Chapter 6: La prueba de ADN que podía destruir a toda la familia
Ricardo no permitió que Esteban terminara la frase.
Lo sujetó del brazo y lo obligó a mirarlo.
—Habla. Ahora.
El hombre intentó apartarse, pero Ricardo no lo soltó.
—¿Qué significa esa prueba? ¿Por qué Helena la autorizó? ¿Quién es el supuesto padre de Bia?
Esteban respiró profundamente.
—No tengo todas las respuestas.
—¡Entonces deja de hablar como si las tuvieras!
La voz de Ricardo resonó en la habitación vacía.
Abajo, el motor del automóvil de Salgado seguía encendido. El abogado no había entrado a la clínica, pero tampoco se había marchado.
Esteban bajó la mirada hacia el análisis genético.
—Mariana descubrió el documento hace tres años. Me lo mostró durante una de nuestras últimas reuniones. Estaba convencida de que alguien había utilizado información falsa para chantajearla.
Ricardo sintió que la rabia se mezclaba con el miedo.
—¿Y por qué no me lo dijo?
—Porque no sabía si el resultado era auténtico.
—¿Tú lo revisaste?
—Intenté hacerlo. El laboratorio que aparece en el encabezado ya no existe. El número de registro corresponde a una clínica que cerró después de una investigación administrativa.
Ricardo soltó lentamente el brazo de Esteban.
—¿Estás diciendo que la prueba pudo ser falsificada?
—Sí.
—¿Y Mariana lo sabía?
Esteban asintió.
—Me pidió que encontrara al responsable. Pero poco después comenzó a enfermar. Entonces tuvo que detener la investigación.
Ricardo volvió a mirar el documento.
La fecha coincidía con una época que recordaba demasiado bien.
Bia había cumplido tres años. Mariana atravesaba una etapa difícil porque su hija sufría episodios de ansiedad cuando Ricardo viajaba. Helena había empezado a pasar más tiempo en la casa, supuestamente para ayudar.
Una noche, Mariana le pidió que no dejara a Helena sola con Bia.
Él se molestó.
Le dijo que estaba exagerando y que no podía desconfiar de todo el mundo.
A la mañana siguiente, Mariana se disculpó.
Ricardo nunca volvió a preguntarle por qué había hecho aquella petición.
Ahora entendía que quizá había intentado advertirle de algo.
—¿Quién aparece como padre en la prueba? —preguntó.
Esteban negó con la cabeza.
—El nombre fue borrado del archivo original.
—¿Y el laboratorio?
—Solo conservamos esta copia.
Ricardo miró la fotografía de Bia.
Su hija tenía seis años. Había heredado la sonrisa de Mariana, la forma de sus manos y la costumbre de fruncir la nariz cuando estaba preocupada.
Ricardo la amaba más que a cualquier otra persona en el mundo.
Nada de aquello cambiaría por un documento.
Pero necesitaba saber la verdad.
—Quiero una prueba nueva —dijo—. Una prueba hecha por un laboratorio independiente, con una cadena de custodia verificable. No voy a permitir que alguien utilice a mi hija para destruirnos.
Esteban asintió.
—Eso es lo correcto.
—Y quiero saber por qué Mariana investigaba esto antes de morir.
El hombre guardó silencio.
Ricardo lo observó.
—¿Qué más me estás ocultando?
Esteban sacó un sobre del bolsillo interior de su saco.
—Mariana me entregó esto dos días antes de morir. Me pidió que no se lo diera hasta que usted encontrara la tarjeta de memoria.
Ricardo arrebató el sobre.
Dentro había una carta escrita con la letra de su esposa.
La abrió con manos temblorosas.
«Mi amor:
Si estás leyendo esto, significa que ya sabes lo de Lucía y que probablemente también encontraste la fotografía de Valentina.
Hay algo que necesito que comprendas. Durante mucho tiempo creí que mi familia estaba siendo atacada por dinero. Pensé que Helena quería controlar la empresa y que Salgado la ayudaba a conseguirlo.
Pero después encontré una carta que me hizo entender que el dinero era solo una parte del problema.
Alguien quería separar a nuestras hijas de nosotros.
No sé si Bia es hija biológica tuya. No quiero que esa duda te destruya. Tú has sido su padre desde el primer día y eso no cambia por ningún resultado.
Pero hay una razón por la que Helena guardó aquel análisis. Si alguien falsificó los documentos de nacimiento de Lucía, también pudo haber falsificado otros registros.
Busca a Patricia. Ella conoce el nombre de la persona que firmó el documento original.
Y, por favor, no permitas que el miedo te haga cometer el mismo error que yo cometí: creer que una persona puede cambiar porque la amamos».
Ricardo terminó de leer.
Las lágrimas le nublaron la vista.
Mariana no había dudado del amor que él sentía por Bia.
