Chapter 7: Mi tío confesó que mi abuela me escondió de alguien mucho más peligroso que él

—Te escondió porque sabía que yo no era el único que quería verte muerto.
Las palabras de Arturo Vargas quedaron suspendidas en el aire.
Mi padre se interpuso inmediatamente entre él y yo.
—No des un paso más.
Arturo soltó una carcajada y descendió el último escalón apoyándose en su bastón negro.
Era más viejo de lo que aparecía en las fotografías. Tenía el cabello blanco, profundas arrugas alrededor de la boca y una cicatriz que le atravesaba el cuello. Sin embargo, sus ojos conservaban una dureza que me hizo recordar a Alejandro.
—Sigues creyendo que puedes resolver todos tus problemas dando órdenes, Mateo.
—Creí que estabas muerto.
—Y yo creí que eras capaz de proteger a tu propia hija.
Mateo apretó la mandíbula.
—¿Dónde está Lucía?
Arturo dejó el bastón junto a la mesa y tomó una de las tazas de café.
—Viva. Por ahora.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Y mi hermana?
El hombre volvió la cabeza hacia mí.
Me observó durante varios segundos, examinando mi rostro como si buscara alguna semejanza con alguien de su pasado.
—Así que este es el niño que Esperanza convirtió en el centro de una guerra.
—Mi nombre es Aurelio —respondí—. Y quiero saber dónde están mi mamá y mi hermana.
Arturo sonrió.
—Tienes el carácter de tu madre.
—Y tú tienes la costumbre de hablar sin contestar las preguntas.
Por primera vez, la sonrisa de Arturo desapareció.
Mateo me miró de reojo, pero no me pidió que guardara silencio.
Mi tío volvió a sentarse.
—Está bien. Quieres respuestas. Las tendrás.
Pero debes comprender algo: en esta familia, la verdad nunca llega sola. Siempre viene acompañada de una deuda.
—Entonces empiece a pagar la suya —dije.
Arturo soltó una risa breve.
—Esperanza realmente te educó bien.
Sacó una carpeta del bolsillo interior de su saco y la dejó sobre la mesa.
Dentro había documentos del antiguo Hospital San Gabriel, copias de certificados de nacimiento y varias fotografías.
Mateo tomó el primer documento.
Su rostro cambió al leerlo.
—Esto es imposible.
—No. Imposible fue que nuestro padre lograra ocultarlo durante tantos años.
Me acerqué a la mesa.
En uno de los certificados aparecía el nombre de Mateo Vargas.
Debajo había una fecha, el nombre de una mujer y una anotación escrita a mano.
No entendía todos los términos médicos, pero sí comprendí lo suficiente para sentir que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Mi padre había tenido un hijo antes de que yo naciera.
Y ese niño había sido registrado con el apellido Mendoza.
—¿Quién es? —pregunté.
Arturo se reclinó en la silla.
—Tu hermano mayor.
Mateo dejó el documento sobre la mesa.
—No inventes historias.
—¿Por qué habría de hacerlo? ¿Para qué querría darte otro motivo para odiarme?
—Porque llevas toda tu vida intentando destruir lo que construí.
Arturo dejó de sonreír.
—¿Lo que construiste? ¿Te refieres a la fortuna que heredaste mientras nuestro padre me enviaba lejos? ¿O a los negocios que me quitaste cuando decidiste que yo no era suficientemente digno para llevar el apellido Vargas?
Mateo respiró profundamente.
—Tú elegiste tus propios caminos.
—¡Porque tú te quedaste con todas las oportunidades!
La voz de Arturo retumbó en la habitación.
Por un instante vi al hombre que quizá había sido antes de convertirse en un fugitivo: un hermano resentido, convencido de que el mundo le debía algo.
Pero su rabia no explicaba por qué había perseguido a mi abuela ni por qué había ocultado a mi madre.
—¿Qué tiene que ver mi hermano con todo esto? —pregunté.
Arturo volvió a mirarme.
