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Chapter 4: Alejandro llegó a la iglesia para borrar la última prueba de su traición

Los tres golpes en la puerta hicieron temblar al padre Ignacio, pero lo que realmente me heló la sangre fue escuchar a Alejandro Vargas pronunciar el nombre de mi abuela como si todavía tuviera derecho a hablar de ella.

—Aurelio, abre la puerta. Sé que estás ahí.

Mateo Vargas guardó la carta dentro de su saco y le hizo una señal a Julián para que se colocara junto a la entrada de la oficina.

Yo seguía mirando el nombre escrito con tinta roja.

Alejandro Vargas.

El sobrino del hombre que acababa de descubrir que era mi padre.

El hombre que, según la carta de mi abuela, había intentado separarme de mi madre cuando yo acababa de nacer.

—No abras —susurró el padre Ignacio—. No sabes de lo que es capaz.

Mateo se acercó a la puerta.

—Es mi sobrino. Yo decidiré de lo que es capaz.

—Con todo respeto, don Mateo, usted no conoce la mitad de lo que hizo ese muchacho.

Mi padre se detuvo.

Fue la primera vez que escuché a alguien hablarle de esa manera sin que él lo interrumpiera.

—Entonces será mejor que empiece a hablar, padre.

El sacerdote miró la carta que yo sostenía entre las manos.

—Esperanza me pidió que guardara ese sobre hasta que Aurelio estuviera preparado. También me pidió que, si alguien intentaba quitárselo, le dijera algo que solamente ella y yo sabíamos.

—¿Qué cosa? —pregunté.

El padre Ignacio se acercó y me tomó suavemente del hombro.

—Tu abuela no murió de una enfermedad del corazón.

Sentí un golpe en el pecho.

Aunque Mateo ya sospechaba que la historia de su muerte era falsa, escuchar aquellas palabras de boca del sacerdote me hizo comprender que mi abuela había pasado sus últimos días en peligro.

—¿Cómo murió entonces?

El padre Ignacio bajó la mirada.

—Eso es precisamente lo que Esperanza quería que descubrieras.

Afuera, Alejandro golpeó la puerta nuevamente.

—¡Tío! No hagas esto más difícil de lo necesario. Vine a ayudarte.

Mateo soltó una risa sin humor.

—¿Ayudarme? ¿Así llamas a presentarte en una iglesia con hombres armados?

El silencio que siguió fue suficiente para responder.

Julián se acercó a una ventana lateral y apartó discretamente la cortina.

—Jefe, hay cuatro vehículos afuera. Al menos seis hombres.

Mateo no apartó la mirada de la puerta.

—¿Son tuyos, Alejandro?

—Son personas que me acompañan porque me preocupa tu seguridad.

—Qué curioso. Mi seguridad nunca te preocupó hasta que encontré a este muchacho.

Yo apreté la carta contra mi pecho.

Alejandro sabía que estaba allí.

Sabía que mi abuela había dejado algo que podía comprometerlo.

Y había venido personalmente para recuperarlo.

Mateo se volvió hacia mí.

—Aurelio, escúchame. No importa lo que suceda cuando abramos esa puerta. Tú no te separas de Julián.

—No soy un bebé.

—Lo sé.

Su respuesta me desarmó.

—Pero tienes doce años, y yo llevo doce años sin saber que existías. No pienso perderte ahora por cometer otra estupidez.

No supe qué contestar.

Aquel hombre había pasado toda su vida siendo temido, pero en ese instante no parecía querer asustarme ni darme órdenes.

Parecía tener miedo.

Miedo de perder a alguien que apenas acababa de encontrar.

La puerta se abrió finalmente.

Alejandro entró con una sonrisa impecable, seguido por dos hombres de traje.

—Tío, qué bueno que estés aquí. Me enteré de que habías tenido un pequeño incidente en el río.

Sus ojos se deslizaron hacia mí.

—Y veo que el muchacho encontró compañía.

