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Chapter 9: El secreto de mi nacimiento podía destruir a toda la familia

La fotografía del recién nacido permaneció sobre el escritorio durante varios minutos, mientras Mateo y yo intentábamos comprender por qué el nombre escrito en la pulsera era el mío.

La fecha correspondía a dos días antes de mi nacimiento oficial.

Y el hospital registrado en la esquina de la imagen no era San Gabriel.

Era una clínica privada que había cerrado hacía más de una década.

—Esto no tiene sentido —murmuró Mateo.

Yo miré la fotografía.

El bebé tenía la misma marca junto a la oreja, pero algo más me llamó la atención.

En el reverso aparecía una anotación escrita con tinta azul:

«El primer niño fue registrado con el apellido Vargas. El segundo fue entregado a Esperanza Mendoza».

Sentí que la garganta se me cerraba.

—¿El segundo niño soy yo?

Mateo levantó la mirada.

—No lo sé.

Me aparté del escritorio.

—Otra vez no.

—Aurelio…

—¡Siempre es lo mismo! ¡Nadie sabe nada! ¡Todos tienen fotografías, cartas y documentos, pero nadie puede decirme quién soy!

Mateo intentó acercarse, pero levanté la mano.

—Necesito estar solo.

Subí las escaleras y cerré la puerta de mi habitación.

Me senté en el suelo, junto a la cama, abrazando la fotografía de Inés.

Quería que mi abuela estuviera allí.

Quería escucharla decirme que todo tenía una explicación, que los adultos podían equivocarse y que, aunque la verdad doliera, yo seguía siendo el mismo niño que ella había criado.

Pero mi abuela estaba muerta.

Y yo no sabía si la historia que me había contado sobre mi nacimiento era cierta.

Poco después escuché unos golpes suaves.

—Aurelio, soy Julián.

No respondí.

—No voy a entrar. Solamente quiero decirte algo.

Me quedé quieto.

—Conocí a tu abuela hace muchos años. No hablaba mucho de su pasado, pero siempre decía que un día llegarías a comprender por qué había hecho ciertas cosas.

Me levanté lentamente.

Abrí la puerta.

Julián tenía una pequeña caja entre las manos.

—Encontré esto entre los documentos que Arturo dejó en el despacho.

La caja era de madera oscura, con una cerradura pequeña.

La misma clase de caja que mi abuela había utilizado para guardar sus fotografías.

Julián me la entregó.

—Creo que deberías verla.

Dentro había un cuaderno, dos fotografías y una hoja doblada.

Reconocí la letra de Esperanza.

La primera página del cuaderno contenía una lista de fechas y nombres. Algunas líneas estaban tachadas, pero otras permanecían legibles.

Entre ellas aparecía el nombre de Teresa.

Y debajo, una anotación:

«Teresa aceptó proteger a Inés. No conoce toda la verdad sobre Aurelio».

Leí la frase varias veces.

Mi abuela había confiado en Teresa.

Eso significaba que la mujer no había entrado en mi vida por casualidad.

Quizá había estado cerca de mí desde antes de que yo naciera.

Pasé las páginas.

Encontré registros de visitas al hospital, pagos y nombres de personas que nunca había conocido.

Al final del cuaderno había una carta dirigida a Mateo.

«Si alguna vez encuentras a Aurelio, no le pidas que confíe en ti solamente porque compartan sangre.

Enséñale quién eres.

Demuéstrale que puedes ser el hombre que yo necesité cuando todo comenzó.

Y recuerda algo, Mateo: un padre no es solamente el hombre que engendra a un niño. Es quien se queda cuando todos los demás se marchan».

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Julián bajó la mirada.

—Tu abuela era una mujer extraordinaria.

Asentí.

—Sí.

Volví a mirar el cuaderno.

Entre las últimas páginas encontré un número de teléfono escrito junto a una dirección.

La dirección correspondía a una clínica abandonada en las afueras de la ciudad.

La misma que aparecía en la fotografía del bebé.

