Chapter 6: El hombre que conocía a mi padre
El lugar donde Leo había comenzado a entrenar estaba detrás de una pequeña iglesia en la zona antigua de Oak Creek.
El edificio parecía más pequeño de lo que recordaba.
Las paredes tenían pintura descascarada.
Las ventanas estaban cubiertas de polvo.
Pero cuando Leo empujó la puerta, un recuerdo le golpeó de inmediato.
El olor.
Madera vieja.
Café.
Desinfectante.
Y algo más.
Un perfume suave que le recordó a su padre.
Leo se quedó inmóvil.
Elena entró detrás de él.
—¿Estás bien?
—Sí.
No era verdad.
Leo caminó hasta el fondo de la sala.
Había un armario de madera.
Lo recordó.
Su padre había guardado ahí sus primeros uniformes.
Leo abrió la puerta.
Nada.
Cajas vacías.
Una vieja pelota.
Un par de colchonetas.
—No está aquí.
Elena revisó la pared.
—¿Tu papá dijo exactamente dónde estaba?
—No.
—Entonces busca algo que parezca fuera de lugar.
Leo comenzó a revisar.
Una caja.
Otra.
Nada.
Entonces escucharon una voz.
—Sabía que algún día regresarías.
Leo se quedó helado.
Elena se giró.
Un hombre estaba parado en la entrada.
Era mayor.
Cabello gris.
Camisa blanca.
Y llevaba una taza de café.
Leo lo reconoció vagamente.
—¿Quién es usted?
El hombre sonrió.
—Me llamo Arthur Bell.
Leo no recordaba el nombre.
Pero recordaba el rostro.
—Usted conocía a mi papá.
Arthur dejó la taza sobre una mesa.
—Sí.
—¿Qué sabe?
Arthur miró a Elena.
—¿Ella es de confianza?
Leo respondió sin dudar.
—Sí.
Arthur asintió.
—Entonces cierren la puerta.
Elena obedeció.
Arthur se acercó al armario.
—Tu padre dejó algo aquí.
Leo contuvo la respiración.
—¿Qué?
Arthur retiró una tabla del fondo.
Detrás había un pequeño compartimento.
Sacó una caja metálica.
Leo la reconoció.
Era la caja que su padre utilizaba para guardar documentos importantes.
Leo extendió las manos.
Arthur no se la entregó.
—Antes de abrirla, necesitas saber algo.
—¿Qué?
—Tu padre no confiaba en la escuela.
—Ya lo sé.
—Tampoco confiaba en la policía.
Leo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque alguien dentro de la administración tenía acceso a todas sus denuncias.
Elena cruzó los brazos.
—Reynolds.
Arthur asintió.
—Ella era secretaria administrativa en aquel entonces.
Leo sintió una presión en el pecho.
—¿Carter también estaba aquí?
—Sí.
—¿Y mi padre los descubrió?
—No exactamente.
Arthur se sentó.
—Tu padre descubrió algo mucho más grande.
Abrió la caja.
Había documentos.
Recibos.
Fotografías.
Copias de correos.
Y una libreta negra.
Leo tomó la libreta.
La primera página tenía una frase escrita por su padre.
*No se trata de quién gana. Se trata de quién decide quién gana.*
Leo pasó la página.
Había nombres.
Fechas.
Competencias.
Cantidades de dinero.
Y al final de cada entrada, una inicial.
*C.*
*R.*
*M.*
Elena reconoció algunas.
—Carter. Reynolds.
Leo levantó la mirada.
—¿Quién es M?
Arthur no respondió.
Leo siguió leyendo.
Hasta encontrar una página marcada con una esquina doblada.
La fecha era nueve años atrás.
El día antes del accidente de su padre.
Había una sola anotación.
*Si me ocurre algo, no busquen al que sostiene el arma. Busquen al que da la orden.*
Leo sintió que se le helaban las manos.
—¿Qué significa esto?
Arthur miró hacia la ventana.
—Que tu padre sabía que lo estaban siguiendo.
—¿Y usted no hizo nada?
Arthur bajó la cabeza.
—Intenté ayudarlo.
—¿Cómo?
—Le pedí que abandonara Oak Creek.
—¿Y por qué no lo hizo?
Arthur miró a Leo.
—Por ti.
El silencio fue absoluto.
—Tu padre quería que tuvieras una vida normal.
Leo tragó saliva.
—¿Y murió por eso?
Arthur no respondió.
No hacía falta.
Elena abrió otro documento.
—Aquí dice que Thomas entregó una copia de los archivos a alguien.
Arthur asintió.
—A mí.
—¿Usted tenía la copia?
—Sí.
—Entonces ¿por qué nunca salió a la luz?
Arthur miró la caja.
—Porque me amenazaron.
