Chapter 13: La madre que volvió de la muerte para contar la verdad
Elena no pudo moverse.
Su madre estaba frente a ella.
Viva.
Con el mismo rostro que había llorado durante ocho años.
Con las mismas manos que tantas veces había recordado sobre su cabello cuando era niña.
—Mamá…
La mujer dio un paso.
—Mija.
Elena retrocedió.
—No me digas así.
La sonrisa de la mujer desapareció.
—Tienes derecho a estar enojada.
—¿Enojada?
Elena soltó una risa quebrada.
—¡Te enterré!
Su madre bajó la mirada.
—Lo sé.
—Fui a tu tumba.
—Lo sé.
—Llevé flores.
—Lo sé.
—¡Lloré durante ocho años pensando que te había perdido!
La mujer cerró los ojos.
—Perdóname.
Elena negó con la cabeza.
—No.
La palabra salió seca.
—No puedes pedirme perdón como si hubieras llegado tarde a una cena.
Claudia comenzó a llorar.
Javier permaneció inmóvil.
Arturo, en cambio, observaba a la mujer con una expresión de auténtico miedo.
Alejandro no podía dejar de mirarla.
—Tú… —murmuró.
La mujer se volvió hacia él.
—Sí.
Alejandro dio un paso atrás.
—Me dijiste que estabas muerta.
—Necesitaba que lo creyeras.
—¡Me hiciste desaparecer!
—Te salvé.
—¡Me quitaste mi familia!
La mujer respiró profundamente.
—Porque nuestra familia estaba a punto de destruirse.
Elena levantó una mano.
—Ya basta.
Todos callaron.
—Quiero saberlo todo.
Su madre asintió.
—Entonces tendrás que escuchar cosas que quizá nunca quieras perdonarme.
Elena sostuvo su mirada.
—Empieza por el principio.
Su madre se sentó.
—Tu padre y yo no empezamos nuestra historia como todos creen.
—Eso ya lo sé.
—No sabes cómo nos conocimos.
La mujer miró a Alejandro.
—Tu padre conoció primero a Teresa.
Alejandro cerró los ojos.
—Mi mamá.
—Sí.
—¿Y tú?
—Yo era su amiga.
La voz de la mujer se volvió más baja.
—Cuando Teresa quedó embarazada, tu padre quiso casarse con ella.
Alejandro abrió los ojos.
—¿Qué?
—Pero Teresa tenía miedo.
—¿De qué?
—De la familia de tu padre.
Elena frunció el ceño.
—¿Mi abuelo?
—Tu abuelo no aceptaba a Teresa. Quería que su hijo se casara con una mujer de una familia poderosa.
Alejandro apretó los puños.
—Entonces ¿por qué nací?
—Porque tu padre eligió a Teresa.
Una lágrima bajó por el rostro de Alejandro.
—Nunca me dijeron eso.
—Porque después ocurrió algo terrible.
La mujer miró a Elena.
—Teresa murió.
—¿Cómo?
—Un accidente.
Arturo intervino.
—No fue un accidente.
La mujer lo miró.
—No.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Quién la mató?
La mujer guardó silencio.
Después señaló a Arturo.
—Tu padre.
Arturo palideció.
—No.
—Él ordenó que la asustaran para que abandonara la ciudad.
—Eso no significa que quisiera matarla.
—Pero murió.
Arturo dio un paso atrás.
—Yo no sabía.
—Eso es lo que te has repetido durante años.
Elena miró a Arturo.
—Entonces tú también fuiste utilizado.
Arturo bajó la cabeza.
La madre de Elena continuó.
—Después de la muerte de Teresa, tu padre quiso reconocer a Alejandro públicamente.
—¿Y qué pasó?
—Tu abuelo lo amenazó.
Alejandro miró a Elena.
—¿Con qué?
—Con quitarle todo.
La madre hizo una pausa.
—Y lo peor fue que tu padre descubrió que la familia había estado desviando dinero durante años.
Javier habló.
—Por eso comenzó la investigación.
—Sí.
—Y ahí entré yo —dijo Arturo.
La mujer asintió.
—Tú entraste cuando ya era demasiado tarde.
Arturo apretó los labios.
—Yo solo quería recuperar lo que creía mío.
—Y terminaste convirtiéndote en aquello que juraste destruir.
Elena miró a su madre.
—¿Y mi papá?
—Descubrió que alguien estaba utilizando las empresas para crear cuentas falsas.
—¿Quién?
La mujer la miró directamente.
—Tu abuelo.
Elena quedó inmóvil.
—Pero murió antes de que yo naciera.
—Precisamente.
Su madre sacó una carpeta.
—Tu abuelo creó una estructura financiera secreta. Cuando murió, tu padre heredó el control.
Elena abrió la carpeta.
Había estados de cuenta.
Empresas.
Firmas.
Fechas.
Y una lista de nombres.
Uno de ellos la sorprendió.
—Damian.
Damian cerró los ojos.
—Yo no sabía nada.
La mujer lo miró.
—Tu padre sí.
Elena levantó la mirada.
—¿Mi padre eligió a Damian?
—Sí.
—¿Para qué?
—Para vigilar a Arturo.
Damian respiró profundamente.
—Entonces yo…
—Eras un instrumento —dijo la mujer—. Pero después comenzaste a tomar decisiones por tu cuenta.
