Calm

Chapter 8: La niña de la pulsera roja conocía el secreto que podía hundir a Helena

Ricardo llegó a casa de Teresa con el corazón golpeándole el pecho y una sola idea en la cabeza: encontrar a Bia.

La puerta estaba cerrada.

El automóvil de Teresa seguía estacionado frente a la casa, pero ninguna luz estaba encendida.

Ricardo golpeó la puerta.

—¡Mamá! ¡Soy yo!

Nadie respondió.

Gabriel llegó detrás de él y miró hacia las ventanas.

—Tal vez salieron por la parte trasera.

Ricardo lo fulminó con la mirada.

—No vuelvas a llamarla mamá.

Gabriel bajó la cabeza.

Ricardo rodeó la casa y encontró una ventana abierta junto al jardín. En el suelo había una maceta rota y una pequeña cinta blanca.

Era la cinta que Bia había llevado en el cabello durante el funeral.

Ricardo la recogió con manos temblorosas.

—¡Bia!

Entró por la ventana.

La sala estaba revuelta. Los cojines habían sido arrojados al suelo y una taza de café descansaba rota junto a la mesa. En el pasillo había una fotografía familiar partida en dos.

La mitad de Mariana seguía dentro del marco.

La otra mitad había desaparecido.

Teresa apareció desde la cocina, pálida y con los ojos enrojecidos.

—¡Ricardo!

Él corrió hacia ella.

—¿Dónde está Bia?

Teresa lo abrazó con desesperación.

—Se la llevaron.

Ricardo sintió que el mundo se apagaba.

—¿Quién?

—Dos personas llegaron diciendo que tenían información sobre Lucía. Dijeron que podían llevarnos con ella. Yo me negué, pero uno de ellos me mostró una fotografía de Bia saliendo de la escuela. Sabían dónde estudia, qué camino toma, todo.

Teresa comenzó a llorar.

—Bia quiso ayudarme. Dijo que conocía la dirección de la casa de Helena y que tal vez allí estaba tu hermana. Uno de los hombres la tomó de la mano. Cuando intenté detenerlo, me empujó y cerró la puerta.

Ricardo sintió que la sangre le hervía.

—¿Por qué no llamaste a la policía?

—Lo hice. Pero cuando llegaron, ya se habían ido. Encontraron esto en el suelo.

Teresa le entregó un papel.

Era una dirección escrita a mano.

La casa de Helena.

Ricardo apretó el papel hasta arrugarlo.

—Voy a traerla de vuelta.

Teresa lo agarró del brazo.

—No vayas solo. Por favor. Ya perdí a mi hija. No puedo perderte a ti también.

Ricardo la abrazó.

—No voy a morir, mamá. Voy a traer a mi hija.

Gabriel permanecía junto a la puerta, incapaz de hablar.

Ricardo se volvió hacia él.

—Tú vienes conmigo.

—Sí.

—Pero no vuelvas a mentirme.

Gabriel asintió.

Salieron de la casa y llamaron a Esteban, quien había conseguido que dos agentes los acompañaran. No podían entrar a una propiedad privada sin autorización, pero la desaparición de una menor y las amenazas recibidas permitían iniciar una intervención urgente.

Mientras avanzaban, Ricardo recibió una llamada.

Era un número desconocido.

—¿Papá? —susurró una voz infantil.

Ricardo casi dejó caer el teléfono.

—¡Bia! ¿Dónde estás, princesa?

—No sé. Estoy en una casa grande. Hay una señora que dice que conoce a mamá.

—¿Estás lastimada?

—No.

—¿Puedes ver a alguien?

Bia guardó silencio.

Después susurró:

—Papá, aquí está la niña de la fotografía.

Ricardo miró a Gabriel.

—¿Valentina?

—Sí. Tiene la pulsera roja.

Se escuchó un ruido.

La voz de Bia se volvió más baja.

—Papá, la señora dice que Helena no es mi tía de verdad.

Ricardo sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Quién es esa señora?

La niña respiró temblorosamente.

—Dice que es mi mamá.

La llamada se cortó.

Ricardo sintió que las manos le temblaban.

Mariana estaba muerta.

No podía ser ella.

Pero alguien estaba utilizando su voz, su rostro y los secretos de su familia para confundir a Bia.

—¡Maneja más rápido! —ordenó.

Gabriel aceleró.

