Chapter 4: La dirección que podía cambiarlo todo
La dirección escrita al final de la carta pertenecía a una casa pequeña en Guadalajara, y lo más aterrador era que la fecha de la carta coincidía con el día en que me dijeron que mi bebé había muerto.
No podía dejar de mirar aquellas palabras.
*Su hija está viva, pero no está donde usted cree.*
Lily estaba junto a mí, agarrada de mi vestido.
Valeria se acercó.
—Claudia, vámonos.
Guardé la carta dentro de mi bolso.
—Sí.
Mauricio intentó seguirnos.
—Claudia, espera.
Me volteé.
—No vuelvas a acercarte a mi hija.
Él se detuvo.
—Solo quiero explicarte.
—Ocho años tuviste para hacerlo.
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue?
Mauricio abrió la boca.
No salió nada.
—Exactamente —dije.
Salí del salón con Lily y Valeria detrás de mí.
Afuera, el aire de la noche estaba fresco.
La música de la boda todavía se escuchaba a lo lejos, pero parecía venir de otro mundo.
Mi hermana se quitó los tacones y caminó descalza por el estacionamiento.
—No puedo regresar ahí.
—No tienes que hacerlo.
—Era mi boda.
Su voz se quebró.
—Yo estaba a punto de casarme con un hombre que llevaba una vida entera escondida.
La abracé.
—Lo siento.
—No eres tú quien tiene que disculparse.
Lily levantó la cara.
—Mamá.
—¿Sí, mi amor?
—¿Vamos a buscar a la bebé?
Me quedé quieta.
Valeria también.
—No sabemos si es una bebé —dije suavemente.
—Pero es mi hermana, ¿verdad?
No pude contestar.
Porque en el fondo de mi corazón ya sabía que sí.
Esa misma noche llegamos a mi casa.
Lily se quedó dormida en el asiento trasero.
Yo la cargué hasta su habitación.
La acosté con cuidado y le acomodé la cobija.
Me quedé mirándola.
Ocho años.
Durante ocho años había creído que ella era mi única hija.
Y ahora una carta decía que tenía otra.
Una hija que alguien me había arrebatado.
Una hija que podía estar viva.
Salí de la habitación y encontré a Valeria en la cocina.
Había preparado café.
—No sabía qué más hacer —dijo.
Me senté.
—Yo tampoco.
Ella empujó una taza hacia mí.
—¿Vas a ir a Guadalajara?
Miré el sobre.
—Mañana.
—Voy contigo.
—Valeria...
—No me importa que mi boda se haya acabado.
Sus ojos estaban rojos.
—Si lo que dice esa carta es verdad, yo también quiero saber qué pasó.
—Pero Mauricio...
—Mauricio ya no es mi esposo.
La miré sorprendida.
—¿Lo terminaste?
Valeria soltó una risa amarga.
—No puedo estar casada con un hombre que me mintió sobre su esposa, sus hijos y tu vida.
Se hizo un silencio.
Entonces preguntó:
—¿Por qué nunca me contaste que conocías a Mauricio?
—Porque yo no sabía que él era Mauricio.
—¿Cómo?
—Lo conocí hace años con otro apellido.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué?
Sentí un escalofrío.
—Él se presentó ante mí como Marcos.
Mi hermana se quedó inmóvil.
—¿Marcos?
Asentí.
—Yo era muy joven. Él también. Salimos unos meses.
—¿Y después?
—Desapareció.
Me quedé mirando el café.
—Cuando descubrí que estaba embarazada, intenté encontrarlo. No pude.
—¿Y la bebé?
Cerré los ojos.
—Me dijeron que había nacido enferma.
Valeria tomó mi mano.
—¿Qué recuerdas?
—Muy poco.
—Intenta.
Respiré profundamente.
—Recuerdo que estaba lloviendo.
—¿En Guadalajara?
—Sí.
—¿Y luego?
—Una enfermera entró. Me dijo que la niña había tenido complicaciones.
Mi voz empezó a temblar.
—Después recuerdo a otra mujer.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Cómo era?
—Tenía un broche azul en el cabello.
Valeria abrió los ojos.
—¿Eso es todo?
—No.
Me llevé una mano a la frente.
—Recuerdo que alguien me dijo: “No la mires”.
Valeria se quedó pálida.
—¿Quién?
—No lo sé.
El silencio volvió.
Entonces mi celular vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
*“No vayas a Guadalajara.””*
Mi corazón se detuvo.
Valeria leyó el mensaje.
—¿Quién lo mandó?
