Chapter 12: La traición que convirtió a mi propia madre en sospechosa
El pasadizo terminaba detrás de una vieja cochera.
Leo salió primero.
Elena detrás.
Su madre fue la última.
Durante unos segundos nadie habló.
—¿Adónde vamos? —preguntó Elena.
Leo sacó la fotografía.
—A encontrar a Noah.
Su madre lo miró.
—¿Estás seguro?
—No.
—Entonces no podemos hacerlo.
Leo levantó la fotografía.
—Está vivo.
—Eso no significa que esté seguro.
—Precisamente por eso.
Su madre negó con la cabeza.
—No puedes seguir corriendo detrás de ellos.
Leo la miró.
—¿Ellos?
—Carter. Hale. Reynolds.
—¿Y tú?
Su madre se quedó inmóvil.
Elena observó a ambos.
—Leo...
—No.
Leo retrocedió.
—Quiero preguntarle algo.
Su madre tragó saliva.
—¿Qué?
—¿Tú sabías que Reynolds estaba viva?
—Sí.
—¿Sabías dónde estaba Noah?
—No.
—¿Sabías que Daniel estaba vivo?
Silencio.
—Mamá.
Ella finalmente respondió:
—Sí.
Leo sintió que algo se quebraba.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres años.
Elena abrió los ojos.
—¿Tres años?
—Daniel me contactó.
—¿Y nunca me dijiste?
—Porque me pidió que no lo hiciera.
Leo apretó los dientes.
—¿Por qué?
—Porque Noah estaba escondido.
—Eso no explica por qué tú también guardaste silencio.
Su madre comenzó a llorar.
—Porque si hablaba, te perdía.
Leo no respondió.
Elena dio un paso.
—¿Y Reynolds?
Su madre bajó la mirada.
—Ella también me contactó.
—¿Cuándo?
—Hace seis meses.
Leo sintió un escalofrío.
—¿Para qué?
—Quería información.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Silencio.
—¿Qué información?
—Tus horarios. Tus competencias. Tu entrenamiento.
Leo retrocedió.
—Entonces tú les estabas dando información sobre mí.
—¡No!
—¡Acabas de decirlo!
—Les daba información falsa.
Leo se quedó quieto.
—¿Qué?
—Cambiaba tus horarios. Les decía que entrenabas en lugares donde nunca estabas. Inventaba competencias.
Elena entendió.
—Por eso nunca encontraron a Leo.
La madre asintió.
—Intentaba protegerlo.
Leo cerró los ojos.
—¿Y Carter?
—Nunca supo.
—¿Hale?
—Tampoco.
Leo respiró profundamente.
—Entonces tú estabas jugando a dos bandas.
—Estaba tratando de mantenerte vivo.
La frase lo golpeó.
Durante unos segundos, Leo no pudo hablar.
Entonces su teléfono vibró.
Era un número desconocido.
*Tenemos a Daniel.*
Leo palideció.
Llegó otro mensaje.
*Si quieres volver a verlo, trae la memoria original. Sin Elena. Sin tu madre. Solo tú.*
Elena leyó el mensaje.
—No.
Leo la miró.
—Tengo que ir.
—Es exactamente lo que quieren.
—Y tienen a Daniel.
—Puede ser mentira.
Su madre negó.
—No lo es.
Leo la miró.
—¿Cómo lo sabes?
Ella señaló la pantalla.
—Porque ese código...
Se quedó callada.
—¿Qué código?
—La frase que usaron.
—¿Qué tiene?
—Era la frase que Carter utilizaba cuando amenazaba a quienes trabajaban para ellos.
Leo sintió frío.
—Entonces es Carter.
—Probablemente.
Elena tomó el teléfono.
—Podemos rastrear el mensaje.
—No —dijo la madre de Leo.
—¿Por qué?
—Porque si lo rastreamos, sabrán que estamos intentando hacerlo.
Leo pensó.
—Entonces hacemos otra cosa.
—¿Qué?
—Les damos lo que quieren.
Elena lo miró.
—¿La memoria?
—Una copia.
Su madre abrió los ojos.
—Tu padre hizo eso.
Leo asintió.
—Exactamente.
Se dirigieron a una cafetería pequeña.
Se sentaron al fondo.
Leo conectó la memoria a una computadora portátil.
—No podemos saber qué archivo buscan.
Elena comenzó a revisar.
—Aquí.
Abrió una carpeta.
Había un documento cifrado.
—Este.
Leo lo miró.
—¿Por qué?
—Tiene una fecha.
La fecha era la noche del accidente de Thomas.
Leo sintió un vacío en el pecho.
—Ese es.
Abrieron el archivo.
Apareció una grabación de audio.
La voz de Thomas.
Después otra voz.
Leo la reconoció.
Carter.
—¿Dónde están los documentos?
—Ya no los tengo.
—Entonces ¿qué hiciste?
—Los envié.
—¿A quién?
Silencio.
Después Thomas dijo:
—A mi hijo.
Leo se quedó helado.
La grabación terminó.
Elena lo miró.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Leo, tú eras un niño.
—Lo sé.
—Entonces ¿cómo podía haber enviado algo a ti?
Leo recordó la frase.
*La copia está en tu casa.*
Su madre entendió.
—No era una copia física.
—¿Qué?
—Tu papá te dejó algo mucho antes.
Leo la miró.
—¿Qué?
Ella sacó un viejo libro de su bolso.
Era el libro de ciencia ficción que Leo había leído cientos de veces cuando era niño.
Su portada estaba gastada.
