Calm

Chapter 8: El precio de una madre que se negó a entregar a su hija

—¡Quiero que me devuelvan a mi hijo!

El grito de Abigail sacudió la cabaña mientras Daniel salía a buscar huellas y el alguacil Reed ordenaba cerrar todos los caminos hacia la granja Pierce.

La joven apenas podía sostenerse de pie.

Elena lloraba entre sus brazos, buscando el calor que su hermano le había dado desde que ambos nacieron. Ruth intentaba mantener la calma, pero tenía el rostro pálido y los ojos llenos de preocupación.

—Abigail, necesito que respires —le pidió.

—¡Se llevaron a Samuel!

—Lo sé.

—¡Es un recién nacido! ¡No puede estar lejos de mí!

Ruth la abrazó con cuidado.

—Vamos a encontrarlo.

Pero Abigail no podía dejar de pensar en el momento en que había cerrado los ojos para descansar.

Había confiado en que sus hijos estaban seguros.

Había creído que, por primera vez en su vida, alguien respetaría su derecho a ser madre.

Y ahora su padre había convertido a su propio nieto en una moneda de cambio.

—Fue él —susurró—. Samuel hizo esto.

Caleb se acercó.

—No lo sabemos con certeza.

Abigail levantó la mirada, furiosa.

—¿Quién más tiene motivos para robar a mi hijo?

Caleb no contestó.

La joven se apartó de Ruth.

—No me digas que espere. No me digas que descanse. No me digas que tenga paciencia. ¡Mi hijo está en manos de un hombre que me dejó morir en la nieve!

El alguacil regresó a la habitación.

—He enviado a dos hombres hacia el camino de la granja. También avisaré a las autoridades del pueblo vecino.

Abigail le mostró la nota.

Reed la leyó con el rostro endurecido.

—No entregues ningún documento sin que yo esté presente.

—¿Cómo voy a pensar en documentos cuando mi hijo no está conmigo?

—Porque quien se lo llevó quiere que actúes sin pensar. Necesitamos saber dónde lo tienen antes de arriesgar la vida del niño.

Isabel Valdés, sentada junto al fuego, se levantó lentamente.

—Sé dónde lo buscarán.

Todos se volvieron hacia ella.

—¿Dónde? —preguntó Caleb.

—En la vieja casa de Silver Creek.

El alguacil frunció el ceño.

—¿Por qué allí?

Isabel miró a Abigail.

—Porque Esteban guardaba sus documentos más importantes en un sótano debajo de aquella casa. Samuel sabe que, si encontramos los originales, perderá la posibilidad de controlar las propiedades.

—¿Y cree que yo entregaré el testamento a cambio de mi hijo? —preguntó Abigail.

—Eso espera.

La joven miró a sus hijos.

Elena seguía llorando.

Samuel estaba en algún lugar desconocido, lejos del calor y de los brazos que lo habían protegido desde su nacimiento.

—Entonces iremos a Silver Creek.

Ruth se interpuso.

—No puedes hacer ese viaje.

—No voy a dejar que mi hijo pase otra noche lejos de mí.

—Abigail, apenas puedes caminar.

La joven apretó los dientes.

—Mi padre ya decidió una vez que mi vida no importaba. No permitiré que vuelva a decidir por mis hijos.

Daniel se acercó.

—Yo iré por él.

—No.

—Abigail...

—No voy a entregarles mi hijo a unos hombres y quedarme esperando noticias. Si Samuel exige que vaya, quiero que me vea llegar.

El alguacil reflexionó unos segundos.

—Podemos preparar un carruaje. Pero no entrarás sola y no entregarás ningún documento hasta que sepamos que el bebé está a salvo.

Bennett, que había estado revisando los papeles, levantó la cabeza.

—Hay otra posibilidad.

Todos lo miraron.

El abogado tomó la copia del testamento.

—Samuel cree que el documento original está en poder de Isabel o de Caleb. Pero no sabe que el archivo que recibió tu abuelo contiene una cláusula adicional.

Isabel abrió mucho los ojos.

—¿Qué cláusula?

Bennett señaló un párrafo casi ilegible.

—Si alguno de los administradores intenta apoderarse de los bienes mediante amenazas, fraude o coacción, los tribunales pueden suspender inmediatamente sus facultades sobre el patrimonio mientras se investiga el caso.

