Calm

Chapter 5: El archivo que desapareció antes de que llegáramos

El archivo 317 había desaparecido veinticuatro horas antes de que yo llegara al hospital.

Y Mauricio sabía exactamente qué contenía.

—Tenemos que encontrarlo —dije.

La administradora, la señora Teresa, cerró la puerta de su oficina.

—Si Mauricio se llevó ese expediente, probablemente no quiere que ustedes sepan lo que hay dentro.

—Eso ya lo sé.

—No, Claudia.

Teresa me miró con seriedad.

—Usted todavía no entiende hasta dónde llegó todo esto.

Valeria cruzó los brazos.

—Entonces ayúdenos a entender.

La mujer suspiró.

—Hace ocho años, su hija nació aquí.

—Sí.

—Pero la niña no fue registrada con el apellido de Mauricio.

—Porque yo no estaba casada con él.

—No.

Teresa abrió un cajón.

Sacó una copia vieja.

—Aquí aparece otro nombre.

Miré el documento.

Sentí un golpe en el pecho.

*Bebé femenino. Madre: Claudia Herrera. Padre: desconocido.*

—¿Por qué dice padre desconocido?

—Porque Mauricio exigió que así apareciera.

—Pero él sabía que era su hija.

—Sí.

Valeria apretó los dientes.

—¿Y el nombre de la niña?

Teresa señaló otra línea.

Estaba en blanco.

—Nunca tuvo nombre legal.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Cómo podían hacerle eso a una recién nacida?

Teresa bajó la mirada.

—Con dinero.

Sentí una mezcla de dolor y rabia.

—¿Quién recibió el dinero?

—No lo sé.

—¡Tiene que saberlo!

—Yo era auxiliar en ese tiempo.

—Pero usted sabe algo.

Teresa se quedó callada.

Valeria se acercó.

—Por favor.

La mujer cerró los ojos.

—Recuerdo a una persona.

—¿Quién?

—Una mujer.

—¿La enfermera del broche azul?

Teresa abrió los ojos.

—¿Cómo sabe eso?

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—La recuerdo.

—Entonces quizá también recuerde su nombre.

Me concentré.

Una habitación.

Luces blancas.

El sonido de una máquina.

Un broche azul.

Y una voz.

—Se llamaba Beatriz.

Teresa asintió lentamente.

—Beatriz Rojas.

El nombre me atravesó.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿Sigue trabajando aquí?

—No.

—¿Cuándo se fue?

—Dos semanas después de que nació su hija.

Valeria miró a Teresa.

—¿Y nunca volvió?

—Una vez.

—¿Cuándo?

—Hace tres años.

—¿Qué quería?

Teresa dudó.

—Preguntó por usted.

Me quedé helada.

—¿Por mí?

—Sí.

—¿Qué dijo?

—Dijo que necesitaba hablar con usted.

—¿Y por qué no me buscaron?

Teresa bajó la cabeza.

—Porque Mauricio apareció esa misma tarde.

El silencio fue pesado.

—¿Qué hizo?

—Preguntó por Beatriz.

—¿Y?

—Le dijeron que no sabíamos dónde estaba.

Teresa me miró.

—Entonces dejó una advertencia.

—¿Cuál?

—Dijo que si alguien intentaba hablar con usted, perdería su trabajo.

Valeria golpeó suavemente el escritorio.

—¡Qué enfermo!

Teresa sacó un papel.

—Pero Beatriz dejó algo.

—¿Qué?

—Una dirección.

Me lo entregó.

Era una dirección en Zapopan.

—¿Por qué no me la dio antes?

—Porque tenía miedo.

—¿De Mauricio?

La mujer asintió.

—De él y de alguien más.

—¿Quién?

Teresa negó con la cabeza.

—Nunca lo dijo.

Guardé el papel.

—Vamos.

La casa de Beatriz estaba detrás de una pequeña tienda.

Era humilde.

Tenía una puerta verde y macetas con flores en la entrada.

Toqué.

Nadie respondió.

