Calm

Chapter 5: La estación abandonada escondía el último mensaje de mi madre

La estación de trenes llevaba quince años abandonada, pero alguien había estado allí recientemente.

Lo supe en cuanto bajé de la camioneta.

Había huellas frescas en el polvo, una colilla junto a la entrada y una botella de agua todavía cerrada sobre el borde de una ventana.

Mateo también lo notó.

—Julián, revisa los alrededores.

El anciano hizo una señal a los hombres que nos acompañaban.

Yo miré las vías cubiertas de hierba.

La estación parecía un esqueleto olvidado en medio de un terreno baldío. Las paredes estaban manchadas por la humedad y el letrero de la entrada apenas conservaba algunas letras.

Sin embargo, había algo familiar en aquel lugar.

Tal vez era el olor a madera vieja.

O quizá la manera en que el viento silbaba entre las ventanas rotas, igual que lo hacía en la pequeña casa de mi abuela durante las noches de lluvia.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo.

Asentí.

—Sí.

No era del todo cierto.

Tenía miedo de encontrar algo que confirmara que mi madre había muerto.

Pero también tenía miedo de descubrir que seguía viva y que, por alguna razón, nunca había regresado por mí.

Mateo pareció comprenderlo.

—Aurelio, quiero que sepas algo. Si tu madre tomó decisiones que te lastimaron, tendremos que conocer las razones antes de juzgarla.

—¿Y si decidió abandonarme?

Mi padre tardó en responder.

—Entonces tendremos que averiguar por qué.

—¿Usted habría podido abandonarme?

La pregunta lo tomó desprevenido.

Miró las vías durante unos segundos.

—No sé qué habría hecho si hubiera sabido que existías. Pero sé lo que hice con Lucía. Permití que mi trabajo, mis enemigos y mi orgullo se interpusieran entre nosotros. Creí que mantener a mi familia lejos de mí era una forma de protegerla.

Bajó la mirada.

—Tal vez fue el error más grande de mi vida.

No intentó justificarse.

Eso hizo que lo escuchara con más atención.

Entramos en la estación.

Julián encontró una oficina pequeña al fondo del edificio. Había un escritorio cubierto de polvo y varios archivadores vacíos.

En la pared colgaba un reloj detenido a las 8:17.

Debajo había una placa metálica con el nombre de una antigua empresa ferroviaria.

Mateo examinó las paredes.

—La dirección de la nota debe referirse a este edificio, pero no veo qué podría haber aquí.

Yo miré la fotografía que había encontrado en la caja de madera.

En el reverso, mi abuela había escrito una fecha.

14 de junio.

La misma fecha que aparecía en la fotografía del hospital.

Y debajo de ella, una palabra:

«Andén».

—Tenemos que buscar en las vías —dije.

Julián se volvió hacia mí.

—¿Por qué?

Le mostré la nota.

Mateo leyó la palabra y asintió.

—Vamos.

Caminamos hasta el andén principal.

Las vías estaban cubiertas de maleza, y una parte del techo se había derrumbado. Había bancos de cemento agrietados y un viejo anuncio publicitario que el sol había borrado casi por completo.

Me detuve frente al banco más alejado.

Había una pequeña marca tallada en el respaldo.

Una media luna.

La misma forma que tenía la marca junto a mi oreja.

—Aquí —susurré.

Mateo se acercó.

Examinó la marca y pasó los dedos sobre el cemento.

—Parece reciente.

—Mi abuela debió hacerla —dije.

Debajo del banco encontramos una pequeña placa suelta.

Julián la levantó con cuidado.

En el hueco había una bolsa de plástico protegida de la humedad. Dentro se encontraba una cinta de audio, un sobre y una pulsera de hospital con el nombre de Lucía Vargas.

Me quedé mirando la pulsera.

Era blanca, con letras negras y un número escrito al final.

Mi madre había estado allí.

No era solamente una historia que mi abuela me había contado.

Había pruebas.

Mateo tomó la pulsera con manos temblorosas.

—Lucía…

Pronunció el nombre como si hubiera estado guardándolo en el pecho durante años.

Julián revisó el sobre.

—Jefe, hay una fotografía.

La sacó y se la entregó.

