Calm

Chapter 5: El almacén vacío

El viejo almacén estaba a seis cuadras de Oak Creek High.

Había pertenecido a una compañía de suministros escolares, pero llevaba años abandonado.

Leo llegó caminando.

No había luces.

Ni automóviles.

Ni personas.

Solo una puerta metálica medio abierta.

Entró.

—¿Elena?

Su voz rebotó en el interior.

Nada.

Leo avanzó.

Había cajas apiladas, escritorios viejos y estantes cubiertos de polvo.

—Elena.

—Aquí.

La voz llegó desde el fondo.

Leo corrió.

La encontró sentada detrás de una columna.

Estaba pálida.

Pero estaba bien.

Leo se arrodilló frente a ella.

—¿Estás lastimada?

—No.

—¿Quién te trajo aquí?

—No lo sé.

—¿Qué pasó?

Elena respiró profundamente.

—Después de mandarte la foto, alguien me siguió.

Leo miró hacia la entrada.

—¿Carter?

—No.

—¿Brad?

—Tampoco.

—Entonces ¿quién?

Elena sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo.

—Encontré esto en el auto.

Era una memoria USB.

Leo la tomó.

—¿Qué tiene?

—No lo sé.

—¿Por qué no la abriste?

—Porque pensé que podían rastrearla.

Leo la miró.

—¿Y cómo sabes eso?

Elena sonrió sin humor.

—Mi hermano me enseñó algunas cosas.

Leo se sentó a su lado.

—Cuéntame de él.

Elena bajó la mirada.

—Se llama Noah.

—¿Qué le pasó?

—Era buenísimo luchando.

—¿Judo?

—Lucha olímpica. Entrenaba desde niño.

Ella hizo una pausa.

—Cuando llegó a tercer año, Carter empezó a interesarse en él.

Leo sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué le ofreció?

—Una beca. Viajes. Entrenamiento con atletas de alto nivel.

—¿Y?

—Noah aceptó.

Elena apretó la memoria USB.

—Después comenzaron las cosas raras.

—¿Qué cosas?

—Carter quería que perdiera ciertas competencias.

Leo frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Apuestas privadas. Controlaban quién ganaba y quién perdía.

Leo permaneció en silencio.

—Noah se negó.

—¿Y entonces?

—De repente empezó a tener problemas con el entrenador. Decían que era indisciplinado. Que faltaba a entrenamientos. Que no respetaba las reglas.

—¿Era cierto?

—No.

Elena levantó los ojos.

—Él adoraba el deporte.

Leo entendió.

No era solamente una competencia.

Le habían quitado algo que amaba.

—¿Qué pasó después?

—Lo expulsaron del equipo.

—¿Y Carter?

—Siguió trabajando como si nada.

Leo miró la memoria.

—¿Esta información puede probarlo?

—Tal vez.

—Entonces tenemos que verla.

—No aquí.

Leo asintió.

—Vamos al dojo.

Elena negó inmediatamente.

—No.

—¿Por qué?

—Porque alguien conoce ese lugar.

Leo recordó el mensaje.

*Sé dónde entrenas.*

—Tienes razón.

Los dos se quedaron pensando.

Entonces Elena dijo:

—Conozco un lugar.

—¿Cuál?

—La biblioteca pública.

Leo la miró.

—¿En serio?

—Nadie piensa en una biblioteca cuando quiere esconder información.

—Es precisamente por eso que puede funcionar.

Salieron del almacén.

Pero antes de llegar a la calle, Elena se detuvo.

—Espera.

—¿Qué?

Señaló el suelo.

Había huellas recientes.

Varias.

Leo se agachó.

—Botas.

—¿Crees que son de ellos?

Leo negó.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque están entrando.

Elena palideció.

—¿Qué?

Leo señaló las marcas.

Las huellas iban desde la puerta hasta el interior.

Pero ninguna regresaba.

Alguien seguía dentro.

Leo apagó la linterna del teléfono.

—No hagas ruido.

Escucharon pasos.

Lentos.

Uno.

Dos.

Tres.

Elena se acercó a Leo.

—¿Qué hacemos?

