Chapter 10: El hombre que todos creían muerto regresó con la prueba que podía destruirlo todo
Leo salió del gimnasio por la puerta lateral sin mirar atrás.
El corazón le golpeaba tan fuerte que casi no escuchaba sus propios pasos.
Daniel.
El nombre se repetía en su cabeza.
Daniel Mercer.
El hombre de la fotografía.
El hermano de su madre.
El supuesto muerto.
El hombre que, según su padre, podía seguir vivo.
Leo llegó al estacionamiento y se detuvo.
Había decenas de automóviles.
Estudiantes.
Padres.
Maestros.
Pero ninguna señal de la persona que había hecho el gesto.
—¡Leo!
Era Elena.
Corría hacia él.
—¡Espera!
Leo volteó.
—¿Dónde está mi mamá?
—Con Takamura.
—¿Y Carter?
—La policía se lo llevó para interrogarlo.
Leo soltó el aire.
—¿Hale?
—Desapareció.
Leo miró hacia la calle.
—Claro.
Elena se acercó.
—¿Viste a alguien?
Leo dudó.
—Sí.
—¿Quién?
—Creo que era Daniel.
Elena abrió los ojos.
—¿Tu tío?
—El que todos creían muerto.
—¿Estás seguro?
—No.
—Entonces tenemos que encontrarlo.
Leo miró el teléfono.
El mensaje seguía ahí.
*No entregues la memoria. La copia está a salvo.*
—Ya está intentando contactarme.
—¿Dónde?
—No lo sé.
El teléfono vibró.
Los dos se quedaron quietos.
Nuevo mensaje.
*Estación vieja. Andén tres. Ve solo.*
Elena leyó por encima de su hombro.
—Ni se te ocurra.
—Tengo que ir.
—Dijo que fueras solo.
—Exacto.
—Eso suena muchísimo a una trampa.
Leo guardó el teléfono.
—También suena a alguien que no quiere ponerme en peligro.
—Leo...
—Si es Daniel, lleva nueve años escondiéndose.
—¿Y si no lo es?
Leo miró hacia el edificio.
—Entonces necesitamos descubrir quién está detrás.
Elena suspiró.
—Voy contigo.
—Dijo solo.
—Pues qué lástima.
Leo casi sonrió.
—Eres imposible.
—Y tú eres pésimo siguiendo instrucciones cuando crees que alguien está en peligro.
—Eso no es cierto.
—Te escapaste por una ventana para ir a un dojo a medianoche.
Leo no respondió.
—Exactamente.
Caminaron hasta la estación vieja.
El lugar estaba abandonado desde hacía años.
Las vías seguían activas, pero el antiguo edificio de pasajeros ya no se utilizaba.
El andén tres estaba casi completamente vacío.
Leo avanzó.
—¿Daniel?
Nada.
Elena permaneció a varios metros, escondida detrás de una columna.
—Leo.
Él miró.
Ella levantó un dedo.
Silencio.
Entonces una voz habló desde la oscuridad.
—No debiste traerla.
Leo reconoció la voz.
Era el hombre del gimnasio.
Daniel salió lentamente.
Parecía mayor de lo que mostraba la fotografía.
Tenía el cabello gris en las sienes, barba de varios días y una cicatriz pequeña junto a la ceja.
Pero los ojos eran los mismos.
Leo los había visto en la fotografía.
—¿Eres Daniel?
El hombre lo observó.
—Sí.
Leo sintió un nudo en la garganta.
—Mi mamá cree que estás muerto.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Daniel miró hacia las vías.
—Porque era la única forma de mantenerla viva.
Elena salió de su escondite.
—¿Y mi hermano?
Daniel la miró.
—Noah.
Ella dio un paso.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Está vivo?
Daniel no respondió inmediatamente.
Elena empezó a llorar.
—Por favor.
—Sí.
Ella se llevó una mano a la boca.
Leo sintió que se le erizaba la piel.
—¿Dónde está?
—Seguro.
—¿Dónde?
—No puedo decírtelo todavía.
—¿Por qué?
Daniel sacó un pequeño teléfono.
—Porque todavía hay personas buscando encontrarlo.
Elena se acercó.
—Quiero hablar con él.
—Lo harás.
—¿Cuándo?
—Cuando sea seguro.
Ella negó con la cabeza.
—Llevo tres años creyendo que había perdido a mi hermano.
Daniel bajó la mirada.
—Lo siento.
Elena lloró en silencio.
Leo miró a su tío.
—¿Qué pasó con mi papá?
Daniel levantó los ojos.
La expresión cambió.
—Eso es lo que realmente quieres saber.
—Sí.
—Entonces escucha.
Daniel se sentó en una banca.
—Thomas descubrió el programa. Pero también descubrió que las competencias eran solamente una parte de algo mucho más grande.
—Hale.
—Hale era uno de los inversionistas.
—¿Y Carter?
—Un intermediario.
—¿Reynolds?
—La persona que limpiaba los documentos.
Leo sintió que todo encajaba.
—¿Y tú?
Daniel tardó unos segundos.
—Yo ayudé a construir el sistema.
Leo quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Antes de entender en qué se convertiría.
Daniel miró sus manos.
—Creí que estábamos creando oportunidades para jóvenes atletas. Becas. Entrenamiento. Competencias.
—Pero no era eso.
—No.