La casa de Helena estaba en una zona residencial apartada, rodeada de árboles altos y muros blancos. Ricardo conocía el lugar desde hacía años. Había asistido a varias reuniones familiares allí, había celebrado cumpleaños y había pasado tardes enteras conversando con Helena en el jardín.

Nunca había imaginado que aquel lugar pudiera esconder algo tan terrible.

Los agentes se adelantaron.

Ricardo bajó del automóvil y llamó a la puerta.

Nadie respondió.

Uno de los policías rodeó la propiedad y encontró una puerta lateral sin seguro.

Entraron.

La casa estaba iluminada, pero no había señales de actividad en la sala. En la mesa del comedor descansaban varios platos, dos vasos y una caja abierta que contenía documentos.

Ricardo reconoció la fotografía de Mariana.

Estaba rota por la mitad.

La tomó.

En la parte que quedaba visible aparecía su esposa sosteniendo a Bia cuando era bebé.

En la parte desaparecida debía estar Gabriel.

Ricardo guardó la imagen en el bolsillo.

Desde el piso superior llegó una voz.

—¡No quiero volver a verla!

Era Helena.

Ricardo subió las escaleras seguido por los agentes.

La encontró en una habitación con las cortinas cerradas. Estaba junto a una cama, con el cabello desordenado y el maquillaje corrido.

Bia estaba sentada en una silla, llorando.

A su lado había una adolescente de unos diecisiete años con una pulsera roja en la muñeca.

Valentina.

Y junto a la ventana estaba una mujer de espaldas.

Ricardo sintió que se le detenía el corazón.

La mujer llevaba un vestido azul oscuro. Tenía el cabello negro, recogido en una trenza, y sostenía una fotografía de Mariana.

Cuando escuchó los pasos, se volvió.

Ricardo dejó de respirar.

Era idéntica a su esposa.

No solo en los rasgos.

También en la forma de mirar, en la manera de apretar los labios y en la pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.

—¿Quién eres? —preguntó Ricardo.

La mujer lo observó con los ojos llenos de lágrimas.

—Me llamo Elena Vargas.

Ricardo negó con la cabeza.

—No.

—Sé que no me crees.

—Mi esposa murió hace nueve días.

La mujer cerró los ojos.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué tienes su cara?

Elena dejó la fotografía sobre la mesa.

—Porque soy su hermana gemela.

El silencio fue absoluto.

Ricardo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Mariana nunca le había hablado de una hermana gemela.

Nunca había mencionado que su madre hubiera tenido otra hija.

Nunca había contado que alguien más pudiera parecerse tanto a ella.

Helena soltó una risa amarga.

—¡Por fin! Ya era hora de que alguien dijera la verdad.

Elena se volvió hacia ella.

—Cállate.

Helena retrocedió.

—No tienes derecho a hablarme así.

—¿Después de lo que hiciste? ¿Después de separar a Mariana de sus hijas y destruir su vida?

Ricardo miró a la mujer.

—¿Qué quieres decir con sus hijas?

Elena respiró profundamente.

—Mariana y yo nacimos con pocos minutos de diferencia. Cuando éramos pequeñas, nuestra madre tuvo problemas económicos y nos separaron durante un tiempo. Yo crecí con otra familia. Años después volvimos a encontrarnos, pero Mariana nunca quiso hablar de nuestra separación porque le recordaba todo lo que había perdido.

Ricardo sintió que una parte de la historia empezaba a encajar.

—¿Y por qué nunca te conocí?

—Porque Helena me amenazó.

La mujer miró a la hermana política de Ricardo.

—Me dijo que, si me acercaba a Mariana, haría que la acusaran de secuestro y falsificación de documentos. Yo no tenía dinero para defenderme. Me alejé porque creí que así la protegía.

Helena se cruzó de brazos.

—Eso es una mentira.

Elena sacó un sobre del bolsillo.

—Aquí están las cartas que me enviaste. Todas firmadas por ti.

Las dejó sobre la cama.

Ricardo vio fechas, sellos y copias de mensajes.

Helena se quedó inmóvil.

—No sabes lo que estás haciendo —murmuró.

Elena se acercó a Bia y le acarició el cabello.

—No voy a permitir que vuelvas a hacerle daño a otra niña.

Ricardo observó a la adolescente.

Valentina lo miraba con una mezcla de miedo y curiosidad.

—¿Eres la niña de la fotografía? —preguntó.

Ella asintió.

—Helena es mi madre biológica. Me lo dijo hace tres años, pero me pidió que nunca hablara de ella. Me dijo que mi familia no podía saber la verdad porque todo el mundo terminaría odiándome.