Leo miró hacia una puerta lateral.

—Corremos cuando te diga.

Los pasos se acercaron.

Una sombra apareció en la pared.

Leo contó mentalmente.

Tres.

Dos.

Uno.

—¡Ahora!

Los dos corrieron.

La puerta lateral se abrió.

Salieron al callejón.

Escucharon una voz detrás.

—¡Deténganse!

No voltearon.

Corrieron hasta llegar a la avenida.

Un automóvil pasó frente a ellos.

Leo levantó el brazo.

El conductor tocó el claxon y siguió.

—¡Qué horror! —jadeó Elena.

—Sigue.

Corrieron dos cuadras más.

Finalmente se escondieron detrás de una tienda cerrada.

Leo respiraba con dificultad.

Elena también.

—¿Viste quién era?

—No.

—Yo tampoco.

Leo miró la memoria USB.

—Entonces esto vale mucho más de lo que pensábamos.

Llegaron a la biblioteca media hora después.

El edificio estaba casi vacío.

Se sentaron en una computadora pública.

Leo conectó la memoria.

Aparecieron varias carpetas.

*COMPETENCIAS.*

*PAGOS.*

*ATLETAS.*

*ENTRENADORES.*

Elena abrió los ojos.

—No puede ser.

Leo abrió la carpeta de pagos.

Había documentos.

Fechas.

Cantidades.

Nombres.

Y varios depósitos.

—Aquí está Carter —dijo Leo.

Elena acercó la cara a la pantalla.

—Y aquí está otro.

Leo leyó.

Se quedó helado.

—¿Quién?

Elena señaló el nombre.

*MICHAEL REYNOLDS.*

La directora.

—No... —susurró Elena.

Leo abrió otro archivo.

Había mensajes entre Carter y Reynolds.

Discutían sobre estudiantes.

Sobre competencias.

Sobre becas.

Sobre resultados.

Pero faltaba algo.

—Necesitamos la parte que demuestra que obligaron a Noah.

Elena comenzó a buscar.

Una carpeta tenía un nombre diferente.

*L. M.*

Leo hizo clic.

Aparecieron documentos antiguos.

Uno de ellos tenía una fecha de hacía nueve años.

Elena dejó escapar un pequeño grito.

—Ese es el año en que mi hermano fue expulsado.

Leo abrió el archivo.

Era un informe.

Pero no hablaba de Noah.

Hablaba del padre de Leo.

*Thomas...*

Leo dejó de respirar.

—¿Qué?

Elena lo miró.

—Ese es tu apellido.

Leo continuó leyendo.

El documento decía que Thomas había descubierto irregularidades y había intentado denunciarlas.

Había enviado copias de los archivos a una persona fuera de la escuela.

Pero nunca llegaron.

O eso habían creído.

Al final del documento había una línea.

*Si algo me sucede, la copia original está donde Leo comenzó a entrenar.*

Leo se levantó lentamente.

—¿Dónde comenzaste?

—¿Qué?

—Mi entrenamiento.

Elena lo miró.

—En el dojo.

Leo negó con la cabeza.

—No.

Recordó algo.

Una imagen.

Su padre llevándolo de la mano cuando tenía siete años.

Antes de que Takamura fuera su Sensei.

Antes de que comenzara el judo.

Había otro lugar.

Una pequeña sala comunitaria detrás de una iglesia.

El primer lugar donde su padre había llevado a Leo a practicar.

Leo tomó la memoria.

—Tenemos que irnos.

—¿A dónde?

—Al lugar donde comenzó todo.

La pantalla de la computadora seguía mostrando el documento.

Elena lo leyó nuevamente.

Entonces vio algo que Leo no había notado.

En la parte inferior aparecía una firma.

No era la de Thomas.

Era la de Carter.

Y debajo había una frase:

*El muchacho nunca debe saberlo.*

Elena levantó la mirada.

—Leo...

Él se volvió.

—¿Qué?

Ella señaló la pantalla.

Leo leyó la frase.

May you like

Y por primera vez, comprendió que el secreto no había comenzado con él.

Había comenzado mucho antes de que supiera siquiera qué era el judo.

Related Stories

Other posts