Chapter 3: La hija que Helena juró que nunca existió
Ricardo leyó la frase tres veces antes de comprender lo que tenía delante.
La verdad sobre la muerte de nuestra hija perdida.
No tenía sentido.
Bia era la única hija que él y Mariana habían criado juntos. Nunca habían tenido otra niña. Nunca habían hablado de perder un bebé. Nunca habían organizado un funeral secreto ni recibido noticias de una hija fallecida.
O eso era lo que él creía.
—¿Qué significa esto? —preguntó, mirando a Helena.
Ella no contestó.
Esteban Robles se quitó los lentes y los guardó en el bolsillo de su saco.
—Su esposa descubrió algo hace unos meses. No quería contárselo por teléfono porque sospechaba que sus conversaciones estaban siendo vigiladas.
—¿Vigiladas por quién?
Esteban miró a Helena.
Después miró al licenciado Salgado.
—Por las personas que están en esta capilla.
Salgado recogió rápidamente su portafolio.
—Esto es ridículo. No voy a permitir que un desconocido haga acusaciones sin fundamento durante un funeral.
—Entonces quédese y escuche —respondió Esteban—. Si no tiene nada que ocultar, no debería preocuparse.
—No necesito escuchar ninguna fantasía.
El abogado caminó hacia la salida.
Los dos agentes se colocaron frente a él.
—Señor, necesitamos que permanezca aquí mientras aclaramos algunos asuntos.
—¿Con qué autoridad?
Uno de los agentes le mostró una identificación.
—Estamos investigando una denuncia relacionada con documentos financieros y posibles irregularidades en la atención médica de la señora Mariana. Su nombre aparece en el expediente.
Salgado se quedó inmóvil.
Helena lo miró con una furia silenciosa.
Ricardo abrió el sobre.
Dentro encontró tres fotografías, una copia de un acta y una carta escrita a mano.
La primera fotografía mostraba a Mariana mucho más joven, sentada en una cama de hospital. A su lado había una recién nacida envuelta en una manta rosa.
En el reverso, Mariana había escrito una fecha y dos palabras:
*«Nuestra primera hija».*
Ricardo sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
La segunda fotografía mostraba a la misma bebé unos meses después, en brazos de una mujer cuyo rostro estaba parcialmente fuera del encuadre.
La tercera era más reciente.
Una adolescente aparecía frente a un edificio de ladrillo, con el cabello oscuro recogido en una coleta. Tenía unos dieciséis años y una pequeña marca junto a la ceja izquierda.
En la parte inferior, Mariana había escrito:
*«Encontré a Lucía».*
Ricardo se llevó una mano a la boca.
—¿Quién es Lucía?
Esteban respondió con cuidado.
—La hija que su esposa creyó muerta durante dieciséis años.
Teresa comenzó a llorar.
Helena retrocedió hasta chocar con uno de los bancos.
—Eso es mentira —susurró.
Ricardo levantó la mirada.
—¿Conocías a esa niña?
—No.
—¿Conocías a Lucía?
—¡Te estoy diciendo que no!
Su grito hizo que Bia se escondiera detrás de su padre.
Ricardo la abrazó sin dejar de mirar a Helena.
—Baja la voz.
La mujer apretó los puños.
—Mariana perdió una hija al nacer. Todos lo supimos. Fue una tragedia.
Pero después tuvo otra niña y siguió adelante. ¿Ahora vas a creer que apareció una tercera hija porque alguien trae unas fotografías viejas?
—¿Una tercera? —preguntó Teresa.
Helena se quedó paralizada.
La madre de Mariana se acercó lentamente.
—¿Por qué dijiste una tercera?
—Me expresé mal.
—No —dijo Teresa, con la voz quebrada—. Dijiste una tercera porque sabes algo que los demás no sabemos.
Ricardo miró la copia del acta.
El documento tenía sellos oficiales, una fecha y el nombre de Mariana como madre. En el espacio correspondiente al padre aparecía su propio nombre.
Pero lo que más le llamó la atención fue la anotación manuscrita al margen.
*«Entrega a tutores autorizada por solicitud familiar».*
—¿Qué significa esto? —preguntó.
Esteban señaló la hoja.
—Que, después del nacimiento, la bebé fue entregada a otras personas. El registro oficial indicó que había fallecido, pero no existe un certificado médico que respalde esa muerte.