Elena recordó todas las traiciones.
—¿Y por qué me humillaste? —preguntó de pronto.
Damian la miró.
—Porque pensé que había ganado.
Elena negó.
—No.
Damian bajó la cabeza.
—Porque confundí poder con valor.
Elena no respondió.
Su madre continuó.
—La noche del ataque, tu padre descubrió quién estaba detrás de todo.
—¿Quién?
La mujer miró a Javier.
Javier se quedó helado.
—No fui yo.
—No.
—Entonces ¿quién?
La mujer sacó una fotografía.
En ella aparecía un hombre que Elena no conocía.
—Su nombre era Ernesto.
Javier palideció.
—El abogado.
—Sí.
Arturo abrió los ojos.
—Ernesto trabajaba para mi padre.
—Y después trabajó para mí.
Elena miró a su madre.
—¿Tú lo contrataste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba saber quién estaba moviendo el dinero.
La mujer apretó la fotografía.
—Ernesto descubrió que tu padre planeaba entregar toda la evidencia a las autoridades.
—¿Y entonces?
—Organizó el ataque.
Elena miró a Damian.
—Pero él aparece en el video.
Su madre asintió.
—Porque Damian fue enviado para sacar a tu padre de la casa.
Damian levantó la cabeza.
—Yo creía que lo estaba llevando a un lugar seguro.
—Eso era lo que te hicieron creer.
—¿Quién me dio la orden?
La mujer lo miró.
—Ernesto.
Damian quedó paralizado.
—¿Y tú?
—Yo intenté detenerlo.
Elena la miró.
—¿Cómo?
—Llegué demasiado tarde.
Su madre comenzó a llorar.
—Cuando encontré a tu padre, todavía respiraba.
Elena cerró los ojos.
—Entonces sobrevivió.
—Sí.
Alejandro dio un paso adelante.
—¿Y dónde está?
La mujer lo miró.
—No lo sé.
—¡Mientes!
—No.
—¡Tú sabías dónde estaba!
—Durante años, sí.
Alejandro se quedó sin palabras.
—¿Dónde?
Su madre respondió:
—En Puebla.
Elena sintió un golpe en el pecho.
—¿Está vivo?
La mujer bajó la mirada.
—No lo sé.
—¿Cuándo lo viste por última vez?
—Hace seis años.
—¿Y después?
—Desapareció.
Elena se acercó.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Porque Ernesto seguía buscándolo.
—¿Y por qué fingiste tu muerte?
—Porque Ernesto había empezado a buscarte a ti.
La habitación quedó en silencio.
—Necesitaba que creyera que habías quedado completamente sola.
Elena frunció el ceño.
—Pero entonces ¿por qué dejaste que Damian entrara en mi vida?
—Porque necesitaba alguien que pudiera protegerte desde dentro.
Damian levantó la mirada.
—¿Y cuando la traicioné?
La mujer respondió:
—Pensé que ya no podía confiar en ti.
Elena respiró profundamente.
—¿Y aun así nunca me dijiste la verdad?
—Porque cada vez que intentaba hacerlo, aparecía una nueva amenaza.
Claudia habló.
—Hasta que Ernesto encontró la forma de activar la herencia.
Elena miró el expediente.
—Alejandro.
Su hermano asintió.
—La cláusula.
La madre de Elena respondió:
—Ernesto necesitaba a Alejandro para abrir una parte del patrimonio.
—Entonces lo manipuló.
—Sí.
Alejandro bajó la cabeza.
—Yo creí que estaba recuperando lo que me pertenecía.
—Y lo estabas.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Qué?
—Tú tienes derecho a tu parte.
Elena lo miró.
Su madre continuó:
—Pero Ernesto quería mucho más.
—¿Qué?
—Quería que ustedes dos se enfrentaran.
Elena comprendió.
—Porque mientras peleábamos, él podía quedarse con todo.
La mujer asintió.
—Exactamente.
Arturo soltó una risa amarga.
—Entonces todos fuimos piezas.
—Sí.
Javier se acercó.
—¿Y Ernesto dónde está?
La madre de Elena respondió:
—En Ciudad de México.
Elena tomó su teléfono.
—Lo vamos a encontrar.
Pero antes de marcar, llegó una notificación.
Una transferencia había salido de Voss Global.
Por una cantidad enorme.
Elena palideció.
—¿Qué pasó?
El director financiero llamó.
—Señora Voss, alguien acaba de ejecutar una transferencia utilizando su firma.
—¿A dónde?
El hombre tragó saliva.
—A una cuenta vinculada a Ernesto.
Elena miró a su madre.
—¿Cuánto?
—Doscientos millones de pesos.
Nadie respiró.
Elena cerró los ojos.
—Nos tendió una trampa.
Su madre se puso de pie.
—No.
—¿Qué?
La mujer miró hacia la ventana.
—Nos está obligando a ir hacia él.
Entonces el teléfono volvió a sonar.
Esta vez era una videollamada.
Elena contestó.
En la pantalla apareció un hombre.
Ernesto.
Detrás de él había una habitación oscura.
Y una persona sentada en una silla.
Elena reconoció inmediatamente la silueta.
—Papá…
Ernesto sonrió.
—Ahora sí, Elena.
Hizo una pausa.
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—Ven por él.
Y la llamada terminó.