Chapter 14: La hija que todos creían perdida regresó con una verdad imposible
Llegamos a Guadalajara al amanecer.
No dormimos durante el camino.
Yo llevaba la caja de madera sobre las piernas.
Valeria conducía.
Patricia iba atrás con las niñas.
Nadie hablaba.
Hasta que Lily preguntó:
—Mamá, ¿vamos a encontrar a nuestra hermana?
La miré por el espejo.
—Sí.
—¿Cómo sabes?
Sonreí con lágrimas en los ojos.
—Porque esta vez no voy a detenerme.
La dirección nos llevó a una casa pequeña en una colonia tranquila.
Había macetas en la entrada.
Un tendedero.
Y una bicicleta infantil junto a la puerta.
Sentí un nudo en la garganta.
Toqué.
Una mujer de unos cincuenta años abrió.
—¿Sí?
—Busco a la familia Mendoza.
La mujer me miró.
—Soy Elena Mendoza.
Saqué la fotografía.
—Busco a esta niña.
Elena palideció.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Claudia Herrera.
La mujer abrió más los ojos.
—No puede ser.
—¿Conoce a la niña?
Elena comenzó a llorar.
—Sí.
—¿Dónde está?
—Arriba.
Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.
—¿Puedo verla?
Elena asintió.
Subimos las escaleras.
La niña estaba sentada junto a una ventana.
Tenía ocho años.
Cabello oscuro.
Una pequeña libreta sobre las piernas.
Cuando se volteó, sentí que todo mi cuerpo se paralizaba.
Sus ojos.
Mi nariz.
La forma de inclinar la cabeza.
Era como mirar una fotografía de mí misma cuando tenía ocho años.
La niña nos observó.
—¿Quiénes son?
No pude hablar.
Elena respondió:
—Son personas que vinieron a conocerte.
La niña se levantó.
—¿Por qué?
Me acerqué lentamente.
—Porque llevo mucho tiempo buscándote.
Ella frunció el ceño.
—¿A mí?
Asentí.
—Sí.
—¿Por qué?
Sentí que las lágrimas bajaban por mi rostro.
—Porque soy tu mamá.
La niña se quedó inmóvil.
Elena comenzó a llorar.
—Su nombre es Sofía —dijo.
Me llevé una mano al pecho.
—Sofía.
La niña repitió:
—Sofía.
—¿Quién te puso ese nombre?
—Elena.
—¿Y qué apellido tienes?
—Mendoza.
Miré a Elena.
—¿Cómo llegó contigo?
—Una mujer me la entregó.
—¿Quién?
—Estela.
Sentí un escalofrío.
—¿Estela?
—Sí.
—¿Cuándo?
—La noche en que nació.
—¿Te dijo que era mi hija?
Elena negó.
—Me dijo que era una niña que necesitaba un hogar.
—¿Sabías que era mi hija?
—No.
—¿Cuándo lo descubriste?
Elena sacó un sobre.
—Hace seis meses.
—¿Qué decía?
—Que si alguien venía preguntando por la niña, debía entregar esto.
Tomé el sobre.
Dentro había una prueba de ADN.
La fecha era de ocho años atrás.
Y el resultado decía claramente:
*“Compatibilidad genética: hija biológica de Claudia Herrera.””*
No pude respirar.
Era ella.
Mi tercera hija.
La que me habían arrebatado.
La que había vivido durante ocho años a cientos de kilómetros.
Me acerqué.
—Sofía...
Ella retrocedió.
—¿De verdad eres mi mamá?
—Sí.
—¿Por qué nunca viniste?
Esa pregunta me destrozó.
Me arrodillé.
—Porque no sabía que existías.
—¿No me querías?
—Te quise todos los días de mi vida.
—Entonces, ¿por qué no me buscaste?
—Porque me dijeron que habías muerto.
Sofía empezó a llorar.
Yo extendí los brazos.
Ella dudó.
Después corrió hacia mí.
La abracé.
Por primera vez en ocho años sostuve a mi hija.
Sentí su cabello.
Su respiración.
El temblor de sus pequeños hombros.
—Perdóname —susurré.
—No fue tu culpa.
Me separé para mirarla.
—¿Quién te enseñó a decir eso?
Sofía señaló a Elena.
—Ella.
Elena lloraba.
—Nunca quise separarla de ti.
—Lo sé.
—La cuidé como si fuera mía.