Reed asintió.

—Eso nos permite solicitar una orden urgente.

—Pero no nos dice dónde está Samuel —respondió Abigail.

Bennett guardó los documentos.

—No. Para eso necesitaremos otra cosa.

Caleb miró la nota que Abigail sostenía.

—La letra no es de Samuel.

El alguacil se acercó.

—¿Estás seguro?

—Sí. He visto suficientes documentos escritos por él para reconocer su firma. Esto lo escribió George Harlan.

Abigail levantó la cabeza.

—Entonces George se llevó a mi hijo.

—O ayudó a hacerlo —respondió Caleb—. Y si conocemos sus costumbres, sabemos dónde buscar.

Isabel cerró los ojos.

—La vieja casa de Silver Creek.

El carruaje salió antes de que terminara la tarde.

El alguacil Reed iba al frente, acompañado por Daniel. Caleb viajaba detrás con Bennett, mientras Isabel permanecía en la cabaña junto a Ruth para cuidar a Elena.

Abigail insistió en acompañarlos.

Llevaba a su hija envuelta en varias mantas y tenía el rostro pálido por el cansancio. Cada bache del camino le provocaba dolor, pero no se quejaba.

Solo pensaba en Samuel.

Cuando llegaron a Silver Creek, el cielo comenzaba a oscurecer.

La casa llevaba años abandonada. Las ventanas estaban cubiertas de polvo y una parte del techo se había hundido bajo el peso de la nieve.

Daniel bajó primero y revisó el terreno.

—Hay huellas recientes.

Reed sacó su linterna.

—Todos atentos. No sabemos cuántas personas hay dentro.

Abigail descendió del carruaje con ayuda de Caleb.

—Samuel —susurró, mirando hacia la casa—. Mamá está aquí, mi amor.

Desde el interior llegó un sonido débil.

Un llanto.

Abigail corrió hacia la puerta.

—¡Samuel!

Daniel la alcanzó antes de que entrara.

—Espera.

Pero ella ya había escuchado nuevamente el llanto.

—¡Mi hijo está ahí!

El alguacil abrió la puerta con cuidado.

El olor a madera húmeda y polvo llenó el aire.

En el centro de la habitación había una mesa, dos sillas y una lámpara encendida.

Sobre una manta, junto a la pared, estaba Samuel.

El bebé lloraba con la cara enrojecida y los puños cerrados.

Abigail cayó de rodillas junto a él.

—¡Mi niño!

Lo levantó con cuidado y lo apretó contra su pecho.

Samuel comenzó a calmarse al escuchar su voz.

La joven lloró sin poder contenerse.

—Perdóname, mi amor. Perdóname por no haber podido protegerte.

Daniel se arrodilló a su lado.

—Lo encontraste. Está aquí.

El alguacil revisó las habitaciones contiguas.

—¡No hay nadie!

Caleb señaló una puerta trasera.

—Se fueron por aquí.

Abigail miró alrededor.

Sobre la mesa había una hoja de papel.

La reconoció inmediatamente.

Era una copia del testamento de Esteban Valdés.

Pero debajo había otro documento.

Un contrato de compraventa firmado por Samuel Pierce y George Harlan.

El papel establecía que las propiedades de Silver Creek serían transferidas a una compañía privada a cambio de una suma de dinero.

La firma de Abigail aparecía al final.

La joven sintió náuseas.

—Yo nunca firmé esto.

Bennett tomó el documento.

—Es una falsificación.

Reed guardó el papel en su cartera.

—Esto cambia las cosas. Ya no se trata solamente de una disputa familiar. Tenemos pruebas de que alguien intentó utilizar una firma falsa para transferir propiedades.

Caleb examinó el contrato.

—Mira la fecha.

Abigail se acercó.

La transferencia estaba fechada para la mañana siguiente.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó.

Bennett señaló el nombre de la compañía.

—Porque Samuel planeaba vender las tierras antes de que el testamento pudiera ser presentado ante el juez.

Daniel miró hacia la puerta.

—Entonces debemos regresar al pueblo y detener esa venta.

El alguacil asintió.

—Y encontrar a Samuel y a George.

Abigail abrazó a su hijo.

Por un instante, creyó que la pesadilla había terminado.

Pero entonces escuchó un ruido detrás de la casa.

