Calm

Chapter 2: El hombre que conocía el secreto de su familia

Daniel se quedó inmóvil al escuchar el apellido Pierce.

Su madre apareció detrás de él, sosteniendo a la recién nacida contra su pecho mientras intentaba mantenerla caliente.

—¿Quién es? —preguntó Ruth.

El hombre volvió la mirada hacia la puerta.

—No lo sé.

Otro golpe hizo temblar el marco.

—¡Mercer! ¡Sé que estás ahí! ¡Abre de una vez!

La voz sonaba desesperada, pero también autoritaria.

Daniel conocía aquel tono. Era el de un hombre acostumbrado a dar órdenes y esperar que los demás obedecieran.

—Quédate con Abigail —le dijo a su madre.

Ruth negó con la cabeza.

—No abras hasta que sepamos quién es.

Pero la voz volvió a escucharse.

—¡La muchacha está en peligro! ¡Si no me dejas entrar, podríamos perderla a ella y a los niños!

Abigail palideció.

Había algo en aquella voz que le resultaba familiar, aunque no podía distinguir de dónde.

—¿Es mi papá? —preguntó.

Daniel regresó a la habitación.

—No lo sé. Pero voy a averiguarlo.

Abigail sujetó su muñeca.

—Si es él, no le creas. Mi padre no vino a buscarme para salvarme.

—¿Cómo puedes estar segura?

Ella miró al pequeño Samuel.

—Porque tuvo la oportunidad de salvarme antes. Y me arrojó a la nieve.

Daniel no respondió.

Había escuchado muchas historias de hombres crueles, pero nunca había entendido cómo un padre podía mirar a su propia hija y decidir que su vida valía menos que su reputación.

Se acercó a la ventana lateral y retiró apenas la cortina.

La nieve dificultaba la visión.

Aun así, alcanzó a distinguir una figura junto a la entrada, envuelta en un abrigo largo y con un sombrero cubierto de hielo.

El hombre sostenía una linterna.

Y llevaba una insignia metálica prendida al pecho.

Daniel abrió la puerta solo lo suficiente para hablar.

—¿Quién eres?

—El alguacil Thomas Reed.

El desconocido levantó la insignia.

—Vengo desde el pueblo. Busco a Abigail Pierce.

Daniel frunció el ceño.

—¿Por qué?

El alguacil se quitó un guante y sacó un papel doblado del bolsillo interior de su abrigo.

—Porque su padre denunció su desaparición.

Daniel sintió que la rabia le subía por el pecho.

—¿Su padre?

—Samuel Pierce. Dice que su hija huyó de casa durante la tormenta. Afirma que está embarazada y que podría haberse perdido en el bosque.

Desde la habitación, Abigail escuchó cada palabra.

Su madre la había llamado deshonra.

Su padre la había arrojado al camino.

Y ahora pretendía convencer a todo el pueblo de que ella había huido por voluntad propia.

—¡Está mintiendo! —gritó Abigail.

El alguacil levantó la cabeza al escucharla.

—¿Esa es ella?

Daniel abrió un poco más la puerta.

—Sí. Y antes de que hagas cualquier pregunta, debes saber que la encontramos a punto de morir congelada. Acaba de dar a luz a dos bebés.

El alguacil perdió el color del rostro.

—¿Dos?

—Un niño y una niña.

Reed se quitó el sombrero.

—Dios mío.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Después, el alguacil guardó el documento.

—Necesito verla.

Daniel se interpuso.

—No va a entrar nadie sin que ella esté de acuerdo.

Reed lo miró con sorpresa.

—Soy el alguacil.

—Y ella es una muchacha que acaba de sobrevivir a una noche terrible. No pienso permitir que la asustes.

La expresión del hombre cambió.

En lugar de enojarse, bajó la voz.

—No vine a hacerle daño. Vine porque conozco a Samuel Pierce desde hace muchos años.

Aquellas palabras despertaron algo en Abigail.

—¿Usted lo conoce?

El alguacil miró hacia el interior de la cabaña.

—Sí, señorita.

—Entonces sabe de lo que es capaz.

Reed no contestó inmediatamente.

Y ese silencio fue suficiente para que Abigail comprendiera que había algo más.

—¿Qué sabe? —preguntó.

Ruth se acercó a la cama con la niña entre los brazos.

La pequeña respiraba mejor, aunque seguía necesitando calor y vigilancia.

—Abigail, necesitas descansar.

—No puedo descansar si todos saben algo de mi familia menos yo.

El alguacil entró finalmente, después de que Daniel le permitiera pasar.

Se quedó cerca de la puerta, respetando la distancia.

—Hace unos meses, tu padre acudió a mi oficina para hacerme una pregunta extraña.

Abigail sintió un escalofrío.

—¿Cuál?

—Quería saber si una persona podía ser declarada incapaz de administrar sus propiedades por razones de salud.

Ella parpadeó.

—¿Qué tiene eso que ver conmigo?

—En aquel momento no me dio ningún nombre. Pero semanas después regresó con documentos relacionados con tu abuelo.

El corazón de Abigail comenzó a latir con fuerza.

Su abuelo, Edward Pierce, había muerto el invierno anterior.

Había sido un hombre severo, pero nunca la había tratado con crueldad. Cuando Abigail era pequeña, le enseñaba a leer junto a la ventana de la cocina y le permitía acompañarlo al establo.

Antes de morir, le había prometido que algún día tendría una casa propia.

Una casa donde nadie pudiera obligarla a marcharse.

—Mi abuelo no tenía propiedades importantes —dijo ella—. Solo la granja.

Reed la observó con atención.

