Chapter 5: La madre que regresó demasiado tarde para pedir perdón
Margaret Pierce pasó el resto del trayecto sin pronunciar una sola palabra.
El carromato avanzaba lentamente entre los árboles cubiertos de nieve. Cada crujido de las ruedas parecía recordarle el sonido que había escuchado la noche anterior, cuando Samuel ordenó a su hija que bajara.
Todavía podía ver a Abigail aferrándose a la madera.
Todavía podía escuchar su voz suplicando que no la abandonaran.
Y todavía recordaba las lágrimas que le habían corrido por las mejillas mientras observaba cómo la tormenta se tragaba a su hija.
Había querido detener a Samuel.
Eso se había repetido durante toda la noche.
Había querido levantarse, arrebatarle las riendas y regresar por Abigail.
Pero no lo había hecho.
El miedo la había mantenido sentada.
El miedo a quedarse sin casa, sin dinero y sin el hombre que había controlado cada aspecto de su vida desde que se casaron.
Ahora, por primera vez, comenzaba a comprender que su silencio también había sido una decisión.
Y que su hija casi había pagado con la vida por ella.
Cuando llegaron a la granja, Samuel descendió del carromato sin ayudarla.
—Ve a la cocina —ordenó—. No quiero que nadie sepa lo que ocurrió anoche.
Margaret lo siguió con la mirada.
—¿Y si Abigail habla?
—Nadie le creerá. Es una muchacha embarazada que huyó de casa en medio de una tormenta.
—Ya no está embarazada.
Samuel se detuvo.
—¿Qué?
Margaret se llevó una mano a la boca.
Había hablado sin pensar.
—El alguacil dijo que los bebés nacieron.
Por primera vez, Samuel pareció perder el control.
—¿Los dos?
—Un niño y una niña.
El hombre miró hacia la ventana.
Durante unos segundos, permaneció inmóvil.
Después soltó una carcajada seca.
—Dos herederos más. Perfecto.
Margaret lo miró con horror.
—Son tus nietos.
—Son un problema.
—¡Son tus nietos, Samuel!
Él se acercó tanto que Margaret tuvo que retroceder.
—Escúchame bien. Si quieres conservar esta casa, vas a dejar de comportarte como si esa muchacha fuera una víctima inocente. Ella sabía lo que hacía.
Margaret sintió que la rabia comenzaba a abrirse paso entre el miedo.
—Tenía diecisiete años.
—Y fue lo bastante mayor para desobedecerme.
—No sabes lo que pasó entre ella y Caleb.
Samuel la tomó del brazo.
—No necesito saberlo. Lo único que importa es que no voy a permitir que destruya esta familia.
Margaret se soltó.
Fue un gesto pequeño, casi insignificante.
Pero era la primera vez en años que se apartaba de él por voluntad propia.
—Creo que ya la destruiste tú.
Samuel levantó la mano, aunque no llegó a tocarla.
Los dos se quedaron mirándose.
Entonces alguien llamó desde el pasillo.
—Señor Pierce, tiene una visita.
Samuel se volvió, furioso por la interrupción.
—¿Quién?
El criado tragó saliva.
—El abogado del señor Edward.
La expresión de Samuel cambió.
—¿Qué abogado?
—El señor Bennett. Dice que necesita hablar con usted sobre el testamento.
Margaret vio cómo su esposo apretaba la mandíbula.
Por primera vez en toda la mañana, pareció asustado.
En la cabaña de los Mercer, Abigail intentaba alimentar a Elena mientras Ruth revisaba al pequeño Samuel.
La joven apenas había dormido.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la carta de su padre y escuchaba su amenaza de quitarle a los niños.
Pero cuando Elena abrió la boca buscando alimento, Abigail dejó de pensar en Samuel Pierce.
Solo existían ella y su hija.
—Tranquila, mi amor —susurró—. Aquí estoy.
