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Chapter 9: La hija que Mariana buscó durante diecisiete años no era quien todos creían

Ricardo no supo cuánto tiempo permaneció inmóvil después de escuchar la confesión de Gabriel.

Su hermano había dicho que Lucía era hija de Elena y suya.

Pero eso significaba que Mariana había pasado diecisiete años creyendo que había perdido a una hija que, en realidad, podía haber sido entregada a otra mujer.

O quizá todo era otra mentira.

En aquella familia, cada respuesta parecía abrir una puerta hacia algo más oscuro.

—Explícate —dijo Ricardo finalmente.

Gabriel se dejó caer en una silla.

Tenía el rostro cubierto de lágrimas.

—Cuando Elena y yo éramos jóvenes, tuvimos una relación. Fue antes de que conociera a Mariana. Ella quedó embarazada, pero Arturo la convenció de que el bebé había muerto durante el parto.

Elena negó con la cabeza.

—No. Eso no fue lo que pasó.

Gabriel levantó la mirada.

—Elena…

—¡No vuelvas a hablar por mí!

La mujer respiró profundamente.

—Yo nunca estuve embarazada de Lucía. El embarazo que perdí fue el de Sofía. La niña que aparece en la fotografía. Después de aquella pérdida, Arturo me dijo que no podría tener más hijos.

Ricardo miró a Gabriel.

—Entonces, ¿por qué dices que Lucía es hija de Elena?

Gabriel bajó la cabeza.

—Porque Arturo me entregó un documento que lo afirmaba.

—¿Y nunca lo verificaste?

—No.

Ricardo sintió una rabia que apenas podía contener.

—¿Cuántas veces vas a confesar que aceptaste una mentira sin comprobarla?

Gabriel se cubrió el rostro.

—Lo sé. Lo sé, Ricardo.

Elena se acercó a la mesa y recogió las fotografías.

—Mariana descubrió la verdad hace unos meses. Encontró los registros originales de la clínica y comprendió que alguien había intercambiado identidades durante varios años.

—¿Qué identidades? —preguntó Ricardo.

—La de Sofía, la de Lucía y la de otra bebé que nació en la misma clínica. Los documentos se alteraron para que las familias nunca pudieran encontrar a sus hijas.

Valentina apretó la pulsera roja.

—¿Y yo?

Elena la miró con tristeza.

—Tú eres hija biológica de Helena y Arturo. Eso sí está confirmado. Pero te registraron con otro apellido para evitar que la familia descubriera el parentesco.

Valentina comenzó a llorar.

—Toda mi vida me dijeron que mis padres habían muerto.

Helena, que permanecía bajo custodia de los agentes, bajó la cabeza.

—Yo quería protegerte.

Valentina se volvió hacia ella.

—No. Querías proteger tu reputación.

Helena no respondió.

Ricardo miró a Elena.

—¿Y qué descubrió Mariana sobre Lucía?

Elena sacó un documento de la carpeta azul.

—Que Lucía fue entregada a una familia adoptiva bajo una identidad falsa. La mujer que la crió murió hace dos años y el padre adoptivo nunca supo que los documentos originales habían sido manipulados.

Ricardo recordó la llamada que había recibido.

Lucía había dicho que alguien la estaba buscando.

Que había descubierto quién era su padre.

Y que el hombre que la acompañaba podía ser peligroso.

—¿Dónde está ahora? —preguntó.

Uno de los agentes se acercó.

—Estamos rastreando el teléfono de Esteban. Todavía no tenemos una ubicación confirmada.

Ricardo apretó los puños.

—Entonces sigan buscando.

El agente asintió y se alejó.

Gabriel se levantó lentamente.

—Ricardo, necesito decirte algo más.

Su hermano parecía haber envejecido diez años en cuestión de minutos.

—La noche en que nació Lucía, Arturo me llamó al hospital. Me pidió que firmara un documento porque Helena estaba demasiado alterada para hacerlo.

Ricardo sintió que el corazón se le detenía.

—¿Firmaste la entrega de la bebé?

Gabriel asintió.

—Me dijeron que era una autorización temporal. Que la niña necesitaba atención especializada y que sería trasladada a otra clínica.

—¿Y después?

—Nunca volví a verla.

Ricardo se apartó.

—¿Sabías que Mariana creía que la niña había muerto?

—Sí.

—¿Y no hiciste nada?