Era una imagen de una mujer joven sentada en una banca de la estación.

Tenía el cabello oscuro, los ojos grandes y una expresión de tristeza que me resultó insoportablemente familiar.

A su lado había un bebé envuelto en una cobija.

Yo reconocí mi marca junto a la oreja.

Y reconocí mis propios ojos.

Pero lo que más me dolió fue la manera en que aquella mujer sostenía al bebé.

Lo abrazaba como si alguien estuviera a punto de quitárselo.

—Es mi mamá —dije.

Mateo asintió lentamente.

—Sí, Aurelio.

Le temblaba la mandíbula.

—Es Lucía.

Me acerqué a la fotografía.

Por primera vez en mi vida pude imaginar su rostro sin tener que inventarlo.

No sabía cómo sonaba su voz.

No sabía si le gustaban los tamales o si prefería las tortillas recién hechas.

No sabía si alguna vez había cantado para mí.

Pero tenía una fotografía donde me abrazaba.

Y aquello era más de lo que había tenido durante doce años.

Abrí el sobre.

Dentro había una carta dirigida a mi abuela.

«Esperanza:

Si estás leyendo esto, significa que no pude volver a tiempo.

No sé cuánto tardarán en encontrarme, pero sé que Alejandro no dejará de buscar al niño. Está convencido de que, mientras Aurelio exista, perderá todo lo que cree que le pertenece.

No permitas que Mateo lo encuentre hasta que sepas quién está detrás de todo.

No porque Mateo sea un hombre cruel, sino porque sus enemigos utilizarán a su propio hijo para destruirlo.

Si algo me ocurre, dile a mi niño que nunca lo abandoné.

Dile que cada día lejos de él ha sido un castigo.

Y dile que su madre lo ama más que a su propia vida».

Me quedé paralizado.

Las palabras se mezclaron ante mis ojos.

Tuve que sentarme en el banco.

Durante doce años había imaginado que mi madre murió cuando yo era pequeño. Había pensado que quizá nunca me había conocido, que tal vez no había tenido tiempo de quererme.

Ahora tenía una carta donde me decía que me amaba.

Pero la última frase me dejó helado.

«No permitas que Mateo lo encuentre hasta que sepas quién está detrás de todo».

Levanté la mirada.

Mateo había leído la carta por encima de mi hombro.

Su rostro se había vuelto pálido.

—¿Por qué mi mamá le tenía miedo a usted?

Él no contestó.

—¿Por qué le pidió a mi abuela que me escondiera de usted?

Mateo apretó la pulsera de hospital.

—No lo sé.

—¡Pero usted es mi papá!

Mi voz resonó entre las paredes vacías.

—¡Se supone que debía protegerla! ¡Se supone que debía protegerme!

Mateo bajó la cabeza.

—Tienes razón.

Sentí rabia al escucharlo.

Quería que se defendiera, que me diera una explicación, que me dijera que mi madre estaba equivocada.

Pero no lo hizo.

—Cuando Lucía tenía diecisiete años, descubrí que algunos de mis socios querían utilizarla para obligarme a aceptar un acuerdo. Yo creía que podía mantenerla a salvo si la alejaba de los negocios familiares.

—¿Y funcionó?

—No.

Mateo miró la fotografía.

—Una noche, después de una discusión, Lucía desapareció. Encontré su habitación vacía y una nota diciendo que necesitaba alejarse de mí. Pensé que se había ido por voluntad propia.

—¿Nunca la buscó?

—La busqué durante años.

—¿Y nunca encontró nada?

—Encontré documentos falsos, testimonios contradictorios y personas que juraban haberla visto en lugares distintos. Cada vez que creía acercarme, alguien borraba las huellas.

Miró la carta.

—Ahora entiendo que alguien se aseguró de que nunca la encontrara.

Julián se acercó con la cinta de audio.

—Jefe, podemos intentar reproducirla en la oficina de la mansión.

Mateo asintió.

Antes de salir, revisé el hueco debajo del banco.

Había otra cosa escondida en una grieta: una llave pequeña, envuelta en un trozo de tela.

La guardé en el bolsillo.

No sabía para qué servía, pero algo me decía que mi abuela la había dejado allí por una razón.

Regresamos a la mansión poco antes del anochecer.

