Calm

Chapter 6: La mujer de la fotografía sabía dónde estaba mi hermana

La fotografía apareció sobre el escritorio a las once y cuarenta y tres de la noche, y cuando Mateo Vargas la vio, dejó caer el vaso que tenía en la mano.

El cristal se hizo añicos contra el suelo.

Yo nunca había visto a un adulto reaccionar de aquella manera ante una simple imagen.

Mi padre se quedó mirando la fotografía como si el tiempo hubiera retrocedido doce años y la persona que más había amado acabara de desaparecer frente a sus ojos.

La mujer de la imagen estaba sentada en una cafetería, junto a una ventana.

Llevaba una blusa color crema, el cabello oscuro recogido en una trenza y un pequeño lunar cerca de la mandíbula.

No había duda.

Era la misma mujer que aparecía en la fotografía de la estación.

Mi madre.

Aunque parecía mayor, aunque tenía algunas líneas alrededor de los ojos y una expresión más cansada, seguía siendo ella.

En la parte posterior de la fotografía había una fecha escrita a mano.

Tres días antes.

—Está viva —susurré.

Mateo no respondió.

Se acercó a la imagen y pasó el pulgar sobre el rostro de Lucía.

—Mi hija está viva.

Por primera vez escuché su voz quebrarse.

Quise abrazarlo, pero no supe si tenía derecho a hacerlo. Era mi padre, sí, pero todavía era un extraño. Un hombre que había aparecido en mi vida con secretos que podían cambiarlo todo.

Me quedé junto al escritorio.

—¿Dónde la encontraron?

Julián abrió una carpeta.

—El automóvil estaba abandonado cerca de la carretera vieja. No hay huellas de forcejeo ni señales de un accidente. El vehículo fue rentado con una identidad falsa.

—¿Y la cafetería? —preguntó Mateo.

—Todavía no sabemos dónde está. La fotografía fue tomada desde el interior de otro automóvil. El hombre que la dejó en el asiento trasero desapareció antes de que llegaran nuestros guardias.

Mateo apretó los dientes.

—Quiero que revisen todas las cámaras de la zona.

—Ya están trabajando en eso.

—Y quiero que encuentren al hombre que tomó la fotografía.

Julián asintió y salió del despacho.

Yo tomé la imagen.

En una esquina se veía parte del letrero de la cafetería, reflejado en el cristal.

Solamente alcanzaban a distinguirse tres letras: SOL.

—¿Podría ser una cafetería llamada El Sol? —pregunté.

Mateo examinó la fotografía.

—Hay decenas de lugares con ese nombre.

—Entonces busquemos todos.

Me miró con sorpresa.

—¿Quieres salir ahora?

—Es mi mamá.

No tuve que decir nada más.

Mateo guardó la fotografía en la carpeta.

—Tienes razón.

Pero antes de que pudiéramos salir, entró un hombre de traje oscuro.

Era uno de los encargados de seguridad de la mansión.

—Don Mateo, encontramos algo más en el automóvil.

Colocó una bolsa transparente sobre el escritorio.

Dentro había un pequeño medallón dorado.

Lo reconocí inmediatamente.

Mi abuela tenía uno idéntico.

Lo llevaba colgado al cuello los domingos cuando íbamos a misa. Siempre decía que se lo había regalado una persona que la ayudó durante una época difícil.

Yo nunca había visto el interior.

Mateo abrió la bolsa y examinó el medallón.

—¿Estaba en el automóvil?

—Debajo del asiento del conductor.

Mi padre lo abrió.

Dentro había una fotografía diminuta de Lucía sosteniendo a dos bebés.

Dos.

No uno.

La imagen estaba dañada, pero conseguí distinguir las dos pequeñas caras envueltas en cobijas diferentes.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Es ella? —pregunté.

Mateo asintió.

—Sí.

—¿Y nosotros somos los bebés?

No contestó de inmediato.

Acercó la fotografía a la lámpara.

Después señaló una pequeña marca en la cobija del bebé que estaba a la derecha.

Era una media luna.

La misma marca que yo tenía junto a la oreja.

El otro bebé llevaba una pulsera blanca.

No podía distinguirse el nombre, pero sí una letra.

M.

—Tu hermana —susurró Mateo.

Me quedé mirando la imagen.

Durante doce años había creído que no tenía a nadie.

Ahora descubría que tenía un padre, una madre que quizá seguía viva y una hermana cuya existencia me habían ocultado desde el día en que nací.

—¿Dónde está ella? —pregunté.

Mateo cerró el medallón.

—Vamos a encontrarla.

—Eso dijo de mi mamá.

Él recibió mis palabras sin protestar.

—Lo sé. Y no te voy a pedir que confíes en mí solamente porque soy tu padre. Voy a demostrarte que puedes hacerlo.

Aquella promesa me pareció distinta a las demás.

No porque fuera más grande.

Sino porque, por primera vez, alguien parecía comprender que las palabras no bastaban.

A la mañana siguiente, Mateo reunió a sus hombres en el despacho.