—¿Cuándo lo descubriste?
—Cuando Noah se negó a perder.
Elena cerró los ojos.
Daniel continuó:
—Noah tenía diecisiete años. Le dijeron que una derrota específica le garantizaría una beca. Él se negó.
—Porque sabía que estaba mal.
—Porque tenía principios.
Daniel sonrió tristemente.
—Entonces empezaron a destruirlo.
Leo apretó los puños.
—Y tú intentaste ayudarlo.
—Demasiado tarde.
—¿Qué pasó?
—Tu padre descubrió los documentos.
—¿Y después?
Daniel respiró profundamente.
—Thomas quería ir a la policía.
Leo miró al suelo.
—Pero no llegó.
Daniel asintió.
—La noche del accidente, Thomas iba a encontrarse conmigo.
Leo levantó la cabeza.
—¿Contigo?
—Sí.
—Entonces ¿por qué no estabas ahí?
Daniel cerró los ojos.
—Porque me interceptaron.
—¿Quién?
—Carter.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Qué hizo?
—Me encerró.
Leo sintió rabia.
—¿Dónde?
—En una oficina privada. Me retuvieron varias horas.
—¿Y mi papá?
—Murió antes de que pudiera llegar.
El silencio entre los tres fue insoportable.
—¿Fue un accidente? —preguntó Leo.
Daniel lo miró directamente.
—No lo sé.
Leo sintió un golpe en el pecho.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Sé que alguien manipuló las condiciones del automóvil.
—Entonces lo mataron.
—No tengo pruebas suficientes para afirmarlo.
Daniel sacó una memoria pequeña.
—Pero tengo esto.
Leo la tomó.
—¿Qué es?
—La grabación original de tu padre.
Leo miró la memoria.
—¿La que vimos?
—No.
—¿Hay otra?
—La que vimos era una copia preparada para que alguien la encontrara.
Leo abrió los ojos.
—¿Una copia falsa?
—No falsa. Incompleta.
Daniel sacó una segunda tarjeta.
—Tu padre dejó una grabación completa.
—¿Por qué?
—Porque sabía que si alguien encontraba la primera, los llevaría hasta la segunda.
Leo entendió.
—Nos estaba guiando.
—Exactamente.
Elena miró a Daniel.
—¿Qué contiene?
—El nombre de la persona que dio la orden.
Leo sintió que el aire desaparecía.
—¿Hale?
Daniel negó.
—Hale obedecía.
—¿Entonces quién?
Daniel miró hacia la estación.
—Alguien mucho más cerca de ustedes.
Antes de que pudiera continuar, se escuchó un ruido metálico.
Daniel se levantó.
—Nos encontraron.
Leo miró hacia las escaleras.
Dos sombras aparecieron.
Daniel empujó a Leo hacia atrás.
—¡Corran!
Los tres bajaron por el otro lado del andén.
—¡Por aquí! —gritó Daniel.
Llegaron a una puerta de mantenimiento.
Daniel la abrió.
Entraron.
Elena cerró detrás de ellos.
Escucharon pasos.
—¿Quiénes son? —susurró Leo.
—Personas que trabajan para Hale.
—¿Cómo nos encontraron?
Daniel miró la memoria.
—Por esto.
—¿Está rastreada?
—No.
Daniel señaló el teléfono de Leo.
—Tu teléfono.
Leo comprendió.
—¿Me rastrearon?
—Sí.
Elena sacó el suyo.
—Entonces el mío también.
Daniel negó.
—Probablemente.
Leo apagó ambos.
Se quedaron en silencio.
Los pasos pasaron frente a la puerta.
Esperaron.
Cinco minutos.
Diez.
Finalmente Daniel abrió.
—Tenemos que separarnos.
—No —dijo Leo.
—Escúchame.
—No pienso perderte otra vez.
Daniel lo miró.
Aquellas palabras parecieron afectarlo.
—No soy tu padre.
—Lo sé.
—Y cometí errores.
—También lo sé.
—Entonces entiende que no quiero cometer otro.
Leo guardó la memoria.
—¿Dónde está la grabación?
Daniel señaló su pecho.
—Conmigo.
—¿Y la copia?
—En un lugar donde nadie puede encontrarla.
—¿Dónde?
Daniel sonrió débilmente.
—En tu casa.
Leo se quedó helado.
—¿Qué?
—Tu padre no confiaba en nadie. Ni siquiera en mí.
—Entonces ¿por qué?
—Porque confiaba en tu madre.
Leo negó.
—¿Qué escondió?
Daniel miró hacia la salida.
—No tengo tiempo para explicarlo.
Le entregó una llave.
—Ve a tu casa.
—¿Qué abre?
—El cuarto de tu padre.
Leo apretó la llave.
—Ese cuarto está cerrado desde que murió.
—Lo sé.
—Mi mamá nunca me dejó entrar.
Daniel asintió.
—Porque ella también recibió instrucciones.
Leo miró la llave.
—¿De quién?
Daniel respondió:
—De tu padre.
Y entonces desapareció por la puerta trasera.
Leo se quedó con Elena.
—¿Qué hacemos?
Leo miró la llave.
—Vamos a casa.
Pero ninguno de los dos sabía que, mientras caminaban, una mujer estaba esperando frente a la casa de Leo.
Su madre.
Y junto a ella estaba Carter.
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Libre.
Sonriendo.
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