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Chapter 5: El hombre que conocía todos los secretos de Mariana

Ricardo guardó el teléfono sin responder el mensaje.

No podía permitirse otra equivocación.

Durante años había confiado en las personas equivocadas porque le resultaba más cómodo creer que su familia estaba a salvo. Helena se había aprovechado de esa confianza. Salgado había utilizado su firma. Y alguien había logrado ocultar durante dieciséis años la existencia de una hija.

Ahora incluso Esteban, el hombre que aseguraba haber trabajado con Mariana, podía estar mintiéndole.

—Necesito que me expliques algo —dijo Ricardo.

Esteban cerró lentamente la puerta del estudio.

—Lo que necesites.

Ricardo sostuvo la fotografía de Valentina.

—¿Quién es esta niña?

El hombre miró la imagen.

Por un instante, su expresión cambió.

Fue suficiente.

—La conoces —dijo Ricardo.

Esteban bajó la mirada.

—No personalmente.

—No te pregunté si la conocías personalmente. Te pregunté quién es.

El hombre suspiró.

—Mariana encontró su nombre mientras investigaba el expediente de Lucía. Hay indicios de que la niña fue registrada con otra identidad poco después de nacer.

Ricardo sintió que la habitación se volvía demasiado pequeña.

—¿También es mi hija?

—No podemos asegurarlo.

—¿Y por qué Mariana escribió que era nuestra familia?

—Porque sospechaba que había una conexión.

Ricardo dejó la fotografía sobre el escritorio.

—Quiero hechos, Esteban. No más sospechas. No más secretos. No más personas diciéndome que lo hacen por mi bien mientras mi familia se desmorona.

Esteban asintió lentamente.

—Entonces tiene que saber algo que no le dije en la capilla.

Ricardo cruzó los brazos.

—Te escucho.

—Yo no trabajé para su esposa desde el principio. La conocí hace cuatro meses, cuando ella comenzó a investigar los movimientos financieros de Inversiones del Norte. Yo era auditor externo de una de las empresas que recibió transferencias.

—¿Y por qué te buscó Mariana?

—Porque encontré pagos que no correspondían a ninguna operación comercial. Cuando intenté revisar los expedientes, alguien ordenó cerrar el acceso a los archivos.

—¿Quién?

Esteban tardó en contestar.

—El licenciado Salgado.

Ricardo apretó los dientes.

—Eso ya lo sabemos.

—Hay algo más. Salgado no actuaba por su cuenta. Recibía instrucciones de una persona que nunca aparecía en las reuniones y cuyos documentos estaban protegidos por varias sociedades mercantiles.

—¿Helena?

Esteban negó con la cabeza.

—Eso pensaba Mariana al principio.

Ricardo sintió un escalofrío.

—¿Al principio?

—Después encontró transferencias que salían de una cuenta vinculada a la señora Helena, pero también descubrió que esa cuenta recibía dinero de otra persona. Alguien con acceso a sus finanzas personales y a los registros de la clínica.

Ricardo recordó el mensaje de Lucía.

La persona que estaba con ella había reconocido a Esteban.

—¿Quién está con mi hija?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Mariana no me permitió conocer todos los detalles de su búsqueda. Me dijo que había personas que podían estar ayudándola sin saberlo y otras que podían estar fingiendo hacerlo.

Ricardo lo observó durante unos segundos.

—¿Y tú de qué lado estás?

Esteban sostuvo su mirada.

—Del lado de la verdad.

—Eso dicen todos.

Ricardo salió del estudio y llamó a Teresa.

Le explicó que necesitaba llevar a Bia a un lugar seguro mientras él revisaba la clínica. Teresa estuvo de acuerdo, aunque se negó a dejarlo ir sin antes abrazar a su nieta.

—Tu madre habría querido que te cuidaras —le dijo a Ricardo.

Él bajó la mirada.

—Debí escucharla cuando todavía podía hablar conmigo.

Teresa le sostuvo el rostro entre las manos.

—No puedes cambiar lo que pasó, hijo. Pero puedes decidir qué haces ahora.

