Calm

Chapter 2: El hombre que conocía el secreto de mi abuela

Nadie me había preguntado nunca quién había dicho que mi abuela murió de causas naturales.

Porque, hasta ese momento, yo no sabía que existía otra posibilidad.

—El médico —respondí—. Eso dijeron los vecinos.

Mateo Vargas cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía el hombre que acababa de luchar por su vida en el río.

Parecía alguien que había encontrado una deuda que llevaba años intentando olvidar.

—¿Qué médico?

—No sé su nombre. Un señor que fue a verla cuando estaba enferma.

El anciano guardaespaldas se acercó un poco más.

—¿Cómo era ese hombre, muchacho?

Intenté recordar.

Mi abuela había estado muy débil aquellos últimos días. Yo había salido a comprar unas tortillas y, cuando regresé, encontré un automóvil gris estacionado frente a la casa.

Un hombre de cabello engominado entró detrás de mí.

No llevaba bata.

Vestía una camisa azul y una cadena de oro que brillaba bajo el cuello.

—Era alto. Tenía un anillo grande en la mano derecha.

El anciano palideció.

Mateo se incorporó con dificultad.

—¿Un anillo con una piedra roja?

Sentí que se me encogía el estómago.

—Sí.

El jefe de los guardaespaldas miró a Mateo.

No necesitó decir nada.

Los dos parecían haber reconocido a la misma persona.

—¿Quién era? —pregunté.

Mateo no respondió.

En cambio, miró al hombre de lentes oscuros que me había detenido antes de saltar al río.

—Rogelio, lleva al muchacho al vehículo.

—Sí, jefe.

Rogelio me sujetó del hombro.

Me aparté inmediatamente.

—No voy a ninguna parte hasta que me digan qué está pasando.

Varios hombres intercambiaron miradas.

Uno incluso soltó una risa nerviosa, como si no pudiera creer que un niño de doce años se atreviera a hablarle así a Mateo Vargas.

Pero Mateo levantó una mano.

Todos guardaron silencio.

—¿Tienes hambre, Aurelio?

La pregunta me tomó desprevenido.

Miré mi costal, que seguía tirado junto a los juncos.

—Sí, señor.

—¿Cuándo fue la última vez que comiste?

—Ayer en la mañana.

El anciano guardaespaldas bajó la mirada.

Mateo apretó los dientes.

—Rogelio, tráele comida. Y una toalla.

—Jefe, deberíamos irnos de inmediato.

—¿Necesitas que te repita la orden?

Rogelio se marchó sin discutir.

Mateo volvió a mirarme.

—No voy a hacerte daño, muchacho.

—Eso dicen todos los que quieren que uno se suba a un carro.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.

Fue una sonrisa breve, cansada.

—Tu abuela también desconfiaba de todo el mundo.

La mención de Esperanza me dolió.

—No hable de ella como si la conociera.

Mateo recibió aquellas palabras sin enfadarse.

—Tienes razón. Todavía no tienes motivos para confiar en mí.

Se sentó en el borde de una camioneta mientras uno de sus hombres le entregaba una chamarra seca.

—Pero hay algo que debes entender. Tu abuela no era la mujer que todos creían.

—Era una vendedora de tamales.

—También.

—Vivía en una casa que se estaba cayendo.

—También.

—Nunca tuvo dinero.

Mateo guardó silencio.

Después dijo:

—El dinero no es la única clase de poder que existe, Aurelio.

Yo no entendía nada.

En ese momento regresó Rogelio con una bolsa de papel y una botella de agua.

Dentro había dos tortas, un plátano y un pequeño recipiente con arroz.

Me entregó la bolsa.

La tomé con tanta rapidez que me dio vergüenza.

—Gracias —murmuré.

—Cómete todo —ordenó Mateo—. Nadie te lo va a quitar.

Me senté en la defensa de la camioneta y mordí la primera torta.

El pan estaba suave.

Tenía frijoles, queso y carne deshebrada.

Por un instante cerré los ojos.

Hacía meses que no comía algo así sin preocuparme de que alguien fuera a arrebatármelo.

Mateo fingió no darse cuenta de que tenía lágrimas en los ojos.

Esperó hasta que terminé la mitad de la torta antes de volver a hablar.

—¿Tu abuela guardaba alguna caja de metal en la casa?

Dejé de masticar.

La pregunta me hizo recordar una imagen que había intentado borrar de mi memoria.

Una noche, aproximadamente dos semanas antes de morir, mi abuela me despertó para pedirme que la acompañara a la cocina.

Había sacado una caja pequeña de debajo de una tabla floja del piso.

Era de metal oscuro, con una cerradura oxidada.

—Si algún día me pasa algo, tienes que esconder esto —me dijo.

Yo había pensado que se trataba de documentos viejos.

—¿Qué hay dentro, abuelita?

—Cosas que algún día te ayudarán a comprender por qué ciertas personas nunca quisieron que nacieras.

No entendí sus palabras.

Ella me hizo prometer que no abriría la caja hasta que cumpliera dieciocho años, salvo que alguien llegara preguntando por ella.

Tres días después enfermó.

Y antes de que pudiera volver a preguntarle, murió.

Cuando los hombres me echaron de la casa, la caja seguía escondida bajo la tabla.

Yo no la había tomado.

Ni siquiera había pensado en ella.