Ricardo sintió un vértigo profundo.
—¿Me estás diciendo que mi hija no murió?
—Le estoy diciendo que hay indicios serios de que alguien falsificó su fallecimiento.
La capilla quedó sumida en un silencio absoluto.
Bia miró la fotografía de la adolescente.
—¿Es mi hermana?
Ricardo no supo qué contestar.
Esteban se agachó para quedar a su altura.
—Eso es lo que tu mamá estaba tratando de averiguar, pequeña.
—¿Y dónde está?
El hombre guardó silencio durante un instante.
—No lo sé. La última vez que tuvimos noticias de ella, vivía en otro estado. Mariana había conseguido localizarla, pero alguien descubrió que estaba investigando.
Ricardo apretó la carta.
—Quiero saberlo todo. Desde el principio.
Esteban asintió.
—Su esposa quedó embarazada por primera vez hace diecisiete años. El parto se complicó y la familia recibió la noticia de que la bebé había muerto. Mariana nunca pudo verla. Le dijeron que era demasiado peligroso para ella y que los médicos se encargarían de todo.
Ricardo recordaba aquella época.
Había sido joven, ambicioso y completamente absorbido por la expansión de su empresa. Mariana había pasado semanas en el hospital y él se había mantenido entre reuniones, llamadas y viajes.
Su suegra le había dicho que el bebé no había sobrevivido.
Él había abrazado a Mariana y prometido que algún día volverían a intentarlo.
Nunca preguntó por el certificado de defunción.
Nunca pidió hablar con el médico que atendió el parto.
Nunca sospechó que alguien pudiera mentirles.
—¿Quién organizó todo? —preguntó.
Esteban abrió una segunda carpeta.
—Encontramos pagos relacionados con la clínica donde nació la niña. Algunos salieron de una cuenta vinculada a Inversiones del Norte.
Ricardo giró la cabeza hacia el licenciado Salgado.
El abogado estaba pálido.
—No puedes demostrar que yo autorizara esos pagos —dijo.
—No he dicho que usted los autorizara —respondió Esteban—. Dije que salieron de una cuenta vinculada a la empresa.
—Eso no significa nada.
—También encontramos documentos con su firma.
Salgado cerró los ojos.
Helena aprovechó el momento para acercarse a Ricardo.
—Escúchame, por favor. Mariana sufrió mucho después de perder a esa bebé. Estaba convencida de que había algo que no le habían contado.
Yo la acompañé durante esos años. Traté de ayudarla a superar el dolor.
Ricardo la miró con una mezcla de rabia y desconcierto.
—¿Por qué nunca me dijiste que Mariana seguía buscando a nuestra hija?
—Porque no quería hacerte daño.
—¿Y por qué no me hablaste de las fotografías?
—Porque no sabía que las tenía.
—¿Por qué dijiste que había muerto?
Helena abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Teresa se acercó a ella con los ojos llenos de lágrimas.
—Tú me dijiste que Mariana había aceptado la pérdida. Me dijiste que necesitaba cerrar ese capítulo de su vida. Yo te creí porque eras la única que estaba con ella en el hospital.
—¡Hice lo que pude!
—¿Qué hiciste, Helena? —preguntó Teresa—. ¿Qué le hiciste a mi hija?
Helena retrocedió.
—¡Nada! ¡Yo no le hice nada!
La respuesta fue demasiado rápida.
Ricardo sintió que el teléfono volvía a vibrar en su mano.
La tarjeta de memoria estaba conectada a un pequeño adaptador que Esteban había llevado consigo. El hombre había preparado un dispositivo portátil para reproducir los archivos sin modificar el contenido original.
—Su esposa dejó dos videos —explicó—. El primero estaba en el teléfono. El segundo, en esta tarjeta.
Ricardo asintió.
—Ponlo.
Esteban conectó la tarjeta.
La pantalla mostró una carpeta con dos archivos de video y varios documentos escaneados.
El primero llevaba una fecha de tres semanas antes de la muerte de Mariana.
Ricardo lo abrió.
La imagen mostraba una oficina pequeña. Mariana estaba sentada frente a una mesa, con la carpeta azul abierta entre las manos.
Al otro lado de la mesa se encontraba una mujer mayor, de cabello corto y expresión cansada.