Había intentado protegerlo de una mentira que podía destruirlo.
Esteban señaló la última línea.
Había una dirección escrita debajo de la firma.
Era un hotel cerca de la central de autobuses, el mismo lugar donde Patricia había dicho que se encontraba.
—Tenemos que ir por ella —dijo Ricardo.
—Primero hay que salir de aquí.
Desde la planta baja llegó un golpe.
Después se escuchó la voz de Salgado.
—¡Ricardo! ¡No puedes quedarte ahí!
Ricardo se acercó a la escalera.
—¿Qué quieres ahora?
El abogado apareció en el descansillo, con las manos levantadas.
—Hay algo que debes saber sobre Helena.
—Ya sé suficiente.
—No. No sabes nada. Helena no tenía poder para cambiar los registros de la clínica sin ayuda. Tampoco podía mover dinero de tus cuentas sin que alguien autorizara las transferencias.
Ricardo lo miró con desprecio.
—¿Quieres decir que tú la ayudaste?
Salgado bajó la cabeza.
—Al principio.
La confesión quedó suspendida en el aire.
Esteban se interpuso entre ambos.
—Explícate.
Salgado se pasó una mano por la frente.
—Hace diecisiete años, Helena me pidió que preparara unos documentos relacionados con una entrega de menores. Me dijo que se trataba de un procedimiento familiar autorizado y que los padres biológicos habían aceptado.
Ricardo sintió una oleada de náuseas.
—¿Sabías que era mi hija?
—No. Me dijeron que la madre había renunciado a la niña.
—¡Mariana jamás habría hecho eso!
—Lo sé ahora.
Ricardo avanzó hacia él.
—¿Cuándo lo supiste?
Salgado cerró los ojos.
—Hace tres años, cuando Mariana comenzó a investigar.
Ricardo lo empujó contra la pared.
—¡Y te quedaste callado!
—¡Me amenazaron!
—¿Quién?
El abogado no respondió.
Ricardo lo soltó.
—Estás acabado, Salgado. Si tienes algo que decir, lo harás ante las autoridades.
—Puedo ayudarlos a encontrar a Lucía.
—¿Dónde está?
—No lo sé exactamente. Pero sé quién la ha estado protegiendo.
Salgado sacó su teléfono y mostró una fotografía.
Era una imagen de un hombre de unos cincuenta años, con el cabello entrecano y una cicatriz que le cruzaba la barbilla.
Ricardo reconoció el rostro.
Lo había visto en la fotografía que Mariana guardaba dentro de la caja fuerte.
—¿Quién es? —preguntó.
Salgado tragó saliva.
—Arturo Cárdenas. Fue director administrativo de la clínica. También era socio de una de las empresas que recibió el dinero.
—¿Y qué tiene que ver con Lucía?
—Era quien firmaba las órdenes de entrega. Después de que Mariana comenzó a investigar, desapareció. Hace unos meses reapareció con una identidad diferente.
Esteban observó la fotografía.
—¿Dónde está ahora?
Salgado negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero recibí un mensaje suyo esta mañana. Me dijo que, si Mariana dejaba algún archivo, debía destruirlo antes de que alguien lo encontrara.
Ricardo sintió que la ira le quemaba el pecho.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Salgado levantó la mirada.
—Porque Mariana me llamó la noche antes de morir. Me dijo que, si todavía me quedaba algo de conciencia, debía ayudarla a encontrar a su hija.
Ricardo quiso golpearlo.
Quiso hacerlo pagar por cada documento que había ocultado, por cada mentira que había firmado y por cada día que Mariana había pasado sola mientras todos decidían qué debía saber.
Pero recordó las palabras de su esposa.
No permitas que el miedo te haga cometer el mismo error.
—Vas a declarar —dijo finalmente—. Y vas a entregar todo lo que tengas.
Salgado asintió.
—Lo haré.
En ese momento, el teléfono de Ricardo vibró.
Era un mensaje de Teresa.
«Bia está bien, pero acaba de decirme algo que no entiendo. Asegura que Helena le entregó una carta antes del funeral».
Ricardo llamó inmediatamente.
—¿Qué carta?
Teresa respondió con voz nerviosa.
—Dice que Helena se la dio hace unos días y le pidió que no te la mostrara hasta que estuvieras solo.
Ricardo sintió un escalofrío.
—¿Dónde está?
—Bia la tiene conmigo.
—No la abras. Voy para allá.
Colgó.
Esteban lo siguió hasta la salida.
Pero antes de subir al automóvil, Ricardo recibió una llamada de un número desconocido.
Contestó sin hablar.
Al otro lado, una voz femenina susurró:
—Ricardo, soy Patricia Méndez.
Él se quedó inmóvil.
—¿Dónde estás?
—No tengo mucho tiempo. Encontré los registros originales de la clínica.
—¿Quién es el padre biológico de Bia?
