Chapter 2: La última confesión de Mariana
El primer golpe hizo vibrar los cristales de la entrada; el segundo consiguió que varios invitados se levantaran de sus asientos.
—¡Abran! —gritó un hombre desde el exterior—. ¡Tenemos que hablar con Ricardo!
Helena aprovechó la confusión para acercarse al licenciado Salgado.
—Haz algo —le susurró—. No permitas que reproduzca el resto.
El abogado no la miró.
Tenía los ojos clavados en el teléfono que Ricardo sostenía entre las manos.
—¿Qué hiciste, Helena? —preguntó en voz baja.
Ella lo agarró del brazo.
—¡No empieces tú también!
Ricardo escuchó aquel intercambio, aunque no alcanzó a distinguir todas las palabras.
La grabación continuaba.
En la pantalla, Mariana estaba sentada en el borde de su cama. Tenía el cabello recogido, el rostro demacrado y una manta sobre las piernas. La luz amarilla de una lámpara iluminaba las paredes de su habitación.
Era la misma habitación donde Ricardo la había dejado la última vez que estuvo en casa.
Mariana parecía cansada, pero sus ojos conservaban aquella mirada firme que él había admirado desde el primer día.
—Si estás viendo esto, amor, probablemente Helena te haya dicho que mi muerte fue inevitable. Que los médicos hicieron todo lo posible y que no había nada que pudiéramos haber hecho.
Ricardo sintió que las rodillas le fallaban.
La voz de su esposa continuó.
—Yo también quise creerlo al principio. Cuando comencé a sentirme mal, pensé que era estrés. Después empecé a olvidar conversaciones, a perder el equilibrio y a sentirme tan débil que apenas podía levantarme de la cama.
Una mujer sentada en la primera fila comenzó a llorar.
Era Teresa, la madre de Mariana.
Durante semanas había escuchado que su hija se había deteriorado rápidamente por una enfermedad que nadie había logrado controlar.
Ahora se acercó unos pasos, aferrándose a su bolso.
—Mi niña… —susurró.
En la grabación, Mariana miró directamente a la cámara.
—Pero había algo que no cuadraba. Los días que yo preparaba mis propias cosas, me sentía un poco mejor. Los días que Helena insistía en ayudarme con mis pastillas, empeoraba.
Ricardo dejó de escuchar el ruido de la capilla.
Solo existía la voz de su esposa.
—Una tarde escondí una de las pastillas que me dio y la llevé a una consulta. El doctor me dijo que no coincidía con lo que tenía recetado. Me pidió que regresara con todos los medicamentos y que no cambiara nada por mi cuenta hasta que él revisara el tratamiento.
Mariana bajó la mirada.
—No pude hacerlo, Ricardo. Al día siguiente, Helena encontró la pastilla que había escondido. Me dijo que estaba confundida, que el doctor se había equivocado y que, si seguía inventando historias, tú pensarías que estaba perdiendo la razón.
Ricardo apretó la mandíbula.
Recordó varias ocasiones en las que Helena le había hablado de los supuestos cambios de humor de Mariana.
Le decía que su esposa desconfiaba de todos.
Que se negaba a seguir instrucciones.
Que necesitaba tranquilidad y que él no debía alterarla con preguntas.
Ricardo había confiado en ella.
Y esa confianza podía haberle costado la vida a Mariana.
—No quise asustarte por teléfono —continuó su esposa—. Cada vez que intentaba llamarte, Helena aparecía con alguna excusa. Decía que estabas ocupado, que no querías preocuparte o que yo debía descansar.
La imagen tembló.
Mariana se acomodó la manta y respiró lentamente.
—Una noche escuché que hablaba con alguien en el pasillo. No vi quién era, pero oí mi nombre. También escuché que mencionaban unos documentos y una firma.
Ricardo sintió una punzada de miedo.
—¿Qué documentos? —murmuró.
Como si hubiera escuchado la pregunta, Mariana acercó el rostro a la cámara.
—Los documentos de la empresa, Ricardo. Los que me pediste firmar cuando compramos la casa de San Pedro.
El licenciado Salgado levantó bruscamente la cabeza.
Helena lo miró.
Ambos intercambiaron una expresión fugaz.
Ricardo la vio.
—¿Qué tiene que ver la casa con esto? —preguntó.
—Nada —contestó Helena demasiado rápido—. Mariana estaba enferma. Podía confundir fechas y asuntos.
