Chapter 10: La tercera niña estaba mucho más cerca de lo que imaginaba
La tercera niña no estaba perdida.
Había vivido durante ocho años dentro de mi propia familia.
Cuando la enfermera pronunció esas palabras, sentí que algo dentro de mí se rompía.
—No entiendo —dije—. ¿Cómo puede una niña vivir dentro de mi familia sin que yo lo sepa?
La mujer apretó los labios.
—Porque nunca supiste que habías tenido tres bebés.
Miré a Lily.
Después a la otra niña.
Dos pequeñas caras que parecían reflejar partes de mí.
—Me dijeron que eran dos.
—Porque eso fue lo que decidieron registrar.
—¿Y la tercera?
La enfermera bajó la mirada.
—Fue registrada como hija de otra mujer.
Valeria se levantó de golpe.
—¿De quién?
La mujer no respondió.
—¡De quién!
La enfermera respiró profundamente.
—De tu cuñada.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Mi cuñada?
—Sí.
—¿La esposa de Andrés?
La mujer asintió.
Mi hermano había muerto cuatro años atrás.
Su esposa, Patricia, había sido parte de nuestra familia durante casi quince años.
La mujer que había cargado a mis hijas.
La mujer que había llorado conmigo cuando supuestamente perdí a una bebé.
La mujer que había estado a mi lado en el funeral de mi mamá.
La mujer que había visto crecer a Lily.
—No —susurré.
Valeria me miró.
—Claudia, tenemos que hablar con Patricia.
Saqué mi teléfono.
La llamé.
No contestó.
Volví a marcar.
Nada.
Entonces recordé algo.
La casa donde Patricia vivía estaba a menos de veinte minutos.
—Vamos.
La enfermera se puso de pie.
—Yo también iré.
—¿Por qué?
—Porque ya no puedo seguir huyendo.
Patricia abrió la puerta después de la tercera llamada.
Cuando me vio, su expresión cambió.
—Claudia.
—Necesito hablar contigo.
—Ahora no es un buen momento.
—Es sobre Andrés.
Su rostro se puso pálido.
—¿Qué pasó?
—No murió sin dejar secretos.
Patricia miró a Valeria.
Después a la enfermera.
Y finalmente cerró los ojos.
—Entren.
La casa estaba exactamente como la recordaba.
Fotografías familiares.
Muebles antiguos.
Un pequeño altar.
Y en la pared, una fotografía de Patricia con una niña.
Me acerqué.
—¿Quién es ella?
Patricia se quedó inmóvil.
—Mi hija.
—¿Su nombre?
—Mariana.
Sentí un escalofrío.
La enfermera negó lentamente con la cabeza.
—No.
Patricia comenzó a llorar.
—No me hagan esto.
—¿Dónde está la niña? —pregunté.
—Está en la escuela.
—¿Qué escuela?
Patricia me miró.
—La misma donde están las otras.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Tráela.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no sé cómo explicarle todo esto.
—Explícaselo después.
Me acerqué.
—Primero necesito verla.
Patricia se sentó.
—Claudia, tú no entiendes.
—Entonces haz que entienda.
Ella se cubrió el rostro.
—Andrés me pidió que la criara.
—¿Como tu hija?
—Sí.
—¿Sabías que era mi hija?
Patricia tardó en responder.
—No al principio.
—¿Cuándo lo supiste?
—Cuando tenía cuatro años.
Sentí una punzada de dolor.
—¿Y nunca me dijiste?
—Andrés me amenazó.
—¿Mi hermano?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
Patricia levantó la mirada.
—Que si hablaba, Arturo se encargaría de que nunca volvieras a ver a Lily.
Me quedé inmóvil.
Otra vez Lily.
Siempre Lily.
—¿Y dónde está Mariana ahora?
Patricia señaló una fotografía.
—Su nombre ya no es Mariana.
—¿Cómo se llama?
—Camila.
La enfermera soltó un suspiro.
—Entonces finalmente la encontraste.
Patricia la miró.
—¿Usted sabía?
—Sabía dónde estaba registrada.
—¿Y nunca hizo nada?
—Tenía miedo.
—Todos tenían miedo —dije.
Miré a mi alrededor.
—Y mientras todos tenían miedo, mis hijas crecieron sin saber quién era su madre.
Patricia empezó a llorar.
—Yo la amé.
—No dudo que la amaste.
Me acerqué a ella.
—Pero no tenías derecho a esconderla.
—Lo sé.
—¿Dónde está?
—En la escuela.
Cuando llegamos, ya era de tarde.
La directora nos estaba esperando.
—¿La niña se llama Camila? —pregunté.
Ella revisó los registros.
—Sí.
—¿Tiene ocho años?
—Sí.
—¿Y quién aparece como madre?
La directora miró el expediente.
—Patricia Herrera.
Mi corazón se hizo pedazos.
—Quiero verla.
La directora asintió.
Caminamos hacia el patio.