Ruth levantó la mirada.
—Tienes una voz bonita cuando les hablas.
Abigail sonrió con tristeza.
—Mi mamá solía cantarme cuando era pequeña.
—¿Todavía lo hace?
La muchacha negó con la cabeza.
—Hace años que no me canta.
Ruth acomodó al niño sobre una manta.
—A veces las personas olvidan cómo amar porque pasan demasiado tiempo intentando complacer a alguien más.
Abigail miró a la anciana.
—¿Crees que mi mamá me quiere?
Ruth no respondió de inmediato.
—No puedo saber lo que hay en su corazón. Pero sí puedo decirte que querer a alguien no basta si nunca tienes el valor de protegerlo.
Abigail bajó los ojos.
Esa era la parte que más le dolía.
No esperaba que su madre pudiera enfrentarse a Samuel en todas las cosas. Había crecido viéndola ceder ante él, bajar la voz cuando se enojaba y aceptar decisiones que no compartía.
Pero cuando la empujaron del carromato, Margaret había tenido una oportunidad.
Solo una.
Y no la había aprovechado.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
Daniel entró con un plato de pan y un pequeño cuenco de mantequilla.
—Te traje algo de comer.
—Gracias.
Él dejó la bandeja junto a la cama.
—El alguacil salió hacia el pueblo. Quiere hablar con el abogado de tu abuelo.
Abigail levantó la cabeza.
—¿Mi abuelo tenía un abogado?
—Sí. Se llama Arthur Bennett. Según Reed, fue él quien preparó el testamento.
La joven se quedó pensativa.
—Entonces él puede confirmar si los documentos son auténticos.
—Eso espera el alguacil.
Abigail tomó un pedazo de pan.
—¿Puedo preguntarte algo?
Daniel se sentó en una silla junto a la ventana.
—Claro.
—¿Por qué me ayudaste?
Él pareció sorprendido.
—Ya te lo dije. No podía dejarte en la nieve.
—Pero no me conocías. No sabías quién era mi padre ni qué había pasado.
Daniel miró el fuego.
—Cuando tenía veinte años, mi hermana menor enfermó durante una tormenta. Vivíamos lejos del pueblo. Mi padre salió a buscar ayuda, pero nunca regresó a tiempo.
Abigail guardó silencio.
—Mi hermana sobrevivió, pero perdió la capacidad de caminar durante muchos años. Mi madre nunca dejó de culparse por no haber encontrado una forma de sacarla de casa antes de que empeorara. Desde entonces, mi familia decidió que nunca dejaríamos a alguien sufrir solo si podíamos hacer algo para ayudar.
Daniel volvió la mirada hacia ella.
—No podía cambiar lo que tu padre hizo. Pero podía sacarte de la nieve.
Abigail sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Gracias.
Él asintió.
—Descansa. Cuando estés más fuerte, podrás decidir qué hacer después.
La joven miró a sus hijos.
—Voy a necesitar trabajo.
—Lo encontrarás.
—También necesitaré un lugar donde vivir.
Daniel señaló la habitación.
—Puedes quedarte aquí mientras te recuperas.
Abigail abrió la boca para protestar, pero él levantó una mano.
—No te estoy haciendo un favor para que me debas algo. Mi madre y yo tenemos espacio suficiente. Cuando estés lista para irte, te ayudaremos a encontrar un lugar.
Por primera vez en mucho tiempo, Abigail sintió que alguien le ofrecía ayuda sin intentar controlarla.
Y eso le dio fuerzas.
Al mediodía, el alguacil Reed regresó acompañado por un hombre de cabello gris que llevaba un maletín de cuero.
—Abigail Pierce —dijo el desconocido—, mi nombre es Arthur Bennett. Fui abogado de tu abuelo.
La joven intentó incorporarse.
—¿Usted sabe qué me dejó?
Bennett colocó el maletín sobre la mesa.