—No te pregunté a ti.
La mujer cerró la boca.
En la grabación, Mariana tomó una carpeta azul que descansaba junto a su cama.
—Encontré copias de unos documentos que nunca había visto. En ellos aparezco autorizando una transferencia de acciones y renunciando a ciertos derechos sobre nuestros bienes. La firma se parece a la mía, pero yo nunca firmé eso.
Ricardo giró lentamente hacia Salgado.
—¿Sabes de qué está hablando?
El abogado se acomodó los lentes.
—La empresa ha tenido varios movimientos administrativos. No sería responsable sacar conclusiones sin revisar los originales.
—Te pregunté si sabes de qué está hablando.
—Ricardo, este no es el lugar…
—¡Contéstame!
El grito hizo que Bia se aferrara a su cintura.
Ricardo bajó la mirada y abrazó a su hija.
—Perdón, princesa. No estoy enojado contigo.
—Ya sé, papá.
La pequeña apoyó la cabeza en su pecho, pero siguió mirando la pantalla.
Mariana continuó.
—No sé cuánto tiempo me queda. Tengo miedo, Ricardo. No por mí, sino por Bia.
Helena sabe que, si algo me pasa, tú vas a necesitar ayuda. Quiere ser la persona que decida quién entra a nuestra casa, quién habla contigo y quién puede acercarse a nuestra hija.
Teresa soltó un sollozo.
—¡Yo le dije a Mariana que se viniera conmigo! —exclamó—. Pero Helena me aseguró que mi hija necesitaba descansar, que no quería recibir visitas. ¡Yo le creí!
Helena se volvió hacia ella.
—¡No tenías derecho a intervenir en asuntos médicos que no entendías!
—¡Era mi hija!
—¡Y yo fui quien estuvo ahí cuando tú no pudiste hacer nada!
Teresa se quedó inmóvil, herida por aquellas palabras.
Ricardo sintió que la rabia le subía por el pecho, pero no apartó a Bia de sus brazos.
—Ya basta —dijo.
Helena respiró hondo.
—Ricardo, tienes que comprender que Mariana estaba asustada. No podemos tomar cada palabra de una mujer enferma como una verdad absoluta.
—Entonces vamos a comprobarlo.
Ricardo volvió a mirar el teléfono.
Mariana abrió la carpeta azul y mostró varios documentos frente a la cámara. La imagen no era completamente nítida, pero se distinguían sellos, firmas y cantidades.
—Guardé copias en otro lugar. Si Helena consigue destruir estos papeles, no podrá borrar todo. Hay transferencias que salieron de una cuenta familiar hacia una empresa que no reconozco.
Mariana hizo una pausa.
Después dijo el nombre de la compañía.
*Inversiones del Norte.*
El licenciado Salgado retrocedió como si alguien lo hubiera empujado.
Ricardo lo notó.
—¿Qué es Inversiones del Norte?
—Una sociedad mercantil —respondió el abogado—. No recuerdo los detalles.
—Qué curioso. Pareces recordar perfectamente todo lo demás.
Salgado apretó los labios.
Helena se acercó a Ricardo con las manos extendidas.
—Escúchame. Estás destrozado. Yo también estoy sufriendo. No puedes destruir tu vida por una grabación que ni siquiera sabes cuándo se hizo.
Ricardo no respondió.
En la pantalla, Mariana cerró la carpeta y miró hacia la puerta de su habitación.
—Hay otra cosa que necesitas saber. La noche antes de que empeorara, escuché a Helena hablar con alguien sobre Bia. Dijeron que, si tú no aceptabas los nuevos documentos, buscarían una forma de apartarte de las decisiones de la empresa.
Ricardo sintió que el mundo se inclinaba.
—¿Apartarme de la empresa?
Mariana asintió, como si pudiera verlo.
—Y mencionaron a nuestra hija. Dijeron que, si algo me sucedía, sería más fácil controlar todo mientras tú estuvieras de duelo.
Bia levantó la cabeza.
—Papá, ¿por eso la tía me decía que tú te ibas a ir?
Ricardo la miró.
—¿Qué te decía?
—Que después de que mamá se fuera al cielo, tú ibas a trabajar mucho y me ibas a mandar con ella. Que si yo me portaba bien, ella podía dejarme quedarme contigo.
Ricardo sintió que algo dentro de él se rompía.
