Chapter 4: El hombre detrás de la sombra
Elena nunca había odiado a su tío.
Eso era precisamente lo que hacía que aquella verdad doliera tanto.
Durante años había pensado que Javier simplemente había elegido alejarse de la familia.
Su madre nunca hablaba mucho de él.
Cada vez que Elena preguntaba por qué no podía verlo, su madre cambiaba de tema, servía café o se ponía a ordenar cualquier cosa que tuviera enfrente.
—Hay personas que es mejor dejar en el pasado, hija.
Eso era todo.
Elena había respetado su silencio.
Hasta esa noche.
Ahora estaba frente a una pantalla donde aparecía el nombre de Javier Voss.
El director financiero esperaba instrucciones.
—¿Qué sabemos de él?
—Su identidad legal es correcta. Pero durante los últimos veinticinco años ha utilizado varias sociedades.
—¿Cuántas?
—Cuarenta y tres que hemos podido identificar.
Elena cerró los ojos.
—¿Y ninguna aparece directamente relacionada conmigo?
—No.
—¿Con Damian?
—Sí.
Elena abrió los ojos.
—¿Cuánto dinero movieron entre ellos?
El director colocó una tabla en la pantalla.
—Más de ciento ochenta millones de pesos.
Elena se quedó mirando las cifras.
—¿Y cuánto de ese dinero salió de Voss Global?
—Cerca de setenta millones.
—Entonces Damian no construyó su fortuna.
—No completamente.
—La recibió.
—Eso parece.
Elena caminó lentamente alrededor del escritorio.
—¿Por qué mi madre permitiría algo así?
El director dudó.
—Tal vez no lo permitió.
Elena se detuvo.
—Explícate.
—Su madre pudo haber descubierto lo que Javier hacía y haber intentado detenerlo.
Elena recordó la carta.
"Si algún día descubres lo que Damian hizo, significa que yo ya no pude protegerte.""
No decía que su madre hubiera sido cómplice.
Decía que había intentado protegerla.
—Quiero todos los documentos relacionados con la muerte de mi padre.
—Ya están solicitados.
—No.
Elena negó con la cabeza.
—Quiero todo. Incluso lo que haya sido eliminado.
El director asintió.
—Entendido.
En ese momento, el teléfono de Elena vibró.
Un número desconocido.
Contestó.
—¿Sí?
Silencio.
Después una voz masculina.
—No busques más.
Elena reconoció la voz.
Javier.
—¿Dónde estás?
—Eso no importa.
—Para mí sí.
—Elena, escucha.
Ella apretó el teléfono.
—Llevas veinticinco años mintiéndome. No estoy de humor para escucharte.
—Tu madre te mintió porque quería mantenerte viva.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Viva?
—Sí.
—¿Quién quería matarme?
Javier guardó silencio.
—Contéstame.
—No era a ti a quien buscaban.
—Entonces ¿a quién?
—A tu padre.
Elena miró la pantalla.
—Él murió hace veinticinco años.
—Y precisamente por eso tienes que entender que todo lo que ocurrió después fue una consecuencia.
—Tú estabas involucrado.
—Sí.
La respuesta directa la desconcertó.
—¿Lo mataste?
—No.
—¿Sabías que iba a morir?
Otra pausa.
—Sí.
Elena sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Y no hiciste nada?
—Hice lo que pude.
—¡No me vengas con eso!
Su voz retumbó en la oficina.
—¡Durante veinticinco años pensé que mi papá había muerto por un accidente!
—Porque era la única versión que podía mantenerte a salvo.
—¿De quién?
Javier respiró profundamente.
—De la persona que todavía tiene acceso a tu familia.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Que no confíes en nadie.
—¿Ni siquiera en ti?
—Especialmente en mí.
La llamada terminó.
Elena se quedó mirando el teléfono.
El director financiero entró nuevamente.
—Encontramos algo.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Una cuenta antigua.
—¿De Javier?
—No.
Colocó una hoja sobre el escritorio.