—Tu hermano se llama Daniel Mendoza. Tiene diecisiete años y fue criado por una mujer que creyó que su madre había muerto al darlo a luz.
Me quedé helado.
—¿Y dónde está?
—Eso es precisamente lo que Alejandro quiere averiguar.
Mateo golpeó la mesa.
—¡Deja de utilizar a los niños para resolver tus problemas!
Arturo lo miró con desprecio.
—¿Ahora te preocupa la seguridad de los niños? Qué interesante. Cuando Lucía te suplicó que dejaras tus negocios, le dijiste que estaba exagerando. Cuando te pidió que te alejaras de ciertos hombres, le dijiste que no comprendía cómo funcionaba el mundo.
Mi padre no respondió.
Arturo se volvió hacia mí.
—Tu madre descubrió que Alejandro y el doctor Salcedo estaban alterando documentos para controlar la herencia de nuestra familia. Pero encontró algo más. Una serie de registros que demostraban que nuestro padre había mantenido otra familia en secreto.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Todo. Daniel era el primer heredero de una parte de esa fortuna. Tú eras el segundo. Y tu hermana tenía derecho a una propiedad que nuestro padre dejó a nombre de los tres niños.
No entendía por qué alguien querría separar a tres hermanos por una herencia.
Yo había pasado meses durmiendo en una banca y comiendo sobras.
Si aquella gente tenía tanto dinero, ¿por qué había permitido que los niños de su propia familia vivieran rodeados de mentiras?
—¿Mi abuela sabía lo de Daniel?
Arturo asintió.
—Esperanza trabajaba en el hospital cuando nació. Cuando descubrió que Alejandro había pagado para modificar los registros, se llevó los documentos originales y escondió a los niños que pudo proteger.
—¿A los niños que pudo proteger? —repetí.
Arturo bajó la mirada.
Por primera vez pareció sentir vergüenza.
—No consiguió salvar a todos.
Un silencio doloroso llenó la habitación.
Mateo se acercó a la ventana.
—¿Dónde está Alejandro ahora?
—Buscando a Lucía.
—¿Y por qué no ha venido por ti?
Arturo soltó una risa amarga.
—Porque cree que estoy muerto. Esa es la única ventaja que he tenido durante once años.
Sacó un segundo documento.
Era una copia de una transferencia bancaria autorizada por una empresa vinculada al doctor Salcedo.
La fecha correspondía a la semana en que mi abuela murió.
El destinatario era un hombre llamado Esteban Rivas.
No conocía ese nombre.
Pero Mateo sí.
—Esteban era el administrador de la casa donde vivía Esperanza —dijo.
Sentí un escalofrío.
—¿El hombre que me echó?
—No. Esteban era quien controlaba los documentos del terreno. El hombre que te desalojó trabajaba para él.
Arturo asintió.
—La deuda de tu abuela fue inventada. Necesitaban que salieras de aquella casa para recuperar lo que había escondido.
Apreté los puños.
—¿Qué estaban buscando?
—Una segunda caja —respondió Arturo—. La que contenía los registros originales del hospital y el documento que identificaba a la persona que ordenó alterar las identidades de los niños.
Miré la caja abierta sobre la mesa.
—Pero aquí solo había documentos y fotografías.
—Porque Esperanza sabía que podían encontrarla. Dividió las pruebas y dejó una parte con el padre Ignacio.
Mateo se volvió hacia él.
—¿Qué parte?
Arturo negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero Alejandro lleva meses buscándola.
Todo comenzaba a encajar.
Mi abuela no había sido una mujer indefensa que murió enferma en una casa humilde.
Había sido una persona que se interpuso entre varios hombres poderosos y sus víctimas.
Y había pagado un precio terrible por ello.
—¿Quién la mató? —pregunté.
Arturo dejó de mover los dedos sobre la mesa.
—No puedo asegurarlo.
—¡Usted sabe algo!
