Chapter 4: La firma que reveló la traición más oscura de Samuel Pierce
El alguacil Thomas Reed volvió a mirar la firma al pie del documento y comprendió que el hombre que había denunciado la desaparición de Abigail llevaba días preparando una mentira mucho más peligrosa.
—Esta firma es reciente —dijo, acercando el papel a la lámpara—. Y si no me equivoco, Samuel Pierce acaba de cometer un error que podría costarle todo.
Abigail estaba recostada junto al fuego, con sus gemelos protegidos bajo las mantas. Apenas tenía fuerzas para mantenerse despierta, pero aquellas palabras la obligaron a incorporarse.
—¿Qué significa eso?
Reed señaló la fecha.
—Este documento supuestamente confirma que tu abuelo transfirió ciertas propiedades antes de morir. Sin embargo, aquí aparece la firma de Samuel como testigo, y la fecha corresponde a dos días atrás.
Caleb Whitmore apretó los puños.
—Eso es imposible. Edward murió hace meses.
—Precisamente —respondió Reed—. Si alguien modificó este documento para hacerlo pasar por una declaración legítima, estamos ante una posible falsificación.
Abigail sintió que el estómago se le encogía.
—¿Mi padre falsificó la firma de mi abuelo?
—Todavía no puedo afirmarlo —dijo el alguacil—. Pero necesitamos encontrar el original.
Caleb se acercó a la mesa.
—Sé dónde buscarlo.
Todos lo miraron.
—En el despacho de Samuel —continuó—. Tu abuelo guardaba los documentos más importantes en una caja de hierro escondida detrás de un estante de libros. Samuel siempre creyó que nadie más conocía ese lugar.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Abigail.
Caleb vaciló.
—Porque tu abuelo me pidió que lo ayudara a organizar sus cuentas. Durante las últimas semanas de su vida, sospechaba que alguien estaba sacando dinero de la granja.
—¿Y nunca se te ocurrió decírmelo?
—Intenté hacerlo.
—¿Cuándo?
—La última vez que te vi, antes de marcharme.
Abigail soltó una risa sin alegría.
—Lo único que recuerdo es que me dijiste que volverías pronto.
Caleb bajó la cabeza.
—Había descubierto que Samuel revisaba tus cartas. También había encontrado una nota en la que te llamaba una amenaza para su futuro. Pensé que, si me alejaba, dejaría de vigilarte mientras yo buscaba pruebas.
—¿Y te pareció mejor dejarme sola?
—No. Me equivoqué.
La respuesta fue tan sencilla que Abigail no supo qué contestar.
Durante meses había imaginado docenas de explicaciones para la desaparición de Caleb. Algunas veces creyó que nunca la había amado. Otras, que se había marchado porque no quería hacerse responsable del bebé.
Nunca había imaginado que su padre pudiera estar involucrado.
Pero tampoco podía aceptar que Caleb hubiera tomado decisiones sobre su vida sin consultarla.
—No vuelvas a decidir por mí —le dijo—. Si quieres ayudarme, me dirás la verdad, aunque sea dolorosa.
Caleb asintió.
—Te lo prometo.
Ruth apareció junto a la cama con una taza de caldo.
—Primero vas a comer algo. Después veremos cómo resolver los problemas de los adultos.
Abigail intentó sonreír.
—No tengo hambre.
—No te pregunté si tenías hambre, mija. Acabas de traer dos criaturas al mundo y necesitas recuperar fuerzas.
La firmeza de la mujer le recordó a su abuela materna, que había muerto cuando Abigail tenía nueve años.
Tomó la taza con ambas manos y bebió lentamente.
El calor le devolvió un poco de vida a los dedos.
Entonces la niña empezó a llorar.
Ruth la levantó con cuidado y la colocó junto a su hermano. Los dos bebés estaban débiles, pero respondían al calor y al alimento.
—Necesitan que los vigilemos de cerca —dijo Ruth—. No podemos permitir que pierdan temperatura.
Abigail acarició la frente de su hija.
—¿Puedo ponerle un nombre?
—Por supuesto, mi niña.
La joven observó el rostro diminuto de la pequeña.
—Elena.
Ruth sonrió.
—Samuel y Elena. Dos nombres hermosos.
Abigail guardó silencio unos segundos.
—Mi abuelo decía que Elena significa luz. Quiero que mi hija tenga una vida en la que no tenga que esconderse de nadie.
Daniel, que había permanecido cerca de la ventana, se volvió hacia ellas.
—Y la tendrá.
Lo dijo con tanta seguridad que Abigail sintió que algo dentro de ella comenzaba a recomponerse.
No sabía qué ocurriría cuando terminara la tormenta.
No sabía si volvería a tener una casa.
Pero ya no estaba sola.
Al amanecer, el viento perdió fuerza.
Daniel salió a revisar el camino y descubrió que la nieve había cubierto casi por completo las huellas del caballo. Aun así, consiguió encontrar el sendero que llevaba hacia el pueblo.
Cuando regresó, traía una expresión sombría.
—Hay alguien esperando cerca del puente.
El alguacil Reed se puso de pie.
—¿Quién?
—Un hombre con un carromato. Dice que viene de parte de Samuel Pierce.
Abigail sintió un escalofrío.
—¿Mi padre?
—No lo vi bien —respondió Daniel—. Pero llevaba el escudo de la familia en la puerta del carromato.
Caleb se acercó a la ventana.
—No puede ser Samuel. El camino desde la granja está bloqueado por la nieve.
—Entonces mandó a alguien —dijo Reed.
El alguacil guardó los documentos en una cartera de cuero.
—Daniel, quédate con Abigail y los niños. Caleb, tú vendrás conmigo al puente.
Abigail intentó incorporarse.
—Yo también voy.