Bajé las escaleras con el cuaderno en las manos.

Mateo estaba hablando con varios hombres en el despacho.

Cuando me vio, interrumpió la conversación.

—¿Qué encontraste?

Le mostré la página.

Su rostro se endureció.

—Esa clínica pertenecía a una empresa de nuestro padre.

—¿Podemos ir?

Mateo asintió.

—Sí.

Julián se acercó.

—Jefe, no sabemos si es seguro.

—Precisamente por eso vamos a ir.

Salimos antes del amanecer.

La clínica estaba rodeada de árboles y un muro agrietado. Las ventanas tenían barrotes oxidados y la puerta principal estaba asegurada con una cadena.

Mateo ordenó a sus hombres revisar los alrededores.

Julián encontró una entrada lateral que daba a un pasillo oscuro.

Entramos con linternas.

El aire olía a humedad y polvo.

Había camillas abandonadas, archivadores vacíos y cajas apiladas junto a las paredes.

En una habitación encontramos un viejo letrero con el nombre de la clínica.

Debajo, alguien había escrito con pintura negra:

«Los niños no eran pacientes. Eran herederos».

Mateo se detuvo.

—Nuestro padre estaba involucrado en esto.

—¿En qué? —pregunté.

Mi padre examinó la pared.

—Durante años, la familia mantuvo una fundación que ayudaba a madres sin recursos. Algunas de esas mujeres dieron a luz aquí. Después, varios documentos desaparecieron.

—¿Y los niños?

Mateo respiró profundamente.

—No lo sé.

Continuamos por el pasillo hasta encontrar una puerta metálica cerrada.

La llave que había encontrado en la estación no servía.

Julián examinó la cerradura.

—Necesitaremos ayuda para abrirla.

Pero yo había notado algo junto al marco.

Una pequeña media luna grabada en el metal.

La misma marca de las fotografías.

Me acerqué y presioné la pared a su lado.

Escuché un clic.

La puerta se abrió.

Al otro lado había una habitación pequeña, con una mesa, un archivador y una caja fuerte empotrada en la pared.

Sobre la mesa descansaba una carpeta.

En la portada aparecía el nombre de mi abuela.

Esperanza Mendoza.

Mateo la abrió.

Dentro había varios certificados originales de nacimiento, registros de traslado y una declaración firmada por el doctor Salcedo.

La leí lentamente.

«Yo, Adrián Salcedo, declaro que, por instrucciones de Arturo Vargas, se alteraron los registros de tres menores nacidos entre el 13 y el 15 de junio. El objetivo era impedir que los niños pudieran reclamar la herencia asignada por su abuelo».

Debajo aparecían los nombres de los bebés.

Daniel Mendoza.

Aurelio Mendoza.

Inés Mendoza.

Pero junto a mi nombre había una anotación que no entendí.

«Identidad asignada por protección. Filiación pendiente de confirmación».

Mateo tomó el documento.

—Esto significa que el registro que conocemos fue alterado.

—¿Entonces no soy su hijo? —pregunté.

Mi padre me miró.

—No sabemos todavía qué significa esa anotación. Pero vamos a encontrar la respuesta.

Julián abrió un archivador.

Encontró una segunda declaración, firmada por una enfermera que había trabajado en la clínica.

Según el documento, la noche de mi nacimiento hubo dos mujeres ingresadas con pocas horas de diferencia.

Una era Lucía Vargas.

La otra era una mujer llamada Elena Mendoza.

Mi abuela.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Mi abuela tuvo un bebé?

Mateo leyó el documento.

—No lo sabemos. Pero aquí dice que Elena Mendoza ingresó en la clínica acompañada por una persona cuya identidad fue ocultada.

Había otra página.

La enfermera afirmaba que uno de los bebés fue trasladado a San Gabriel y entregado a Lucía. El otro quedó bajo el cuidado de Esperanza.

Sin embargo, no indicaba cuál era cuál.

—¿Y cómo podemos saberlo? —pregunté.

Mateo examinó los documentos.