Elena la tomó.
El titular de la cuenta era una fundación.
"Fundación Voss para la Protección Familiar.""
—¿Qué tiene de extraño?
—Fue creada seis meses antes de la muerte de su padre.
—¿Quién la administraba?
El director señaló la última línea.
Elena palideció.
—Mi madre.
—Sí.
—¿Y quién era el beneficiario?
El director no contestó.
Elena bajó la mirada.
Su propio nombre aparecía allí.
Elena dejó caer el documento.
—Entonces todo esto comenzó antes de que yo lo supiera.
—Sí.
—¿Y Damian?
—Entró en la estructura años después.
Elena recogió el documento.
—Quiero encontrar el primer contrato que firmó con Voss Global.
—Ya lo tenemos.
El director abrió otra carpeta.
—Pero hay un detalle.
—¿Cuál?
—El contrato no fue aprobado por usted.
—Yo todavía no tenía control directo.
—Tampoco por su madre.
Elena levantó la vista.
—Entonces ¿quién lo aprobó?
El director deslizó una copia.
La firma estaba al final.
Elena la reconoció.
Era la firma de Javier.
Pero debajo había otra firma.
Una que la hizo quedarse sin respiración.
La de su madre.
Elena se sentó.
—Ellos dos trabajaban juntos.
—Eso parece.
—¿Entonces por qué mi madre lo acusó?
—Quizá dejaron de trabajar juntos.
Elena volvió a mirar la fecha.
Tres días antes de la muerte de su padre.
Algo no encajaba.
Tomó el teléfono.
—Localicen a Damian.
—Ya lo estamos siguiendo.
—No quiero que lo detengan.
—Entendido.
—Quiero saber qué sabe.
Mientras tanto, Damian estaba sentado frente a Javier.
Veronica permanecía junto a la puerta.
—Dime la verdad —exigió Damian—. ¿Qué pasó aquella noche?
Javier lo miró.
—¿Quieres saberlo ahora?
—Sí.
—¿Porque te importa Elena?
Damian apretó la mandíbula.
—Porque quiero saber por qué estoy perdiendo todo.
Javier soltó una sonrisa triste.
—Ahí está el problema.
Se acercó a una vieja caja de madera.
La abrió.
Sacó una grabadora.
—Tu verdadero error fue creer que el dinero era tuyo.
Damian miró la grabadora.
—¿Qué es eso?
—La última conversación de tu padre con mi hermana.
Damian se quedó inmóvil.
—¿La grabaste?
—Sí.
Javier presionó un botón.
La voz de una mujer llenó la habitación.
La madre de Elena.
"Si algo me pasa, Elena tiene que recibirlo todo.""
Después se escuchó la voz de un hombre.
"¿Y si descubre quién eres?""
La madre respondió:
"Entonces tendrá que saber quién fue su padre.""
La grabación se cortó.
Damian miró a Javier.
—¿Eso es todo?
—No.
Javier sacó una segunda grabadora.
—Hay otra parte.
Antes de poder reproducirla, los vidrios de la ventana se iluminaron con luces blancas.
Javier levantó la mirada.
Vehículos.
Varios.
—Ya llegaron.
Damian se puso de pie.
—¿Quién?
Javier guardó las grabadoras.
—Elena.
Damian sintió un golpe en el estómago.
—¿Vino sola?
Javier sonrió.
—No.
La puerta se abrió.
Y Elena entró.
No llevaba guardaespaldas visibles.
Solo su bolso.
Su rostro estaba sereno.
Pero sus ojos habían cambiado.
Miró a Damian.
Después a Javier.
—Se acabó.
Javier no se movió.
—Todavía no.
Elena dio un paso adelante.
—Entonces empieza a hablar.
Javier sostuvo su mirada.
—Primero tienes que escuchar algo.
Levantó la grabadora.
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—Porque cuando escuches esto, ya no podrás seguir creyendo que tu madre fue la mujer que pensabas.
Y presionó el botón.