Chapter 2: La cuenta secreta
A las nueve de la noche, Damian descubrió que ya no podía entrar a su propia casa.
El código de la puerta había sido cambiado.
Intentó marcarlo tres veces.
Nada.
—Vamos… —murmuró—. Abre.
La luz roja apareció nuevamente.
ACCESO DENEGADO.
Damian golpeó la puerta con la palma.
—¡Soy el dueño de esta casa!
El guardia de seguridad se acercó.
—Señor, recibimos instrucciones.
Damian lo miró con incredulidad.
—¿Instrucciones de quién?
El hombre bajó la mirada.
—De la administración.
—¿Qué administración?
El guardia respiró profundamente.
—Voss Global.
Damian cerró los ojos.
Durante unos segundos no dijo nada.
Entonces escuchó un automóvil.
Veronica bajó del asiento trasero.
Llevaba su bolso de diseñador en una mano y el teléfono en la otra.
—¿Qué está pasando?
Damian se volvió.
—No podemos entrar.
—¿Cómo que no?
—Cambiaron las cerraduras.
Veronica miró al guardia.
—¡Abra la puerta!
—Señora, no puedo.
—¿Sabes quién soy?
El hombre dudó.
—Sí.
Veronica levantó la barbilla.
—Entonces abre.
—No puedo.
—¡Te estoy dando una orden!
El guardia negó con la cabeza.
—Ya no trabaja para usted.
Aquella frase cayó como una bofetada.
Veronica se quedó quieta.
Damian soltó una risa amarga.
—¿Lo entiendes ahora?
—Cállate.
—Tú dijiste que Elena era una don nadie.
—¡Cállate!
—Te reíste de ella.
—¡Ya dije que te calles!
El guardia se retiró.
La puerta permaneció cerrada.
Veronica miró su teléfono.
Tenía treinta y siete llamadas perdidas.
—¿Por qué me están llamando todos?
Damian sacó su propio teléfono.
—Porque probablemente quieren su dinero.
—¿Qué?
—Los proveedores. Los socios. Los abogados.
Veronica abrió uno de los mensajes.
Su expresión cambió.
—Damian…
—¿Qué?
—Dice que mi cuenta fue congelada.
Damian sintió un escalofrío.
—Enséñame.
Ella le pasó el teléfono.
El mensaje era breve.
"Operación suspendida por revisión de origen de fondos.""
Damian levantó la mirada.
—La transferencia.
—¿Qué transferencia?
—Los cincuenta millones.
Veronica retrocedió.
—Yo no sabía que había un problema.
—¿Quién te dijo que ese dinero era limpio?
—Tú.
Damian se quedó callado.
Ella lo miró.
—Tú me dijiste que era un regalo.
—No era un regalo.
—Entonces ¿qué era?
Damian no respondió.
Porque sabía perfectamente lo que era.
Era dinero que había salido de una estructura que no podía ser rastreada fácilmente.
Dinero que había usado para comprar propiedades a nombre de terceros.
Dinero que había utilizado para financiar una vida que ahora podía convertirse en evidencia.
Veronica comenzó a llorar.
—No sabía.
Damian la miró con dureza.
—No te hagas la víctima.
—¡No sabía!
—¡Entonces debiste preguntar!
—¿Y tú qué? ¿Nunca preguntaste quién era Elena?
Damian apretó los labios.
La pregunta le dolió.
Porque era verdad.
Nunca había preguntado.
Durante años había tratado a los representantes de Voss Global como simples inversionistas.
Elena había mantenido su nombre fuera de las reuniones.
No por miedo.
Por estrategia.
Le gustaba observar.
Le gustaba saber cómo trataban las personas a quienes creían inferiores.
Y Damian había mostrado exactamente quién era.
Mientras tanto, en el piso cuarenta y dos de Voss Global, Elena estaba sentada frente a una enorme ventana.
La ciudad brillaba debajo de ella.
Tenía una taza de café de olla sobre el escritorio.
Ya estaba frío.
No lo había probado.
Frente a ella había cuatro carpetas.
La primera: Damian.
La segunda: Veronica.
La tercera: las empresas.
La cuarta no tenía nombre.
El director financiero entró.
—Encontramos algo.
Elena levantó la vista.
—¿Qué?
—La transferencia de cincuenta millones no fue la primera.
Colocó varios documentos sobre el escritorio.
—Hay otras.
Elena tomó el primero.
Veinte millones.
Después otro.
Doce.
Otro.
Treinta y cinco.
Todos habían pasado por diferentes empresas.
Todas parecían independientes.
Pero compartían algo.
Elena empezó a conectar las fechas.
—Esto comenzó hace tres años.
—Sí.
—¿Quién autorizaba?
—Damian.
Elena negó lentamente.
—No.
El director frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Él firmaba.
Levantó otro documento.
—Pero alguien más preparaba las operaciones.
—¿Alguien dentro de la empresa?
—Eso parece.
Elena sintió un peso en el pecho.
—¿Quién?
El director dejó una última hoja frente a ella.
El nombre estaba parcialmente oculto.
Elena lo leyó.
Y se quedó completamente inmóvil.
—No.
—¿Lo conoce?
Elena levantó lentamente los ojos.
—Demasiado.
El director esperó.
—¿Quiere que continuemos?
Elena asintió.
—Sí.
—¿Aunque la persona esté relacionada con usted?
Elena guardó silencio.
Después dijo:
—Precisamente por eso.
A kilómetros de distancia, Damian recibió un mensaje.
No provenía de ningún banco.
Ni de un abogado.
Ni de su asistente.
Era un número desconocido.
"Si Elena encuentra la carpeta azul, todos estamos acabados.""
Damian sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Miró a Veronica.
—¿Tú recibiste esto?
Ella negó.
—¿Qué dice?
Damian no contestó.
Guardó el teléfono.
—Necesito irme.
—¿A dónde?
—A buscar algo.
—¿Qué?
—Una carpeta.
Veronica lo miró confundida.
—¿Qué carpeta?
Damian se acercó.
—La azul.
El rostro de Veronica perdió color.
—¿Dónde está?
—En un lugar que nadie conoce.
—¿Quién la tiene?
Damian miró hacia la calle.
—Elena.
Veronica se llevó una mano a la boca.
—¿Cómo puede tenerla?
Damian apretó los puños.
—Porque alguien se la entregó.
—¿Quién?
Él no respondió.
Porque en ese momento comprendió algo todavía peor.
El mensaje no había sido una amenaza.
Había sido una advertencia.
Alguien dentro de su círculo estaba tratando de salvarse.
Y para hacerlo, estaba dispuesto a entregar a todos los demás.
Damian caminó hacia un automóvil que acababa de detenerse frente a la casa.
—Sube.
Veronica no se movió.
—¿A dónde vamos?
—A recuperar la carpeta.
—¿Y si Elena ya la abrió?
Damian se detuvo.
—Entonces no nos queda mucho tiempo.
Mientras el automóvil se alejaba, en el edificio de Voss Global, Elena abrió lentamente la cuarta carpeta.
La carpeta azul.
Dentro había contratos.
Fotografías.
Copias de transferencias.
Y una carta escrita a mano.
Elena reconoció la letra de inmediato.
La había visto cientos de veces.
La carta comenzaba con una sola frase:
"Elena, si algún día descubres lo que Damian hizo, significa que yo ya no pude protegerte.""
Elena dejó de respirar por un instante.
No necesitaba leer la firma.
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Ya sabía quién la había escrito.
Su propia madre.