Había decenas de niños.
Entonces una niña salió de un salón.
Llevaba una mochila verde.
Tenía el cabello recogido en dos trenzas.
Me vio.
Y se detuvo.
No sabía quién era.
Pero yo sí.
No porque hubiera alguna marca especial.
No porque alguien me lo hubiera explicado.
Sino porque, cuando levantó la cabeza, vi mi propia infancia en sus ojos.
La niña se acercó.
—¿Usted es la señora Claudia?
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Sí.
—Mi mamá dijo que iba a venir.
Miré a Patricia.
Ella estaba llorando.
—¿Te dijo quién soy?
La niña negó.
—Solo dijo que eras importante.
Me agaché frente a ella.
—¿Cómo te llamas?
—Camila.
—¿Te gusta ese nombre?
—Sí.
Sonrió.
—¿Por qué?
—Porque mi mamá me lo puso.
No pude contener las lágrimas.
—Es bonito.
Camila me observó.
—¿Por qué está llorando?
—Porque estoy muy feliz de conocerte.
Ella frunció el ceño.
—¿Nos conocemos?
Negué con la cabeza.
—No.
—Entonces, ¿por qué está feliz?
No supe qué responder.
La niña miró a Lily.
—¿Ella quién es?
—Mi hija.
Camila la miró.
—Se parece a mí.
Lily dio un paso adelante.
—Porque quizá somos hermanas.
Camila soltó una pequeña risa.
—¿De verdad?
Lily asintió.
—Eso dicen los adultos.
La otra niña, que había estado observándonos desde lejos, se acercó.
—¿Y tú también?
Camila la miró.
—Sí.
Las tres niñas quedaron frente a frente.
Por un instante nadie habló.
Tres pequeñas.
Tres vidas.
Tres familias diferentes.
Y una sola madre.
Yo.
La enfermera sacó los documentos.
—Necesitamos confirmar el ADN.
Asentí.
Pero antes de poder decir algo, Camila preguntó:
—¿Por qué necesitan una prueba?
Me arrodillé.
—Porque hay cosas que los adultos hicieron hace mucho tiempo que estuvieron mal.
—¿Qué cosas?
—Te separaron de alguien que debía estar contigo.
Camila miró a Patricia.
—¿De quién?
Patricia lloró.
Yo respiré profundamente.
—De mí.
La niña se quedó completamente quieta.
—¿Usted es mi mamá?
No pude mentir.
—Creo que sí.
Camila miró a Patricia.
—¿Entonces tú no eres mi mamá?
Patricia se acercó.
—Sí soy tu mamá, mi amor.
Yo sentí un dolor profundo.
Porque ambas tenían razón.
Una había sido su madre durante ocho años.
La otra era su madre biológica.
Y ninguna de las dos había elegido aquella situación.
Camila comenzó a llorar.
Lily la abrazó.
—No tienes que escoger.
La niña levantó la cabeza.
—¿No?
—No.
—¿Entonces puedo tener dos mamás?
Lily me miró.
Yo asentí.
—Claro que sí.
Patricia rompió en llanto.
Entonces escuchamos un automóvil frenar afuera.
La directora miró por la ventana.
Su rostro cambió.
—Es Arturo.
Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.
—¿Qué hace aquí?
La enfermera respondió:
—Vino por ella.
—Pues no se la va a llevar.
Arturo entró al patio acompañado de dos hombres.
—Claudia.
—No te acerques.
—Solo vengo a recoger a la niña.
—No tienes ningún derecho.
Arturo sonrió.
—Tengo documentos.
Sacó una carpeta.
—Documentos que dicen que Camila es hija legal de Patricia.
—Y también tengo documentos que prueban que esos papeles son falsos.
Su sonrisa desapareció.
—No sabes con quién estás jugando.
—Sí.
Lo miré directamente.
—Estoy jugando con un hombre que compró médicos, manipuló registros y separó tres niñas de su madre.
Arturo bajó la voz.
—No quieres hacer esto.
—Ya lo estoy haciendo.
Entonces sacó un papel.
—¿Quieres saber qué más descubrí?
No respondí.
—La prueba de ADN no va a cambiar nada.
—¿Por qué?
Arturo sonrió.
—Porque tu madre biológica no es quien crees.
Me quedé helada.
—¿Qué estás diciendo?
—Haz la prueba.
Guardó la carpeta.
—Cuando salga el resultado, vas a descubrir que una de estas tres niñas no es tu hija.
Miró a las niñas.
—Y entonces entenderás por qué tu familia te mintió durante tantos años.
Se dio la vuelta.
Pero antes de salir, dejó caer una fotografía.
La recogí.
Era una imagen de mi madre.
Abrazando a un bebé.
Detrás de ella estaba mi hermano Andrés.
Y entre sus brazos había una cuarta criatura.
Un bebé que no aparecía en ningún registro.
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En la parte de atrás había una frase:
*“No eran tres. Eran cuatro.””*
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