Chapter 14: Todos esperaban que Leo ganara, pero nadie estaba preparado para descubrir cómo pensaba hacerlo
El estadio estaba lleno.
Miles de personas ocupaban las gradas.
Las cámaras apuntaban hacia el tatami.
Los nacionales habían comenzado.
Leo estaba detrás de una cortina, sentado en una banca.
Escuchaba el ruido del público.
Pero no sentía miedo.
Takamura se acercó.
—¿Estás listo?
Leo asintió.
—Sí.
—No pelees contra ellos.
Leo lo miró.
—¿Entonces contra quién?
—Contra tu propio miedo.
Leo sonrió.
—Eso ya lo hice.
Takamura apoyó una mano sobre su hombro.
—Entonces recuerda.
—Máxima eficiencia.
—Y beneficio mutuo.
Leo respiró.
—No ego.
—Exactamente.
El altavoz anunció su nombre.
El público reaccionó.
Leo salió.
El primer combate fue contra un competidor de Texas.
Grande.
Rápido.
Agresivo.
El árbitro dio la señal.
El rival atacó.
Leo esquivó.
No contraatacó.
El público comenzó a murmurar.
El rival volvió a atacar.
Leo esperó.
Un movimiento.
Un cambio de peso.
Y entonces lo proyectó limpiamente.
Ippon.
El combate terminó.
Leo se levantó.
No celebró.
Solo hizo una reverencia.
En las gradas, Carter observaba.
A su lado estaba Hale.
Y detrás de ellos, Reynolds.
—Está siguiendo el protocolo —dijo Reynolds.
Carter negó.
—No.
—¿Qué?
—No está siguiendo nada.
En la siguiente ronda, Leo volvió a ganar.
Luego otra.
Y otra.
Cada combate parecía más sencillo.
Pero algo estaba cambiando.
Los jueces comenzaron a darse cuenta.
Leo no estaba reaccionando como un atleta entrenado para obedecer.
Estaba improvisando.
Cambiaba el ritmo.
Alteraba su postura.
Esperaba.
Provocaba errores.
Y, sobre todo, nunca atacaba cuando el rival estaba vulnerable.
Era exactamente lo contrario de lo que Martin Miller había diseñado.
En la semifinal, el estadio estaba en silencio.
Leo se enfrentó a Brad Miller.
El público reconoció inmediatamente la historia.
El chico invisible.
El antiguo acosador.
El gigante del fútbol.
Frente a frente.
Brad sonrió.
—Nunca pensé que llegarías hasta aquí.
Leo lo observó.
—Yo tampoco.
—¿Todavía tienes miedo?
Leo negó.
—Ya no.
Brad atacó.
Leo esquivó.
Brad volvió.
Leo giró.
El público gritó.
Brad perdió el equilibrio.
Leo pudo haberlo proyectado.
No lo hizo.
Esperó.
Brad recuperó la postura.
Atacó nuevamente.
Leo lo desvió.
Otra oportunidad.
No la tomó.
Brad comenzó a frustrarse.
—¡Pelea!
Leo respondió:
—Estoy peleando.
—¡No manches!
Brad atacó con toda su fuerza.
Leo se movió apenas.
La fuerza de Brad lo llevó hacia adelante.
Leo utilizó su propio impulso.
Ippon.
Silencio.
Después el estadio explotó.
Brad quedó sentado sobre el tatami.
Leo le ofreció la mano.
Brad la miró.
Durante unos segundos no la tomó.
Finalmente aceptó.
Leo lo ayudó a levantarse.
—¿Por qué haces eso? —preguntó Brad.
—Porque ganarte no significa humillarte.
Brad bajó la mirada.
—Yo te hice pasar un infierno.
—Sí.
—Y aun así...
Leo se encogió de hombros.
—No quiero ser como tú.
Brad tragó saliva.
Por primera vez, no tuvo respuesta.
En la zona de entrenadores, Carter estaba furioso.
—Está rompiendo el patrón.
Reynolds sacó su teléfono.
—Entonces activamos la segunda fase.
—Todavía no.
—La final empieza en veinte minutos.
—Déjalo llegar.
Hale se acercó.
—¿Y si gana?
Carter lo miró.
—Entonces será más útil.
Leo entró al vestidor.
Su madre estaba allí.
Daniel.
Noah.
Elena.
Takamura.
Todos lo miraban.
—¿Qué pasa? —preguntó Leo.
Daniel cerró la puerta.
—La jueza independiente desapareció.
Leo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No contesta.
Elena mostró su teléfono.
—La última señal fue hace una hora.
Leo sintió un vacío en el estómago.
—¿Y la policía?
—Ya está buscando.
—Entonces la final no puede comenzar.
Takamura negó.
—Exactamente.
Leo comprendió.
—Quieren que yo exija que se detenga.
—Sí.
—Y entonces parecerá que estoy huyendo.
Daniel asintió.
—La gente creerá que tienes miedo.
Leo miró hacia el techo.
—Entonces quieren provocar una reacción emocional.
—Sí.
—Porque eso activa el protocolo.
Su madre lo miró.
—¿Qué protocolo?
Leo respondió:
—El que mi abuelo diseñó.
Takamura cerró los ojos.
—Exactamente.
Leo se levantó.
—Entonces voy a salir.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Daniel lo agarró del brazo.
—Leo, si algo sale mal...
—No voy a pelear como ellos esperan.
Salió al pasillo.
Las cámaras lo siguieron.
El público gritó.
Leo entró al tatami.
Su rival ya estaba esperando.
