Chapter 9: El hombre que todos creían muerto regresó para revelar quién ordenó la muerte de Mariana
Arturo Cárdenas entró en la habitación con las manos levantadas y una sonrisa que hizo que Ricardo sintiera náuseas.
Era más viejo de lo que mostraban las fotografías. Tenía el cabello completamente blanco y caminaba con dificultad, apoyándose en un bastón de madera.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos.
Fríos.
Calculadores.
Sin una sola señal de arrepentimiento.
—Buenas noches, Ricardo —dijo—. Veo que por fin reuniste a toda la familia.
Los agentes le ordenaron detenerse.
Arturo obedeció sin resistencia.
Helena se quedó inmóvil junto a la cama.
Gabriel parecía haber perdido la capacidad de hablar.
Y Elena abrazó a Bia, protegiéndola detrás de su cuerpo.
Ricardo avanzó un paso.
—Creí que estabas muerto.
Arturo sonrió.
—Eso era lo que Helena quería que todos creyeran.
Helena se volvió hacia él.
—¡Cállate!
Arturo soltó una carcajada.
—¿Todavía intentas darme órdenes? Después de todo lo que hice por ti.
—No hiciste nada por mí.
—¿Ah, no? ¿Quién pagó para que tu hija fuera entregada a otra familia? ¿Quién consiguió que los documentos desaparecieran? ¿Quién convenció a Salgado de que firmara los papeles?
Valentina comenzó a llorar.
—¡No hables de mí como si fuera un objeto!
Arturo la miró con indiferencia.
—Tú no entiendes nada, niña.
—¡Soy tu nieta!
La palabra quedó suspendida en el aire.
Ricardo miró a Helena.
Ella no negó nada.
Valentina se secó las lágrimas.
—Me dijiste que mi padre había muerto. Me dijiste que nadie me quería. Me hiciste creer que mi propia familia me había abandonado.
Helena cerró los ojos.
—Lo hice para protegerte.
—¡No! Lo hiciste porque te avergonzabas de mí.
La mujer intentó acercarse, pero Valentina retrocedió.
—No vuelvas a tocarme.
Arturo golpeó el suelo con su bastón.
—¡Ya basta de sentimentalismos! Tenemos asuntos más importantes que resolver.
Ricardo se interpuso.
—¿Qué le hiciste a mi esposa?
Arturo lo observó durante unos segundos.
—Mariana hizo demasiadas preguntas.
Ricardo sintió que el mundo se detenía.
—¿Tú cambiaste sus medicamentos?
Arturo no respondió inmediatamente.
Miró a Gabriel.
Después miró a Helena.
Finalmente, se volvió hacia Ricardo.
—Yo me encargué de que recibiera un tratamiento que no le correspondía. No pretendía que muriera tan pronto.
El silencio fue absoluto.
Elena abrazó a Bia con más fuerza.
Teresa, que había llegado acompañada por otro agente, comenzó a llorar.
Ricardo sintió una rabia tan intensa que tuvo que cerrar los puños para no lanzarse contra aquel hombre.
—¿Por qué?
Arturo inclinó la cabeza.
—Porque Mariana había encontrado los documentos de Lucía. Si los entregaba a las autoridades, varias personas perderían su libertad y yo perdería todo lo que construí.
—¿Y por eso la mataste?
—Yo no le administré las dosis personalmente.
—¡Pero ordenaste que cambiaran su tratamiento!
Arturo guardó silencio.
No necesitaba responder.
Su silencio era una confesión.
Ricardo se volvió hacia Gabriel.
—¿Tú sabías esto?
Su hermano tenía lágrimas en los ojos.
—Sabía que Arturo había conseguido los medicamentos. Helena me dijo que eran parte de un tratamiento experimental y que los médicos estaban de acuerdo.
—¿Y le creíste?
Gabriel se derrumbó en una silla.
—No quería que Mariana muriera.
—¡Pero permitiste que siguiera enfermando!
—Tenía miedo.
Ricardo lo miró con desprecio.
—Todos tuvieron miedo. Mi esposa tuvo miedo. Mis hijas tuvieron miedo. Pero ustedes tenían miedo de perder dinero y poder, no de perder a una persona.
Gabriel se cubrió el rostro.
Arturo soltó una risa seca.