Sobre la mesa había un mapa de Ciudad de Esperanza y varias fotografías del antiguo Hospital San Gabriel.

Julián había conseguido registros de las cámaras de seguridad de la zona donde encontraron el automóvil.

La imagen mostraba a un hombre de gorra dejando la fotografía y el medallón dentro del vehículo.

Aunque el rostro no era visible, había un detalle que me llamó la atención.

El hombre caminaba con una ligera cojera y utilizaba un bastón negro.

—Conozco esa manera de caminar —dije.

Todos se volvieron hacia mí.

—¿Dónde lo viste? —preguntó Mateo.

Cerré los ojos e intenté recordar.

Había pasado muchas noches durmiendo cerca de una terminal de autobuses, donde varias personas se reunían para vender comida y buscar trabajo.

Un hombre con bastón solía sentarse junto a una columna.

Nunca hablaba con nadie.

Pero siempre llevaba un reloj de bolsillo sujeto a una cadena plateada.

—Lo vi en la terminal. Un hombre mayor, con bastón y un reloj que colgaba de su chaleco.

Julián abrió otra carpeta.

Sacó una fotografía antigua.

La colocó frente a mí.

Reconocí al hombre inmediatamente.

Era Arturo Vargas.

El hermano de Mateo.

El hombre que todos creían muerto.

Mateo observó la imagen durante un largo momento.

—¿Estás seguro de que es él?

—Sí.

—¿Cuándo lo viste?

—Hace unas semanas. Estaba sentado cerca de donde yo dormía. Me preguntó si conocía a una mujer llamada Esperanza.

Mi padre se puso de pie tan bruscamente que la silla cayó hacia atrás.

—¿Y no me lo dijiste?

—¡Porque todavía no lo conocía! —respondí, sintiendo que la rabia me subía a la garganta—. ¡Yo no sabía quién era usted, ni quién era Arturo, ni por qué todos conocían a mi abuela menos yo!

Mateo guardó silencio.

Respiré con dificultad.

—Me preguntó si yo era Aurelio Mendoza. Le dije que sí. Después me dio unas monedas y se marchó.

Julián frunció el ceño.

—¿Te dijo algo más?

Recordé las palabras del desconocido.

Me había mirado de una manera extraña, como si estuviera comparando mi rostro con el de alguien que conocía.

Después me dijo:

«Cuando encuentres a tu padre, no permitas que te cuente solamente la mitad de la historia».

Entonces pensé que estaba loco.

Ahora aquellas palabras tenían un significado aterrador.

—Me dijo que no confiara en mi padre.

Mateo bajó lentamente la cabeza.

—Mi hermano siempre supo cómo sembrar dudas.

—¿Por qué lo cree muerto?

—Porque hace once años recibí una llamada diciendo que su automóvil había caído por un barranco. Encontraron el vehículo incendiado y varios documentos personales. Nunca recuperaron un cuerpo que pudiera identificarse.

—¿Y nunca sospechó que estuviera vivo?

—Durante un tiempo sí. Pero alguien me entregó cartas que supuestamente había escrito antes de morir. En ellas decía que no quería volver a saber de nosotros.

—¿Quién se las entregó?

Mateo miró la fotografía del hombre con bastón.

—Adrián Salcedo.

El doctor.

El mismo hombre que había visitado a mi abuela antes de su muerte.

El mismo que había firmado los documentos para quitarle la casa.

El mismo que había desaparecido de la ciudad.

Empecé a comprender que todas las piezas estaban conectadas.

Pero había una pregunta que todavía me atormentaba.

—Si Arturo sabía que existía, ¿por qué nunca me buscó antes?

Mateo no respondió.

Julián recibió un mensaje en su teléfono.

Lo leyó y levantó la mirada.

—Jefe, encontramos la cafetería.

Mateo tomó su saco.

—¿Dónde está?

—En el barrio de Santa Elena. Se llama El Sol de la Mañana.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Y mi mamá?

Julián respiró hondo.

—La mujer de la fotografía estuvo allí ayer por la tarde. El dueño recuerda que dejó una nota dentro de una caja de madera antes de marcharse.

—¿Qué decía la nota? —preguntó Mateo.

—No lo sabe. Pero hay algo más.

Julián colocó sobre la mesa una fotografía tomada por una cámara de seguridad.

En ella aparecía Lucía saliendo de la cafetería.

A su lado caminaba una niña de aproximadamente doce años.

Tenía el cabello oscuro, una mochila roja y un pequeño lunar cerca de la mandíbula.

Era demasiado parecida a la mujer que aparecía en la fotografía del hospital.

Mi hermana.

Me acerqué tanto a la imagen que casi toqué el papel con la nariz.

—¿Quién es ella?

Julián no apartó la mirada.

—No tenemos su nombre todavía.

—¿Mi hermana está con mi mamá?

—Eso parece.

Me llevé las manos a la cabeza.

Quería reír.

Quería llorar.

Quería salir corriendo a buscarla.