—Y siempre voy a estar agradecida.
Sofía miró hacia la puerta.
Lily estaba ahí.
—¿Ella es mi hermana?
Asentí.
—Sí.
Lucía apareció detrás.
—Yo también.
Sofía sonrió.
—¿Cuántas somos?
Lily respondió:
—Tres.
Camila levantó la mano.
—Y yo soy prima.
Las niñas se abrazaron.
Yo cerré los ojos.
Por fin.
Tres hijas.
Tres vidas.
La verdad.
Pero entonces Elena dijo algo que nos dejó helados.
—Claudia, todavía falta una cosa.
—¿Qué?
—Estela no fue quien me entregó a Sofía.
—¿Entonces quién?
Elena sacó otra fotografía.
Era Andrés.
Pero esta vez no estaba solo.
A su lado había una mujer joven.
La reconocí.
Era una amiga de mi infancia.
*Rosa.*
Una mujer que había desaparecido de nuestras vidas después de mi embarazo.
—¿Qué hace ella aquí?
Elena respondió:
—Ella fue quien trajo a Sofía.
—¿Rosa?
—Sí.
—¿Por qué?
Elena bajó la voz.
—Porque Rosa era quien trabajaba en el hospital.
Sentí un escalofrío.
—¿Y qué relación tenía con Estela?
—Era su hija.
Me quedé inmóvil.
—¿La hija de Estela?
—Sí.
Valeria miró la fotografía.
—Entonces Rosa también estaba involucrada.
Elena asintió.
—Y dejó algo para ti.
Sacó una caja.
Dentro había una llave.
Una sola llave pequeña.
—¿De qué es?
—No lo sé.
—¿Dónde la encontró?
—En la ropa de Sofía.
Tomé la llave.
Había un número grabado.
*317.*
El mismo número de los registros.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Mauricio.
*“Encontraste a Sofía. Ahora salgan de Guadalajara.””*
Otro mensaje.
*“Arturo sabe dónde están.””*
Le respondí:
*“¿Cómo lo sabe?””*
La respuesta llegó inmediatamente.
*“Porque yo se lo dije.””*
Sentí que el corazón se me detenía.
Valeria tomó mi teléfono.
—¿Mauricio nos traicionó?
No pude responder.
Entonces llegó otro mensaje.
*“No tuve opción. Arturo tiene a tu mamá.””*
Miré a la ventana.
Un automóvil negro estaba estacionado frente a la casa.
—Tenemos que irnos.
Elena tomó la mano de Sofía.
—¿A dónde?
—A un lugar donde Arturo no pueda encontrarnos.
Pero antes de salir, Sofía me detuvo.
—Mamá.
Me volteé.
—¿Sí?
—Hay algo que nunca te conté.
—¿Qué?
La niña metió la mano en su mochila.
Sacó una fotografía.
—El hombre que venía a verme cuando era pequeña.
La miré.
Era Arturo.
—¿Qué hacía?
Sofía tragó saliva.
—Me preguntaba si algún día había soñado con otra mamá.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué le respondías?
—Siempre decía que sí.
—¿Y qué te decía él?
Sofía miró al suelo.
—Que algún día esa mamá vendría por mí.
—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
—Hace tres semanas.
—¿Qué te dijo?
Sofía levantó la mirada.
—Que cuando mi verdadera mamá me encontrara, tenía que darle un mensaje.
—¿Cuál?
La niña me entregó un papel.
Lo abrí.
Había una frase escrita:
*“Claudia, ya tienes a las tres. Ahora dime dónde está la cuarta.””*
Sentí un escalofrío.
—No entiendo.
Sofía señaló la fotografía.
—Él siempre decía que yo era la tercera.
Miré a mis hijas.
Lily.
Lucía.
Sofía.
Tres.
Entonces pensé en Camila.
Mi sobrina.
La hija de Andrés.
La niña que Arturo también había intentado usar.
Y comprendí.
Quizá la cuarta niña no era una hija mía.
Quizá era alguien que podía demostrar quién había comenzado todo.
Volvimos a mirar la fotografía.
En el fondo aparecía una mujer.
Una mujer que no había visto antes.
La reconocí después de unos segundos.
Era mi propia tía.
Carmen.
La hermana de mi madre.
La mujer que había vivido años en Puebla.
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La mujer que había desaparecido justo después de mi parto.
Y en sus brazos había un bebé.