Chapter 6: La niña que llevaba mi misma mirada
No pude respirar después de ver aquella fotografía.
La niña tenía mis ojos.
No era una impresión vaga.
No era una coincidencia.
Era esa mirada que yo veía todas las mañanas cuando Lily despertaba.
La misma forma de mirar.
La misma pequeña arruga entre las cejas cuando estaba preocupada.
—Es mi hija —susurré.
Beatriz comenzó a llorar.
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Lucía.
—¿Lucía qué?
Ella tardó demasiado en responder.
—Lucía Salgado.
Valeria abrió los ojos.
—¿Salgado?
Beatriz asintió.
—La familia que la recibió la registró con ese apellido.
Me apoyé contra la pared.
—¿La familia de Mauricio?
—No.
—Entonces, ¿por qué Salgado?
Beatriz bajó la voz.
—Porque alguien quería que pareciera hija de Mauricio.
Valeria frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Para que, si algún día aparecía, nadie pudiera relacionarla con Claudia.
Todo comenzó a encajar.
La mentira.
El hospital.
La carta.
El archivo.
La desaparición de mi hija.
Pero todavía faltaba una pieza.
—¿Quiénes son sus padres adoptivos?
Beatriz no respondió.
—Dígame.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ellos no saben toda la verdad.
—¿Cómo que no?
—Les dijeron que la madre biológica había muerto.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y ellos la quieren?
—Muchísimo.
—Entonces no voy a quitarles a su hija.
Beatriz me miró sorprendida.
—¿Qué?
—Quiero conocerla.
—Claudia...
—No quiero arrebatársela a nadie.
Me limpié las lágrimas.
—Solo quiero que mi hija sepa que nunca la abandoné.
Afuera, el hombre volvió a hablar.
—Claudia, sé que puedes escucharme.
Valeria miró a Beatriz.
—¿Quién es?
Beatriz respiró hondo.
—Se llama Arturo Salgado.
—¿Salgado?
—Sí.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Es familiar de Mauricio?
—Su tío.
Valeria cerró los ojos.
—Por supuesto.
Arturo golpeó otra vez.
—Beatriz, abre la puerta.
Yo miré a mi amiga.
—Quiero hablar con él.
—Es peligroso.
—No voy a dejar que se lleve a mi hija otra vez.
Beatriz negó con la cabeza.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
La mujer respiró profundamente.
—Arturo no se llevó a tu hija para protegerla.
—¿Entonces?
—Se la llevó para usarla.
Sentí frío.
—¿Usarla para qué?
Beatriz sacó una carpeta escondida detrás de una fotografía.
—Para obligar a Mauricio a obedecer.
Valeria abrió la carpeta.
Había documentos.
Contratos.
Transferencias bancarias.
Fotografías.
Y varias páginas con firmas.
—¿Qué es esto?
Beatriz señaló una de las hojas.
—El padre de Mauricio tenía una empresa.
—¿Y?
—Había problemas financieros.
—No entiendo.
—Mauricio era el heredero.
Beatriz señaló otra página.
—Arturo quería controlar la empresa.
—¿Y mi hija?
—Era su garantía.
Me quedé helada.
—¿Garantía?
—Si Mauricio no hacía lo que Arturo quería, amenazaban con desaparecer a la niña.
Valeria apretó la carpeta.
—Por eso Mauricio nunca la reconoció.
Beatriz asintió.
—Pero después ocurrió algo.
—¿Qué?
—Mauricio intentó sacarla de allí.
—¿Cuándo?
—Hace tres años.
—¿Y qué pasó?
—Arturo lo descubrió.
—¿Dónde estaba mi hija?
—En una casa de Querétaro.
Mi respiración se cortó.
—¿Y ahora?
Beatriz bajó la mirada.
—La cambiaron de lugar.
—¿Dónde?
Antes de que pudiera responder, escuchamos un ruido fuerte.
La puerta principal se abrió.
Valeria me agarró del brazo.
—¡Claudia!
Arturo entró.
Era un hombre de unos sesenta años.
Traje oscuro.
Cabello completamente gris.
Y una expresión fría.
Detrás de él venían dos hombres.
