Chapter 1: Nadie sale de esta capilla
—¡Nadie sale de aquí! ¡Cierren las puertas!
La voz de Ricardo retumbó en la capilla justo cuando Helena intentaba arrebatarle el teléfono a la pequeña Bia.
Un segundo antes, el funeral había transcurrido en un silencio casi perfecto. Los arreglos de lirios blancos perfumaban el ambiente, las veladoras proyectaban sombras temblorosas sobre las paredes y una fotografía de Mariana, la mujer fallecida, descansaba junto al ataúd cubierto de flores.
Todos habían acudido vestidos de negro.
Todos fingían estar unidos por el dolor.
Y todos, hasta ese instante, habían aceptado la versión que Helena repetía desde hacía semanas: Mariana había muerto después de una larga enfermedad, dejando a su esposo y a su hija sumidos en una tristeza de la que difícilmente podrían recuperarse.
Pero Bia acababa de destruir aquella mentira con un teléfono que sacó del interior de su muñeca de trapo.
—Mi mamá dijo que tenía que entregárselo a mi papá —susurró la niña.
Tenía seis años. Llevaba un vestido negro, zapatos pequeños y una cinta blanca en el cabello. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar, pero sus dedos apretaban el teléfono con una fuerza que nadie habría esperado de una niña tan pequeña.
Ricardo se arrodilló frente a ella.
—Mija, ¿de dónde sacaste esto?
Bia miró primero a su padre y después a Helena.
Su tía política permanecía a unos pasos, con el rostro rígido y los labios apretados. Hasta hacía unos minutos había recibido las condolencias de los invitados, había secado lágrimas fingidas y había repetido que ahora le correspondía cuidar de Ricardo y de la pequeña.
Sin embargo, cuando vio el teléfono, su expresión cambió.
Fue apenas un instante.
Pero Ricardo lo notó.
—Helena lo escondió —dijo Bia.
Un murmullo recorrió la capilla.
Helena soltó una risa nerviosa.
—¡Por favor! La niña está confundida. Ha pasado por demasiadas cosas. No sabe lo que está diciendo.
—Sí sé —respondió Bia, retrocediendo hasta quedar pegada a su padre—. Tú me quitaste mi muñeca cuando mamá todavía estaba en la casa. Dijiste que era basura. Pero mamá me había enseñado dónde esconder el teléfono.
Ricardo sintió que algo frío le recorría la espalda.
Mariana había muerto nueve días antes.
Nueve días desde que él recibió aquella llamada en Monterrey mientras estaba fuera de la ciudad por una reunión de negocios. Nueve días desde que llegó al hospital demasiado tarde para despedirse de su esposa.
Y nueve días escuchando a Helena decir que Mariana había sufrido una crisis repentina, que los médicos no habían podido hacer nada y que él debía ser fuerte por su hija.
Helena había sido quien organizó los trámites.
Helena había elegido la funeraria.
Helena también había insistido en que Ricardo no viera ciertos documentos médicos porque, según ella, estaba demasiado alterado para soportarlo.
En ese momento, todos aquellos recuerdos empezaron a acomodarse de una manera distinta.
—Dame el teléfono, Bia —ordenó Helena, recuperando una apariencia de autoridad—. No es un juguete para que estés jugando con él durante el funeral de tu madre.
La niña negó con la cabeza.
—No.
—¡Bia!
La pequeña se estremeció.
Ricardo se levantó inmediatamente y se colocó entre ambas.
—No vuelvas a gritarle.
Helena abrió los ojos, ofendida.
—¿Me estás hablando en serio? ¡He estado aquí ayudándote desde que Mariana murió! He resuelto todo mientras tú apenas puedes mantenerte de pie. ¿Y ahora vas a ponerte del lado de una niña que no entiende lo que hace?
—No estoy del lado de nadie —contestó Ricardo—. Estoy escuchando a mi hija.
—Pues deja de hacerlo y entrégame ese aparato.
—No.
La respuesta de Ricardo fue tan firme que hasta el sacerdote, que permanecía cerca del altar, dejó de acomodar sus papeles.
Helena miró alrededor.
Sus ojos recorrieron a los familiares, a los socios de Ricardo, a las amigas de Mariana y a los empleados de la casa que habían acudido a despedirse de su señora.
Nadie intervino para defenderla.
Eso pareció enfurecerla más que cualquier acusación.
—Estás haciendo un espectáculo —dijo entre dientes—. Tu esposa acaba de ser sepultada y tú permites que su hija convierta este momento en un circo.
Bia comenzó a llorar.
Ricardo le pasó un brazo por los hombros.
—Mírame, princesa. ¿Tu mamá te dijo que yo tenía que ver el contenido?
La niña asintió.
—Me dijo que no se lo diera a nadie más. Que si ella ya no podía hablar conmigo, tú tenías que escucharla.
Ricardo sintió que se le cerraba la garganta.
—¿Cuándo te dijo eso?
—La noche que estaba enferma. Me abrazó en mi cuarto y me dio a mi muñeca. Después escuché a la tía Helena discutir con ella en el pasillo.
Helena palideció.
—Eso es absurdo.
Bia apretó el teléfono contra su pecho.
—Mamá estaba llorando.
Un silencio pesado cayó sobre la capilla.
—Me dijo que, si alguien me preguntaba por el teléfono, no dijera nada. Después me besó y me pidió que cuidara a papá.
Ricardo cerró los ojos por un instante.
Recordó la última conversación que había tenido con Mariana por videollamada. Ella parecía cansada, pero había insistido en que no se preocupara y terminara sus asuntos. Antes de colgar, le pidió que regresara pronto.
