Chapter 6: La noche que borraron de la historia
Elena pasó toda la noche sin dormir.
La fotografía estaba sobre la mesa.
No podía dejar de mirarla.
Su padre.
Su madre.
La casa.
Y detrás de ellos, apenas visible, una sombra.
Una cuarta persona.
Javier había ampliado la imagen.
—No se distingue el rostro —dijo.
Elena se inclinó hacia la pantalla.
—Hazla más grande.
—Ya lo intenté.
—Otra vez.
La imagen se amplió.
Los pixeles se deformaron.
Pero algo apareció.
Un reloj.
En la muñeca de la persona que estaba detrás de su padre.
Elena sintió un golpe en el pecho.
—Ese reloj…
Javier la miró.
—¿Qué?
—Lo conozco.
—¿De quién?
Elena cerró los ojos.
—De Damian.
Damian, sentado al otro lado de la habitación, levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Ese reloj lo usabas cuando nos conocimos.
Damian negó.
—No.
—Sí.
—Elena, eso fue hace años.
—Exactamente.
Damian se puso de pie.
—Ese reloj lo perdí mucho antes de conocerte.
Javier se acercó a la pantalla.
—¿Dónde lo perdiste?
Damian respondió después de unos segundos.
—En la casa de Elena.
El silencio fue absoluto.
Elena sintió que se le helaban las manos.
—¿Qué año?
—El año en que tu madre me contrató.
—¿Entraste a esa casa?
—Sí.
—¿Cuántas veces?
Damian no respondió.
Elena golpeó suavemente la mesa.
—¡Te pregunté cuántas veces!
—Tres.
—¿Y qué hiciste allí?
—Nada.
Javier soltó una risa amarga.
—Nunca dices la verdad cuando importa.
Damian lo miró.
—Tú no eres precisamente un ejemplo.
Elena levantó la mano.
—Ya estuvo.
Ambos callaron.
Ella tomó la fotografía.
—Quiero reconstruir aquella noche.
Javier negó.
—No quieres hacerlo.
—Sí quiero.
—No estás preparada.
—Llevo veinticinco años viviendo con una mentira. Estoy preparada para cualquier cosa.
Javier respiró profundamente.
—Entonces escucha.
Se sentó.
—Tu padre descubrió que alguien estaba desviando dinero de las empresas.
—¿Cuánto?
—Mucho menos de lo que crees.
—¿Cuánto?
—Alrededor de doce millones de pesos.
Elena frunció el ceño.
—Eso no parece suficiente para matar a alguien.
—No era el dinero.
—Entonces ¿qué era?
Javier miró la fotografía.
—Los nombres.
—¿Qué nombres?
—Personas a las que tu padre había estado investigando.
Elena comprendió.
—Funcionarios.
—Empresarios.
—¿Políticos?
Javier asintió.
—Algunos.
Elena permaneció en silencio.
—¿Y qué hizo mi padre?
—Preparó un expediente.
—¿Dónde está?
—Tu madre lo escondió.
—La caja.
—Sí.
Damian intervino.
—La caja que yo vendí.
Elena lo miró.
—Exactamente.
Damian bajó la cabeza.
—Yo pensé que era información financiera.
—¿Quién te contrató para comprarla?
Damian tardó demasiado en responder.
Elena se puso de pie.
—Dilo.
—Un intermediario.
—Nombre.
—No lo sé.
—¿Quién te contactó?
—Una mujer.
Javier levantó la cabeza.
—¿Cómo era?
—Cuarenta años, cabello oscuro, hablaba muy poco.
Elena sintió que algo le resultaba familiar.
—¿Tenía alguna cicatriz?
Damian la miró.
—Sí.
—¿Dónde?
—En la mano izquierda.
Javier se puso de pie de golpe.
—No.
Elena lo miró.
—¿La conoces?
Javier estaba pálido.
—Sí.
—¿Quién es?
—La mujer que trabajaba para tu madre.
Elena sintió un nudo en la garganta.
—¿Cómo se llamaba?
—Claudia.
El nombre le resultaba conocido.
Muy conocido.
Elena recordó una voz.
Una mujer que preparaba té en la cocina cuando ella era niña.
Una mujer que siempre llevaba el cabello recogido.
Una mujer que desapareció después de la muerte de su padre.
—Claudia Reyes.
Javier asintió.
—Sí.
Elena tomó su teléfono.
—Encuéntrenla.
—Ya lo hice —dijo Javier.