Gabriel comenzó a llorar.

—Tenía miedo de que descubrieras mi relación con Mariana. Pensé que, si hablaba, destruiría tu matrimonio y perdería a mi familia.

Ricardo lo miró con una mezcla de asco y dolor.

—Mi matrimonio no lo destruyó la verdad. Lo destruyeron tus decisiones.

Gabriel bajó la cabeza.

Por primera vez, no intentó defenderse.

Elena se acercó a Ricardo.

—Mariana no murió sin dejar una salida. Antes de enfermar, me entregó una grabación que todavía no hemos encontrado. En ella explica quién organizó los intercambios y dónde se encuentra el expediente original de Sofía.

Ricardo recordó el teléfono escondido en la muñeca.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no sabía si podía confiar en ti. Mariana me pidió que esperara hasta que encontrara a Bia.

Ricardo la observó.

—¿Por qué?

Elena miró a la niña.

—Porque Helena me dijo que, si alguna vez hablaba con ustedes, haría que Bia desapareciera.

Ricardo sintió que el dolor se convertía en una determinación feroz.

—Eso se acabó.

Se volvió hacia los agentes.

—Quiero que protejan a mis hijas. A todas las que estén involucradas en esta investigación. No voy a permitir que nadie vuelva a separarlas de su familia.

Los policías asintieron.

Mientras se llevaban a Helena y Arturo, Valentina se quedó junto a la ventana, abrazando su pulsera.

Ricardo se acercó.

—No sé cómo arreglar todo esto —le dijo—. Pero quiero que sepas que no eres responsable de lo que hicieron los adultos.

La joven lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Y si mi madre es una criminal?

Ricardo no intentó suavizar la verdad.

—Entonces tendrá que responder por sus actos.

Valentina asintió lentamente.

—Yo solo quiero saber quién soy.

Ricardo le tomó la mano.

—Eso es lo que vamos a descubrir.

Una hora después, el teléfono de uno de los agentes recibió una llamada.

Habían localizado una señal relacionada con el dispositivo de Esteban en un antiguo almacén cerca de la carretera.

Ricardo insistió en acompañarlos.

El lugar estaba rodeado de maleza y tenía una puerta metálica que parecía llevar años sin abrirse. Sin embargo, las marcas recientes en el suelo demostraban que varios vehículos habían entrado durante la noche.

Los agentes rodearon el edificio.

Ricardo se quedó junto a la entrada, escuchando.

Desde el interior llegó un golpe.

Después, una voz.

—¡Ayuda!

Era Lucía.

Ricardo corrió hacia la puerta, pero un agente lo detuvo.

—Espere. No sabemos cuántas personas hay adentro.

Otro policía encontró una entrada lateral y consiguió abrirla.

Entraron con cautela.

El almacén estaba casi vacío. Había cajas apiladas junto a una pared, una mesa de metal y una silla volcada.

Lucía estaba sentada en el suelo, con las muñecas sujetas por unas cintas de tela.

Cuando vio a Ricardo, comenzó a llorar.

—¡Papá!

Él se arrodilló y la abrazó.

No sabía si aquella joven era biológicamente su hija.

No sabía qué parte de su historia era verdadera.

Pero sabía que era una muchacha asustada que necesitaba ayuda.

—Ya estás a salvo —le dijo—. Ya nadie va a hacerte daño.

Lucía se aferró a su saco.

—Esteban me trajo aquí. Dijo que quería protegerme, pero después llamó a alguien y me encerró.

Ricardo sintió un escalofrío.

—¿Dónde está?

La joven señaló una puerta al fondo.

—Se fue hace unos minutos. Dijo que tenía que entregar algo antes de que llegaran ustedes.

Los agentes registraron el lugar.

Sobre la mesa encontraron un sobre, una grabadora y una carpeta con documentos originales de la clínica.

Ricardo abrió el sobre.

Dentro había una carta escrita por Mariana.

«Si encontraste a Lucía, significa que la verdad está a punto de salir a la luz. Pero no olvides que la persona que te ayudó a encontrarla puede haber sido la misma que la mantuvo lejos de nosotros.

No confíes en los nombres que aparecen en los documentos. Busca las huellas, las fechas y las firmas.

Y recuerda que una madre puede reconocer a su hija incluso cuando todos los registros dicen que nunca existió».

Ricardo guardó la carta.

Lucía lo miró con miedo.