—Buenas noches —dijo.
Beatriz se colocó frente a nosotras.
—No tienes derecho a entrar.
—Ya no estamos hablando de derechos.
Arturo me miró.
—Estamos hablando de familia.
—Usted no es mi familia.
—No.
Sonrió.
—Pero conozco a la tuya mejor que tú.
Sentí rabia.
—¿Dónde está mi hija?
—A salvo.
—Quiero verla.
—La verás.
—¿Cuándo?
—Cuando hagas algo por mí.
Valeria se adelantó.
—¿Qué quiere?
Arturo la miró.
—Tú debes ser Valeria.
Mi hermana palideció.
—¿Cómo sabe quién soy?
—Sé muchas cosas.
—¿También sabe que Mauricio acaba de perder a su esposa?
Arturo sonrió.
—Mauricio no ha perdido nada.
—Sí te perdió a ti —dije.
Él volvió a mirarme.
—Tu hija está viva porque Mauricio obedeció durante ocho años.
—¿Y qué quiere ahora?
Arturo sacó un sobre.
—Quiero que firmes unos documentos.
—¿Qué documentos?
—Renuncia de derechos.
Me quedé mirándolo.
—¿Sobre qué?
—Sobre cualquier reclamación futura de la niña.
Sentí que me ardía el pecho.
—Jamás.
Arturo suspiró.
—Entonces no la volverás a ver.
—¡Es mi hija!
—Legalmente no.
La frase me golpeó.
—Pero yo soy su madre.
—Eso no significa nada si no puedes demostrarlo.
Valeria se acercó.
—Tenemos la carta.
—Una carta sin valor legal.
—Tenemos testigos.
—Testigos asustados.
Arturo miró a Beatriz.
Ella bajó la cabeza.
Entonces él volvió a mirarme.
—Y tienes una hija que cree que eres su única madre.
Mi corazón se rompió.
—No metas a Lily en esto.
—Yo no la metí.
Arturo sonrió.
—Tú lo hiciste cuando empezaste a buscar respuestas.
Sentí miedo.
Pero esta vez no retrocedí.
—¿Dónde está Lucía?
Arturo guardó el sobre.
—Te lo diré si haces lo que te pido.
—No voy a firmar.
—Entonces no hay trato.
Se dio la vuelta.
Antes de salir, se detuvo.
—Por cierto, Claudia...
Lo miré.
—Hay algo que Beatriz olvidó contarte.
—¿Qué?
Arturo sonrió.
—Lucía no es la única persona que Mauricio mantuvo escondida.
Y se fue.
Me quedé mirando la puerta.
—¿Qué quiso decir? —preguntó Valeria.
Beatriz estaba completamente pálida.
—No lo sé.
La miré.
—Sí lo sabes.
Ella comenzó a llorar.
—Claudia...
—Dime la verdad.
Beatriz se llevó ambas manos al rostro.
—Mauricio no tuvo una hija.
—¿Qué?
—Tuvo dos.
Valeria se quedó inmóvil.
—Pero Claudia solo tuvo una bebé.
Beatriz levantó lentamente la mirada.
—Exactamente.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Entonces, ¿quién es la otra?
Beatriz señaló la fotografía de la niña.
—La hermana gemela de Lucía.
Mi mundo se quedó en silencio.
—No puede ser.
—Sí.
—Yo tuve una sola bebé.
—Eso te hicieron creer.
Valeria retrocedió.
—¿Dónde está la otra niña?
Beatriz no contestó.
—¿Dónde?
La mujer tomó aire.
—Está con Lily.
Me quedé helada.
—¿Qué?
Beatriz señaló mi teléfono.
—La niña que aparece en la fotografía no es Lucía.
Mi mano comenzó a temblar.
—Entonces...
—La niña que viste frente a la escuela es la otra.
Miré la fotografía otra vez.
Los mismos ojos.
La misma pulsera.
La misma expresión.
Y por primera vez comprendí la verdadera dimensión de la mentira.
No había perdido una hija.
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Había perdido *dos*.
Y una de ellas podía estar mucho más cerca de mi familia de lo que jamás habría imaginado.
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