Calm

Chapter 1: Los gritos que el viento no pudo apagar

—¡El primer bebé viene ahora mismo, Abigail! ¡Mírame, hija, no cierres los ojos!

La voz de Ruth Mercer atravesó el pequeño refugio como un golpe de campana. Afuera, la tormenta azotaba las paredes de madera, sacudiendo las ventanas y cubriendo de nieve todo lo que encontraba a su paso.

Abigail Pierce, de apenas diecisiete años, apretó las sábanas entre sus dedos.

Sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. Cada contracción la partía en dos, y el frío que había soportado durante el camino seguía instalado en sus huesos, como si la tormenta hubiera entrado con ella y se negara a salir.

—No puedo... —sollozó—. Señora Ruth, no puedo hacerlo.

La mujer mayor le apartó un mechón húmedo de la frente.

—Sí puedes, mi niña. Has sobrevivido a cosas que muchas personas no soportarían. Ahora necesito que respires y escuches mi voz.

Abigail intentó obedecer.

Pero cuando cerró los ojos, volvió a ver a su padre.

Samuel Pierce sujetándola del brazo.

La puerta trasera del carromato abierta.

La nieve tragándose sus rodillas.

Y su madre, Margaret, mirándola desde el asiento delantero con lágrimas en los ojos, sin mover un solo dedo para impedir que la arrojaran al camino.

—Mi mamá sabía que los bebés estaban por nacer —murmuró Abigail—. Lo sabía y aun así dejó que me tiraran.

Ruth dejó de acomodar las mantas durante un instante.

Había atendido partos difíciles, había visto mujeres llorar de miedo y había acompañado a madres que llegaban a su cabaña después de caminar kilómetros. Pero había algo en la mirada de aquella muchacha que le apretaba el corazón.

No era solamente miedo al parto.

Era el dolor de alguien que acababa de descubrir que las personas a quienes más amaba podían abandonarla sin mirar atrás.

—Lo que hicieron estuvo mal —respondió Ruth con firmeza—. No importa lo que te hayan dicho. Ninguna muchacha merece terminar en la nieve por estar embarazada.

Abigail soltó un gemido cuando otra contracción la obligó a incorporarse.

—¡Daniel! —gritó Ruth—. ¡Necesito más agua caliente!

Desde la cocina, el hombre respondió de inmediato.

—¡Ya voy!

Daniel Mercer había vivido en aquellas montañas durante casi diez años. Conocía los senderos, los cambios repentinos del clima y las señales que advertían cuándo una tormenta podía convertirse en una sentencia de muerte.

Sin embargo, nunca había sentido una impotencia semejante.

Cuando encontró a Abigail entre los pinos, apenas podía mantenerse de pie. Tenía los labios morados, la ropa empapada y una mano apretada contra su vientre.

Lo primero que pensó fue que no sobreviviría hasta el amanecer.

Lo segundo fue que, si la dejaba allí, jamás podría perdonárselo.

Ahora caminaba de un lado a otro frente al fogón, calentando agua y preparando más leña mientras escuchaba los gritos que llegaban desde la habitación.

Su madre salió un momento.

—Daniel, necesito que te quedes cerca de la puerta. Si algo sale mal, tendrás que ir por el médico.

Él miró hacia la ventana.

Afuera, el mundo había desaparecido detrás de una pared blanca.

—No puedo salir con esta tormenta.

—Lo sé. Por eso debemos hacer todo lo posible aquí.

Daniel bajó la mirada.

—¿Crees que los bebés van a sobrevivir?

Ruth no le ofreció una promesa que no podía garantizar.

—Voy a hacer todo lo que esté en mis manos.

Regresó junto a Abigail.

La joven tenía el rostro empapado en sudor, a pesar del frío que todavía parecía aferrarse a su piel.

—Cuando nazca el primero, no significa que el segundo tardará mucho —le explicó Ruth—. Son dos, Abigail. Necesitaremos fuerzas para ambos.

La muchacha asintió débilmente.

—No quiero que mueran.

—Entonces quédate conmigo.

—Ni siquiera sé cómo voy a mantenerlos. No tengo dinero, no tengo casa y mi papá...

La voz se le quebró.

—Mi papá me odia.

Ruth se inclinó hasta quedar a la altura de sus ojos.

—Escúchame bien. No sé qué ocurrió antes de que te encontráramos, pero sé reconocer a una niña aterrorizada. Y sé reconocer a una madre que, incluso con miedo, está luchando por sus hijos.

Abigail se llevó una mano al vientre.

—No quería que nacieran así.

—Ninguna madre puede elegir todas las circunstancias de su vida. Pero todavía puedes elegir lo que harás por ellos.

La siguiente contracción llegó con tanta fuerza que Abigail gritó.

Ruth le sostuvo la mano.

—¡Ahora, Abigail! ¡Empuja!

La joven reunió las pocas fuerzas que le quedaban.

Durante unos segundos, solo se escuchó el rugido de la tormenta y la respiración desesperada de la muchacha.

Entonces, un llanto diminuto llenó la habitación.

