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Chapter 7: Mi propio hermano sabía quién era el padre de mi hija y dejó que Mariana muriera

Ricardo leyó el mensaje de Gabriel tantas veces que las palabras terminaron pareciéndole una amenaza escrita con su propia sangre.

«Necesitamos hablar. Hay algo que Mariana nunca debió descubrir».

No decía que lo sentía.

No preguntaba por Bia.

Ni siquiera mencionaba el funeral de Mariana.

Solo le preocupaba lo que su esposa había descubierto antes de morir.

Ricardo guardó el teléfono y miró a su hija, que seguía sentada junto a Teresa, abrazando la muñeca de trapo.

—Mija, necesito salir un momento. La abuelita se quedará contigo.

Bia levantó sus ojos húmedos.

—¿Vas a ver al tío Gabriel?

Ricardo se quedó inmóvil.

—¿Por qué preguntas eso?

La niña apretó la muñeca contra su pecho.

—Porque mamá decía que, cuando él venía a la casa, tenía que quedarme en mi cuarto. Una vez escuché que discutían. Mamá le dijo que ya no iba a guardar su secreto.

Teresa se llevó una mano a la boca.

Ricardo sintió que un recuerdo enterrado durante años comenzaba a salir a la superficie.

Gabriel siempre había sido el hermano carismático, el que conseguía convencer a cualquiera de hacer lo que quería. Cuando Ricardo era joven, su hermano lo acompañaba a todas partes. Había estado a su lado durante la universidad, en las primeras negociaciones de su empresa y hasta en su boda con Mariana.

También había sido el padrino de Bia.

Ricardo jamás había dudado de él.

—¿Qué más escuchaste, princesa?

Bia miró a su abuela antes de contestar.

—Mamá lloraba. El tío le dijo que no podía cambiar las cosas después de tantos años. Luego escuché que mamá dijo que iba a contarle todo a papá.

Ricardo sintió un nudo en la garganta.

—¿Cuándo pasó eso?

—Hace unos meses. Después, mamá me abrazó y me pidió que nunca abriera la puerta si él venía cuando papá no estaba.

Teresa se levantó de golpe.

—¡Dios mío! ¿Por qué no nos lo contó antes?

—Porque tenía miedo —respondió Ricardo—. Y nosotros no supimos verlo.

No culpaba a Bia.

No culpaba a Teresa.

Se culpaba a sí mismo.

Había confundido la tranquilidad de su casa con la ausencia de problemas. Mientras él viajaba para cerrar contratos y ampliar sus negocios, Mariana intentaba mantener unida a una familia que alguien estaba destruyendo desde dentro.

Ricardo se agachó frente a su hija.

—Quiero que recuerdes algo. No hiciste nada malo al guardar ese teléfono. Tu mamá te confió una misión porque sabía que eras valiente.

Bia le acarició la manga del saco.

—¿Y si el tío Gabriel también quiere hacerme daño?

Ricardo le tomó las manos.

—Nadie va a acercarse a ti sin que yo lo permita. Te lo prometo.

Después miró a Teresa.

—No salgas con ella. No abras la puerta a nadie. Ya pedí que haya un agente afuera.

Teresa asintió, todavía conmocionada.

Ricardo salió de la casa con Esteban.

Había aceptado reunirse con Gabriel en un restaurante privado perteneciente a uno de los socios de la familia, pero cambió de opinión antes de llegar.

No quería encontrarse con su hermano en un lugar donde pudiera controlar las entradas y las salidas.

Le envió una nueva ubicación: una oficina vacía en el edificio donde Ricardo había comenzado su primera empresa.

Era un sitio neutral.

O al menos eso esperaba.

Gabriel llegó veinte minutos después.

Vestía un traje gris impecable y llevaba el cabello perfectamente peinado. Entró como si fuera dueño del lugar, dejó las llaves sobre una mesa y miró a Ricardo con una sonrisa cansada.

—Te ves terrible, hermano.

Ricardo no respondió.

Gabriel se acercó para abrazarlo.

Ricardo retrocedió.

La sonrisa desapareció.

—Vaya. Supongo que ya no somos familia.

—Eso depende de lo que tengas que decirme.

Gabriel suspiró y se sentó.

—Mariana estaba enferma, Ricardo. Los últimos meses fueron difíciles para todos. No puedes convertir su muerte en una conspiración porque encontraste unos documentos que no entiendes.

Ricardo sintió una punzada de rabia.

—¿Cómo sabes qué documentos encontré?

Gabriel parpadeó.

—Helena me llamó.

—¿Cuándo?

—Después del funeral.

—¿Antes o después de que los agentes empezaran a hacer preguntas?

Gabriel guardó silencio.

Ricardo colocó sobre la mesa la fotografía en la que aparecían Helena, Arturo Cárdenas y él mismo junto al bebé.