—¿Está segura de que quiere hacer esto? —preguntó la mujer.
Mariana asintió.
—Llevo dieciséis años preguntándome qué pasó con mi hija. No voy a detenerme ahora que sé que está viva.
La mujer sacó un documento.
—Encontré una copia del registro original. Su bebé fue entregada a una pareja bajo un procedimiento irregular. La orden de cambiar el expediente llegó desde la administración de la clínica.
—¿Quién la firmó?
La mujer acercó el papel a la cámara.
Ricardo se inclinó hacia la pantalla.
El nombre estaba parcialmente cubierto por una mancha de tinta, pero la firma resultaba reconocible.
Era la de Helena.
Bia miró a su tía.
—Tú hiciste que mi hermana desapareciera.
—¡No! —gritó Helena.
Pero nadie le creyó.
En el video, Mariana tomó el documento y empezó a llorar.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué alguien haría algo así?
La mujer mayor bajó la mirada.
—No tengo todas las respuestas. Pero encontré una transferencia realizada dos días antes del nacimiento. El dinero llegó a una cuenta vinculada a la persona que firmó la orden.
Mariana se cubrió la boca.
—¿Y mi esposo?
—No hay pruebas de que él supiera lo que estaba pasando.
Ricardo cerró los ojos.
Aquella frase le dolió de una manera que no esperaba.
Durante dieciséis años había vivido junto a una mujer que sufría por la pérdida de una hija, sin saber que tal vez alguien se la había arrebatado.
Y él no había visto nada.
El video continuó.
Mariana se inclinó hacia la mujer.
—Necesito encontrar a Lucía antes de que Helena se entere.
—Ya lo sabe.
Mariana levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Alguien entró a mi oficina anoche. Se llevaron una copia de los documentos. También dejaron una advertencia.
La mujer sacó una hoja.
Solo tenía una frase escrita con tinta negra:
*«Deja de buscar a la niña si quieres que tu familia siga completa».*
Mariana se quedó inmóvil.
En la capilla, Teresa comenzó a sollozar.
Ricardo sintió que Bia apretaba su mano.
—Papá, ¿por eso mamá estaba asustada?
Él besó la frente de su hija.
—Sí, mija. Creo que sí.
La grabación terminó con Mariana mirando directamente a la cámara.
—Si algo me pasa, Ricardo, no dejes que se lleven también a Bia. Helena ya demostró que es capaz de separar a una madre de su hija. Y si encuentra a Lucía antes que nosotros, puede volver a hacerlo.
La pantalla se apagó.
Durante varios segundos nadie habló.
Después, Ricardo se volvió hacia Helena.
—¿Dónde está mi hija?
Ella negó con la cabeza.
—No sé de qué estás hablando.
—¿Dónde está Lucía?
—¡No sé!
Ricardo dio un paso hacia ella.
—Tienes una oportunidad para decir la verdad.
Helena lo miró con lágrimas de rabia.
—¡Yo te ayudé a construir todo lo que tienes! ¡Estuve al lado de tu familia durante años! ¿Y ahora vas a destruirme por una niña que ni siquiera conoces?
—Es mi hija.
—¡No sabes si está viva!
Esteban levantó la mano.
—Tenemos indicios de que lo está.
Helena lo miró con odio.
—Tú deberías haberte mantenido al margen.
Aquellas palabras fueron suficientes para que uno de los agentes se acercara a ella.
—Señora, necesitamos que nos acompañe para responder algunas preguntas.
Helena se apartó bruscamente.
—¡No pueden detenerme! ¡No tienen pruebas de nada!
—Nadie ha dicho que esté detenida —respondió el agente—. Pero tendrá que explicar por qué su firma aparece en los documentos de la clínica y por qué intentó quitarle el teléfono a una menor.
Helena miró a Ricardo.
Por primera vez, su voz perdió toda la arrogancia.
—Ricardo, por favor. No permitas que me hagan esto. Tú me conoces.
Él recordó las comidas familiares, los cumpleaños, las visitas al hospital y todas las ocasiones en que Helena se había presentado como la mujer dispuesta a resolver cualquier problema.
También recordó la voz de Mariana diciendo que alguien había cambiado sus medicamentos.
—Creía conocerte —respondió.
Helena comenzó a llorar.
Pero no parecía arrepentida.
Parecía furiosa porque había perdido el control.
