Calm

Chapter 4: La mujer detrás de la ventana tenía el rostro de Mariana

Ricardo estuvo a punto de dejar caer el teléfono cuando volvió a mirar la fotografía.

La mujer que aparecía detrás de la ventana tenía el mismo cabello oscuro, la misma forma de la nariz y la misma pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda que Mariana se había hecho años atrás, cuando se cayó de una bicicleta durante unas vacaciones familiares.

Pero había algo imposible.

Mariana estaba muerta.

Él había visto su cuerpo en el hospital. Había sostenido su mano fría. Había besado su frente antes de que se llevaran el ataúd para prepararlo.

No podía ser ella.

—Papá, ¿qué pasa?

Bia tiró de su saco.

Ricardo apagó inmediatamente la pantalla y guardó el teléfono en el bolsillo.

—Nada, princesa. Solo necesito hacer una llamada.

La niña no le creyó.

Desde el funeral había aprendido a reconocer la diferencia entre la voz tranquila de su padre y esa otra voz que utilizaba cuando algo terrible estaba ocurriendo.

—¿Es la tía Helena?

—No lo sé.

Ricardo miró hacia la casa.

Las ventanas del segundo piso estaban cerradas. Las cortinas blancas se movían ligeramente detrás del cristal, aunque todas las puertas habían permanecido aseguradas desde que llegaron.

Le pidió a Esteban que llevara a Bia con Teresa, quien los esperaba dentro de la sala.

—No dejes que entre nadie que no conozcas —le dijo—. Ni siquiera alguien que diga venir de mi parte.

Esteban asintió.

—¿Qué encontraste en el teléfono?

Ricardo le mostró la fotografía.

El hombre palideció.

—¿Está seguro de que la imagen llegó después de la llamada?

—La recibí segundos después de que una muchacha se identificara como Lucía.

Esteban examinó la fotografía con atención.

—Podría tratarse de una imagen manipulada.

—También podría ser alguien que se parece demasiado a mi esposa.

—No entre solo a la casa.

Ricardo miró la puerta principal.

—Mi hija puede estar ahí dentro.

—Por eso mismo, tenemos que hacerlo con cuidado.

Esteban llamó a uno de los agentes que había acudido a la capilla. Mientras esperaban, Ricardo volvió a revisar el mensaje.

Había un detalle que no había notado antes.

La fotografía estaba tomada desde un ángulo bajo, desde el jardín lateral de la propiedad. La mujer aparecía detrás de la ventana del estudio de Mariana, una habitación que llevaba cerrada desde la muerte de su esposa.

Y la hora registrada en el archivo era de hacía apenas cuatro minutos.

Alguien había estado en su casa.

Alguien sabía que él regresaría.

Alguien había fotografiado a su hija.

—Tenemos que entrar —dijo Ricardo.

Esteban negó con la cabeza.

—Primero vamos a asegurarnos de que Bia esté protegida.

Desde la sala llegó un grito.

Era Teresa.

Ricardo corrió hacia el interior.

La encontró junto a las escaleras, con una mano sobre la boca. Bia estaba abrazada a su cintura, mirando hacia el pasillo que conducía al estudio de Mariana.

—¿Qué pasó? —preguntó Ricardo.

Teresa señaló el suelo.

Había pequeñas gotas de agua sobre el mármol, como las que deja alguien al entrar después de caminar bajo la lluvia.

Las marcas comenzaban junto a la puerta trasera y continuaban hacia el estudio.

Ricardo se agachó.

El jardín estaba seco.

No había llovido.

—Alguien entró —murmuró.

Bia se escondió detrás de su abuela.

—Escuché pasos —dijo—. Pensé que eras tú, papá.

Ricardo sintió que la rabia le apretaba el pecho.

—¿Viste a alguien?

La niña negó con la cabeza.

—Solo escuché que alguien lloraba.

Teresa la abrazó con más fuerza.

—La saqué de la sala en cuanto me llamó. No quería que se acercara al estudio.

Ricardo observó la puerta.

La última vez que había entrado allí, Mariana estaba sentada en su escritorio, rodeada de papeles. Le había pedido que la escuchara, pero él recibió una llamada de trabajo y prometió regresar después.

Nunca regresó.

Ahora aquella habitación parecía guardar todo lo que él había ignorado.

Se acercó lentamente.

La puerta estaba entreabierta.

—¡Policía! —gritó el agente desde la entrada—. ¡Si hay alguien dentro, salga con las manos visibles!

Nadie respondió.

Dos agentes recorrieron la planta baja mientras un tercero subía las escaleras. Ricardo permaneció junto al pasillo, escuchando cada ruido.

Después de varios minutos, el agente de arriba hizo una señal.

—Despejado.

Ricardo entró al estudio.

La habitación olía a perfume de rosas y madera antigua. Sobre el escritorio descansaba una taza de café, todavía tibia.

A su lado había una fotografía de Mariana con Bia cuando la niña apenas tenía un año.

Pero lo que hizo que Ricardo se detuviera fue el cajón abierto.

Era el cajón donde Mariana guardaba sus documentos personales.

La caja fuerte estaba cerrada.

