Calm

Chapter 3: La trampa

El lunes siguiente, Leo recibió una invitación que no esperaba.

No venía de un maestro.

Ni de un entrenador.

Venía del capitán del equipo de lucha de Oak Creek.

*Entrenamiento especial. Gimnasio viejo. 4:30 p. m.*

Leo leyó el mensaje dos veces.

Después lo borró.

No pensaba ir.

A las 4:15, sin embargo, estaba frente al gimnasio viejo.

No porque hubiera cambiado de opinión.

Porque Elena le había enviado una sola frase:

*No vayas solo.*

Leo miró el edificio.

Las ventanas estaban oscuras.

La puerta lateral estaba abierta.

—Perfecto —murmuró.

Entró.

El pasillo olía a humedad.

Había casilleros viejos, trofeos cubiertos de polvo y carteles de equipos de años anteriores.

No escuchó voces.

Entonces una puerta se cerró detrás de él.

Leo giró.

Brad estaba ahí.

Kyle.

Mason.

Y tres chicos más.

Leo sintió cómo todo su cuerpo se relajaba.

No por tranquilidad.

Por concentración.

—Sabía que vendrías —dijo Brad.

Leo miró alrededor.

—¿Para qué?

Brad sonrió.

—Para que aprendieras una lección.

—¿Seis contra uno?

—No manches, Leo. No somos tan malos.

Kyle cerró la puerta.

—Solo queremos hablar.

Leo miró la puerta.

Después a Brad.

—Entonces hablen.

Brad soltó una carcajada.

—Siempre tan serio.

Se acercó.

—¿Sabes qué me molesta de ti?

Leo no respondió.

—Que todos creen que eres especial.

Brad señaló su pecho.

—Llegaste ayer y de repente todos hablan de ti.

—Yo no pedí eso.

—¡Pero lo tienes!

Su voz rebotó contra las paredes.

—La gente se está riendo de mí.

Leo lo miró fijamente.

—Eso no es culpa mía.

Brad dio un paso.

—Sí lo es.

El primer empujón llegó de inmediato.

Leo retrocedió.

El segundo fue más fuerte.

Leo giró.

Brad perdió el equilibrio.

Pero esta vez Leo no lo dejó caer.

Lo sostuvo del brazo.

—No quiero pelear.

Brad se quedó mirándolo.

—Mientes.

—No.

—Entonces demuestra que no eres un cobarde.

Leo soltó su brazo.

—No tengo nada que demostrarte.

Uno de los otros chicos se rio.

—Brad, creo que tu nuevo amigo te tiene miedo.

Brad se volvió hacia él.

—Cállate.

Leo comprendió algo.

No estaban ahí solamente para golpearlo.

Querían provocarlo.

Querían que perdiera el control.

Entonces escuchó un sonido.

Un clic.

Una cámara.

Leo levantó la mirada.

En una esquina del gimnasio había un teléfono grabando.

Sonrió ligeramente.

—¿Esto es una trampa?

Brad dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Están grabando.

Todos miraron hacia el teléfono.

Kyle se apresuró a retirarlo.

Demasiado tarde.

Leo ya lo había visto.

—¿Quién les pidió que grabaran?

Nadie contestó.

—¿Quién?

Brad caminó hacia él.

—No te metas en cosas que no entiendes.

—Entonces explícame.

—No tengo que explicarte nada.

Leo dio un paso atrás.

—Sí tienes.

Brad lo miró con furia.

—¿Sabes qué pasa con los tipos como tú?

Leo guardó silencio.

—Creen que por aprender cuatro movimientos ya pueden jugar a ser héroes.

Leo respiró lentamente.

—No soy un héroe.

—Entonces pelea.

—No.

—¡Pelea!

Brad lanzó un golpe.

Leo lo esquivó.

Otro.

Leo retrocedió.

El tercer movimiento fue diferente.

Brad intentó agarrarlo de la camiseta.

Leo giró y utilizó su propio impulso.

Brad cayó al suelo.

No hubo golpe.

No hubo sangre.

Solo un fuerte ruido cuando su espalda tocó la colchoneta.

Los otros cinco se quedaron congelados.

Leo lo soltó inmediatamente.

—Ya estuvo.

Brad se levantó.

Su rostro estaba rojo.

—¡No manches!

Se lanzó nuevamente.

Esta vez Leo no esperó.

Movió el pie.

Cambió el ángulo.

Brad perdió estabilidad.

Leo lo inmovilizó durante apenas unos segundos.

Lo suficiente.

—¿Entiendes? —preguntó Leo.

Brad forcejeó.

—¡Suéltame!

Leo lo soltó.

Brad se levantó respirando con dificultad.

Y entonces se escucharon aplausos.

Uno.

Dos.

Tres.

Todos voltearon.

El entrenador Carter estaba parado en la entrada.

Leo reconoció al hombre de la fotografía.

El mismo hombre que había aparecido junto a Brad.

—Excelente —dijo Carter.

Leo sintió que algo no estaba bien.

—¿Qué hace aquí?

Carter sonrió.

—Quería ver qué tan bueno eras.

—¿Para qué?

Carter entró lentamente.

—Los nacionales se acercan.

Leo miró a Brad.

Luego al entrenador.

—¿Esto tiene que ver con el torneo?

—Mucho.

Brad se acercó a Carter.

—Te dije que no podía hacerlo.

Carter lo ignoró.

—Leo, llevamos meses buscando a alguien con tu nivel.

Leo sintió un nudo en el estómago.

—¿Cómo sabe mi nivel?

Carter sonrió.

—Porque te hemos estado observando.

La frase cayó como una piedra.

—¿Quiénes?

Carter no contestó.

En ese momento, el teléfono de Leo vibró.

Un mensaje de Elena.

*Sal de ahí. Ahora.*

Leo levantó la mirada.

Carter vio el teléfono.

Su expresión cambió.

—¿Elena está contigo?

Leo no respondió.

Carter dio un paso hacia él.

—Esa muchacha no sabe con quién se está metiendo.

Leo apretó el teléfono.

—¿Qué le hicieron?

Carter sonrió.

—Todavía nada.

El silencio se volvió pesado.

—Pero si sigues investigando —continuó Carter—, las cosas pueden cambiar.

Leo sintió que el miedo finalmente aparecía.

No por él.

Por Elena.

Por su hermano.

Por todos los estudiantes que habían sufrido en silencio.

Carter señaló la puerta.

—Vete a casa.

Leo no se movió.

—Y olvida todo esto.

Leo sostuvo su mirada.

—No.

La sonrisa de Carter desapareció.

—¿Qué dijiste?

—Dije que no.

Leo salió del gimnasio.

Corrió hasta la calle.

Sacó el teléfono.

Llamó a Elena.

No contestó.

Volvió a llamar.

Nada.

Entonces llegó un mensaje desde su número.

*No confíes en nadie de Oak Creek.*

Leo se quedó inmóvil.

El mensaje tenía una fotografía adjunta.

Era Elena.

Sentada dentro de un auto.

Mirando directamente hacia la cámara.

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Y debajo de la imagen había una sola frase:

*Ahora tú decides si quieres ser invisible otra vez.*

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