—No seas hipócrita, Ricardo. Tú tampoco estabas en casa. Mientras Mariana investigaba, tú viajabas, cerrabas contratos y te preocupabas por tus negocios. Si hubieras estado más atento, quizá todo habría sido distinto.
Ricardo sintió el golpe de aquellas palabras.
Era cierto que había estado ausente.
Era cierto que no había escuchado a Mariana cuando le pidió ayuda.
Pero nada de eso convertía a su esposa en responsable de lo que le habían hecho.
—Mi ausencia fue un error —dijo Ricardo—. Lo que ustedes hicieron fue una decisión.
Arturo dejó de sonreír.
Ricardo señaló a los agentes.
—Llévenselo.
Uno de los policías se acercó, pero Arturo levantó la mano.
—Antes de que me lleven, deberías escuchar lo que pasó con Lucía.
Ricardo se quedó inmóvil.
—¿Dónde está mi hija?
Arturo sacó un teléfono del bolsillo.
—Viva. Por ahora.
Ricardo avanzó hacia él.
—¡Dime dónde está!
—Está en un lugar seguro. O eso cree la persona que la acompaña.
Elena palideció.
—¿Qué hiciste?
Arturo la miró.
—Lo necesario para evitar que Mariana destruyera a la familia.
—¡Mariana no destruyó nada! —gritó Elena—. ¡Tú separaste a sus hijas de ella!
Arturo se encogió de hombros.
—La vida está llena de decisiones difíciles.
Valentina se puso de pie.
—¿Dónde está Lucía?
Arturo la observó.
—La última vez que supe de ella, estaba con un hombre que creía estar ayudándola.
Ricardo recordó el mensaje de Lucía.
«La persona que está conmigo acaba de reconocer al hombre que está contigo».
Esteban.
El nombre le atravesó la mente como un relámpago.
Ricardo sacó su teléfono y llamó inmediatamente.
No hubo respuesta.
Volvió a marcar.
El teléfono estaba apagado.
Arturo observó su expresión y sonrió.
—Veo que empiezas a comprender.
Ricardo lo agarró del saco.
—Si Esteban está involucrado, te juro que…
Los agentes los separaron.
—Señor, por favor, retroceda.
Ricardo respiró profundamente.
No podía perder el control.
No podía permitir que Arturo utilizara su rabia para escapar.
—¿Quién es Esteban? —preguntó Elena.
Ricardo se volvió hacia ella.
—El hombre que dijo haber ayudado a Mariana a encontrar a Lucía.
Elena palideció.
—No.
—¿Lo conoces?
La mujer negó lentamente con la cabeza.
—No personalmente. Pero Mariana me habló de un auditor que descubrió las transferencias. Me dijo que era un hombre joven, honesto y que estaba arriesgando su trabajo para ayudarla.
Ricardo sintió que el miedo se volvía insoportable.
—¿Y si Esteban no es quien dice ser?
Arturo sonrió.
—Entonces, quizá acabas de entregar a tu hija a la persona equivocada.
Ricardo se volvió hacia los agentes.
—Necesito que localicen a Esteban Robles y a Lucía. Ahora.
Uno de ellos comenzó a hacer llamadas.
Mientras tanto, el otro revisó el teléfono de Arturo y encontró varios mensajes cifrados, además de fotografías de Lucía tomadas durante los últimos días.
En una de ellas aparecía la joven frente a un edificio.
En otra, estaba sentada en el asiento trasero de un automóvil.
La última fotografía mostraba a Esteban junto a ella.
Pero había un detalle que hizo que Ricardo sintiera que el corazón se le detenía.
Esteban llevaba la misma pulsera roja que Valentina.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
Valentina miró la fotografía.
—Esa pulsera pertenecía a mi madre biológica. Me dijeron que existían tres iguales. Una era mía, otra de Lucía y la tercera de una niña cuyo nombre nunca me revelaron.
Ricardo recordó la pulsera que Bia había guardado.
Tres pulseras.
Tres niñas.
Tres historias que alguien había intentado borrar.
Elena se acercó a la fotografía.
—Mariana encontró una carta donde se mencionaba a una tercera hija. Pensó que era un error administrativo, pero nunca consiguió identificarla.
Ricardo sintió un escalofrío.
—¿Y si esa niña es Bia?
Valentina negó con la cabeza.
—No. La tercera pulsera pertenecía a alguien que nació antes que Lucía.
Arturo dejó de sonreír.
