Chapter 2: El secreto detrás del gimnasio
A la mañana siguiente, el video estaba en todas partes.
Leo lo supo apenas entró a Oak Creek High.
No necesitó escuchar su nombre.
Bastaba con ver las pantallas de los celulares.
—Es él.
—El de la cafetería.
—Mira cómo lo esquivó.
—¿Será peleador?
Leo bajó la cabeza.
Había pasado años intentando no llamar la atención.
Ahora cada mirada parecía perseguirlo.
Llegó a su casillero.
La combinación estaba cubierta de cinta adhesiva.
Leo suspiró.
La arrancó.
Dentro había una nota.
*FREAK.*
La hizo bolita y la tiró.
No estaba enojado.
Todavía.
Pero cuando cerró la puerta del casillero, encontró a Brad al otro lado del pasillo.
No debería estar ahí.
Estaba suspendido.
Brad lo miraba con los brazos cruzados.
A su lado estaban Kyle y Mason.
—Pensaste que habías ganado —dijo Brad.
Leo guardó sus libros.
—No estoy compitiendo contigo.
—Todos están hablando de ti.
—No es mi culpa.
Brad se acercó.
—Te crees muy listo.
Leo lo miró.
—No.
—Entonces ¿qué eres?
Leo cerró el casillero.
—Alguien que quiere terminar la escuela.
Brad se rio.
—No vas a poder esconderte para siempre.
—Nunca dije que quisiera esconderme.
Aquella frase hizo que Brad se quedara callado.
Leo siguió caminando.
Pero algo había cambiado.
Ya no sentía la necesidad de desaparecer.
Esa tarde, al terminar las clases, fue directo al viejo dojo del centro.
El lugar estaba casi vacío.
Las ventanas dejaban entrar una luz naranja.
El tatami olía a madera, sudor y desinfectante.
Sensei Takamura estaba sentado en silencio.
—Llegas tarde.
Leo miró el reloj.
—Dos minutos.
—Dos minutos siguen siendo tarde.
—Sí, Sensei.
Takamura lo observó.
—¿Qué ocurrió?
Leo dejó la mochila.
—Brad intentó golpearme.
—¿Y?
—Lo detuve.
—¿Lo lastimaste?
—No.
—Entonces hiciste lo correcto.
Leo respiró aliviado.
Pero Takamura levantó un dedo.
—¿Te gustó?
Leo dudó.
—¿Qué?
—Ganar.
Leo bajó la mirada.
La pregunta había dado exactamente donde dolía.
—Me gustó que dejara de molestarme.
—No es lo mismo.
Silencio.
—Cuando el ego entra al tatami —continuó Takamura—, la técnica sale por la puerta.
Leo asintió.
—Entiendo.
—No. Todavía no.
Takamura se puso de pie.
—Otra vez.
Entrenaron durante casi dos horas.
Caídas.
Desplazamientos.
Agarres.
Leo terminó empapado de sudor.
Cuando se quitó el cinturón café, Takamura lo detuvo.
—Nacionales están cerca.
Leo levantó la mirada.
—Lo sé.
—Necesitas estar concentrado.
—Lo estoy.
—No. Estás distraído.
Leo guardó silencio.
Takamura señaló su teléfono.
—¿Es por la escuela?
Leo lo tomó.
Había otro mensaje.
*Sé dónde entrenas.*
El corazón de Leo se detuvo un instante.
—Sensei...
Takamura tomó el teléfono.
Leyó el mensaje.
Su expresión cambió.
—¿Quién sabe de este lugar?
—Nadie de la escuela.
—Piénsalo.
Leo recordó a la chica de la mochila azul.
La misma que había grabado el video.
—Hay alguien.
—¿Quién?
—No sé su nombre.
Takamura le devolvió el teléfono.
—Entonces averígualo.
Al salir del dojo, Leo miró hacia ambos lados.
La calle estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Caminó tres cuadras.
Entonces escuchó pasos detrás de él.
Se detuvo.
Los pasos también.
Leo giró.
No había nadie.
Siguió caminando.
Al doblar la esquina, una voz habló.
—Si sigues caminando así, vas a terminar chocando con una pared.
Era ella.
La chica de la mochila azul.
Leo la miró.
—¿Me estás siguiendo?
—No.
—Entonces ¿qué haces aquí?
—Vivo cerca.
—¿Y cómo sabes dónde entreno?
Ella se quedó callada.
—Mi nombre es Elena.
Leo no respondió.
—¿Tú eres Leo?
—Sí.
—Pensé que eras más alto.
Leo arqueó una ceja.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
Elena sacó su teléfono.
—Yo grabé el video de ayer.
Leo se tensó.
—¿Por qué?
—Porque sabía que Brad iba a intentar algo.
—¿Cómo?
Ella guardó el teléfono.
—Porque lleva semanas haciéndolo.
Leo frunció el ceño.
—¿Contigo?
—Con mi hermano.
Elena bajó la voz.
—Mi hermano dejó la escuela el año pasado.
Leo no supo qué decir.
—Brad lo convirtió en un chiste —continuó ella—. Todos se rieron. Nadie hizo nada.
—Lo siento.
—Yo también.
Ella miró el dojo a lo lejos.
—Pero ayer cambió algo.
—¿Qué?
—La gente vio que Brad no es intocable.
Leo negó con la cabeza.
—Eso no me interesa.
—Debería.
—¿Por qué?
Elena lo miró directamente.
—Porque Brad no está solo.
Leo sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Ella respiró profundamente.
—Hay alguien que lo protege.
—¿Quién?
Elena negó con la cabeza.
—Todavía no tengo pruebas.
—Entonces ¿por qué me lo dices?
—Porque tú eres el primero que logró enfrentarlo sin convertirse en otro de sus juguetes.
Leo guardó silencio.
Elena sacó una fotografía doblada de su mochila.
Se la entregó.
Era una imagen tomada en una fiesta escolar.
Brad aparecía al fondo.
Pero junto a él había un adulto.
Un hombre con una chaqueta de Oak Creek.
Leo reconoció el rostro.
Era uno de los entrenadores.
—¿Qué tiene que ver él?
—Eso es lo que estoy intentando descubrir.
Leo observó la fotografía.
Entonces vio algo más.
En la mano del entrenador había un sobre.
Y sobre el sobre aparecía claramente el logotipo del torneo estatal.
Leo levantó la mirada.
—Esto no tiene que ver con Brad molestando estudiantes.
Elena asintió.
—Exacto.
—¿Entonces con qué?
Antes de que ella pudiera responder, un automóvil pasó lentamente junto a ellos.
Las ventanas estaban oscuras.
El auto redujo la velocidad.
Leo dio un paso hacia atrás.
Elena también.
El vehículo siguió de largo.
—Tenemos que irnos —dijo ella.
—¿Por qué?
—Porque ese auto estaba estacionado afuera de mi casa anoche.
May you like
Leo miró la calle vacía.
De repente, el campeonato nacional dejó de parecer su mayor problema.