Chapter 11: La trampa de los hermanos
El automóvil negro desapareció entre el tráfico.
Damian lo siguió durante quince minutos.
Después lo perdió.
Regresó a Voss Global cerca de la medianoche.
Elena estaba esperando.
—¿Lo encontraste?
Damian negó.
—No.
—¿Qué viste?
—Un hombre salió del automóvil.
—¿Alejandro?
—No pude verle bien la cara.
Elena apretó los labios.
—Entonces nos está observando.
Javier entró.
—No solo a ti.
Dejó un expediente sobre la mesa.
—A todos.
Elena lo abrió.
Había fotografías.
Damian.
Veronica.
Claudia.
Arturo.
Javier.
Incluso empleados de Voss Global.
—¿Cuánto tiempo llevan siguiéndonos?
—Meses.
Elena miró una fotografía de ella entrando a un restaurante.
—¿Quién tomó esto?
—Una empresa de vigilancia.
—¿Pagada por quién?
Javier señaló un documento.
—Por una sociedad vinculada a Alejandro.
Elena cerró el expediente.
—Entonces está vivo.
Arturo negó.
—Probablemente.
—¿Cómo que probablemente?
—Porque alguien puede estar usando su identidad.
Elena lo miró.
—¿Y por qué haría eso?
—Para obligarte a reaccionar.
—¿Quién?
Arturo no respondió.
Claudia se acercó.
—Yo sé quién.
Todos voltearon.
—Habla —dijo Elena.
Claudia sacó un sobre.
—Hace dos semanas recibí esto.
Dentro había una carta.
"Elena debe entregar el control de Voss Global antes de que cumpla treinta años.""
Elena frunció el ceño.
—No dice quién la escribió.
—No.
—¿Y por qué me la ocultaste?
Claudia bajó la mirada.
—Porque pensé que era una amenaza vacía.
Elena levantó la carta.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no lo es.
El teléfono de Elena vibró.
Una llamada.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Sí?
Una voz masculina respondió.
—Hola, hermana.
Elena quedó inmóvil.
No necesitaba preguntarlo.
Era él.
—Alejandro.
—Te tardaste.
—¿Dónde estás?
—Cerca.
—Quiero verte.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque todavía tienes a personas que no merecen estar contigo.
Elena miró a Damian.
—¿A quién te refieres?
—Tú sabes.
—No.
—Damian.
Elena sintió que el silencio se hacía más pesado.
—¿Qué tiene Damian?
—Pregúntale dónde estaba la noche que murió nuestro padre.
Elena se volvió hacia Damian.
Él palideció.
—¿Qué pasó esa noche? —preguntó ella.
Damian no respondió.
—Contéstame.
—Yo…
La llamada seguía abierta.
Alejandro escuchaba.
—Dile la verdad.
Elena miró a Damian.
—Habla.
Damian cerró los ojos.
—Estuve allí.
Elena sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿En la casa?
—Sí.
—¿Con mi padre?
—Sí.
—¿Qué hiciste?
Damian respiró profundamente.
—Lo llevé al automóvil.
Elena se quedó paralizada.
—¿Por qué?
—Porque Javier me lo pidió.
Javier levantó la cabeza.
—Eso no es cierto.
Damian lo miró.
—Tú me dijiste que sacara a tu cuñado de la casa.
—Para protegerlo.
—Eso pensé.
Elena volvió al teléfono.
—Alejandro, ¿sigues ahí?
—Sí.
—¿Tú sabes qué pasó?
—Sé más de lo que ellos creen.
—Entonces dime.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si te lo digo por teléfono, van a matarte.
Elena frunció el ceño.
—¿Quién?
—La persona que lleva veinticinco años esperando que tú tomes el control.
La llamada terminó.
Elena miró a todos.
—¿Qué significa eso?
Arturo habló.
—Significa que la persona que estamos buscando quizá no sea el verdadero enemigo.
Javier se puso de pie.
—No.
—¿Qué?
—Alejandro está manipulando la situación.
—¿Por qué?
—Porque quiere el control.
Elena lo miró.
—Es mi hermano.
—Precisamente.
—No sabes eso.
Javier golpeó la mesa.
—¡Sí lo sé!
Todos guardaron silencio.
Javier respiró profundamente.
—Alejandro nunca quiso protegerte.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque él fue quien entregó a tu madre.
Elena quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Cuando tenía dieciséis años, Alejandro descubrió que tu madre había ocultado su existencia.
—¿Y?
—Se sintió traicionado.
Claudia negó.
—No fue así.
Javier la miró.
—Tú no estabas allí.
—Pero conocí a Alejandro.
—Y yo también.
Elena levantó la voz.
—¡Ya basta!
Los dos callaron.
—Quiero pruebas.
Javier asintió.
—Las tendrás.
Sacó un documento.
—Esta es la primera denuncia que hizo Alejandro contra tu madre.
Elena leyó.
Su hermano había acusado a su madre de ocultar patrimonio.
Pero la denuncia nunca prosperó.
—¿Por qué?
—Porque tu madre la retiró.
—¿Por qué haría eso?
—Porque lo amaba.
Elena sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Entonces ella intentó protegerlo.