Mateo se colocó entre nosotros.

—No vuelvas a acercarte a él.

Alejandro alzó las cejas.

—¿Perdón?

—Me escuchaste.

Durante un instante, la sonrisa de Alejandro desapareció.

Después miró al padre Ignacio.

—Padre, supongo que ya le entregó al niño todo lo que Esperanza dejó guardado.

El sacerdote apretó los labios.

Alejandro soltó un suspiro.

—Entonces no tenemos mucho tiempo.

Sacó una hoja doblada del bolsillo interior de su saco y la colocó sobre una mesa.

—Tío, antes de que hagas algo de lo que te arrepientas, deberías leer esto.

Mateo ni siquiera miró el papel.

—No necesito leer documentos falsificados.

Alejandro sonrió.

—¿Cómo sabes que es falso si ni siquiera lo has visto?

—Porque conozco tu manera de mentir.

El rostro de Alejandro se endureció.

—Siempre fuiste así. Te empeñaste en proteger a todos los que considerabas débiles. A esa mujer, a mi padre, a tus empleados… Y ahora a un niño que ni siquiera conocías.

Mateo dio un paso hacia él.

—No vuelvas a hablar de Esperanza.

—¿Por qué? ¿Porque fue una santa? ¿Porque te ayudó cuando nadie más quiso hacerlo? ¿O porque te hizo creer durante doce años que tu hija había muerto?

Mi padre se quedó inmóvil.

Yo sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

—¿Qué dijiste? —preguntó Mateo.

Alejandro ladeó la cabeza.

—¿No te lo contó el sacerdote? Lucía no murió cuando tú creíste. Desapareció. Y Esperanza se encargó de que nunca pudieras encontrarla.

El padre Ignacio reaccionó inmediatamente.

—¡Eso es mentira!

Alejandro lo ignoró.

—Tu hija tuvo un hijo. Y tu querida Esperanza lo escondió mientras tú buscabas respuestas por toda la ciudad.

Mateo lo sujetó del cuello de la camisa y lo empujó contra la pared.

—¿Qué sabes de Lucía?

Los hombres de Alejandro llevaron las manos hacia el interior de sus sacos.

Julián se interpuso.

—Nadie va a sacar nada de ahí dentro.

El sacerdote comenzó a rezar en voz baja.

Yo permanecí junto a la mesa, con el corazón golpeándome las costillas.

Alejandro no parecía sorprendido por la reacción de Mateo.

Al contrario, sonrió.

—Pregúntale al padre dónde está enterrada tu hija.

Mateo lo soltó lentamente.

Se volvió hacia el sacerdote.

—Padre, mírame a los ojos y dime que mi hija está muerta.

El padre Ignacio no pudo hacerlo.

Ese silencio fue peor que cualquier confesión.

Mateo retrocedió un paso.

—¡Dígamelo!

—No sé dónde está Lucía —respondió el sacerdote, con lágrimas en los ojos—. Pero Esperanza nunca quiso hacerte daño. Intentó protegerla.

—¿Protegerla de quién?

El sacerdote miró a Alejandro.

Y entonces comprendí que el hombre que me había criado no era el único que conocía la verdad.

—De la familia Vargas —susurró.

Alejandro soltó una carcajada.

—Qué conveniente.

Mateo se volvió hacia él.

—Tú sabías que Lucía estaba viva.

Alejandro se acomodó el saco.

—Yo sabía muchas cosas que tú preferiste ignorar.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¡Mientes!

—Quizá. Pero no fui yo quien abandonó a su propia hija por perseguir enemigos y construir un imperio.

Las palabras golpearon a Mateo con una fuerza que ningún golpe físico habría conseguido.

Por un momento pensé que mi padre iba a perder el control.

Pero entonces recordó que yo estaba allí.

Respiró profundamente y se apartó de Alejandro.

—Julián, saca al padre Ignacio por la entrada trasera. Quiero que lo lleves a un lugar seguro.