Mientras los agentes la acompañaban hacia una de las habitaciones laterales de la funeraria, el licenciado Salgado intentó seguirla.
Esteban se interpuso.
—Usted también tendrá que responder algunas preguntas.
—Soy abogado. Conozco mis derechos.
—Perfecto. Entonces sabrá que no le conviene destruir documentos ni intentar comunicarse con testigos.
Salgado se quedó quieto.
Ricardo apenas podía pensar.
Su esposa había muerto.
Su hija había vivido con miedo.
Y otra hija, a quien había llorado sin conocerla, podía seguir viva en algún lugar.
—Esteban —dijo—, quiero encontrarla. Hoy. No mañana. Hoy.
—Haré todo lo que pueda.
El hombre guardó los documentos y se preparó para salir.
Pero antes de cruzar la puerta, Bia corrió hacia él.
—Espere.
Esteban se detuvo.
La niña sostenía la muñeca de trapo contra su pecho.
—Mamá me dijo que había algo más. Dijo que, si papá encontraba a mi hermana, yo tenía que darle esto.
Metió la mano en el interior de la muñeca y sacó una pequeña llave plateada.
Ricardo la reconoció de inmediato.
Era la llave de la caja fuerte que Mariana guardaba en su vestidor.
Una caja que, según Helena, llevaba años vacía.
Ricardo sintió un escalofrío.
—¿Dónde la encontraste, princesa?
—Mamá la cosió aquí la última noche que estuve con ella.
Esteban examinó la llave.
—¿Sabe qué hay en esa caja?
Ricardo negó lentamente con la cabeza.
—No.
Entonces recordó algo.
La noche anterior a su muerte, Mariana le había enviado un mensaje que él nunca llegó a responder.
Solo decía: «Cuando regreses, tenemos que hablar de algo que puede cambiar nuestra familia para siempre».
Ricardo había leído el mensaje en el aeropuerto.
Después recibió una llamada de Helena diciéndole que Mariana estaba descansando y que no debía molestarla.
Nunca volvió a hablar con su esposa.
Ahora comprendía que aquella conversación pudo haberlo cambiado todo.
Ricardo tomó la mano de Bia.
—Vamos a casa.
La niña levantó la mirada.
—¿Y si la tía está ahí?
—No va a acercarse a ti.
—¿Y si mamá dejó algo que nos asuste?
Ricardo respiró hondo.
—Entonces lo vamos a enfrentar juntos.
Salieron de la capilla acompañados por Esteban y uno de los agentes. Afuera, el cielo estaba cubierto de nubes y el aire olía a tierra mojada.
Antes de subir al automóvil, Ricardo miró una vez más la fotografía de Mariana.
—Perdóname por no haberte escuchado —susurró.
Bia se acercó y puso su pequeña mano sobre la imagen.
—Mamá sabía que ibas a encontrar la verdad.
Ricardo abrazó a su hija.
Por primera vez desde la muerte de Mariana, sintió que tenía algo más que dolor.
Tenía una misión.
Encontraría a Lucía.
Descubriría quién había manipulado los medicamentos de su esposa.
Y haría que todos los responsables respondieran por lo que habían hecho.
Pero al llegar a la casa, una llamada de un número desconocido interrumpió sus pensamientos.
Ricardo contestó.
Al otro lado escuchó la voz de una joven.
—¿Señor Ricardo?
—Sí. ¿Quién habla?
La muchacha respiró temblorosamente.
—Mi nombre es Lucía. Creo que usted es mi padre.
Ricardo se quedó sin palabras.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírselo por teléfono. Hay alguien que me está buscando.
—¿Quién?
La joven guardó silencio durante unos segundos.
Después susurró algo que hizo que Ricardo sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—La mujer que está tratando de matarme no es Helena.
La llamada se cortó.
Y, justo entonces, Ricardo recibió una fotografía en su celular.
Era una imagen tomada desde el exterior de su casa.
En ella aparecían él y Bia bajando del automóvil.
Al fondo, detrás de una ventana del segundo piso, alguien observaba.
Ricardo amplió la fotografía.
Reconoció el rostro de inmediato.
Era Mariana.
O una mujer idéntica a ella.
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Y debajo de la imagen había un mensaje:
*«Si quieres encontrar a Lucía, no confíes en tu propia familia».*
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