Gabriel dio un paso hacia ella.

—Valentina…

La joven lo miró con desprecio.

—No te acerques.

Gabriel se detuvo.

Valentina sacó de su bolsillo una pulsera roja idéntica a la que llevaba en la muñeca.

—Helena me entregó esto cuando era niña. Me dijo que pertenecía a alguien que había muerto. Después descubrí que había otra pulsera igual en los documentos de Mariana.

Ricardo miró a Bia.

La pequeña asintió.

—Mamá me dijo que era de una niña que necesitaba encontrar a su familia.

Elena respiró profundamente.

—Mariana encontró a Valentina mientras investigaba el expediente de Lucía. Descubrió que Helena había tenido una hija antes de casarse y que había ocultado su identidad para evitar un escándalo familiar.

Helena levantó la barbilla.

—¡Yo estaba protegiendo a mi hija!

—No —respondió Elena—. Estabas protegiéndote a ti misma.

La mujer se volvió hacia Ricardo.

—Mariana descubrió que Helena había participado en la entrega irregular de Lucía. También descubrió que alguien había utilizado documentos falsos para poner en duda la paternidad de Bia.

Ricardo miró a Gabriel.

Su hermano no podía levantar la cabeza.

—¿Y quién es el padre biológico de Bia? —preguntó Ricardo.

Elena guardó silencio.

Después miró a Gabriel.

—Él.

Gabriel cerró los ojos.

Ricardo sintió que una oleada de dolor le atravesaba el pecho.

—¿Estás segura?

—Mariana consiguió una prueba genética auténtica. La guardó en una carpeta que nunca llegó a manos de Helena.

—¿Dónde está?

Elena señaló un pequeño bolso sobre la cama.

—Bia lo encontró en el estudio de Mariana. Lo trajo consigo cuando la obligaron a venir aquí.

Ricardo abrió el bolso.

Dentro había una carpeta azul.

La misma que aparecía en la grabación de su esposa.

Encontró los documentos originales, las transferencias y el informe genético.

El resultado confirmaba que Gabriel era el padre biológico de Bia.

Pero también contenía una segunda información.

La muestra de ADN utilizada para el examen había sido recogida durante una consulta médica en la que Ricardo estuvo presente.

Ricardo revisó la fecha.

Era el día en que Mariana había sufrido su primera crisis grave.

—¿Qué significa esto? —preguntó.

Elena se acercó.

—Que alguien utilizó aquella consulta para obtener muestras de ADN de los dos sin su consentimiento. Mariana lo descubrió después.

Ricardo sintió náuseas.

Todo había sido planeado.

La prueba falsa, los documentos, las amenazas, la desaparición de Lucía y la enfermedad de Mariana estaban conectados.

Entonces Helena comenzó a reír.

No era una risa de alegría.

Era una risa desesperada, llena de rabia.

—¡No entienden nada! —gritó—. ¡Todos creen que yo hice esto por dinero! ¡Creen que quería la empresa, la casa y el apellido de Ricardo!

Elena la miró fijamente.

—Entonces dinos la verdad.

Helena apretó los puños.

—Yo no cambié los medicamentos de Mariana.

Ricardo se quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

—Yo no fui quien la enfermó.

La mujer señaló a Gabriel.

—Fue él quien ordenó que cambiaran el tratamiento.

Gabriel levantó la cabeza de golpe.

—¡Estás mintiendo!

Helena sonrió con amargura.

—¿De verdad quieres que les cuente lo que hiciste después de que Mariana descubrió que eras el padre de Bia?

Gabriel retrocedió.

Ricardo sintió que el miedo se convertía en una certeza terrible.

Su hermano sabía mucho más de lo que había confesado.

Y Helena acababa de señalarlo como responsable de la muerte de Mariana.

Pero antes de que Gabriel pudiera responder, Bia levantó la cabeza.

—No fue el tío Gabriel quien le dio las pastillas a mamá.

Todos se volvieron hacia ella.

La niña tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Yo vi a la persona que entró a su cuarto.

Ricardo se arrodilló frente a su hija.

—¿A quién viste, princesa?

Bia señaló lentamente a Helena.

—A ella no.

Después levantó la mano y apuntó hacia la puerta.

—Fue la persona que está escuchando detrás de la puerta.

Los agentes se volvieron de inmediato.

La puerta se abrió.

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Y apareció el hombre que todos creían muerto.

Arturo Cárdenas.

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