Ricardo sacó la llave plateada que Bia había encontrado dentro de la muñeca.

La introdujo en la cerradura.

El mecanismo se abrió con un clic.

Dentro había sobres, escrituras, una carpeta azul y un pequeño paquete envuelto en papel de seda.

También había una fotografía que Ricardo jamás había visto.

Mariana aparecía en un parque, sentada en una banca. A su lado estaba una adolescente de cabello oscuro, la misma joven de las fotografías que Esteban había mostrado en la capilla.

Las dos sonreían.

En la parte posterior, Mariana había escrito:

«Mi Lucía. La encontré y no voy a perderla otra vez».

Ricardo sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Su esposa había encontrado a su hija.

Había conseguido verla.

Y después había muerto sin poder contárselo.

—Señor —dijo el agente desde la puerta—, encontramos esto detrás de la cortina.

Le entregó un pequeño dispositivo de grabación.

Ricardo lo encendió.

La voz de Mariana llenó la habitación.

—Si estás escuchando esto, significa que alguien entró en mi estudio. Ricardo, hay una razón por la que no te conté todo antes. No era porque desconfiara de ti. Era porque no sabía quién podía estar escuchando.

Se oyó un ruido.

Después, Mariana continuó.

—La persona que me ayudó a encontrar a Lucía me dijo que no confiara en nadie relacionado con la clínica. Al principio pensé que exageraba. Hasta que descubrí que alguien había pagado para mantener el expediente original oculto.

Ricardo cerró los ojos.

—La mujer que me entregó los documentos se llama Patricia Méndez. Fue enfermera en la clínica donde nació nuestra hija. Ella sabe quién firmó la orden de entrega y quién recibió el dinero.

El audio hizo una pausa.

Luego Mariana pronunció una frase que Ricardo jamás olvidaría.

—Pero Patricia no fue la única persona que me ayudó. Hay alguien más. Alguien que vive bajo nuestro techo.

Ricardo levantó la cabeza.

Miró a los agentes.

—¿Quién tiene acceso a esta casa?

—El personal de servicio, usted, la señora Helena y algunos proveedores autorizados.

Ricardo recordó la expresión de su esposa en el video de la capilla.

«No confíes en nadie hasta escuchar el final».

El dispositivo emitió un último sonido.

La voz de Mariana volvió a escucharse, más débil.

—Si encuentras la segunda carpeta, no la abras delante de Helena. Contiene una prueba que podría demostrar que ella no actuó sola. Pero hay una persona a la que debes proteger por encima de todos los demás.

La grabación terminó.

Ricardo buscó la segunda carpeta.

No estaba en la caja fuerte.

Solo encontró una hoja arrancada de un cuaderno, con una dirección escrita a mano y una hora: las siete de la noche.

Debajo, Mariana había añadido:

«Si Lucía no puede llamarte, ve al lugar donde empezó todo».

La dirección correspondía a una antigua clínica en las afueras de la ciudad.

Esteban leyó el papel por encima de su hombro.

—Tenemos que ir.

—¿Y Bia?

—La llevaremos con su abuela a un lugar seguro.

Ricardo guardó la fotografía de Mariana y Lucía en el bolsillo interior de su saco.

Antes de salir del estudio, miró una última vez la habitación.

En el escritorio encontró una pequeña caja de música que Mariana solía poner junto a la cama de Bia. La abrió.

La melodía comenzó a sonar.

Dentro había un papel doblado.

Ricardo lo desplegó.

Solo contenía seis palabras:

*«Lucía no es la única hija».*

Sintió que las piernas le temblaban.

¿Había otra niña?

¿Otro secreto?

¿Otra vida que alguien había borrado de su historia?

Entonces escuchó pasos detrás de él.

Se volvió.

Bia estaba en la puerta.

—Papá, tengo que decirte algo.

Ricardo se arrodilló frente a ella.

—¿Qué pasa, mija?

La pequeña miró la caja de música.

—Mamá me enseñó una foto de otra niña. Me dijo que, si algún día tú encontrabas la llave, tenía que contarte que esa niña también era nuestra familia.

Ricardo sintió que el corazón se le detenía.

—¿Dónde viste esa foto?

Bia señaló la parte inferior de la caja.

Había un compartimento secreto.

Dentro encontraron una fotografía de una niña de unos diez años, con los ojos claros y una pulsera roja en la muñeca.

En el reverso, Mariana había escrito un nombre.

*Valentina.*

Y una fecha de nacimiento.

Ricardo hizo las cuentas.

La niña había nacido apenas unos meses antes de Bia.

Antes de que pudiera preguntar algo más, el teléfono volvió a vibrar.

Era un mensaje de Lucía.

«No vayas a la clínica. Helena sabe que encontraste la llave. Ya no estoy sola y la persona que me acompaña acaba de reconocer al hombre que está contigo».

Ricardo levantó la mirada hacia Esteban.

May you like

El hombre seguía junto a la puerta, observándolo.

Y, por primera vez, Ricardo se preguntó si el desconocido que había prometido ayudarlo era realmente quien decía ser.

Related Stories

Other posts