—Sé que Salcedo estuvo en la casa el día anterior a su muerte. Sé que alguien pagó para que el médico que firmó el certificado no hiciera preguntas. Y sé que Alejandro fue quien ordenó recuperar todos los documentos.
Mateo se acercó a él.
—¿Tienes pruebas?
Arturo sacó una memoria pequeña de su bolsillo.
—Aquí hay grabaciones, movimientos bancarios y copias de los registros originales. Pero todavía falta la prueba que puede demostrar quién dio la orden final.
Mateo tomó la memoria.
—¿Por qué no acudiste a las autoridades?
Arturo lo miró como si hubiera hecho la pregunta más ingenua del mundo.
—Porque varios funcionarios recibían dinero de nuestra familia. Y porque no sabía en quién confiar.
—Podrías haber confiado en mí.
Arturo se quedó callado.
Después negó lentamente.
—No sabía si todavía eras el hombre que yo conocía.
Mi padre pareció recibir aquellas palabras como una herida.
Yo observé a los dos hermanos.
Ambos tenían secretos.
Ambos habían cometido errores.
Pero yo no quería pasar el resto de mi vida escuchando a los adultos explicarme por qué no habían podido protegernos.
—¿Dónde está mi mamá? —pregunté nuevamente.
Arturo abrió la boca, pero un ruido lo interrumpió.
El cristal de una ventana se hizo añicos.
Julián gritó desde el pasillo:
—¡Al suelo!
Mateo me empujó detrás de la mesa mientras Arturo se refugiaba junto a una pared.
Escuchamos pasos en el exterior.
Voces.
Un motor que arrancaba.
No vi quién había atacado la finca. Solamente escuché a Julián dar órdenes mientras los hombres de seguridad se movían hacia la entrada.
Cuando el ruido terminó, Mateo se incorporó.
—¿Estás bien?
Asentí, temblando.
Arturo se levantó lentamente.
Su expresión había cambiado por completo.
—Ya nos encontraron.
Mateo recogió la memoria del suelo.
—¿Quiénes?
Arturo miró hacia la puerta.
—Los hombres de Alejandro.
Julián regresó al despacho con una herida superficial en la frente y el rostro desencajado.
—Jefe, se llevaron algo.
Mateo lo miró.
—¿Qué cosa?
Julián abrió la mano.
Sostenía una hoja arrancada de la carpeta.
La página contenía los datos del traslado de una niña desde el Hospital San Gabriel.
El nombre de mi hermana aparecía escrito en la parte superior.
Y debajo había una dirección.
—Esa dirección corresponde a una casa de acogida que cerró hace cinco años —explicó Julián—. Pero alguien acaba de solicitar una copia de los expedientes.
Mateo tomó el papel.
—¿Quién hizo la solicitud?
Julián tragó saliva.
—Alejandro Vargas.
Arturo cerró los ojos.
—Ya sabe dónde buscarla.
Me volví hacia mi tío.
—Dígame dónde está mi hermana.
Arturo me miró con una tristeza que no supe interpretar.
—No está en esa casa, Aurelio.
—¿Entonces dónde?
Su voz se quebró.
—Porque la niña que aparece en las fotografías no es tu hermana biológica.
Sentí que el corazón se me detenía.
Mateo lo sujetó del saco.
—¿Qué acabas de decir?
Arturo sacó un último documento de la carpeta.
Era una hoja con dos nombres tachados y un tercero escrito en tinta azul.
El nombre de la niña de la fotografía.
Y junto a él, una anotación que me hizo comprender que la verdad todavía estaba muy lejos de terminar.
*«La hija de Lucía fue trasladada antes del nacimiento de Aurelio. La niña que aparece en las fotografías fue colocada junto a ella para ocultar la identidad de la verdadera heredera».*
Miré a Mateo.
Después miré a Arturo.
—Entonces, ¿quién es la niña de la fotografía?
May you like
Arturo me sostuvo la mirada.
—Una testigo. Y si Alejandro la encuentra antes que nosotros, nunca sabremos qué pasó con tu verdadera hermana.
Related Stories