Bia abrazó a su padre por la cintura.

—¿Vas a encontrar a mi hermana?

Ricardo se arrodilló.

—Sí, princesa. Voy a encontrarla.

—¿Y a Valentina?

Él se quedó inmóvil.

No quería hacerle promesas que todavía no sabía si podía cumplir.

—Voy a descubrir quién es y por qué tu mamá guardó su fotografía.

Bia asintió.

Antes de marcharse con Teresa, le entregó algo.

Era una pequeña pulsera roja, idéntica a la que llevaba la niña de la fotografía.

—Mamá me dijo que la guardara hasta que tú la necesitaras.

Ricardo la tomó con cuidado.

—¿De dónde la sacó?

—La tenía en su cajón. Me dijo que era de una niña que necesitaba encontrar a su familia.

La pequeña se despidió con un abrazo.

Cuando el automóvil de Teresa desapareció por la calle, Ricardo se volvió hacia Esteban.

—Vamos a la clínica.

El trayecto transcurrió en silencio.

La antigua clínica estaba en una zona apartada, detrás de una avenida comercial donde los negocios comenzaban a cerrar. El edificio tenía dos pisos, paredes descascaradas y una reja oxidada que impedía ver el interior.

Un letrero viejo anunciaba que el lugar llevaba cerrado varios años.

Ricardo bajó del automóvil.

Esteban lo siguió.

—Mariana vino aquí antes de morir —dijo—. Encontró a una antigua empleada que aceptó hablar con ella.

—Patricia Méndez.

—Sí.

Ricardo sacó la llave plateada, aunque sabía que probablemente no serviría para abrir ninguna puerta del edificio.

En la entrada había un candado nuevo.

Alguien había cambiado la cerradura recientemente.

Esteban llamó a un número guardado en su teléfono.

—Ya llegamos —dijo cuando respondieron—. Estamos frente a la clínica.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión se endureció.

—¿Cómo que no puedes venir?

Ricardo se acercó.

Esteban cubrió el micrófono.

—Patricia dice que alguien fue a su casa hace una hora. Le dejaron una copia de la fotografía de Lucía y una advertencia para que no hablara.

—¿Dónde está ahora?

Esteban volvió a escuchar.

—En un hotel, cerca de la central de autobuses.

Colgó.

Ricardo miró la clínica.

—¿Y si esto es una trampa?

—Podría serlo.

—¿Por qué no me lo dijiste antes de traerme?

—Porque Mariana me pidió que esperara hasta que usted estuviera listo para escuchar la verdad.

Ricardo soltó una risa amarga.

—Todos parecen saber qué necesito escuchar menos yo.

Se acercó a la reja y observó el edificio.

En una de las ventanas del segundo piso había una luz encendida.

No era posible que el lugar estuviera completamente abandonado.

—¿Quién está ahí dentro? —preguntó.

Esteban siguió su mirada.

—No lo sé.

Ricardo tomó una fotografía con su teléfono.

En ese momento, una sombra cruzó la ventana.

Después apareció una mano que dejó algo sobre el cristal.

Era un papel blanco.

Desde la calle apenas podían distinguirse las letras, pero Ricardo reconoció su nombre.

—¡Ricardo!

Una voz femenina llegó desde el interior.

—¡No entre! ¡Es una trampa!

El hombre se quedó helado.

Era la voz de Mariana.

No podía ser una grabación. La voz había pronunciado su nombre con la misma entonación que utilizaba cuando quería advertirle algo.

Ricardo corrió hacia la entrada.

Esteban lo sujetó del brazo.

—¡Espere!

—¡Suéltame!

—¡Si alguien quiere que entre, necesitamos saber por qué!

Ricardo se detuvo.

La voz volvió a escucharse.

—¡Ricardo, por favor!

Esta vez sonó más débil.

Él cerró los ojos.

Era exactamente la voz que había escuchado en sus sueños durante nueve noches.

Pero cuando abrió los ojos, la luz del segundo piso se apagó.

Un automóvil negro apareció al final de la calle.

Esteban lo vio primero.

—Tenemos que irnos.