Ruth levantó al recién nacido y lo envolvió rápidamente en una manta limpia.

—¡Es un niño!

Abigail abrió los ojos.

—¿Está vivo?

—Está vivo, mi niña. Está llorando con todas sus fuerzas.

La mujer colocó al pequeño cerca del pecho de su madre, manteniéndolo abrigado.

Abigail lo miró como si estuviera contemplando algo imposible.

Tenía la carita enrojecida, los puños cerrados y una pequeña marca oscura cerca de la oreja izquierda.

—Hola, mi amor —susurró ella—. Hola, mi pequeño.

Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas.

No eran lágrimas de dolor.

Por primera vez desde que su padre la había arrojado del carromato, Abigail sintió que algo hermoso podía nacer de aquella noche.

—¿Cómo vas a llamarlo? —preguntó Ruth.

Abigail acarició con la punta del dedo la mejilla del bebé.

—Samuel.

La anciana levantó la mirada, sorprendida.

—¿Como tu padre?

La expresión de Abigail se endureció por un instante.

—No. Como el nombre que yo quería darle antes de saber lo que él era capaz de hacer.

Ruth comprendió que aquella decisión escondía más dolor del que la muchacha podía explicar.

—Está bien, entonces. Samuel será.

Pero la tranquilidad duró poco.

El vientre de Abigail volvió a endurecerse y un nuevo grito escapó de su garganta.

Ruth revisó al bebé, se aseguró de que estuviera abrigado y volvió a concentrarse en la madre.

—Muy bien, Abigail. Todavía falta tu segundo pequeño.

—Estoy cansada.

—Lo sé.

—No siento las piernas.

Ruth le tomó el rostro con ambas manos.

—Mírame. Tu hijo necesita que sigas aquí. Y el otro también.

Abigail volvió la cabeza hacia el pequeño envuelto en la manta.

Su hijo.

Tenía un hijo.

Y en algún lugar de aquella tormenta, su padre probablemente estaría convencido de que había eliminado la vergüenza de su familia.

No sabía que, mientras él intentaba deshacerse de ella, una vida acababa de llegar al mundo.

Tampoco sabía que aquella noche dejaría una huella que terminaría persiguiéndolo durante años.

—Está bien —dijo Abigail, respirando con dificultad—. Lo haré por ellos.

Ruth sonrió apenas.

—Eso es, mi niña.

La siguiente hora pareció interminable.

Abigail luchó contra el dolor, contra el agotamiento y contra la desesperación que amenazaba con vencerla.

Daniel permanecía en la habitación contigua, escuchando cada sonido y manteniendo el fuego encendido.

Finalmente, Ruth gritó:

—¡Ya casi, Abigail! ¡Una vez más!

La joven apretó los dientes.

Y entonces llegó el segundo llanto.

Más débil que el primero, pero igual de real.

Ruth lo envolvió cuidadosamente y lo examinó con atención.

—Es una niña.

Abigail dejó escapar un sollozo que parecía venir desde lo más profundo de su alma.

—¿Está bien?

Ruth tardó un segundo en responder.

Fue apenas un instante, pero Abigail lo notó.

—¿Qué pasa? —preguntó aterrorizada—. ¿Qué tiene mi hija?

La anciana se acercó al fuego para verla mejor.

La pequeña tenía los ojos cerrados y respiraba de manera irregular. Ruth la frotó suavemente con una manta tibia y le habló con voz firme, intentando estimularla.

—Vamos, pequeña. Respira para tu mamá.

Abigail extendió los brazos.

—Dámela, por favor.

—Primero necesito asegurarme de que esté estable.

—¡Por favor! ¡Es mi hija!

Ruth se volvió hacia ella.

—Y voy a hacer todo lo que pueda para ayudarla. Pero necesito que confíes en mí.

Abigail se quedó inmóvil, mirando a la anciana luchar por su bebé.

El pequeño Samuel comenzó a llorar junto a su pecho.

La tormenta seguía golpeando el techo.

Y Abigail sintió que el destino volvía a ponerla a prueba cuando apenas acababa de comenzar su nueva vida.

Entonces, desde la entrada, Daniel gritó:

—¡Mamá! ¡Hay alguien afuera!

Ruth levantó la cabeza.

—¿Qué?

—¡Una persona viene por el sendero!

Abigail sintió que la sangre se le helaba.

Nadie podía llegar hasta aquella cabaña en medio de semejante tormenta.

Nadie, excepto alguien que conociera el camino.

Y de pronto recordó el carromato.

Recordó la voz de su padre.

Recordó la forma en que la había mirado antes de empujarla.

—No dejes que entre —susurró.

Daniel apareció en la puerta de la habitación.

—Abigail, ¿quién crees que es?

La joven apretó a su hijo contra el pecho.

—Si es mi padre, dile que estoy muerta.

Afuera, alguien golpeó la puerta principal tres veces.

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Y una voz masculina gritó entre el viento:

—¡Daniel Mercer! ¡Abre! ¡Vengo por la muchacha Pierce!

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