—Sé exactamente qué te dejó. Y también sé que Samuel ha estado intentando impedir que recibas tu herencia.
Abigail apretó la manta.
—¿Por qué?
El abogado abrió el maletín y sacó varios documentos.
—Porque tu abuelo dejó instrucciones que no le permiten a Samuel disponer libremente de todos los bienes familiares.
Ruth se acercó para escuchar.
—¿Qué instrucciones?
Bennett ordenó los papeles.
—La granja principal debía permanecer bajo la administración de Samuel mientras viviera. Sin embargo, las tierras de Silver Creek, una parte de las ganancias del aserradero y una suma considerable de dinero debían pasar a Abigail cuando cumpliera dieciocho años.
Abigail lo miró sin comprender.
—¿Cuánto dinero?
El abogado le mostró una cifra escrita en la primera página.
La joven se llevó una mano a la boca.
Era una cantidad suficiente para comprar una casa, mantener a sus hijos y vivir sin depender de Samuel.
—¿Mi padre sabía esto?
—Sí. Estuvo presente cuando se leyó el testamento original.
—Entonces, ¿por qué me ha amenazado?
Bennett respiró profundamente.
—Porque descubrió que tu abuelo también había dejado una condición adicional.
Reed se inclinó hacia la mesa.
—¿Qué condición?
El abogado sacó una hoja más pequeña.
—Si se demostraba que Samuel había malversado dinero de las propiedades, el tribunal podría retirar su administración y nombrar a otra persona para proteger los bienes.
Caleb, que había permanecido en silencio junto a la puerta, dio un paso al frente.
—Eso es lo que mi abuelo descubrió.
Bennett lo miró con sorpresa.
—¿Tú eres Caleb Whitmore?
—Sí.
—Edward me habló de ti. Dijo que tenías documentos relacionados con las cuentas del aserradero.
Caleb asintió.
—Los tengo.
El abogado se volvió hacia Abigail.
—Entonces quizá podamos impedir que tu padre vuelva a amenazarte con la herencia.
La joven sintió que una pequeña esperanza comenzaba a crecer dentro de ella.
Pero antes de que pudiera responder, Bennett sacó un último documento.
—Hay algo que debes saber. Tu abuelo no solo dejó dinero y propiedades. También dejó una carta personal para ti, con instrucciones de entregártela únicamente si Samuel intentaba obligarte a renunciar a tus derechos.
Abigail extendió la mano.
El abogado le entregó el sobre.
Su nombre estaba escrito con la letra temblorosa de Edward Pierce.
La joven rompió el sello y comenzó a leer.
«Mi querida Abigail:
Si has recibido esta carta, significa que Samuel ha hecho precisamente aquello que más temía: intentar controlar tu vida para conservar su poder.
Pero existe una razón que nunca pude explicarte.
La noche en que Samuel llegó a mi casa siendo apenas un bebé, no vino solo. Su madre traía consigo una pequeña caja de madera y un documento firmado por Esteban Valdés.
Ese documento no solo explicaba el origen de Samuel.
También demostraba que alguien había mentido sobre la muerte de su verdadero padre».
Abigail dejó de leer.
—¿Qué significa esto?
Bennett miró a Caleb.
Caleb palideció.
—Creo que sé quién firmó ese documento.
El abogado cerró los ojos un instante.
—Yo también.
Abigail sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Quién?
Arthur Bennett levantó la mirada.
—Tu abuela paterna. La mujer que todos en esta familia creen que murió antes de que tú nacieras.
Abigail apretó la carta.
—Mi abuela está muerta.
—Eso es lo que Samuel siempre ha dicho —respondió Bennett—. Pero hace apenas una semana recibí una carta de una mujer que afirma ser ella.
El silencio se volvió absoluto.
—¿Dónde está? —preguntó Abigail.
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El abogado guardó cuidadosamente los documentos.
—En el pueblo. Y quiere verte.
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