No lo sabía.
Llegó otro.
*“Si buscas a esa niña, vas a destruir a tu propia familia.””*
Valeria se levantó.
—Esto ya es una amenaza.
—Sí.
—Tenemos que llamar a la policía.
Miré la pantalla.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque primero necesito saber quién está detrás de esto.
Otro mensaje llegó.
Esta vez tenía una fotografía adjunta.
La abrí.
Era una niña.
Tenía aproximadamente ocho años.
Cabello oscuro.
Un vestido amarillo.
Estaba sentada en una banca frente a una escuela.
Mi respiración se cortó.
No porque se pareciera a mí.
Sino porque llevaba algo en la muñeca.
Una pulsera roja.
La misma pulsera que yo había colocado en la muñeca de mi bebé aquella noche.
La había hecho mi mamá.
Tenía un pequeño corazón de plata.
Yo la había conservado durante años.
O eso creía.
—Claudia... —susurró Valeria.
Amplié la fotografía.
El corazón de plata estaba ahí.
En la muñeca de aquella niña.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Es ella.
Valeria se llevó una mano a la boca.
—¿Estás segura?
—Yo misma se la puse.
El teléfono vibró una vez más.
Esta vez apareció un texto.
*“Si quieres volver a verla, ve sola.””*
Y debajo estaba la dirección.
La misma de la carta.
A la mañana siguiente, dejamos Guadalajara en manos de nuestro destino.
No le dijimos a nadie.
Ni siquiera a mamá.
Lily se quedó con una vecina de confianza.
Antes de salir, me abrazó.
—¿Vas a traer a mi hermana?
Sentí un nudo en la garganta.
—Voy a hacer todo lo posible.
—Prométemelo.
La besé en la frente.
—Te lo prometo.
En el camino, Valeria apenas habló.
Yo conducía con ambas manos firmemente sobre el volante.
Cada kilómetro me acercaba a una verdad que podía cambiar mi vida.
A mitad del trayecto, recibimos otra llamada.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Bueno?
Nadie respondió.
—¿Quién habla?
Escuché una respiración.
Después una voz de mujer.
—Si realmente quieres saber qué pasó aquella noche, busca el archivo 317.
—¿Quién eres?
—Alguien que ya cometió el error de confiar en Mauricio.
—¿Dónde está el archivo?
—En el hospital donde nació tu hija.
Sentí un escalofrío.
—Ese hospital ya no tiene esos registros.
—Eso es lo que quieren que creas.
La llamada terminó.
Valeria me miró.
—¿Qué dijo?
—Tenemos que regresar.
—¿A dónde?
—Al hospital.
—Pero vamos a Guadalajara.
—Primero vamos a averiguar quién falsificó mi expediente.
Cuando llegamos al antiguo hospital, descubrimos algo que jamás habríamos imaginado.
El edificio seguía funcionando.
Pero el archivo antiguo había sido trasladado a un sótano.
Pedimos hablar con administración.
Una mujer de cabello canoso nos recibió.
—¿Qué necesitan?
Saqué la copia de la carta.
—Busco información de un nacimiento ocurrido hace ocho años.
La mujer leyó el nombre.
Su rostro cambió.
—Claudia Herrera.
—Sí.
Ella cerró lentamente la carpeta.
—¿Quién le dio esto?
—¿Por qué?
—Porque ese expediente fue cerrado por orden especial.
—¿De quién?
La mujer miró hacia la puerta.
—De un hombre que vino aquí hace ocho años.
—¿Mauricio?
La mujer negó.
—No.
—¿Entonces quién?
Ella bajó la voz.
—Su padre.
Sentí que el pecho se me apretaba.
—El padre de Mauricio murió hace seis años.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cómo pudo ordenar algo ocho años atrás?
La mujer me miró directamente.
—Porque fue él quien pagó para que su bebé desapareciera.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Y por qué?
La mujer tragó saliva.
—Eso está en el archivo 317.
Sacó una llave.
—Pero si lo abro, ustedes van a descubrir algo que probablemente alguien ha hecho todo lo posible por esconder.
La miré.
—Ábralo.
La mujer negó con la cabeza.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque el archivo ya no está aquí.
—¿Dónde está?
La mujer señaló una pequeña caja metálica sobre un escritorio.
—Alguien vino por él hace tres días.
Mi corazón se hundió.
—¿Quién?
La mujer abrió la caja.
Dentro había un papel.
Un nombre.
*Mauricio Salgado.*
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Y debajo, una fecha.
*Ayer.*
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