—Necesitamos el registro original del laboratorio.

Julián revisó la caja fuerte.

Dentro había un sobre sellado, con una fecha escrita en la esquina.

Lo abrió cuidadosamente.

Encontró una hoja de resultados médicos y una declaración firmada por el doctor Salcedo.

Mateo leyó el documento.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué dice? —pregunté.

No respondió.

Le arrebaté la hoja con manos temblorosas.

No comprendía todos los términos, pero sí reconocí una frase escrita en letras mayúsculas:

«LA PATERNIDAD BIOLÓGICA NO CORRESPONDE A MATEO VARGAS».

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Entonces usted no es mi papá.

Mateo cerró los ojos.

Durante varios segundos no dijo nada.

Después se arrodilló frente a mí.

—Aurelio, mírame.

Negué con la cabeza.

—No.

—Por favor.

Levanté los ojos.

Tenía lágrimas en el rostro.

Nunca había visto llorar a un hombre como Mateo Vargas.

—No sé qué ocurrió aquella noche —dijo—. No sé por qué alguien alteró tus documentos. Pero quiero que sepas que, aunque la sangre diga otra cosa, no voy a dejar de buscar la verdad ni voy a abandonarte.

Me aparté.

—¿Y si no soy su hijo?

Mateo tragó saliva.

—Entonces seguiré siendo el hombre que te prometió protegerte.

No supe qué responder.

Quería creerle.

Pero había pasado demasiado tiempo creyendo cosas que resultaron ser falsas.

Guardé el documento en la carpeta.

—Quiero encontrar a mi mamá.

Mateo asintió.

—La encontraremos.

En ese momento, Julián descubrió un teléfono antiguo conectado a una grabadora.

La pantalla estaba encendida.

Había un mensaje de voz sin reproducir.

La fecha correspondía al día en que murió mi abuela.

Mateo presionó el botón.

La voz del doctor Salcedo llenó la habitación.

—Arturo, los documentos están preparados. El niño ha sido registrado con el apellido Mendoza, pero el resultado del laboratorio demuestra que no pertenece a la línea Vargas.

Se escuchó un golpe.

Después, la voz de Arturo respondió:

—¿Y la niña?

—La niña sigue con Teresa. No sabe nada de lo ocurrido.

Arturo respiró profundamente.

—Entonces asegúrate de que Esperanza no hable. Si revela lo que sabe, perderemos todo.

La grabación terminó.

Nadie se movió.

Mateo apretó los puños.

—Arturo sabía que Aurelio no era mi hijo.

Miré la carpeta.

Había pasado días creyendo que mi padre podía ser un extraño que, por fin, había llegado a rescatarme.

Ahora ni siquiera sabía qué significaba la palabra «padre».

Pero entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.

La puerta metálica se cerró de golpe.

Julián corrió hacia ella.

—¡Está bloqueada!

Mateo se volvió hacia el pasillo.

Una voz salió de un altavoz oculto en la pared.

Era Alejandro.

—Qué conmovedor, tío. Finalmente encontraste los documentos que tanto buscabas.

Mateo golpeó la puerta.

—¡Alejandro!

La voz continuó.

—Pero hay una cosa que ninguno de ustedes ha comprendido. El niño no es un Vargas porque alguien decidió que no lo fuera. Y la única persona que puede demostrar quién es realmente acaba de llegar a la clínica.

Se escucharon pasos al otro lado.

Después, una voz femenina gritó mi nombre.

—¡Aurelio!

Reconocí aquella voz.

Era mi madre.

Corrí hacia la puerta.

—¡Mamá!

Escuché tres golpes desesperados.

Después, Alejandro habló nuevamente.

—Si quieres volver a verla, Aurelio, tendrás que elegir.

Hubo un silencio.

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Y entonces pronunció las palabras que cambiaron todo.

—Puedes salir con tu madre o puedes salvar a la niña que está encerrada en la habitación contigua. Pero solamente tienes tiempo para una de las dos cosas.

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