Su hermano perdió el color del rostro.

Fue una reacción pequeña, casi imperceptible.

Pero Ricardo la vio.

—¿Recuerdas esta fotografía? —preguntó.

Gabriel no la tocó.

—Sí.

—¿Quién es el bebé?

—No lo sé.

Ricardo golpeó la mesa.

—¡No me mientas!

Gabriel se puso de pie.

—¡Baja la voz! No tienes idea de lo que estás haciendo.

—Entonces explícame. ¿Por qué Mariana escribió que debía preguntarte quién es el padre de Bia?

El rostro de Gabriel se endureció.

—Mariana estaba obsesionada con encontrar explicaciones para todo. Si algo salía mal, creía que alguien la estaba atacando.

—¿Por eso la dejaste sola cuando comenzó a enfermar?

Gabriel apretó los labios.

—Yo no estaba al tanto de su tratamiento.

—Pero sí estabas al tanto de sus investigaciones.

—¿Qué quieres de mí?

Ricardo lo miró fijamente.

—La verdad.

Durante unos segundos, Gabriel permaneció inmóvil.

Después se acercó a la ventana y observó la ciudad.

—Hace diecisiete años, Helena me dijo que Mariana había tenido una complicación durante el parto. Me explicó que la bebé no había sobrevivido y que la familia estaba intentando protegerte de una situación delicada.

—¿Qué situación?

Gabriel se volvió.

—Que existían dudas sobre la paternidad.

Ricardo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Qué dudas?

Gabriel se pasó una mano por el rostro.

—Mariana y yo tuvimos una relación antes de que tú te casaras con ella.

El silencio fue absoluto.

Ricardo no se movió.

No gritó.

Ni siquiera pareció respirar.

Solo miró a su hermano, esperando que aquellas palabras se transformaran en algo distinto.

—¿Qué acabas de decir?

Gabriel bajó la cabeza.

—Fue antes de tu boda. Antes de que ustedes decidieran tener hijos. Fue un error.

Ricardo sintió que la habitación se inclinaba.

Recordó una discusión que había tenido con Mariana durante su primer año de matrimonio. Ella le había dicho que Gabriel se estaba entrometiendo demasiado en sus asuntos. Ricardo defendió a su hermano y acusó a Mariana de ser injusta.

También recordó una noche en que Gabriel se quedó a dormir en su casa después de una reunión. Mariana se encerró en su habitación y se negó a salir a cenar.

Él había pensado que estaba cansada.

Había elegido no hacer preguntas.

—¿Bia es hija tuya? —preguntó finalmente.

Gabriel no contestó.

Ricardo se acercó y lo agarró del saco.

—¡Contéstame!

—No lo sé.

—¡No me digas eso!

Gabriel levantó las manos.

—Helena me aseguró que el resultado era positivo. Me dijo que había una prueba genética y que, si la verdad salía a la luz, tú destruirías a Mariana y te quedarías con la niña.

Ricardo lo soltó.

—¿Y le creíste?

—Estaba asustado.

—¿Por qué?

Gabriel apretó la mandíbula.

—Porque Helena me dijo que Mariana había descubierto la relación. Que tenía documentos y que pensaba utilizarlos para arruinarme.

—¿Y qué hiciste?

Gabriel miró la fotografía.

—Acepté ayudarla a mantener el secreto.

Ricardo sintió que algo dentro de él se quebraba definitivamente.

—¿Ayudaste a Helena a separar a Mariana de su hija?

—¡No sabía que eso era lo que estaba pasando!

—¿Y cuando lo supiste?

Gabriel guardó silencio.

Ricardo comprendió la respuesta antes de escucharla.

—Lo supiste hace tres años.

Su hermano bajó la cabeza.

—Sí.

Ricardo se apartó, horrorizado.

—¿Mariana vino a verte?

—Sí.

—¿Y te pidió que le explicaras qué había ocurrido?

—Sí.

—¿Qué le dijiste?

Gabriel se sentó lentamente.

—Le dije que no tenía pruebas suficientes. Que podía estar confundiendo las fechas. Que no debía seguir investigando porque podía perderte.

Ricardo sintió que le ardían los ojos.

—¿La amenazaste?

—No.

—¿La ayudaste?

Gabriel no respondió.

Ricardo sacó su teléfono y colocó sobre la mesa una grabación que había recibido de Esteban. Era un audio extraído de los archivos de Mariana.

La voz de Gabriel se escuchó con claridad.

«Si sigues buscando a la niña, Ricardo va a descubrir lo nuestro. Y cuando eso pase, no vas a poder controlar lo que ocurra».

Después se oyó la voz de Mariana.

«Prefiero perderlo todo antes que permitir que mi hija crezca creyendo que su madre la abandonó».

El audio terminó.

Gabriel cerró los ojos.

—No quería que muriera.

Ricardo se quedó helado.

