.

Antes de salir, Lily me detuvo.

—Mamá.

—¿Sí?

—Cuando encuentres a mi hermana...

Sonrió.

—Dile que yo nunca dejé de quererla.

Sentí que el corazón se me rompía.

—Se lo diré.

Cuando llegamos a la casa de mi mamá, la puerta estaba abierta.

Eso me pareció extraño.

—Mamá —grité.

Nadie respondió.

Entramos.

Todo estaba en silencio.

Sobre la mesa había una taza de café todavía tibia.

Una silla estaba caída.

Y junto al altar de la Virgen de Guadalupe había un sobre.

Mi nombre estaba escrito en él.

Lo abrí.

Solo contenía una fotografía.

Una fotografía de mi hermano Andrés.

Y detrás de él aparecía una niña pequeña.

Tenía ocho años.

Cabello oscuro.

Los mismos ojos que Lily.

La misma sonrisa que yo recordaba de mi propia infancia.

Debajo de la fotografía había una frase:

*“Claudia, perdóname. Tu hija nunca estuvo con los Salgado.””*

Valeria me miró.

—Entonces, ¿dónde está?

Le di la vuelta a la fotografía.

Había una dirección.

Y esta vez reconocí el lugar.

Era una escuela a menos de veinte minutos de mi casa.

La misma escuela que aparecía en la fotografía.

La escuela de la niña.

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La escuela donde, según el registro, estudiaba...

*Lily Herrera.*

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