Mateo ordenó que prepararan un reproductor antiguo que guardaba en su despacho. Julián conectó la cinta y ajustó el volumen.

Al principio solamente se escuchó estática.

Después apareció una voz de mujer.

—Esperanza, si recibes este mensaje, significa que no pude regresar.

Mateo se llevó una mano a la boca.

Era la voz de Lucía.

Mi madre.

La había escuchado por primera vez.

—No sé si Aurelio está contigo. No sé si mi hijo está vivo. Pero necesito que sepas que Alejandro no actuó solo.

La cinta se interrumpió durante unos segundos.

Después, la voz volvió, más débil.

—El doctor Salcedo entregó los documentos. Pero quien dio la orden fue alguien que todos creen incapaz de hacerme daño.

Julián miró a Mateo.

Yo sentí que el corazón comenzaba a latirme más rápido.

La grabación continuó.

—Si alguna vez encuentras esta cinta, revisa los registros de la clínica San Gabriel. Allí está la prueba de quién era realmente mi padre.

Se escuchó un ruido.

Un golpe.

Y luego la voz de Lucía susurró algo que apenas conseguimos entender.

—Mateo, si escuchas esto… no confíes en tu hermano.

La cinta terminó.

Nadie se movió.

Mi padre permaneció frente al reproductor, mirando la máquina como si acabara de escuchar una sentencia.

—¿Tiene un hermano? —pregunté.

Mateo cerró los ojos.

—Sí.

—¿Quién es?

Abrió los ojos lentamente.

—Arturo Vargas. Mi hermano mayor.

El nombre me resultó desconocido.

—¿Dónde está?

Mateo miró hacia la ventana.

—Murió hace once años.

Julián negó lentamente.

—Eso fue lo que nos dijeron, jefe.

Mateo se volvió hacia él.

—¿Qué estás insinuando?

El anciano tragó saliva.

—Que nunca vimos su cuerpo.

El silencio se hizo insoportable.

Entonces alguien llamó a la puerta del despacho.

Un guardia entró con un teléfono en la mano.

—Don Mateo, tenemos una llamada urgente. Es del antiguo Hospital San Gabriel.

Mateo tomó el aparato.

—Habla Vargas.

Una voz masculina respondió al otro lado.

—Señor, encontramos los registros que pidió revisar. Hay un expediente que fue alterado hace doce años.

Mateo apretó el teléfono.

—¿De quién?

—De Lucía Vargas.

—¿Qué encontraron?

El hombre hizo una pausa.

—El expediente original indica que su hija no fue la única persona registrada aquella noche. Hubo dos nacimientos vinculados al mismo procedimiento.

Sentí que la habitación comenzaba a dar vueltas.

—¿Dos nacimientos? —repitió Mateo.

—Sí, señor. Un niño y una niña.

Miré la fotografía de mi madre.

Yo siempre había creído que era hijo único.

La voz del hombre volvió a escucharse.

—Y hay algo más. El segundo bebé fue registrado bajo el apellido Mendoza.

Mateo se quedó inmóvil.

Yo me levanté lentamente.

—¿Tengo una hermana?

Nadie respondió.

El guardia miró a Mateo antes de continuar.

—El expediente de la niña fue eliminado del archivo. Pero encontramos una firma autorizando su traslado.

—¿De quién? —preguntó Mateo.

La respuesta llegó como un golpe.

—De Arturo Vargas.

Mi padre soltó el teléfono sobre el escritorio.

Durante unos segundos pareció incapaz de respirar.

Después miró la fotografía de mi madre, la carta y la pulsera del hospital.

—Mi hermano no murió —susurró.

En ese instante sonó el teléfono de Julián.

El anciano respondió, escuchó durante unos segundos y perdió el color del rostro.

—Jefe…

Mateo se volvió.

—¿Qué pasa ahora?

Julián tragó saliva.

—Acaban de encontrar un automóvil abandonado junto a la carretera que conduce al antiguo hospital.

—¿Y?

El anciano me miró.

—En el asiento trasero hay una fotografía reciente de una mujer.

Mateo se acercó.

—¿Quién es?

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Julián bajó la voz.

—El guardia dice que la mujer se parece muchísimo a Lucía.

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