Chapter 12: La mujer que fingió un embarazo y el secreto de mi hermano
No dormí esa noche.
Las tres niñas sí.
Dormían en habitaciones separadas, aunque habían insistido en dormir juntas.
Yo las había acostado una por una.
A Lily le acomodé su conejo de peluche.
A Lucía le presté una cobija.
Y a Camila le dejé una lámpara encendida porque me confesó que le daba miedo dormir en una casa desconocida.
Tres niñas.
Tres historias.
Y ahora Mauricio decía que quizá ninguna era mi tercera hija.
Me senté en la cocina.
Valeria estaba frente a mí.
—No puedes creerle todo lo que dice.
—No le creo.
—Entonces, ¿por qué estás tan preocupada?
Miré la fotografía de Patricia.
—Porque esto explica algo que nunca entendí.
—¿Qué?
—Patricia siempre decía que no podía tener hijos.
Valeria frunció el ceño.
—¿Y?
—Pero después apareció con una niña.
—¿Cuándo?
—Cuando Lily tenía casi seis meses.
Valeria se quedó pensando.
—Recuerdo eso.
—Todos lo recuerdan.
—Patricia dijo que había adoptado.
—Sí.
—¿Y no era cierto?
—No lo sé.
Mi celular vibró.
Era un mensaje de Patricia.
*“Tenemos que hablar. Ven sola.””*
Valeria negó inmediatamente.
—No.
—Voy.
—No vas sola.
—No.
Miré la pantalla.
—Esta vez sí.
Encontré a Patricia en una pequeña cafetería.
Estaba sentada al fondo.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Sabía que vendrías.
Me senté.
—Dime la verdad.
—¿Sobre qué?
—Sobre el embarazo.
Patricia cerró los ojos.
—Nunca estuve embarazada.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Entonces de dónde salió la niña?
—Andrés.
—¿Qué hizo?
—Me entregó a una bebé.
—¿Cuál?
—No lo sabía.
—¿No sabías si era tu sobrina?
—No.
—¿Por qué aceptaste?
Patricia comenzó a llorar.
—Porque Andrés me dijo que la bebé estaba en peligro.
—¿Y tú le creíste?
—Era mi esposo.
—¿Qué te dijo exactamente?
—Que si no la cuidaba, Arturo se la llevaría.
—¿Y la niña?
—La llamamos Camila.
—¿Por qué?
—Porque Andrés quería darle un nombre que no tuviera relación con nadie.
Sentí un escalofrío.
—Entonces, ¿Camila no es mi hija?
Patricia me miró.
—No lo sé.
—¿Qué?
—Andrés nunca me dijo quién era.
Me quedé inmóvil.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Entonces cómo sabes que era una bebé relacionada con nosotros?
Patricia sacó un documento.
—Porque esto estaba con ella.
Lo abrí.
Era una pulsera de hospital.
Un número.
Y una fecha.
La misma fecha de mi parto.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
Miré el número.
*317.*
El mismo número del archivo desaparecido.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Dónde encontraste esto?
—En la ropa con la que me entregaron a la niña.
—¿Y nunca preguntaste?
—Andrés me lo prohibió.
—¿Por qué?
Patricia bajó la mirada.
—Porque me dijo que si preguntaba demasiado, alguien podía hacerle daño.
—¿A quién?
—A la niña.
Me quedé callada.
Entonces comprendí algo.
Quizá Camila sí era una de mis hijas.
Pero quizá no.
Necesitábamos pruebas.
—Vamos a hacer ADN.
Patricia asintió.
—Sí.
—¿Y tú?
—Yo aceptaré el resultado.
—No.
La miré fijamente.
—No quiero quitarte a Camila.
Patricia comenzó a llorar.
—Gracias.
—Pero necesito saber la verdad.
Regresamos a casa.
Las niñas estaban viendo una película.
Lily compartía palomitas con Lucía.
Camila estaba sentada entre ellas.
Por primera vez parecían hermanas.
No quería romper ese momento.
Pero la verdad ya no podía esperar.
Al día siguiente hicimos las pruebas.
La enfermera consiguió un laboratorio independiente.
Tomaron muestras de las tres niñas y una mía.
Esperamos.
Dos días.
Después tres.
Cada hora parecía eterna.
Mientras tanto, Mauricio desapareció.
Arturo tampoco volvió.
Eso me preocupaba más que cualquier amenaza.
Una tarde recibí una llamada.
—¿Claudia Herrera?
—Sí.
—Soy la doctora que realizó las pruebas.
Mi corazón se aceleró.
—¿Ya están los resultados?
—Sí.
—¿Puede decírmelos por teléfono?
Hubo silencio.
—Prefiero que venga.
—Doctora, necesito saber.
—Entonces escuche con atención.
Tomé aire.
—Dígame.
—Lily es su hija biológica.
Cerré los ojos.
Sentí alivio.
Pero la doctora continuó.
—Lucía también es su hija.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Dos.
Dos hijas.
—¿Y Camila?