Leo sintió rabia.
—¿Y eso fue suficiente para callarlo?
Arthur recibió el golpe de la pregunta sin defenderse.
—Tenía una familia.
—Mi papá también.
Arthur cerró los ojos.
—Lo sé.
Leo se apartó.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces Elena encontró una fotografía.
—Leo.
Él se acercó.
La fotografía mostraba a varios adultos en una sala.
Carter.
Reynolds.
Otros entrenadores.
Y un hombre al frente.
Leo no lo conocía.
Arthur sí.
Su rostro cambió.
—¿Quién es?
Arthur tardó en responder.
—El director de la organización que financiaba el programa.
—¿Nombre?
Arthur miró la fotografía.
—Richard Hale.
Leo memorizó el nombre.
—¿Dónde está ahora?
—Fuera del estado.
—¿Dónde?
Arthur negó con la cabeza.
—No lo sé.
Elena señaló otra fotografía.
—Espere.
En ella aparecía Thomas.
Y junto a él había un niño pequeño.
Leo.
Tenía unos siete años.
Su padre estaba agachado, colocándole un cinturón blanco.
Leo miró la fotografía durante mucho tiempo.
—Ese fue mi primer día.
Arthur sonrió tristemente.
—Tu padre estaba orgulloso.
Leo pasó un dedo sobre la imagen.
—¿Por qué me trajo aquí?
—Porque quería que aprendieras disciplina.
—¿Y también quería esconder algo?
Arthur guardó silencio.
Leo levantó la mirada.
—Dígame la verdad.
Arthur respiró profundamente.
—Tu padre escondió una copia de la evidencia.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Leo se quedó inmóvil.
—¿Cómo que no sabe?
—Me dijo que solo tú podrías encontrarla.
—¿Yo?
—Sí.
—Pero yo era un niño.
—Precisamente.
Leo negó con la cabeza.
—No entiendo.
Arthur sacó otro papel.
Era una nota.
La letra era inconfundible.
La de su padre.
Leo la tomó.
Solo decía:
*Cuando Leo sea suficientemente grande, llévenlo al lugar donde aprendió a caer. La verdad estará debajo de aquello que nunca volvió a levantar.*
Leo leyó la frase dos veces.
Después miró el suelo.
Las colchonetas.
El armario.
Las paredes.
—“Aprendió a caer”...
Elena lo entendió primero.
—El tatami.
Leo negó.
—Aquí no había tatami.
—Entonces ¿qué?
Leo cerró los ojos.
Recordó su primer entrenamiento.
Su padre riendo.
Una colchoneta vieja.
Y una plataforma de madera que estaba junto a la pared.
Leo corrió hacia ella.
Levantó una esquina.
Debajo había polvo.
Nada más.
—No está.
Arthur se acercó.
—Busca debajo.
Leo pasó la mano.
Sus dedos golpearon algo metálico.
—Aquí.
Los tres se agacharon.
Leo sacó una pequeña caja negra.
No tenía llave.
Tenía una combinación.
Cuatro números.
Leo miró a Elena.
—¿Alguna idea?
Ella negó.
Arthur observó la caja.
—Tu padre me dijo que la combinación era algo que tú recordarías.
Leo pensó.
Su cumpleaños.
No.
El cumpleaños de su padre.
No.
La fecha de su primer entrenamiento.
Leo la introdujo.
La caja hizo clic.
Se abrió.
Dentro había una memoria USB.
Y una fotografía.
Leo tomó la fotografía.
Se le cayó de las manos.
Porque en ella aparecía su padre junto a Richard Hale.
Pero detrás de ellos estaba Carter.
Y Carter no estaba sonriendo.
Estaba mirando directamente a la cámara.
Como si supiera que aquella fotografía algún día sería encontrada.
En la parte posterior había una fecha.
*Tres días antes del accidente de Thomas.*
Elena tomó la memoria USB.
—Tenemos que verla.
Leo asintió.
Pero antes de que pudieran hacerlo, las luces del edificio se apagaron.
Todo quedó oscuro.
Arthur se levantó.
—No estamos solos.
Se escuchó un golpe en la puerta.
Después otro.
Elena tomó la mano de Leo.
—¿Quién es?
Nadie respondió.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Una sombra apareció en el umbral.
Y entonces una voz conocida habló desde la oscuridad.
—Leo.
Era la voz de Carter.
—Tu padre cometió exactamente el mismo error que tú estás cometiendo ahora.
Leo apretó la memoria USB dentro del puño.
—¿Cuál?
Carter dio un paso al frente.
—Creer que la verdad siempre salva a la gente.
Y detrás de él aparecieron otras dos personas.
Una de ellas era la directora Reynolds.
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La otra era alguien que Leo jamás esperaba volver a ver.
Su madre.
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