Volví a tocar.

—¿Señora Beatriz?

Escuchamos pasos.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Una mujer de unos cincuenta años apareció.

Cuando me vio, se quedó inmóvil.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Claudia.

Yo sentí un escalofrío.

—¿Me conoce?

Ella abrió la puerta.

—Te he estado esperando durante ocho años.

Valeria y yo entramos.

La casa olía a café recién hecho.

Había un pequeño altar de la Virgen de Guadalupe junto a la sala.

Beatriz cerró las cortinas.

—¿Mauricio sabe que están aquí?

—No.

—Entonces tenemos poco tiempo.

—Necesito saber qué pasó con mi hija.

Beatriz me miró.

—Tu hija nació sana.

Las lágrimas me rodaron por las mejillas.

—Entonces sí estaba viva.

—Sí.

—¿Quién se la llevó?

Beatriz bajó la mirada.

—Yo.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Usted?

—Sí.

Valeria dio un paso hacia adelante.

—¿Por qué?

Beatriz comenzó a llorar.

—Porque me obligaron.

—¿Quién?

—El padre de Mauricio.

—¿Y qué hicieron con mi bebé?

Beatriz se cubrió el rostro.

—La entregaron a una familia.

—¿Qué familia?

—Una familia que no podía tener hijos.

Mi voz se quebró.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¡Tiene que saberlo!

—Yo entregué a la niña.

—Entonces debe existir un registro.

Beatriz negó con la cabeza.

—Fue una adopción clandestina.

Valeria se llevó una mano al pecho.

—Dios mío.

—No fue legal —continuó Beatriz—. Le cambiaron el nombre.

—¿Qué nombre?

Beatriz me miró.

—Lucía.

Me quedé inmóvil.

Lucía.

Ese nombre me sonaba.

No sabía por qué.

—¿Cómo se apellida?

Beatriz comenzó a decirlo.

Pero antes de terminar, escuchamos un ruido afuera.

Un automóvil se estacionó frente a la casa.

Beatriz palideció.

—Ya llegaron.

—¿Quiénes?

Ella apagó las luces.

—Mauricio.

Valeria se acercó a la ventana.

—¿Estás segura?

Beatriz negó con la cabeza.

—No.

Miré hacia la calle.

Había un hombre bajando del automóvil.

No era Mauricio.

Era un hombre mayor.

Traje oscuro.

Cabello gris.

Caminaba lentamente hacia la puerta.

Beatriz comenzó a temblar.

—Él.

—¿Quién es?

—El hombre que vino por la niña.

El hombre tocó.

Tres golpes.

Beatriz no respiraba.

—No abras —susurró Valeria.

Pero Beatriz ya estaba llorando.

—No saben quién es.

El hombre volvió a tocar.

—Beatriz —dijo desde afuera—. Sé que Claudia está contigo.

Sentí que la sangre se me helaba.

¿Cómo sabía mi nombre?

El hombre continuó:

—Y sé que encontraste la carta.

Beatriz me miró.

—Tenemos que salir por atrás.

Corrimos hacia la cocina.

Había una puerta pequeña que daba a un patio.

Pero cuando Beatriz la abrió, nos quedamos paralizadas.

Otro automóvil estaba estacionado en el callejón.

Dos hombres estaban afuera.

Valeria susurró:

—Estamos atrapadas.

Entonces el hombre de la puerta gritó:

—Claudia, si quieres conocer a tu hija, no salgas de esa casa.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué dijo?

El hombre respondió:

—Tu hija está viva.

Mi corazón se detuvo.

—Y tengo una fotografía para demostrártelo.

Escuchamos un teléfono vibrar.

Beatriz miró su celular.

Había llegado un mensaje.

Una fotografía.

Una niña de ocho años frente a una escuela.

La misma niña del vestido amarillo.

La misma pulsera roja.

Pero esta vez había algo diferente.

En la fotografía, la niña sostenía un papel.

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Y en él había una sola frase:

*“Mamá, ¿por qué nunca viniste por mí?””*

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