—Hay algo que no te he contado.

Él se volvió hacia ella.

—Dime.

La joven respiró profundamente.

—Esteban me dijo que mi madre biológica no era Mariana. Me dijo que era Elena. Pero antes de encerrarme, confesó que había cambiado el resultado de una prueba genética para que todos creyeran que yo era hija de Gabriel.

Ricardo sintió que el corazón le golpeaba con violencia.

—¿Por qué haría eso?

Lucía negó con la cabeza.

—No lo sé. Solo dijo que necesitaba que la familia se destruyera desde dentro.

Los agentes encontraron un teléfono escondido debajo de la mesa.

Tenía un único archivo de audio.

Ricardo lo reprodujo.

La voz de Esteban llenó el almacén.

—Arturo, ya tengo a Lucía. El informe genético está alterado y Ricardo cree que Gabriel es el padre de Bia. Cuando entregue los documentos, nadie podrá demostrar quién organizó el intercambio original.

Después se escuchó otra voz.

Una voz femenina.

Ricardo la reconoció inmediatamente.

Era Helena.

—¿Y qué hacemos con la tercera niña?

Esteban respondió:

—La tercera niña nunca debió sobrevivir.

El audio terminó.

Ricardo sintió que el mundo se detenía.

Lucía comenzó a llorar.

—¿Qué significa eso?

Ricardo no pudo responder.

Elena, que había llegado con los agentes, se acercó a la joven y la abrazó.

—Significa que alguien quiso borrar a una niña de la historia.

Ricardo miró la carpeta de documentos.

Había tres registros de nacimiento, tres fotografías y tres pulseras rojas.

Pero uno de los documentos tenía una anotación que no aparecía en los otros.

«Entrega suspendida por intervención de una enfermera».

Debajo estaba escrito el nombre de Patricia Méndez.

Ricardo levantó la cabeza.

—Patricia salvó a una de las niñas.

Elena asintió.

—Y Mariana nunca descubrió cuál.

Lucía miró a Ricardo.

—¿Quién es la tercera niña?

Él observó las fotografías.

Una mostraba a Lucía.

Otra, a Valentina.

La tercera estaba tan deteriorada que apenas se distinguía el rostro del bebé.

Pero en el reverso aparecía una fecha.

La misma fecha de nacimiento de Bia.

Ricardo sintió que el corazón se le detenía.

Si Bia era la tercera niña, ¿por qué los documentos indicaban que había nacido años después de Lucía?

Y si los registros habían sido intercambiados, ¿qué había pasado realmente en aquella clínica?

Entonces Lucía tomó la fotografía y señaló un detalle.

—Esa marca —susurró—. La conozco.

Ricardo miró la imagen.

Junto a la oreja del bebé había una pequeña marca de nacimiento.

La misma que Bia tenía.

Durante años había creído que era una característica heredada de Mariana.

Ahora comprendía que podía ser una señal de algo mucho más grande.

Uno de los agentes se acercó con un informe recién recibido.

—Señor Ricardo, encontramos una coincidencia en los archivos del hospital. La prueba genética original de Bia no corresponde a la que apareció en la clínica.

Ricardo lo miró.

—¿Qué significa?

El agente respiró profundamente.

—Que la muestra utilizada para determinar la paternidad de Bia fue intercambiada por otra. Y que alguien solicitó el cambio utilizando la autorización de una persona fallecida.

Ricardo sintió un escalofrío.

—¿Quién firmó?

El agente le mostró el documento.

La firma era de Mariana.

Pero la fecha era posterior a su muerte.

Ricardo observó la hoja durante varios segundos.

Alguien seguía utilizando el nombre de su esposa.

Alguien tenía acceso a sus documentos.

Y alguien estaba dispuesto a seguir destruyendo a su familia para mantener enterrada la verdad.

Entonces Lucía se acercó a él y le susurró:

—Papá, hay otra cosa que Esteban me dijo antes de encerrarme.

Ricardo la miró.

—¿Qué?

La joven tragó saliva.

—Me dijo que Mariana no murió en el hospital.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué quieres decir?

Lucía comenzó a llorar.

—Dijo que la mujer que enterraron no era tu esposa.

Ricardo sintió que las piernas le fallaban.

Porque, si aquello era cierto, la fotografía recibida después del funeral no había sido una amenaza.

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Había sido una advertencia.

Y Mariana podía seguir viva.

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