Él le había prometido que estaría en casa al día siguiente.
Nunca llegó a tiempo.
Durante nueve días se había culpado por no haber estado junto a ella.
Ahora se preguntaba si alguien había hecho todo lo posible para mantenerlo lejos.
—Dame ese teléfono —repitió Helena, esta vez con una sonrisa forzada—. Ricardo, no puedes permitir que una grabación sacada de contexto destruya a esta familia.
La frase provocó un nuevo murmullo.
Ricardo giró lentamente la cabeza.
—¿Cómo sabes que hay una grabación?
Helena se quedó inmóvil.
—Yo… Bia acaba de decir que su madre grabó algo.
—No —intervino la niña—. Yo dije que mamá quería que papá la escuchara.
Ricardo miró el teléfono.
La pantalla estaba apagada, pero una pequeña grieta cruzaba una de las esquinas. El aparato parecía viejo y barato, muy distinto de los teléfonos que usaban los adultos de aquella familia.
Sin embargo, Bia lo protegía como si fuera el objeto más valioso del mundo.
—¿Tu mamá te dijo qué había ahí dentro? —preguntó él.
—Me dijo que escucharas hasta el final. Aunque te enojaras. Aunque quisieras apagarlo.
Ricardo tragó saliva.
—Está bien.
Helena dio un paso hacia ellos.
—No puedes hacer esto aquí.
Ricardo levantó la mirada.
—¿Por qué no?
—Porque es el funeral de Mariana. Porque hay personas que la querían. Porque no sabes lo que vas a encontrar.
—Entonces, si no hay nada malo, no tendrás de qué preocuparte.
La mujer apretó el bolso contra su cuerpo.
Por primera vez desde que Ricardo la conocía, Helena parecía no tener una respuesta preparada.
El abogado de la familia, el licenciado Salgado, se acercó con cautela.
—Ricardo, quizá sea conveniente que revisemos ese dispositivo en privado. Hay asuntos legales que debemos considerar.
—¿También sabes que hay una grabación? —preguntó Ricardo.
El abogado parpadeó.
—No. Solo digo que…
—Entonces no me digas lo que debo hacer antes de escuchar a mi hija.
Ricardo tomó el teléfono con delicadeza, pero Bia no soltó su mano.
—Lo escuchamos juntos —le prometió—. No voy a dejarte sola.
La niña asintió.
Helena se acercó de nuevo, desesperada por recuperar el control.
—¡Ricardo, por el amor de Dios! ¡No seas ingenuo! Mariana estaba medicada. En sus últimos días no siempre sabía lo que decía.
Aquella frase cayó como una piedra.
Una de las amigas de Mariana se llevó la mano a la boca.
Ricardo se volvió hacia Helena.
—¿Qué medicamentos tomaba mi esposa?
—Los que le recetaron los médicos.
—¿Cuáles?
—No recuerdo los nombres.
—Tú me dijiste que la acompañabas a sus consultas.
—¡Porque tú nunca estabas!
El grito resonó entre los bancos.
Ricardo no respondió de inmediato.
Helena respiraba agitadamente. Se dio cuenta de que había hablado demasiado fuerte y bajó la voz.
—Quiero decir… estabas trabajando. Yo hice lo que pude para ayudar.
Bia tiró suavemente de la manga de su padre.
—Papá, mamá dijo que ella también iba a mentir.
Ricardo sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¿Quién iba a mentir, mija?
La niña miró directamente a Helena.
—La tía dijo que nadie iba a creerle a mamá porque tú eras el dueño de todo y ella no tenía nada suyo.
El rostro de Helena perdió todo el color.
—¡Cállate!
Ricardo dio un paso hacia ella.
—Una palabra más contra mi hija y te saco yo mismo de esta capilla.
Helena retrocedió.
Afuera, un vehículo frenó frente a la entrada. Se escucharon pasos apresurados y el sonido de alguien golpeando la puerta principal.
El encargado de la funeraria se acercó a Ricardo.
—Señor, hay unas personas que preguntan por usted. Dicen que necesitan entrar.
—Que esperen.
—Dicen que es urgente.
Ricardo miró el teléfono.
La grabación tenía un único archivo de video. Su duración era de diecisiete minutos y cuarenta y dos segundos.
Diecisiete minutos que Mariana había dejado preparados para él.
Ricardo presionó el botón de reproducción.
La pantalla se iluminó.
Primero apareció una imagen borrosa de una habitación. Después se escuchó la voz de Mariana, débil pero reconocible.
—Ricardo, si estás viendo esto, significa que ya no pude contarte la verdad en persona.
Su esposa hizo una pausa.
Respiró con dificultad y miró hacia un lado, como si temiera que alguien pudiera escucharla.
Luego pronunció una frase que hizo que Ricardo dejara de respirar por un instante.
—No te enfermé yo, Ricardo. Alguien estuvo cambiando mis medicamentos.
Helena se lanzó hacia el teléfono.
Ricardo lo levantó por encima de su cabeza y la apartó con el brazo.
—¡Nadie toca este aparato!
En la pantalla, Mariana volvió a hablar.
—Y la persona que lo hizo está en nuestra familia.
El teléfono captó entonces un ruido fuera de la habitación.
La voz de Mariana se volvió apenas un susurro.
—Si Helena sigue a tu lado cuando escuches esto, no la dejes salir hasta que sepas lo que hizo.
Ricardo levantó lentamente la mirada.
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Helena estaba mirando las puertas de la capilla.
Y en ese momento, alguien comenzó a golpear desde el otro lado.
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