Silencio.
—Doctora...
—Camila no es hija biológica suya.
Sentí un vacío.
—¿Está segura?
—Completamente.
Cerré los ojos.
No quería que fuera cierto.
Había comenzado a querer a aquella niña en apenas un día.
—Entonces, ¿quién es?
—Eso no lo sabemos.
—¿Y por qué tenía el brazalete del archivo 317?
—Porque pertenece a otro nacimiento.
—¿Cuál?
La doctora bajó la voz.
—A una niña que nació en el mismo hospital.
—¿La cuarta bebé?
—Sí.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién era su madre?
—Eso es lo extraño.
—¿Qué?
—El registro de la madre está borrado.
—¿Y el padre?
—También.
—Entonces, ¿cómo podemos saber quién es?
La doctora dudó.
—Hay una coincidencia.
—¿Cuál?
—El ADN de Camila coincide parcialmente con el de otra persona.
—¿Con quién?
—Con Andrés Herrera.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Mi hermano?
—Sí.
—Pero Andrés murió.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cómo puede una niña tener su ADN?
La doctora respondió lentamente:
—Porque Camila es hija biológica de Andrés.
No pude hablar.
Mi hermano.
Mi propio hermano.
Había tenido una hija secreta.
Y Patricia la había criado.
Pero aquello significaba algo todavía peor.
Si Camila era hija de Andrés, entonces no era mi hija.
Pero seguía siendo mi sobrina.
Y alguien había utilizado a esa niña para alterar toda la historia.
Esa noche enfrenté a Patricia.
—Camila es hija de Andrés.
Ella bajó la cabeza.
—Sí.
—¿Lo sabías?
—Lo sospechaba.
—¿Y nunca me dijiste?
—Andrés me lo prohibió.
—¿Quién era la madre?
Patricia comenzó a llorar.
—No lo sé.
—¡Necesito saberlo!
—Nunca me dijo.
—¿Entonces por qué escondió a su propia hija?
Patricia apretó las manos.
—Porque Andrés tenía miedo de Arturo.
—Todos tienen miedo de ese hombre.
—No entiendes.
—¡Entonces explícame!
Patricia respiró profundamente.
—Andrés no quería que Camila fuera utilizada para la herencia.
—Pero ella no era mi hija.
—Arturo no lo sabía.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Arturo creyó que Camila era una de tus hijas.
—¿Por qué?
—Porque Andrés se lo hizo creer.
Todo empezó a encajar.
—Entonces mi hermano engañó a Arturo.
—Sí.
—¿Para protegerme?
Patricia asintió.
—Andrés sabía que si Arturo pensaba que Camila era tu tercera hija, la buscaría.
—Y la buscó.
—Sí.
—Pero nunca la encontró porque estaba contigo.
Patricia lloró.
—Sí.
La abracé.
No porque la perdonara.
Todavía no.
Sino porque comprendía el miedo que había llevado durante años.
Entonces escuchamos un golpe en la puerta.
Me levanté.
—¿Quién es?
No hubo respuesta.
Abrí.
No había nadie.
Solo un sobre.
Lo recogí.
Tenía mi nombre.
Dentro había una fotografía.
Era de Andrés.
Estaba frente a un hospital.
Y junto a él estaba una mujer.
La mujer que había visto en la primera fotografía.
La misma que había estado junto a mi madre.
La madre de Mauricio.
Pero esta vez había algo diferente.
La mujer estaba embarazada.
Y en la parte de atrás había una fecha.
*Dos meses antes de mi parto.*
Debajo había una frase:
*“Andrés no tuvo una hija con Patricia. La tuvo con Estela.””*
Sentí que el cuerpo se me congelaba.
Valeria llegó detrás de mí.
—¿Qué pasa?
Le entregué la fotografía.
Ella la miró.
—No...
—Sí.
—Claudia, eso significaría que...
—Que Camila no es hija de Andrés y Patricia.
—Entonces, ¿quién es su madre?
Miré hacia la sala.
Las tres niñas estaban riendo.
Y entonces comprendí algo que me dio más miedo que todo lo anterior.
Si la fotografía era verdadera, Camila era hija de mi hermano y de la madre de Mauricio.
Y eso significaba que Arturo no había estado intentando ocultar solamente una herencia.
Había estado escondiendo una relación que podía destruir a toda la familia.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de Mauricio.
*“No confíes en la fotografía.””*
Otro mensaje llegó inmediatamente.
*“Arturo sabe que descubriste quién es Camila.””*
Y uno más.
*“Ahora va a venir por las tres.””*
Levanté la mirada.
En la calle, un automóvil negro acababa de detenerse frente a mi casa.
Las luces se apagaron.
Una puerta se abrió.
Y un hombre salió lentamente.
Arturo.
Pero esta vez no venía solo.
Llevaba de la mano a una mujer.
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Cuando la mujer levantó el rostro, reconocí a mi madre.
Y entonces entendí que la verdadera batalla apenas estaba comenzando.