—No voy a abandonar a alguien ahí dentro.

—No sabemos quién está en ese edificio.

El automóvil se acercó lentamente.

Ricardo distinguió a un hombre al volante.

Cuando las luces iluminaron su rostro, reconoció a Salgado.

El abogado bajó la ventanilla.

—Ricardo, sube al auto. Tenemos que hablar.

Ricardo se quedó inmóvil.

—¿Qué haces aquí?

—Puedo explicártelo.

—¿Qué haces aquí?

Salgado miró la clínica.

—Porque Mariana cometió un error al confiar en ciertas personas. Y tú estás a punto de cometer el mismo.

Ricardo se acercó al vehículo.

—¿Dónde está mi hija?

El abogado palideció.

—¿Cuál de ellas?

La pregunta le arrancó a Ricardo toda paciencia.

Agarró a Salgado del cuello de la camisa y lo obligó a mirarlo.

—No vuelvas a jugar conmigo.

Esteban intervino y los separó.

Salgado se acomodó el saco.

—No entiendes lo que está pasando. Helena no es la persona que te preocupa.

—Entonces dime quién lo es.

El abogado miró hacia la calle.

—Alguien que lleva años controlando tu empresa desde las sombras. Alguien que sabía de Lucía antes de que naciera y que hizo todo lo posible para que Mariana jamás la encontrara.

—¿Quién?

Salgado abrió la boca.

Pero antes de que pudiera responder, un estruendo resonó dentro de la clínica.

Se escuchó un golpe, después un grito.

Ricardo corrió hacia la reja.

Esteban encontró una puerta lateral entreabierta y entró detrás de él.

El interior olía a humedad y desinfectante viejo. Había muebles cubiertos con sábanas, archivadores oxidados y cajas de expedientes apiladas contra las paredes.

Subieron por una escalera estrecha.

En el segundo piso encontraron una habitación vacía, con una silla volcada y una cuerda cortada sobre el suelo.

La ventana estaba abierta.

Alguien había escapado por una escalera de emergencia.

Ricardo se acercó al escritorio.

Había un teléfono viejo, una taza rota y una carpeta abierta.

En la primera página aparecía el nombre de Mariana.

En la segunda, el de Lucía.

Y en la tercera, una fotografía de Bia.

Ricardo sintió que se le helaba la sangre.

Alguien había estado siguiendo a su hija desde mucho antes del funeral.

Debajo de la fotografía había una nota:

«La pequeña todavía no sabe quién es su verdadero padre».

Ricardo leyó la frase una y otra vez.

No tenía sentido.

Él había estado presente cuando nació Bia. Había firmado los documentos del hospital. Había sostenido a su hija en brazos y había llorado cuando escuchó su primer llanto.

Pero la nota llevaba un sello oficial de la clínica.

Y junto a ella había un análisis genético.

Esteban se acercó, vio el documento y perdió el color del rostro.

—Ricardo…

—No digas nada hasta que me expliques qué significa esto.

Esteban tragó saliva.

—La prueba se realizó hace tres años.

Ricardo miró la última línea.

El resultado indicaba que el hombre identificado como padre biológico no era Ricardo.

La firma que autorizaba el examen pertenecía a Helena.

Y el nombre del supuesto padre biológico estaba cubierto por una mancha de tinta.

Ricardo apretó el papel hasta arrugarlo.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, su teléfono recibió una llamada.

Era Lucía.

—Papá, tienes que escucharme —dijo la joven, llorando—. Acabo de descubrir quién es el hombre que me ha estado protegiendo.

—¿Quién?

La respuesta llegó acompañada de un sonido que Ricardo reconoció de inmediato.

Era la melodía de la caja de música de Mariana.

Lucía susurró:

—Es el mismo hombre que aparece en las fotografías de mamá. Y dice que él fue quien ordenó que me separaran de ella.

La llamada se cortó.

Ricardo miró a Esteban.

El hombre estaba pálido, con los ojos clavados en la fotografía de Bia.

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Y entonces pronunció unas palabras que cambiaron todo.

—Ricardo, hay algo que Mariana nunca supo.

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