—Eso es lo que tu padre quiere que creas.

Daniel cruzó los brazos.

—¿Qué estás diciendo, alguacil?

Reed sacó otro papel.

—Edward Pierce poseía tierras cerca de Silver Creek. También tenía una cuenta de ahorros y una participación en el aserradero del valle. Según los documentos que presentó, Samuel quedó a cargo de todo después de su muerte.

Abigail negó lentamente con la cabeza.

—Mi abuelo nunca me habló de eso.

—Tal vez no quería preocuparte —respondió Reed—. O tal vez esperaba que su abogado se encargara de explicártelo cuando alcanzaras la mayoría de edad.

—¿Por qué mi padre preguntaría cómo declarar incapaz a alguien?

El alguacil no apartó la mirada.

—Porque, según el testamento de tu abuelo, una parte de la herencia debía quedar a tu nombre cuando cumplieras dieciocho años.

Abigail sintió que el cuarto comenzaba a girar.

Dieciocho años.

Le faltaban unos meses.

Su padre no solo la había rechazado por estar embarazada.

Quizá había intentado deshacerse de ella antes de que pudiera reclamar algo que le pertenecía.

—No —susurró—. Mi papá jamás haría algo así.

Daniel la miró con tristeza.

—Abigail...

—¡No! —repitió ella, aunque la voz le temblaba—. Él puede ser cruel, pero es mi padre.

Reed dobló cuidadosamente los documentos.

—No puedo asegurar que haya cometido un delito. Necesito pruebas. Pero cuando Samuel denunció tu desaparición, también mencionó que tu embarazo te había hecho perder la razón.

La joven se quedó helada.

—¿Qué?

—Dijo que estabas confundida, que no sabías lo que hacías y que habías salido de casa por voluntad propia.

Abigail soltó una risa breve y amarga.

—Me sacó a la fuerza de su carromato.

—Lo sé ahora —dijo Reed—. Pero necesito que me cuentes todo lo que ocurrió.

Ruth se interpuso.

—No esta noche. Apenas ha sobrevivido al parto.

El alguacil asintió.

—Está bien. Regresaré cuando las condiciones permitan viajar. Pero hay algo más que deben saber.

Daniel se acercó.

—¿Qué cosa?

Reed miró hacia Abigail.

—Samuel no es el único que está buscando a esta muchacha.

Un silencio pesado cayó sobre la habitación.

—¿Quién más? —preguntó ella.

—Un hombre llamado Caleb Whitmore. Llegó al pueblo hace tres días. Ha estado haciendo preguntas sobre tu embarazo y sobre el lugar donde te encuentras.

Abigail nunca había escuchado ese nombre.

—¿Por qué querría buscarme?

El alguacil guardó silencio durante un momento.

—Porque dice ser el padre de tus hijos.

El mundo pareció detenerse.

Abigail sintió que el bebé que tenía junto al pecho se movía ligeramente.

Miró a Daniel, luego a Ruth y finalmente al alguacil.

—Eso es imposible.

—¿Lo conoces? —preguntó Reed.

La joven tragó saliva.

Durante meses había guardado un secreto que ni siquiera se había atrevido a confesarle a su madre.

No porque hubiera hecho algo malo.

Sino porque sabía que nadie en su familia le creería.

—Lo conocí en la granja de mi abuelo —respondió finalmente—. Caleb trabajaba con los hombres que reparaban la cerca del terreno. Me ayudó cuando mi caballo se asustó junto al arroyo.

—¿Y qué ocurrió después?

Abigail cerró los ojos.

Recordó una tarde de primavera, el olor a hierba recién cortada y una conversación junto al viejo granero.

Recordó a Caleb diciéndole que podía confiar en él.

Y recordó la mañana en que desapareció sin despedirse.

—Me prometió que regresaría —susurró—. Pero nunca volvió.

Reed apretó la mandíbula.

—Pues ahora está aquí.

—¿Sabe que tengo gemelos?

—Eso parece.

Abigail sintió una mezcla de miedo y enojo.

—¿Y por qué no vino antes?

Nadie tuvo una respuesta.

Entonces Ruth miró al pequeño Samuel, que dormía plácidamente junto a su madre.

—Sea quien sea ese hombre, no se acercará a estos niños sin que Abigail lo permita.

El alguacil asintió.

—De acuerdo.

Pero cuando estaba a punto de marcharse, Daniel vio algo que lo hizo detenerse.

Un segundo caballo había aparecido entre los árboles.

No llevaba jinete.

Y atada a la silla había una bolsa de cuero con el sello de la familia Pierce.

Daniel abrió la puerta para examinarla.

Dentro encontró una carta protegida por una cubierta de tela encerada.

En el exterior, alguien había escrito el nombre de Abigail con tinta negra.

El alguacil se acercó.

—¿Quién la dejó ahí?

Daniel miró hacia el bosque.

No había huellas visibles, solo nieve fresca.

Ruth entregó la recién nacida a Abigail y tomó la carta con cuidado.

—No la abras todavía —advirtió.

Pero Abigail ya había reconocido la letra.

Era la de su abuelo.

La misma escritura que recordaba de las tarjetas que él le regalaba en Navidad.

Con manos temblorosas, rompió el sello.

Solo había una frase en la primera página.

«Si tu padre te ha obligado a abandonar la granja, busca a Caleb Whitmore. Él sabe por qué intentaron ocultarte la verdad».

Abigail dejó de respirar por un instante.

Al pie de la carta aparecía una fecha.

La fecha era anterior a la muerte de su abuelo.

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Y debajo había una segunda línea, escrita con una tinta diferente.

«Tu padre no es el hombre que crees que es».

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