—Sí —respondí lentamente—. Había una caja.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Dónde está?

—En la casa donde vivía mi abuela.

—¿Todavía puedes entrar?

Negué con la cabeza.

—Cambiaron la cerradura. Ahora vive otra gente.

El anciano guardaespaldas intercambió una mirada con Mateo.

—Entonces ya llegaron antes que nosotros —dijo.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Quiénes?

Mateo se levantó.

—Rogelio, averigua quién ocupa esa propiedad. Quiero saber quién compró la deuda, quién ordenó el desalojo y quién firmó los documentos.

—Entendido.

—Y llama a Esteban. Que revise los registros del hospital donde atendieron a Esperanza.

Rogelio se alejó para cumplir las órdenes.

Yo miré a Mateo con creciente desconfianza.

—¿Por qué quiere revisar el hospital?

Él no contestó de inmediato.

Miró el río, donde todavía había personas grabando con sus celulares.

Finalmente, se volvió hacia mí.

—Porque tu abuela y yo hicimos una promesa hace muchos años. Ella me pidió que protegiera a una persona si alguna vez llegaba a necesitarme.

—¿A quién?

Mateo sostuvo mi mirada.

—A ti.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Por qué no vino cuando ella murió?

La pregunta salió más fuerte de lo que pretendía.

—¿Por qué no me buscó cuando me quedé sin casa? ¿Por qué no estuvo cuando tuve que dormir en el parque? ¿Dónde estaba cuando tuve tanta hambre que tuve que recoger comida de la basura?

Los hombres que nos rodeaban se quedaron callados.

Mateo no intentó defenderse.

—No sabía que estabas solo.

—¡Pues debió saberlo!

Mi voz se quebró.

—¡Ella me dijo que la gente que cumple sus promesas no abandona a los demás!

Mateo bajó la cabeza.

Por primera vez desde que lo había visto, parecía no tener ninguna respuesta.

—Tienes razón.

Aquellas tres palabras me desconcertaron más que todas sus amenazas.

El hombre más temido de la ciudad estaba aceptando que había fallado.

—No puedo cambiar lo que te pasó —continuó—. Pero puedo averiguar quién te hizo daño.

—Yo no quiero venganza.

—¿Qué quieres?

Miré mis manos.

Tenía las uñas negras de tierra y los nudillos raspados.

—Quiero saber por qué mi abuela tenía miedo.

Mateo asintió lentamente.

—Entonces empezaremos por ahí.

Me indicó que subiera a la camioneta.

Esta vez no me resistí.

El interior olía a cuero nuevo y a un perfume que jamás había conocido. Me senté junto a la ventana, sin soltar la bolsa con la comida.

Mateo ocupó el asiento frente a mí.

Cuando el vehículo comenzó a avanzar, vi que Rogelio hablaba por teléfono con una expresión cada vez más seria.

Finalmente, colgó.

—Jefe, tenemos un problema.

—Habla.

—La propiedad de Esperanza Mendoza fue transferida hace dos meses. El comprador pagó en efectivo y utilizó una empresa que no existe en los registros comerciales.

—¿Quién firmó como testigo?

Rogelio tragó saliva.

—El doctor Adrián Salcedo.

Mateo se quedó completamente quieto.

Yo reconocí el nombre.

No sabía de dónde, pero algo en mi memoria se movió.

Entonces recordé aquella camisa azul, el anillo con la piedra roja y la voz del hombre que había visitado a mi abuela.

—Es él —susurré.

Mateo me miró.

—¿Estás seguro?

Asentí.

—El hombre que fue a ver a mi abuela se llamaba Adrián.

El anciano guardaespaldas cerró los ojos.

Mateo golpeó el asiento con el puño.

—Maldito traidor.

Nunca lo había visto tan furioso.

—¿Quién es ese doctor? —pregunté.

Mateo respiró hondo.

—Era mi médico personal. Durante años se encargó de atender a mi familia y conocía todos nuestros secretos.

—¿Y por qué querría hacerle daño a mi abuela?

Mateo se inclinó hacia mí.

—Porque Esperanza descubrió algo que podía destruir a varias personas muy poderosas.

—¿Qué descubrió?

El vehículo se detuvo frente a una enorme residencia rodeada de muros blancos y árboles cuidadosamente podados.

Dos guardias abrieron el portón.

Mateo no respondió hasta que entramos en la propiedad.

Entonces sacó su teléfono, buscó una fotografía antigua y me la mostró.

Era una imagen de tres personas frente a un edificio que parecía un hospital.

Reconocí inmediatamente a mi abuela.

Era mucho más joven, quizá de unos treinta años. Llevaba un vestido azul y sostenía un bebé envuelto en una cobija blanca.

A su lado estaba Mateo Vargas, sin canas, sin cicatrices y con una expresión que nunca habría imaginado en su rostro.

El tercer hombre era el doctor Adrián Salcedo.

Pero no fue ninguno de ellos quien me dejó sin respiración.

Fue el bebé.

Tenía una pequeña marca oscura junto a la oreja izquierda.

La misma marca que yo había visto cientos de veces frente al espejo.

—¿Por qué está mi abuela sosteniendo a ese bebé? —pregunté.

Mateo apagó la pantalla.

Su silencio duró demasiado.

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Y entonces comprendí que el secreto de mi abuela no tenía que ver solamente con su muerte.

Tenía que ver conmigo.

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