Daniel salió corriendo.

Se oyó un golpe, seguido de una voz.

—¡Quieto! ¡Alguacil!

Cuando Reed llegó a la puerta trasera, encontró a George Harlan forcejeando con Daniel.

El administrador tenía una pistola en la mano, pero la dejó caer cuando el alguacil lo sujetó.

—¡No disparen! —gritó George—. ¡Yo no me llevé al niño!

Abigail apareció con Samuel en brazos.

—¿Quién lo hizo?

George la miró con desesperación.

—Samuel Pierce. Me ordenó que lo llevara aquí y que te obligara a entregar los documentos. Pero cuando descubrí que pretendía vender las tierras, intenté detenerlo.

Caleb lo sujetó del abrigo.

—¡Mientes!

George negó con la cabeza.

—Tengo pruebas. Samuel me pagó para falsificar los registros, pero nunca me dijo que pensaba abandonar a su propia hija en la tormenta.

Abigail sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Dónde está mi padre?

George bajó la mirada.

—En el pueblo. Está preparando la venta.

El alguacil lo esposó.

—Vas a contarme todo en la oficina.

George no opuso resistencia.

Antes de que Reed se lo llevara, miró a Abigail.

—Hay algo más. Samuel no quiere solamente las tierras. Quiere destruir el testamento porque existe una segunda copia que demuestra quién es el verdadero heredero de Esteban Valdés.

Abigail miró a Bennett.

El abogado se puso pálido.

—¿Dónde está esa copia?

George tragó saliva.

—En el despacho de Samuel. Dentro de una caja fuerte.

Caleb apretó los puños.

—Entonces iremos por ella.

George negó lentamente con la cabeza.

—No podrán. Samuel ya sabe que el niño está con ustedes.

Abigail abrazó a su hijo con más fuerza.

—¿Y qué va a hacer ahora?

George la miró con una mezcla de miedo y lástima.

—Lo que debió hacer desde el principio. Desaparecer antes de que todos descubran lo que hizo con Esteban Valdés.

Cuando regresaron al pueblo, las campanas de la iglesia estaban sonando.

El alguacil había enviado hombres para vigilar la granja, pero Samuel ya no estaba allí.

Su esposa, Margaret, esperaba frente a la oficina de Reed.

Tenía el rostro hinchado de llorar y sostenía un pequeño paquete contra el pecho.

Al ver a Abigail con los gemelos, se llevó una mano a la boca.

—¡Están vivos!

Abigail se detuvo.

Su madre dio un paso hacia ella.

—Mija, gracias a Dios...

—No me llames así.

Margaret se quedó inmóvil.

—Abigail, por favor...

—¿Sabías que mi padre quería quitarme a mis hijos?

Su madre comenzó a llorar.

—No sabía que iba a llegar tan lejos.

—Pero sabías que me abandonó en la nieve.

Margaret bajó la cabeza.

—Sí.

Abigail sintió que el dolor se convertía en una rabia fría.

—Entonces no me pidas que te perdone.

Margaret apretó el paquete contra su pecho.

—No he venido a pedirte eso.

Extendió la mano.

—He venido a entregarte algo que encontré en el despacho de tu padre.

Abigail miró el paquete sin tocarlo.

—¿Qué es?

—La llave de la caja fuerte.

El alguacil Reed se acercó inmediatamente.

—¿Dónde la encontraste?

—Samuel me pidió que destruyera todos los documentos de Edward. Mientras buscaba los papeles, encontré una nota que decía que la caja debía abrirse únicamente si Isabel regresaba al valle.

Bennett extendió la mano.

Margaret le entregó la llave.

Después miró a su hija.

—Hay una carta más. Samuel la escondió detrás de un retrato de su madre.

Abigail sintió que el corazón se le detenía.

—¿Qué dice?

Margaret cerró los ojos.

—Que la noche en que murió Esteban Valdés, Samuel no estaba en la granja de Edward.

Abigail apretó a los gemelos contra su pecho.

—¿Dónde estaba?

Su madre levantó la mirada.

—Con el hombre que todos creían que había muerto antes de que tú nacieras.

Y en ese instante, el alguacil comprendió que Samuel Pierce no había ocultado únicamente una herencia.

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Había ocultado a una persona.

Una persona que podía seguir viva.

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