No había preguntado si quería que Mariana muriera.

Su hermano acababa de responder a una acusación que todavía nadie había formulado.

—¿Por qué dijiste eso? —preguntó Ricardo.

Gabriel abrió los ojos.

Por primera vez parecía realmente asustado.

—Porque sé cómo suena.

—No. Dilo claramente.

Gabriel se llevó ambas manos a la cabeza.

—Helena me llamó la noche en que Mariana fue hospitalizada. Me dijo que tu esposa había sufrido otra crisis y que necesitaba que alguien estuviera contigo para que no hicieras preguntas.

Ricardo sintió que el corazón le golpeaba con violencia.

—¿Qué preguntas?

—Sobre los medicamentos. Sobre los documentos. Sobre todo.

—¿Y tú fuiste a verme?

—Sí.

—¿Qué me dijiste?

Gabriel no pudo sostenerle la mirada.

—Que los médicos estaban haciendo todo lo posible.

Ricardo retrocedió.

La noche en que Mariana había sido trasladada al hospital, Gabriel había estado con él. Lo había acompañado a la sala de espera. Le había ofrecido café. Le había asegurado que su esposa estaba en buenas manos.

Mientras tanto, alguien estaba destruyendo la vida de Mariana.

—¿Sabes quién cambió sus medicamentos? —preguntó Ricardo.

Gabriel negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Sabes quién es el padre biológico de Bia?

—No estoy seguro.

Ricardo se inclinó hacia él.

—¿Qué significa eso?

Gabriel tardó en responder.

—Helena me enseñó un resultado genético. Decía que yo era el padre. Pero nunca vi el informe original.

Ricardo sintió una rabia tan intensa que tuvo que apartarse.

—¿Y permitiste que ella utilizara esa mentira para manipular a Mariana?

—¡No sabía si era mentira!

—¡Tampoco hiciste nada para averiguarlo!

Gabriel empezó a llorar.

—Lo sé.

Ricardo no sintió compasión.

—Quiero que me digas dónde está Helena.

—No lo sé.

—¿Y Arturo Cárdenas?

Gabriel levantó la cabeza.

—Arturo está muerto.

Ricardo se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Murió hace seis meses. Helena organizó una ceremonia privada y me pidió que no te lo contara porque, según ella, Arturo había sido un hombre peligroso.

Ricardo recordó la voz de Mariana en la grabación.

«La persona que le ayudó tiene acceso a las cuentas, a los documentos y a los registros médicos».

Si Arturo estaba muerto, quizá no podría explicar qué había hecho con las niñas.

Pero alguien más seguía vivo.

Alguien que conocía toda la historia.

El teléfono de Ricardo vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Contenía una fotografía de Lucía sentada en una habitación blanca, con las manos atadas frente a ella.

Debajo había una frase:

«Tu hermano ya te contó suficiente. Ahora tendrás que elegir a cuál de tus hijas quieres salvar».

Ricardo levantó la mirada.

Gabriel había visto la fotografía.

Su rostro se descompuso.

—No —susurró—. No puede ser.

Ricardo lo sujetó del brazo.

—¿Qué sabes?

Gabriel comenzó a temblar.

—Helena me dijo que, si alguna vez encontrabas a Lucía, debíamos hacer desaparecer el expediente de Valentina.

—¿Quién es Valentina?

Gabriel cerró los ojos.

—La niña que Helena tuvo antes de que tú te casaras con Mariana.

Ricardo sintió que el mundo se detenía.

—¿Helena tiene una hija?

Gabriel asintió.

—Y Valentina fue criada por una familia que nunca supo quién era su madre biológica.

Ricardo miró nuevamente la fotografía de la niña con la pulsera roja.

Todo empezaba a encajar.

Lucía había sido separada de Mariana.

Valentina había sido ocultada.

Y Bia podía ser la hija biológica de Gabriel.

Pero todavía faltaba la pregunta más importante.

—¿Dónde está Valentina? —exigió Ricardo.

Gabriel levantó los ojos llenos de lágrimas.

—En la casa de Helena.

En ese momento, el teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje de Bia.

«Papá, la abuelita recibió una llamada. Dicen que saben dónde está mi hermana. Pero quieren que vaya sola».

Ricardo sintió que el miedo le helaba la sangre.

Llamó inmediatamente a Teresa.

No hubo respuesta.

Volvió a llamar.

Nada.

Entonces escuchó la voz de Gabriel detrás de él.

—Ricardo, tenemos que llegar antes que Helena.

Ricardo se volvió lentamente.

—Si mi hija está en peligro por tu culpa, te juro que no habrá perdón suficiente para lo que hiciste.

Gabriel asintió, llorando.

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—Lo sé.

Y por primera vez, Ricardo no estaba seguro de que su hermano pudiera salir vivo de aquella noche sin perderlo todo.

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