Elena levantó la mirada.
—¿Dónde está?
Javier la miró directamente.
—En la ciudad.
—¿Segura?
—Completamente.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace seis años.
Elena sintió una punzada de rabia.
—¿Y nunca me dijiste?
—Tu madre me pidió que no lo hiciera.
—¡Mi madre está muerta!
—Y aun así cumplí su promesa.
Elena dio un paso hacia él.
—¿Qué más me ocultaste?
Javier guardó silencio.
—¿Qué más?
—Claudia no fue solo empleada de tu madre.
—¿Entonces?
—Era su hermana.
Elena quedó paralizada.
—¿Qué?
—Tu madre tenía una hermana que nunca te presentó.
—Eso es imposible.
—No.
Javier tomó otra fotografía.
Había dos mujeres jóvenes.
Una era la madre de Elena.
La otra era Claudia.
Se parecían.
Mucho.
Elena tocó la fotografía con los dedos.
—¿Por qué mi madre nunca habló de ella?
—Porque Claudia la traicionó.
—¿Cómo?
Javier bajó la voz.
—Ella fue quien entregó a tu padre.
Elena sintió que las piernas le fallaban.
—Entonces fue ella.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Claudia dio la información.
—¿Y quién dio la orden?
Javier no contestó.
Elena lo miró.
—Tú sabes quién.
—Sí.
—Dime.
Javier respiró profundamente.
—Tu madre.
El mundo pareció detenerse.
Damian se quedó inmóvil.
—No —dijo Elena.
—Ella dio la orden de vigilarlo.
—Eso no significa matarlo.
—No.
—Entonces ¿qué pasó?
Javier miró la fotografía.
—La orden fue malinterpretada.
Elena sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse.
—¿Por quién?
—Por Claudia.
—¿Y tú?
—Intenté detenerla.
—Pero no lo hiciste.
—Llegué tarde.
Elena apartó la mirada.
Durante años había construido una imagen de su madre como una mujer tranquila.
Una madre que le preparaba el desayuno.
Que guardaba sus primeros dibujos.
Que la esperaba afuera de la escuela.
Ahora aparecía una mujer diferente.
Una mujer capaz de ordenar que vigilaran a su esposo.
—Necesito hablar con Claudia.
Javier asintió.
—Lo harás.
—¿Dónde?
—En una hora.
Damian se levantó.
—Yo voy.
Elena lo miró.
—No.
—Tengo derecho a saber.
—Tú tuviste años para preguntar.
Damian apretó los labios.
—Elena, por favor.
Ella lo observó.
Y vio algo que nunca había visto en él.
Miedo.
No por perder dinero.
No por perder poder.
Miedo por lo que estaba a punto de salir a la luz.
—Está bien —dijo ella finalmente—. Vienes.
Javier abrió la puerta.
—Entonces vámonos.
Pero antes de salir, el teléfono de Elena vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Había una sola fotografía.
Claudia.
Sentada en una cafetería.
Viva.
Debajo, una frase:
"Si quieres saber quién mató a tu padre, no escuches a Javier.""
Elena levantó la mirada.
Javier estaba junto a la puerta.
—¿Qué pasó?
Ella no respondió.
Le mostró el teléfono.
Javier vio la fotografía.
Su expresión cambió inmediatamente.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Esa foto fue tomada hoy.
—Sí.
Javier negó lentamente.
—Entonces significa que ella ya sabe que la estamos buscando.
Damian miró la pantalla.
—¿Y eso qué significa?
Javier se acercó a Elena.
—Que Claudia no está huyendo.
—¿Entonces?
Javier señaló la fotografía.
—Está esperando.
Elena guardó el teléfono.
—Perfecto.
—¿Qué vas a hacer?
Elena tomó su bolso.
—Ir a verla.
Javier intentó detenerla.
—Puede ser una trampa.
Elena abrió la puerta.
—Toda mi vida ha sido una trampa.
Miró a ambos hombres.
—Ya es hora de que alguien caiga en la mía.
Y mientras bajaban las escaleras, ninguno de ellos notó el automóvil estacionado al otro lado de la calle.
Dentro, una mujer observaba la salida.
Tenía una cicatriz en la mano izquierda.
Y un reloj antiguo sobre la muñeca.
El mismo reloj que aparecía en la fotografía de la noche en que murió el padre de Elena.
Claudia sonrió.
—Por fin, mija.
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Tomó el teléfono.
—Ahora sí podemos empezar a contarle la verdad.