Ruth la miró como si acabara de decir una locura.
—Ni pensarlo.
—Es mi padre. Si ha venido a buscarme, quiero escucharlo.
—Acabas de dar a luz a dos bebés en medio de una tormenta —respondió Ruth—. Tu cuerpo necesita descanso.
—Mi padre ya decidió demasiadas cosas por mí.
La anciana apretó los labios.
Comprendía la rabia de Abigail, pero también sabía que una caminata sobre la nieve podía ponerla en peligro.
—No te estoy diciendo que te quedes aquí para siempre. Te estoy diciendo que no vas a arriesgar tu vida esta mañana.
Abigail bajó la mirada hacia sus hijos.
Finalmente asintió.
—Entonces tráiganme lo que diga. Todo.
Reed y Caleb salieron.
Daniel se quedó junto a la puerta, con una escopeta descargada colgada del hombro para poder espantar a cualquier animal que se acercara. No pretendía usarla contra nadie, pero no quería que Abigail sintiera que estaba indefensa.
Pasó casi una hora antes de que escucharan voces afuera.
La puerta se abrió.
Reed entró primero, seguido por Caleb.
El alguacil tenía la mandíbula tensa.
—Era tu madre.
Abigail sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¿Mi mamá está aquí?
—Está en el puente. No quiso entrar porque dice que tu padre le prohibió acercarse a esta cabaña.
Abigail cerró los ojos.
Incluso ahora, Margaret Pierce seguía obedeciendo a Samuel.
—¿Qué quería?
Reed dejó un sobre sobre la mesa.
—Entregarte esto.
Abigail reconoció el sello de la familia.
—¿Lo leyó?
—Dijo que no sabía qué contenía.
La joven abrió el sobre.
Dentro encontró una hoja escrita con la letra firme de su padre.
«Abigail:
Has causado suficiente vergüenza a esta familia. Regresarás a la granja antes de que el pueblo comience a hablar de tus hijos.
Si aceptas firmar los documentos que te presentaré, te proporcionaré un lugar donde vivir y pagaré los gastos de los niños.
Si te niegas, declararé ante las autoridades que eres incapaz de cuidarlos y solicitaré su custodia.
No confundas la ayuda con el perdón.
Samuel Pierce».
Abigail leyó la carta dos veces.
Después la dejó sobre la mesa.
—Quiere quitarme a mis hijos.
Caleb dio un paso hacia ella.
—No podrá hacerlo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no tiene derecho a quedarse con ellos solo porque sea tu padre.
El alguacil intervino.
—Caleb tiene razón en eso. Samuel no puede quitarte la custodia simplemente porque esté disgustado contigo. Pero si presenta una acusación formal, tendremos que responder con pruebas.
Abigail miró la carta.
Su padre no le había preguntado si estaba viva.
No había preguntado si los bebés habían sobrevivido.
Solo quería que regresara y firmara.
—¿Qué documentos quiere que firme? —preguntó.
Caleb se sentó frente a ella.
—Probablemente una renuncia a la herencia. Si consigue que firmes antes de cumplir dieciocho años, intentará utilizar el documento para demostrar que aceptaste sus condiciones.
—¿Y si me niego?
—Tendrá que explicar por qué necesita tu firma.
Abigail miró a Reed.
—Quiero que conserve esa carta como prueba.
El alguacil asintió.
—Lo haré.
—Y quiero que le diga a mi padre que no regresaré a la granja.
Reed la observó con atención.
—¿Estás segura?
Abigail miró a Samuel, dormido junto a ella, y después a Elena.
—Nunca había estado tan segura de algo en mi vida.
Al otro lado del valle, Margaret Pierce subió al carromato con las manos temblorosas.
Samuel la esperaba en el asiento delantero.
—¿Se la entregaste?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Margaret tardó en contestar.
—No quiso regresar.
Samuel apretó las riendas.
—Entonces tendremos que hacerlo de otra manera.
—Samuel, por favor. La muchacha acaba de dar a luz. Tiene dos bebés.
—Y tendrá dos bocas más que alimentar. Volverá cuando comprenda que no puede sobrevivir sin nosotros.
Margaret miró hacia el bosque.
—La dejaste morir en la nieve.
—Y alguien la encontró. Eso ya no importa.
—¿Cómo puedes decir eso?
Samuel volvió la cabeza.
—Porque, si esa muchacha llega a cumplir dieciocho años con esos documentos en sus manos, perderemos todo lo que hemos construido.
Margaret se quedó inmóvil.
—¿Todo?
—La granja, el aserradero y las tierras. Tu hija podría reclamar una parte que no le corresponde.
—Pero Edward se la dejó.
Samuel la miró con una frialdad que nunca antes le había mostrado.
—Edward dejó demasiadas cosas que no comprendía.
—Era tu padre.
—Era un viejo que creyó poder controlar mi vida desde la tumba.
Margaret sintió que algo se rompía dentro de ella.
—¿Qué hiciste, Samuel?
Su esposo volvió la mirada hacia el camino.
—Lo necesario.
—¿Qué significa eso?
Samuel chasqueó la lengua para que el caballo avanzara.
—Significa que no volverás a mencionar el testamento.
Margaret comenzó a llorar en silencio.
Pero antes de que pudiera decir otra palabra, Samuel añadió algo que la hizo palidecer.
—Y si Abigail encuentra a Caleb Whitmore, dile adiós a la vida que conoces. Porque ese muchacho tiene una prueba que podría demostrar quién era realmente Edward Pierce.
Margaret lo miró aterrorizada.
—¿Qué prueba?
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Samuel no respondió.
Y en ese momento, ella comprendió que el hombre con quien había compartido más de veinte años de matrimonio guardaba secretos que ni siquiera su esposa conocía.
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