—Esto estaba en las cosas de tu papá.
Leo lo tomó.
Lo abrió.
Las páginas parecían normales.
Hasta que llegó al centro.
Una página estaba pegada.
Leo separó cuidadosamente el papel.
Dentro había una pequeña tarjeta de memoria.
Elena se quedó sin palabras.
—Tu papá escondió la evidencia dentro de tu libro favorito.
Leo sostuvo la tarjeta.
—Porque sabía que yo nunca lo perdería.
Su madre sonrió entre lágrimas.
—Exactamente.
Leo conectó la tarjeta.
Había un solo archivo.
*VERDAD.*
Lo abrió.
La pantalla mostró una lista.
No eran nombres de atletas.
Eran nombres de adultos.
Carter.
Reynolds.
Hale.
Takamura.
Daniel.
Su madre.
Y uno más.
Leo se quedó inmóvil.
El último nombre no le resultaba familiar.
*MARTIN MILLER.*
Su abuelo.
Leo levantó la mirada.
—Mi abuelo.
Su madre palideció.
—No.
—¿Qué?
—Tu abuelo murió antes de que nacieras.
—¿Qué hacía en la lista?
Ella negó.
—No puede ser.
Elena acercó la pantalla.
—Hay una nota.
Leo abrió el documento.
La frase decía:
*El fundador no es Hale.*
Otra línea apareció debajo.
*El verdadero responsable lleva el apellido Miller.*
Leo sintió que el cuerpo se le quedaba frío.
—¿Mi familia fundó esto?
Su madre negó repetidamente.
—No.
—Mamá.
—No.
—Dime la verdad.
—No sé.
Leo la miró.
—¿Cómo no vas a saber?
—Porque tu abuelo nunca habló de su trabajo.
Elena comenzó a revisar los archivos.
—Aquí hay algo.
Abrió un documento oculto.
Era un registro financiero.
La primera transferencia del programa deportivo había salido de una cuenta perteneciente a una compañía propiedad de Martin Miller.
Leo retrocedió.
—Mi abuelo.
—Pero eso fue hace más de veinte años —dijo Elena.
—Entonces Hale no comenzó todo.
Su madre negó.
—Tu abuelo lo comenzó.
Leo sintió náuseas.
De pronto, toda la historia familiar adquiría otro significado.
El apellido que siempre había llevado con orgullo podía estar ligado al origen de todo aquello.
Entonces el teléfono volvió a vibrar.
*Trae la memoria original. Sabemos lo que encontraste.*
Leo levantó la mirada.
—Nos están observando.
Elena miró por la ventana.
Un automóvil negro estaba estacionado frente a la cafetería.
Su madre palideció.
—Ese automóvil...
—¿Qué?
—Lo vi la noche del accidente de tu padre.
Leo se levantó.
—Nos vamos.
Salieron por la puerta trasera.
Corrieron hasta el estacionamiento.
Pero cuando llegaron a la calle, una camioneta frenó frente a ellos.
La puerta se abrió.
Un hombre salió.
Leo reconoció su rostro.
Era uno de los hombres que había visto junto a Hale.
—¡Corran!
Leo agarró a Elena.
Su madre corrió detrás.
Doblaron una esquina.
El hombre los siguió.
Leo recordó el entrenamiento.
Respiración.
Distancia.
Ángulo.
No quería pelear.
Pero cuando el hombre alcanzó a su madre y la agarró del brazo, Leo se dio la vuelta.
—Suéltala.
El hombre sonrió.
—Ahora sí quieres pelear.
Leo dio un paso.
—No.
El hombre tiró de la madre de Leo.
—Entonces entrégame la memoria.
Leo miró a su madre.
Ella negó con la cabeza.
—No se la des.
El hombre levantó la mano.
Leo se movió.
Un giro.
Un agarre.
El hombre perdió el equilibrio.
Leo lo dejó caer sobre el pavimento sin golpearlo.
Se levantó inmediatamente.
—Te dije que la soltaras.
Elena miró a Leo.
—¿Estás bien?
—Sí.
Su madre se quedó observándolo.
En sus ojos había orgullo.
Y tristeza.
Entonces el hombre en el suelo soltó una carcajada.
—No entiendes nada, muchacho.
Leo se volvió.
—¿Qué?
El hombre sonrió.
—Tu abuelo no fundó el programa para ganar dinero.
Leo frunció el ceño.
—Entonces ¿para qué?
—Para encontrar al atleta perfecto.
Silencio.
—Y llevaban veinte años buscándolo.
El hombre señaló a Leo.
—Hasta que apareciste tú.
Leo sintió un escalofrío.
—¿Qué quieren de mí?
El hombre sonrió.
—Que llegues a los nacionales.
—¿Para qué?
—Para que ganes.
Leo no entendió.
—Pensé que querían que perdiera.
—Eso era antes.
—¿Antes de qué?
El hombre se incorporó lentamente.
—Antes de descubrir que tu padre dejó la última prueba.
Miró la memoria.
—Ahora quieren que ganes delante de todos.
Leo apretó los puños.
—¿Por qué?
El hombre sonrió.
—Porque tu victoria será la prueba final.
Y antes de que pudieran detenerlo, lanzó una pequeña cápsula al suelo.
Una nube de humo cubrió la calle.
Cuando se disipó, había desaparecido.
Leo miró a Elena.
Después a su madre.
Y comprendió que los nacionales ya no eran una competencia.
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Eran el escenario que alguien había preparado durante años.
Y él acababa de convertirse en el centro de todo.
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