—Sí.
—¿Y él la traicionó?
Javier asintió.
—Sí.
Claudia intervino.
—No toda la historia está ahí.
—¿Qué falta?
Claudia señaló una página.
—Mira la fecha.
Elena la observó.
La denuncia había sido presentada tres días antes de que Alejandro desapareciera.
—¿Qué pasó después?
Claudia respondió:
—Alguien intentó matarlo.
Elena levantó la mirada.
—¿Quién?
—El mismo hombre que había amenazado a tu padre.
—¿Arturo?
Arturo negó.
—No.
Elena lo miró.
—Entonces ¿quién?
Claudia respondió:
—La persona que controlaba las cuentas.
Elena frunció el ceño.
—¿Quién?
Claudia respiró profundamente.
—Tu madre.
Elena quedó en silencio.
Javier golpeó la mesa.
—¡Eso no es verdad!
Claudia lo miró.
—Ella pagó para que lo vigilaran.
—Para protegerlo.
—Eso no lo sabemos.
Elena se volvió hacia Javier.
—¿Mi madre ordenó vigilar a Alejandro?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque había recibido amenazas.
—¿De quién?
Javier no respondió.
Elena lo miró fijamente.
—¿De Alejandro?
Javier asintió.
—Él amenazó con revelar la existencia de la herencia.
Elena sintió un profundo cansancio.
—Entonces mi familia estaba destruyéndose mucho antes de que yo naciera.
Nadie la contradijo.
En ese momento, el director financiero entró corriendo.
—Señora Voss.
—¿Qué pasa?
—Tenemos un problema con las acciones.
—¿Qué problema?
—Alguien acaba de comprar una participación importante.
Elena se levantó.
—¿Cuánto?
—Ocho por ciento.
—¿Quién?
El director le entregó un documento.
Elena lo leyó.
—No.
Damian se acercó.
—¿Qué dice?
—La compra se hizo a través de una empresa extranjera.
—¿A nombre de quién?
Elena levantó lentamente la mirada.
—A nombre de mi madre.
Javier quedó paralizado.
—Eso es imposible.
—Mi madre está muerta.
El director negó.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—La empresa no compró las acciones con dinero.
Elena frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Las obtuvo mediante una transferencia de derechos.
—¿De quién?
El director tragó saliva.
—De Alejandro.
La habitación quedó en silencio.
Elena comprendió la jugada.
Alejandro estaba utilizando documentos de su madre para reclamar derechos que supuestamente ella había dejado.
Pero había un problema.
—¿Cuándo se firmaron?
El director revisó la fecha.
—Hace tres días.
Elena cerró los ojos.
Tres días.
Exactamente tres días antes de la llamada.
—Entonces ya estaba preparando esto.
Damian preguntó:
—¿Qué vas a hacer?
Elena tomó el documento.
—Voy a dejar que compre más.
Todos la miraron.
—¿Qué?
—Si quiere mi empresa, le voy a dar una razón para venir por ella.
Javier negó.
—Es peligroso.
Elena sonrió.
—Lo sé.
Tomó el teléfono.
—Pero esta vez, la trampa la voy a poner yo.
A la mañana siguiente, Elena anunció públicamente que estaba dispuesta a vender una parte de Voss Global.
La noticia explotó.
Los inversionistas comenzaron a moverse.
Las acciones cambiaron de manos.
Y desde una oficina desconocida, alguien observaba los números.
Un hombre cerró su computadora.
—Funcionó.
Su asistente preguntó:
—¿Quiere que ejecutemos la siguiente fase?
El hombre sonrió.
—Sí.
—¿Aunque Elena sospeche?
—Ya sospecha.
Se levantó.
—Pero hay algo que ella todavía no sabe.
—¿Qué?
El hombre tomó una fotografía.
Era Elena de niña.
A su lado estaba una mujer.
La madre de Elena.
Y en brazos de aquella mujer había un bebé.
Alejandro.
El hombre acarició la fotografía.
—Ella cree que está buscando a su hermano.
Hizo una pausa.
—Pero en realidad está buscando al hijo que su madre entregó.
Su asistente lo miró confundido.
—¿Y dónde está él?
El hombre sonrió.
—Frente a ella.
En Voss Global, Elena recibió un mensaje.
"Nos vemos esta noche.""
Debajo había una dirección.
Elena reconoció el lugar.
Era el antiguo rancho de su familia.
El mismo sitio donde su padre había celebrado su último cumpleaños.
Ella guardó el teléfono.
—Voy.
Javier se puso de pie.
—No irás sola.
Elena negó.
—Esta vez sí.
—Elena…
—Si Alejandro quiere hablar conmigo, tendrá que hacerlo sin nadie más.
Javier la miró.
—Y si es una trampa.
Elena tomó su abrigo.
—Entonces finalmente sabremos quién la preparó.
Pero cuando salió del edificio, no vio que desde el otro lado de la calle alguien la observaba.
Un hombre levantó el teléfono.
—Ya salió.
La voz de Alejandro respondió:
—Perfecto.
El hombre sonrió.
—¿Y qué hago con Damian?
May you like
Hubo una pausa.
—No lo dejes llegar al rancho.