Pero entonces vi la fecha de la fotografía.

Había sido tomada el mismo día en que encontramos el automóvil abandonado.

Y la niña llevaba algo en la muñeca.

Una pulsera blanca.

La misma que aparecía en la fotografía de los dos bebés.

—Es ella —dije—. Es mi hermana.

Mateo me puso una mano en el hombro.

—La encontraremos, hijo.

En ese momento, uno de los guardias entró al despacho con el rostro desencajado.

—Don Mateo, hay un problema.

—Habla.

—La cafetería acaba de cerrar. El dueño recibió una llamada hace unos minutos y se marchó sin avisar a nadie.

—¿Y la caja de madera?

El guardia tragó saliva.

—Desapareció.

Mateo apretó los puños.

—¿Hay cámaras?

—Sí, señor. Estamos revisando las grabaciones.

El hombre dudó antes de continuar.

—Pero el dueño dejó algo escrito en el mostrador. Dijo que era para usted.

Entregó un papel doblado.

Mateo lo abrió.

Solo contenía una frase.

«Si quieres recuperar a tu hija, ven solo al lugar donde enterraste tus errores».

Debajo aparecía una dirección.

La antigua finca de los Vargas.

La propiedad donde, once años atrás, habían celebrado el funeral de Arturo sin un cuerpo que enterrar.

Mateo leyó la nota dos veces.

Después me miró.

—No vas a acompañarme.

Me aparté de su mano.

—Es mi hermana.

—Precisamente por eso.

—¡No puede seguir decidiendo por mí!

—No estoy intentando controlarte, Aurelio. Estoy intentando evitar que te utilicen para obligarme a hacer algo.

—¡Ya me utilizaron durante doce años! ¡Me quitaron mi casa, me dejaron solo y me hicieron creer que no tenía familia! ¡No voy a quedarme sentado mientras todos deciden qué debo saber!

Mi padre permaneció inmóvil.

La rabia que sentía era demasiado grande para esconderla.

—No quiero ser como usted —dije—. No quiero tener que amenazar a la gente para que me diga la verdad. Pero tampoco voy a vivir con miedo.

Mateo bajó la mirada.

Después se quitó el reloj y lo dejó sobre el escritorio.

—Entonces ven conmigo.

Julián abrió la boca para protestar, pero Mateo lo detuvo.

—No voy a dejarlo solo otra vez.

Salimos de la mansión al mediodía.

La antigua finca se encontraba en las afueras, detrás de un camino rodeado de árboles y muros cubiertos de enredaderas.

Cuando llegamos, el portón estaba abierto.

No había guardias.

No había vehículos.

Solamente una casa grande y silenciosa, con las ventanas cerradas y el jardín cubierto de maleza.

Mateo descendió primero.

Yo lo seguí.

Al entrar, encontré una mesa con dos tazas de café recién servido.

Alguien había estado allí hacía pocos minutos.

En el centro de la mesa había una caja de madera.

La misma que mi abuela guardaba en nuestra casa.

Me acerqué lentamente.

La cerradura tenía una pequeña abertura que coincidía con la llave que había encontrado bajo el banco de la estación.

La saqué del bolsillo.

La introduje.

Giró sin resistencia.

Dentro había varios documentos, una fotografía y una hoja escrita con tinta azul.

Mateo tomó la fotografía.

Era una imagen de Arturo Vargas, más viejo y con el cabello completamente blanco.

A su lado estaba una mujer.

Lucía.

Y frente a ellos había una niña que sostenía un papel con su nombre.

Mi hermana.

Leí la hoja.

«Mateo:

Si has llegado hasta aquí, significa que finalmente descubriste que tu hermano sigue vivo.

Pero antes de que intentes encontrar a Lucía y a la niña, debes conocer la verdad sobre aquella noche en el hospital.

Aurelio no fue el único bebé que Esperanza sacó de San Gabriel.

El otro niño que aparece en los registros no era hijo de Lucía.

Era hijo tuyo.

Y la mujer que te entregó a tu primer hijo no fue Esperanza.

Fui yo».

Mateo dejó caer la fotografía.

Yo miré la carta, incapaz de comprender lo que acababa de leer.

¿Un segundo hijo?

¿Otro bebé?

¿Mi hermana era realmente mi hermana?

¿O había alguien más, oculto detrás de todas aquellas mentiras?

Antes de que pudiera formular otra pregunta, escuchamos un ruido en el piso superior.

Pasos lentos.

Un bastón golpeando la madera.

Mateo levantó la cabeza.

La puerta del despacho se abrió.

Y Arturo Vargas apareció en lo alto de las escaleras, sonriendo como un hombre que llevaba doce años esperando aquel momento.

—Hola, hermanito —dijo—. Tenemos mucho de qué hablar.

Se quedó mirándome.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Y tú, Aurelio, tienes que saber que tu abuela no te escondió para salvarte de mí.

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Hizo una pausa.

—Te escondió porque sabía que yo no era el único que quería verte muerto.

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