Era un campeón de California.
Más técnico que Brad.
Más rápido.
Más experimentado.
El árbitro levantó la mano.
Leo miró a las gradas.
Vio a Carter.
Vio a Hale.
Vio a Reynolds.
Y entonces vio algo más.
La jueza desaparecida estaba sentada en una sección privada.
Viva.
Con dos guardias.
Leo entendió.
No la habían secuestrado.
La habían llevado allí.
Y ella estaba mirando directamente hacia él.
En su mano tenía un pequeño dispositivo.
Una cámara.
Leo comprendió el plan.
La jueza estaba grabando.
Todo.
El árbitro dio la señal.
El rival atacó.
Leo respondió.
Durante los primeros minutos, el combate fue intenso.
Ninguno consiguió ventaja.
Entonces las luces del estadio parpadearon.
El público comenzó a murmurar.
El árbitro recibió instrucciones por el auricular.
Leo se detuvo.
Una voz salió por los altavoces.
—Por motivos técnicos, el combate queda suspendido.
Carter sonrió.
Leo miró hacia la mesa principal.
Hale estaba hablando con un funcionario.
Entonces la jueza independiente se levantó.
—¡No!
Su voz resonó.
Todos voltearon.
—El combate continúa.
El funcionario se acercó.
—Señora, por favor...
Ella levantó el dispositivo.
—Tengo una grabación de todo.
El estadio quedó en silencio.
Carter se puso de pie.
—Apaguen las cámaras.
Pero ya era demasiado tarde.
La jueza conectó el dispositivo.
La pantalla gigante del estadio se encendió.
Apareció Martin Miller.
Luego Carter.
Después Hale.
Las conversaciones.
Los contratos.
Los pagos.
Las instrucciones.
El público comenzó a abuchear.
Leo miró a Reynolds.
Ella permanecía completamente quieta.
Entonces tomó el micrófono.
—Hay algo que todavía no entienden.
Todos voltearon.
Reynolds miró a Leo.
—Este programa no murió cuando Martin Miller murió.
Leo sintió un escalofrío.
—¿Qué estás diciendo?
Reynolds sonrió.
—Porque Martin nunca fue el responsable final.
Carter se volvió hacia ella.
—¡Cállate!
Reynolds lo ignoró.
—Tu abuelo tenía un superior.
Leo se quedó helado.
—¿Quién?
Reynolds miró directamente a la cámara.
—La persona que financió todo.
La pantalla cambió.
Apareció un documento.
Un contrato.
La firma estaba al final.
Leo reconoció el nombre.
*Thomas Miller.*
Leo dejó de respirar.
—No...
Su madre gritó:
—¡Eso es falso!
Reynolds sonrió.
—¿Seguro?
La pantalla mostró una segunda página.
La firma.
La fecha.
Y una cláusula.
*El proyecto continuará con Thomas Miller como sucesor.*
Leo miró a su madre.
Ella estaba llorando.
—Yo no sabía eso.
Leo negó lentamente.
—Papá no...
Takamura se acercó a la pantalla.
—Es una falsificación.
Reynolds soltó una carcajada.
—Entonces demuéstrenlo.
El público estaba confundido.
Carter parecía tan sorprendido como todos.
Leo miró el documento.
Algo no encajaba.
La firma de su padre era perfecta.
Demasiado perfecta.
Leo recordó las palabras de Thomas.
*No confíes en los documentos. Algunos fueron modificados.*
Sonrió.
—Te equivocaste.
Reynolds dejó de sonreír.
—¿Qué?
Leo señaló la pantalla.
—Mi papá nunca firmaba con esa tinta.
Silencio.
—¿Qué?
—Usaba tinta negra.
Leo miró a la jueza.
—Amplía la firma.
La imagen se acercó.
—La fecha es de enero —dijo Leo—. Pero el documento usa un sello que mi padre no pudo haber utilizado hasta abril.
Takamura entendió.
—La firma fue copiada.
La jueza asintió.
—Ya lo confirmé.
Reynolds retrocedió.
Leo miró al público.
—Querían que todos creyeran que mi papá era parte de esto.
Entonces sacó la tarjeta de memoria.
—Pero él dejó la prueba de que no lo era.
Carter corrió hacia la mesa.
—¡Detengan todo!
Demasiado tarde.
La grabación de Thomas apareció en la pantalla.
Su voz llenó el estadio.
—Si alguna vez intentan usar mi nombre, recuerden esto: mi hijo no será su instrumento.
Leo cerró los ojos.
Su padre continuó:
—Y si Leo llegó hasta los nacionales, significa que eligió por sí mismo.
El público quedó en silencio.
Entonces apareció una última imagen.
Martin Miller.
Hablando con alguien.
Una persona cuyo rostro había sido ocultado.
Pero el audio era claro.
—Cuando Thomas desaparezca, el muchacho seguirá bajo nuestro control.
La voz respondió:
—No si María cumple su parte.
Leo abrió los ojos.
Miró a su madre.
Ella comenzó a llorar.
—Yo nunca acepté eso.
La grabación terminó.
Y entonces apareció el rostro oculto.
No era Martin.
No era Carter.
No era Hale.
Era alguien que Leo conocía perfectamente.
Alguien que llevaba años diciéndole que lo protegía.
Alguien que había estado presente desde el principio.
La pantalla mostró el rostro de...
*Takamura.*
Leo se quedó helado.
El estadio entero comenzó a murmurar.
Takamura no se movió.
Solo cerró los ojos.
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Y dijo:
—Ahora ya lo sabes.