Calm

Chapter 4: La fotografía que nadie debía encontrar

Leo volvió a llamar a Elena hasta que la pantalla de su teléfono mostró que llevaba siete intentos sin respuesta.

Nada.

Ni una llamada perdida.

Ni un mensaje.

Solo silencio.

La fotografía seguía abierta en la pantalla.

Elena dentro de un automóvil.

Tenía la cabeza inclinada ligeramente hacia un lado, como si alguien le hubiera ordenado mirar a la cámara. No parecía herida. No parecía llorando.

Pero Leo conocía esa expresión.

Era miedo contenido.

El tipo de miedo que aparece cuando alguien intenta no demostrar que está asustado.

Leo miró alrededor.

La calle estaba casi vacía.

El sol ya se había escondido detrás de los edificios y el aire de octubre comenzaba a enfriarse.

Guardó el teléfono.

No podía ir con la policía sin saber qué estaba pasando.

Tampoco podía regresar al dojo y fingir que no había ocurrido nada.

Y definitivamente no podía obedecer la orden de Carter.

Así que hizo lo único que sabía hacer cuando todo parecía fuera de control.

Pensó.

Primero necesitaba saber de dónde había salido la fotografía.

Volvió a abrir el mensaje.

La imagen tenía un detalle extraño.

En la esquina inferior derecha se veía una parte del tablero del automóvil.

Un pequeño adorno colgaba del espejo retrovisor.

Un llavero de metal.

Una estrella plateada.

Leo amplió la fotografía.

El fondo era borroso, pero alcanzó a distinguir algo detrás de Elena.

Una ventanilla.

Y, al otro lado, un edificio.

Un letrero azul.

Leo acercó el teléfono a los ojos.

No podía leerlo completo.

Solo distinguió tres letras.

*OAK.*

Su corazón comenzó a latir más rápido.

No era suficiente.

Necesitaba otra pista.

Caminó hasta la parada del autobús.

Mientras esperaba, volvió a revisar la fotografía.

Entonces vio algo que no había notado antes.

Elena llevaba la mochila azul.

La misma que siempre llevaba en la escuela.

Pero en el asiento de atrás había otra mochila.

Negra.

Con un parche rojo.

Leo reconoció el parche.

Era del equipo de lucha.

El equipo que entrenaba en el gimnasio viejo.

—No puede ser...

El autobús llegó.

Leo subió.

Durante todo el trayecto, una sola pregunta no dejaba de darle vueltas en la cabeza.

¿Por qué Carter había dicho que estaban buscando a alguien como él?

No era normal.

No podía ser una coincidencia.

Cuando llegó a casa, dejó la mochila en el suelo y encontró a su madre en la cocina.

—Llegaste tarde.

Leo se detuvo.

—Sí.

Su madre estaba preparando café.

El olor llenaba la casa.

—¿Todo bien?

Leo estuvo a punto de responder que sí.

Era lo que siempre hacía.

Pero esta vez no pudo.

—Mamá...

Ella dejó la taza sobre la mesa.

—¿Qué pasó?

Leo se sentó.

Le mostró la fotografía.

Su madre la observó.

Y cambió de expresión.

No fue miedo.

Fue reconocimiento.

—¿Quién es ella?

—Una compañera.

—¿Por qué tienes una foto de ella?

—Porque creo que está en problemas.

Su madre volvió a mirar la pantalla.

—Leo, ¿dónde conseguiste esto?

—Me la enviaron.

—¿Quién?

—No sé.

Ella se quedó callada.

Leo la conocía demasiado bien.

—Mamá.

—¿Qué?

—Reconociste algo.

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Sí.

—Leo...

—Por favor.

Su madre se sentó frente a él.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después respiró profundamente.

—Ese llavero.

Leo se inclinó hacia adelante.

—¿Qué tiene?

—Lo he visto antes.

—¿Dónde?

—En una persona que venía al dojo hace años.

Leo frunció el ceño.

—¿Quién?

Su madre dudó.

—Un hombre llamado Daniel Mercer.

Leo sintió un vacío en el estómago.

—¿Quién era?

—No lo sé exactamente.

—Mamá.

—Trabajaba con organizaciones deportivas. Ayudaba a jóvenes atletas. Tu Sensei lo conocía.

Leo se quedó inmóvil.

—¿Mi Sensei?

—Sí.

—¿Y por qué nunca me dijiste?

—Porque no pensé que fuera importante.

Leo se levantó.

—Tengo que volver al dojo.

—No.

—Mamá...

—No vas a ir a ninguna parte esta noche.

—Elena podría estar en peligro.