Se arrodilló y sostuvo el rostro de su hija entre las manos.
—Escúchame muy bien, Bia. Nunca voy a abandonarte. Nunca. Eres mi hija y voy a cuidarte siempre.
La pequeña se echó a llorar y lo abrazó con desesperación.
Helena observó la escena sin mostrar ternura.
Solo impaciencia.
—Esto tiene que terminar —murmuró.
Y entonces se abalanzó hacia el teléfono por segunda vez.
Ricardo la detuvo.
—¡No me vuelvas a tocar a mi hija ni sus cosas!
—¡No sabes lo que estás haciendo! —gritó ella—. ¡Estás destruyendo todo por una mujer que ya no está aquí para defenderse!
—¡Precisamente por eso voy a escucharla!
Ricardo volvió a presionar la pantalla.
Mariana se inclinó hacia la cámara.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Ricardo, si Helena está ahí, no dejes que te convenza de que todo esto es una confusión. Ella no actuó sola.
El abogado Salgado palideció.
Mariana continuó:
—La persona que le ayudó tiene acceso a las cuentas, a los documentos y a los registros médicos. Es alguien a quien tú le has confiado tu firma durante años.
Ricardo se volvió hacia Salgado.
El abogado dejó caer su portafolio.
Varios documentos se deslizaron por el suelo de la capilla.
Helena miró hacia la entrada.
Los golpes en la puerta se hicieron más fuertes.
—¡Ricardo! —gritó el hombre del exterior—. ¡Abra de una vez! ¡Traemos una orden para revisar los archivos de Mariana!
Ricardo miró a Bia.
La niña se aferró a su mano.
—Papá, mamá dijo que no confiaras en nadie hasta escuchar el final.
Ricardo asintió.
Pero cuando la grabación llegó a los últimos minutos, la imagen cambió.
Mariana ya no estaba en su cama.
Estaba sentada en el asiento trasero de un automóvil, con la cámara apuntando hacia su rostro. Afuera se distinguían las luces de una calle mojada.
Su voz sonó más débil.
—Si estás viendo esto, Ricardo, es porque no pude regresar a casa. Lo siento tanto, amor.
Después miró hacia el frente del vehículo.
—Hay alguien que sabe lo que me están haciendo. Alguien que me ayudó a conseguir estos documentos. Si todavía está vivo y se atreve a hablar, podrá demostrarte quién dio la orden.
La cámara se movió.
Por unos segundos solo se escuchó el motor.
Entonces Mariana pronunció un nombre.
—Fue…
La grabación se cortó abruptamente.
Ricardo miró la pantalla, desconcertado.
—¿Eso es todo?
Bia negó con la cabeza.
—No, papá. Mamá me dijo que había otra parte.
—¿Dónde?
La niña señaló la muñeca de trapo.
—Aquí.
Ricardo abrió cuidadosamente la costura que Bia le indicó.
Dentro había una tarjeta de memoria envuelta en un pequeño trozo de tela.
Helena dejó escapar un sonido ahogado.
—No la abras —dijo.
Ricardo levantó los ojos.
—¿Por qué?
Ella no respondió.
En ese instante, las puertas de la capilla se abrieron de golpe.
Entraron dos agentes acompañados de un hombre de cabello canoso, vestido con un traje oscuro. Llevaba una carpeta bajo el brazo y una fotografía en la mano.
Al ver a Ricardo, se detuvo.
—Señor Ricardo, mi nombre es Esteban Robles. Trabajé con su esposa durante los últimos meses.
Ricardo observó la fotografía que el hombre sostenía.
Era Mariana, tomada frente a un edificio que él no reconocía.
Junto a ella aparecía Helena.
Y detrás de ambas, parcialmente oculto por una columna, estaba el licenciado Salgado.
Esteban dejó la fotografía sobre uno de los bancos.
—Su esposa me pidió que viniera hoy, durante el funeral. Me dijo que, si usted encontraba el teléfono de su hija, debía entregarle esto.
Sacó un sobre sellado.
En el frente, con la letra de Mariana, había una sola frase:
*«Para Ricardo: la verdad sobre la muerte de nuestra hija perdida».*
Ricardo sintió que la sangre se le helaba.
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Mariana nunca le había hablado de otra hija.
Y Helena, al leer aquellas palabras por encima de su hombro, comenzó a temblar.
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