Alejandro se interpuso.

—Nadie se va hasta que me entreguen la carta.

Me aferré al sobre.

—No.

Los tres hombres se volvieron hacia mí.

Sentí miedo, pero pensé en mi abuela. En las noches en que me abrazaba para tranquilizarme cuando escuchábamos gritos en la calle. En las veces que me había dicho que la verdad podía tardar en llegar, pero que jamás debía regalarla por miedo.

—Esta carta es mía —dije—. Mi abuela la escribió para mí.

Alejandro se acercó.

—Dámela, muchacho.

Retrocedí.

—No.

—No sabes lo que tienes en las manos.

—Entonces explíquemelo.

Su expresión se volvió cruel.

—Tu abuela fue una mujer egoísta. Se llevó secretos a la tumba y destruyó la vida de varias personas. Si de verdad la quieres, entrégame esa carta antes de que descubras cosas que te hagan odiarla.

Me ardieron los ojos.

—Yo nunca voy a odiar a mi abuela.

Alejandro extendió la mano.

—Última oportunidad.

Mateo se interpuso.

—Si vuelves a amenazarlo, dejarás de ser mi sobrino.

Alejandro lo miró con incredulidad.

—¿Vas a escoger a un desconocido por encima de tu propia sangre?

Mateo sostuvo su mirada.

—Él es mi sangre.

El silencio fue absoluto.

Alejandro palideció.

Aquella frase confirmó lo que ninguno de los presentes se había atrevido a decir en voz alta.

Yo era hijo de Mateo Vargas.

El sobrino de Mateo acababa de convertirse en mi enemigo por segunda vez.

Alejandro retrocedió lentamente, pero antes de salir señaló a mi padre.

—Cuando descubras lo que Lucía hizo para mantener vivo a ese niño, vas a desear no haberlo encontrado nunca.

Después se marchó con sus hombres.

No intentamos detenerlo.

Cuando el ruido de los vehículos desapareció, Mateo se dejó caer en una banca de madera.

Parecía haber envejecido diez años en unos cuantos minutos.

Yo me acerqué.

—¿Mi mamá está viva?

Él levantó la mirada.

Tenía los ojos enrojecidos.

—No lo sé, Aurelio. Pero voy a encontrarla.

—¿Y mi abuela? ¿Quién le hizo daño?

Mateo apretó los puños.

—También voy a descubrirlo.

El padre Ignacio regresó a la oficina después de comprobar que Alejandro se había marchado.

Llevaba una pequeña caja de madera entre las manos.

—Esperanza me pidió que te entregara esto solamente si alguien intentaba llevarse la carta —me dijo.

Abrió la caja.

Dentro había una llave antigua, una fotografía de mi abuela sosteniendo a un bebé y un papel con una dirección.

Reconocí la escritura de inmediato.

Era la letra de Esperanza.

La dirección correspondía a una vieja estación de trenes abandonada en las afueras de Ciudad de Esperanza.

Debajo, mi abuela había escrito una sola frase:

«Si alguna vez descubres que tu madre sigue viva, busca el lugar donde comenzó todo».

Mateo tomó el papel.

Lo leyó dos veces.

Después miró a Julián.

—Prepara el vehículo. Vamos a esa estación.

El padre Ignacio lo detuvo antes de que llegara a la puerta.

—Don Mateo, hay algo más que debe saber.

Mi padre se volvió.

El sacerdote tragó saliva.

—La última vez que vi a Esperanza, me dijo que no confiara en nadie que llevara el apellido Vargas.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Ni siquiera en mí?

El sacerdote no respondió.

Y, por primera vez desde que había salido del río, comprendí que encontrar la verdad podía ser mucho más peligroso que permanecer ignorante.

Porque mi abuela había dejado un camino para llegar hasta mi madre.

Pero también había dejado una advertencia.

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Y quizá el mayor peligro no estaba fuera de la familia.

Quizá siempre había estado sentado a su mesa.

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