Su madre lo tomó del brazo.

—Y tú también.

Leo se detuvo.

Ella lo miró con una preocupación que rara vez mostraba.

—Escúchame. Tu Sensei siempre te enseñó a no buscar una pelea.

—Esto no es una pelea.

—Entonces ¿qué es?

Leo no respondió.

Porque no tenía respuesta.

Su madre soltó su brazo.

—Duerme. Mañana hablarás con tu Sensei.

Leo subió a su habitación.

Cerró la puerta.

Esperó cinco minutos.

Después salió por la ventana.

No era la primera vez.

A las once de la noche llegó al dojo.

La luz del frente estaba encendida.

Leo empujó la puerta.

—Sensei.

Nadie respondió.

Entró.

El tatami estaba vacío.

Pero había algo en el centro.

Un sobre blanco.

Leo se acercó lentamente.

Su nombre estaba escrito en él.

*LEO.*

Lo abrió.

Dentro había una fotografía.

Mucho más antigua.

En ella aparecía un grupo de jóvenes frente al dojo.

Entre ellos estaba un muchacho de unos diecisiete años.

Leo conocía ese rostro.

Era Carter.

Pero había alguien más.

Una chica.

Leo la reconoció inmediatamente.

Elena.

Solo que aquella fotografía tenía más de diez años.

No tenía sentido.

Detrás de la fotografía había una frase escrita a mano.

*Tu padre sabía la verdad.*

Leo dejó caer la fotografía.

Su padre había muerto cuando Leo tenía ocho años.

Durante años, su madre apenas había hablado de él.

Siempre había dicho que era un hombre trabajador.

Un buen padre.

Nada más.

Leo tomó la fotografía otra vez.

Le temblaban los dedos.

Entonces escuchó la puerta.

Se giró.

Sensei Takamura estaba parado en la entrada.

Su rostro era serio.

—Te dije que no vinieras.

Leo levantó la fotografía.

—¿Quién es?

Takamura miró la imagen.

—¿Dónde encontraste eso?

—Estaba aquí.

—Contéstame.

—¡Estaba aquí!

El Sensei permaneció inmóvil.

Leo dio un paso hacia él.

—¿Qué tiene que ver mi papá con Carter?

Takamura cerró los ojos.

Y esa reacción fue suficiente.

Leo sintió que algo dentro de él se rompía.

—Usted sabía.

—Leo...

—Usted sabía todo este tiempo.

—No todo.

—Pero sabía algo.

Takamura se acercó.

—Tu padre investigó un programa deportivo.

—¿Qué programa?

—Un programa para jóvenes atletas.

—¿Y Carter?

—Estaba involucrado.

Leo apretó la fotografía.

—¿En qué?

Takamura no respondió.

—¡¿En qué?!

El viejo Sensei finalmente habló.

—Manipulación de competencias.

Leo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué?

—Algunos entrenadores seleccionaban atletas. Les prometían becas, patrocinios y oportunidades. A cambio, querían controlar resultados.

—¿Y mi papá descubrió eso?

—Sí.

—¿Por eso murió?

Takamura lo miró.

—Tu padre murió en un accidente.

Leo sintió un escalofrío.

—¿Seguro?

—Eso fue lo que se determinó.

—No le pregunté qué dijeron.

Takamura guardó silencio.

Leo dio un paso atrás.

Ahora entendía por qué nunca le habían contado nada.

Su padre no había sido simplemente un hombre que trabajaba demasiado.

Había encontrado algo.

Y alguien había querido enterrarlo.

El teléfono de Leo vibró.

Los dos miraron la pantalla.

Era Elena.

Un solo mensaje.

*Estoy en el viejo almacén detrás de Oak Creek. Ven solo.*

Takamura vio el mensaje.

—No.

Leo guardó el teléfono.

—Tengo que ir.

—Es una trampa.

—Puede ser.

—Entonces no vas.

Leo miró a su Sensei.

—Si fuera su estudiante quien estuviera ahí, ¿qué haría?

Takamura no respondió.

Leo tomó su mochila.

Antes de salir, el Sensei dijo:

—No uses el judo a menos que sea necesario.

Leo se detuvo.

—Lo sé.

—Y Leo...

El muchacho volteó.

—Si ves a Carter, no confíes en nada de lo que diga.

Leo asintió.

Después salió.

No sabía que alguien estaba observando el dojo desde un automóvil estacionado al otro lado de la calle.

Y que, en cuanto Leo desapareció en la oscuridad, esa persona tomó el teléfono.

—Ya salió.

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Una voz respondió por el auricular.

—Entonces comienza la segunda parte.

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