Patricia guardó silencio.
Después respondió:
—La prueba que encontró Mariana era falsa. Pero hay otra que nunca llegó a sus manos.
Ricardo apretó el teléfono.
—¿Qué dice?
—Que Bia sí es hija biológica de Mariana. Pero el hombre que aparece como padre no es usted.
El mundo pareció detenerse.
Ricardo no podía hablar.
Patricia continuó:
—El nombre aparece en el expediente original. Y también aparece en el documento de entrega de Lucía.
—¿Quién es?
La mujer respiró temblorosamente.
—Es alguien que usted conoce desde antes de casarse con Mariana. Alguien que estuvo presente cuando nació Bia y que ayudó a organizar el funeral de su esposa.
Ricardo sintió que el corazón le golpeaba con violencia.
—Dime el nombre.
Patricia comenzó a llorar.
—No puedo. Está aquí.
—¿Quién está contigo?
La mujer susurró algo.
Ricardo escuchó un ruido de pasos y después un golpe seco.
—¡Patricia!
La llamada se cortó.
Ricardo volvió a marcar.
El teléfono estaba apagado.
Esteban se acercó.
—¿Qué pasó?
Ricardo lo miró con el rostro desencajado.
—Patricia encontró los documentos originales. Dice que Bia no es mi hija biológica.
Esteban guardó silencio.
—Y que el padre es alguien que conocemos.
El hombre bajó la mirada.
Ricardo lo agarró del saco.
—¿Sabes quién es?
—No.
—¡Mírame!
Esteban levantó los ojos.
—Te juro que no lo sé.
Ricardo lo soltó lentamente.
No podía confiar ciegamente en nadie.
Pero tampoco podía perder más tiempo.
Regresó a casa de Teresa.
Bia estaba sentada en el sofá, abrazando su muñeca de trapo. Cuando vio a su padre, corrió hacia él.
—Papá, tengo la carta.
Ricardo se arrodilló y la abrazó.
—¿Me la das, princesa?
La niña sacó un sobre del bolsillo de su vestido.
En el frente estaba escrito su nombre.
«Para Bia. Solo para ti».
Ricardo abrió la carta con cuidado.
Dentro encontró una hoja escrita a mano y una fotografía.
La carta decía:
«Mi pequeña:
Si alguna vez lees esto, quiero que sepas que nunca fuiste un error. No importa lo que te digan, no importa lo que descubras, tú eres la razón por la que seguí luchando.
Tu padre te ama, aunque algún día descubras que la verdad es más complicada de lo que imaginamos.
Hay cosas que no pude contarte porque todavía no estaba segura de quién podía hacerte daño.
Pero debes recordar una cosa: el hombre que te dio la vida no es necesariamente el hombre que te enseñó a vivir.
Y el hombre que te enseñó a vivir puede ser tu verdadero padre de una manera que ningún documento podrá cambiar».
Ricardo dejó de leer.
Bia lo observaba con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Ya no eres mi papá?
Él la abrazó tan fuerte como pudo.
—Escúchame, mi amor. Nadie puede quitarme el privilegio de ser tu papá. Nadie.
La niña comenzó a llorar contra su pecho.
Ricardo besó su cabello.
Pero cuando levantó la fotografía que venía dentro del sobre, se quedó completamente inmóvil.
En ella aparecía Helena, mucho más joven, sosteniendo a un bebé en brazos.
A su lado estaba Arturo Cárdenas.
Y detrás de ellos, sonriendo hacia la cámara, aparecía Ricardo.
La fecha escrita en el reverso correspondía al día del nacimiento de Bia.
Ricardo miró la imagen.
No recordaba haber estado allí.
Sin embargo, reconocía el lugar.
Era el antiguo jardín de la casa de sus padres, donde Helena había organizado una reunión familiar muchos años atrás.
En el reverso, Mariana había escrito una última frase:
*«Ricardo, si quieres saber quién es el padre de Bia, tendrás que preguntarle al hombre que te acompañó al altar el día de nuestra boda».*
Ricardo levantó lentamente la cabeza.
Solo había una persona que encajaba con aquella descripción.
Su hermano mayor, Gabriel.
El mismo hombre que había pronunciado unas palabras durante el funeral.
El mismo hombre que había abrazado a Ricardo mientras le aseguraba que Mariana estaba en paz.
Y el mismo hombre que, según el registro de llamadas, había hablado con Helena menos de diez minutos antes de que su esposa fuera trasladada de urgencia al hospital.
Ricardo sintió que el dolor se convertía en algo mucho más peligroso.
La traición no venía de una persona ajena a su familia.
Venía de la persona que había compartido su infancia, su casa y todos sus secretos.
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Y Gabriel acababa de enviarle un mensaje.
«Necesitamos hablar. Hay algo que Mariana nunca debió descubrir».
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