Por primera vez, pareció realmente asustado.
Ricardo lo notó.
—¿Quién es esa niña?
Arturo apretó los labios.
—No importa.
—¡Dime quién es!
El hombre guardó silencio.
Entonces Bia, que había permanecido junto a Elena, se acercó a Ricardo.
—Papá, mamá me contó un secreto.
Ricardo se arrodilló frente a ella.
—¿Qué secreto, princesa?
La niña sacó del bolsillo una pequeña fotografía doblada.
Era la imagen de un bebé envuelto en una manta blanca.
En el reverso, Mariana había escrito:
«A mi primera hija. Perdóname por no haber podido encontrarte antes».
Ricardo sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
La fotografía no correspondía a Lucía.
Tampoco a Valentina.
Era una bebé mucho más pequeña, con una marca de nacimiento junto a la oreja.
—¿Dónde encontraste esto? —preguntó.
—Mamá lo tenía escondido en mi muñeca. Me dijo que, si algún día conocía a la señora Elena, debía preguntarle si recordaba a una niña llamada Sofía.
Elena dejó escapar un grito ahogado.
Se llevó las manos a la boca y comenzó a llorar.
—Sofía…
Ricardo se volvió hacia ella.
—¿La conoces?
Elena asintió lentamente.
—Era mi hija.
El silencio cayó sobre todos.
—¿Tu hija? —preguntó Ricardo.
—La bebé que me dijeron que había muerto cuando yo era joven. La que nunca pude conocer. Mariana pasó años buscándola porque descubrió que nuestros expedientes habían sido intercambiados.
Arturo intentó caminar hacia la puerta.
Los agentes lo sujetaron inmediatamente.
—¡No pueden detenerme por esto!
—No lo estamos deteniendo por una fotografía —respondió el policía—. Está siendo investigado por posibles delitos relacionados con la desaparición de menores, falsificación documental y la muerte de la señora Mariana.
Arturo perdió la compostura.
—¡No tienen idea de quién está detrás de todo esto!
Ricardo se acercó.
—Entonces dilo.
Arturo lo miró con odio.
—Yo no era quien tomaba las decisiones. Yo recibía órdenes.
—¿De quién?
El hombre apretó la mandíbula.
—De alguien que todavía tiene acceso a tu empresa. Alguien que puede hacer desaparecer a Lucía, destruir los registros de la clínica y convertirte en el culpable de todo.
Ricardo sintió que el corazón le golpeaba con violencia.
—¿Quién?
Arturo miró directamente a Gabriel.
—Tu hermano no es el único hombre que compartió una cama con Mariana.
Gabriel se levantó de golpe.
—¡Mientes!
Arturo sonrió.
—Entonces pregúntale por qué estuvo en el hospital la noche en que nació Lucía. Pregúntale por qué firmó el documento que autorizó la entrega de la bebé. Y pregúntale qué hizo con la tercera pulsera.
Ricardo se volvió lentamente hacia Gabriel.
Su hermano estaba llorando.
Pero esta vez no parecía asustado.
Parecía derrotado.
—Ricardo —susurró—, hay algo que nunca te conté sobre la noche en que nació Lucía.
Antes de que pudiera continuar, uno de los agentes recibió una llamada.
Escuchó durante varios segundos.
Después miró a Ricardo con expresión grave.
—Señor, encontramos el vehículo de Esteban Robles.
Ricardo sintió que el corazón se le detenía.
—¿Dónde?
—Abandonado junto a una carretera. Hay rastros de sangre en el asiento del conductor.
El agente hizo una pausa.
—Y encontramos una identificación a nombre de una mujer llamada Lucía Cárdenas.
Ricardo miró a Bia.
La niña comenzó a llorar.
Y mientras los agentes se llevaban a Arturo, Gabriel se acercó a su hermano y pronunció una frase que terminó de destruir todo lo que Ricardo creía saber sobre su familia.
—Lucía no es hija de Mariana.
Gabriel tragó saliva.
—Es hija de Elena y mía.
La habitación quedó en silencio.
Elena se desplomó sobre la cama.
Valentina retrocedió, horrorizada.
Ricardo sintió que las paredes se cerraban a su alrededor.
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Si Gabriel decía la verdad, entonces toda la historia de las tres niñas había sido construida sobre una mentira mucho más grande.
Y Mariana había muerto intentando descubrirla.