Chapter 3: La fotografía que podía destruir a los Vargas

La primera noche que pasé bajo el techo de Mateo Vargas, descubrí que una mansión podía sentirse mucho más aterradora que una calle vacía.
Me dieron una habitación enorme, con una cama que parecía más grande que la casa de mi abuela, un baño privado y un clóset lleno de ropa nueva.
Había jabón, toallas limpias y hasta un par de zapatos deportivos de mi talla.
Sin embargo, no conseguí dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la fotografía.
Mi abuela.
Mateo Vargas.
El doctor Salcedo.
Y aquel bebé con una marca idéntica a la mía.
Me levanté cerca de las tres de la mañana y caminé hasta la ventana.
Desde allí podía ver las luces de la ciudad y, a lo lejos, el puente junto al río.
Pensé en mi costal de yute, que seguía abandonado entre los juncos.
Dentro llevaba una canica azul, un peine roto y una fotografía pequeña de mi abuela que había rescatado de la basura después de que me echaran de la casa.
Eran las únicas cosas que me pertenecían.
Todo lo demás podía desaparecer.
A la mañana siguiente, una mujer de cabello corto llamó a mi puerta.
—Buenos días, Aurelio. Soy Teresa. Me encargo de la casa.
Llevaba una charola con huevos revueltos, tortillas calientes, frijoles y un vaso de leche.
El olor me hizo recordar las mañanas con mi abuela.
—¿El señor Vargas está despierto? —pregunté.
—Desde hace horas.
—Necesito hablar con él.
Teresa dejó la charola sobre una mesa.
—Primero desayuna, mijo. Después podrás hablar con quien quieras.
La palabra «mijo» me dolió tanto que tuve que mirar hacia otro lado.
Mi abuela me llamaba así.
Teresa debió notarlo porque no insistió.
Me dejó solo.
Comí lentamente, aunque mi cuerpo me pedía devorarlo todo. Había aprendido a no confiar en la comida que aparecía de repente, pero el hambre era más fuerte que mis sospechas.
Cuando terminé, bajé las escaleras.
Encontré a Mateo en un despacho con paredes cubiertas de libros y fotografías antiguas. Vestía una camisa blanca y tenía varios documentos extendidos sobre el escritorio.
Junto a él estaba el anciano guardaespaldas, que se presentó como Julián.
—Quiero ver la fotografía otra vez —dije.
Mateo levantó la mirada.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días. Quiero ver la fotografía.
Julián hizo un gesto de sorpresa ante mi manera de hablarle al jefe.
Mateo, en cambio, abrió un cajón y sacó una carpeta.
Colocó la fotografía sobre el escritorio.
Me acerqué.
La imagen estaba amarillenta, con una esquina doblada y una fecha escrita al reverso: 14 de junio, hacía doce años.
Yo todavía no había nacido.
O eso creía.
—¿Dónde fue tomada? —pregunté.
—En el antiguo Hospital San Gabriel —respondió Mateo—. Tu abuela trabajaba allí.
Aquello me sorprendió.
Toda mi vida había creído que Esperanza había vendido tamales desde que era joven.
Nunca me había contado que trabajara en un hospital.
—¿Qué hacía ahí?
—Era enfermera auxiliar. Ayudaba con los recién nacidos y atendía a las madres que no tenían dinero para pagar una habitación privada.
Pasé un dedo sobre la imagen.
Mi abuela parecía feliz.
Había una ternura en su rostro que no recordaba haber visto en sus últimos meses de vida, cuando el cansancio y el miedo parecían haberle robado la tranquilidad.
—¿Y el bebé?
Mateo tardó en responder.
—Ese es el motivo por el que necesitamos encontrar al doctor Salcedo.
—¿El bebé soy yo?
—No lo sé.
Su respuesta me enfureció.
—¡Pero acaba de decir que mi abuela me conocía y que usted prometió protegerme!
—Y voy a cumplir esa promesa.
—¡Entonces dígame la verdad!
Mateo apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—No voy a inventarte una respuesta solamente para tranquilizarte. La fotografía demuestra que tu abuela estuvo involucrada en algo importante cuando tú naciste. Pero todavía no sabemos exactamente qué ocurrió.
Me quedé mirando al bebé.
La marca junto a su oreja parecía una pequeña media luna.
Me toqué la mía.
Desde que tenía memoria, mi abuela me decía que era una señal de buena suerte.
«Te la dejó la luna para que nunca te pierdas», bromeaba.
Ahora aquella marca parecía una pregunta sin respuesta.
—¿Quiénes son mis padres? —pregunté.
El silencio de Mateo fue suficiente para hacerme sentir que estaba a punto de perder algo que nunca había tenido.
—No conocí a tu madre —dije—. Mi abuela me contó que murió cuando yo era pequeño. De mi padre nunca quiso hablar.
Mateo apretó la mandíbula.
—¿Qué edad tenías cuando tu abuela te habló de tu madre?
—No recuerdo. Era muy chico.
—¿Te dio algún documento?
Negué con la cabeza.
Entonces recordé una caja de madera donde mi abuela guardaba fotografías, recibos y cartas viejas.
Después del desalojo, nunca volví a verla.
—Había una caja debajo de su cama —dije—. Pero el hombre que me echó se llevó casi todo.
Mateo levantó la cabeza.
—¿El mismo hombre que dijo que la casa tenía una deuda?
—Sí.
—¿Puedes describirlo?
Le expliqué cómo vestía, la carpeta que llevaba y el tono burlón con el que me había ordenado marcharme.
Julián escuchó en silencio.
Cuando terminé, se acercó al escritorio y colocó un papel frente a Mateo.
—Jefe, acabo de recibir los primeros resultados.
Mateo leyó el documento.
Su expresión se endureció.
—¿Qué encontraron? —pregunté.
—El doctor Salcedo abandonó la ciudad hace seis semanas —respondió Julián—. Su consultorio cerró de un día para otro. No hay registros de que haya cruzado legalmente la frontera.
—¿Y la casa?
—La empresa que la compró fue creada el mismo día de la transferencia. El domicilio registrado corresponde a una oficina vacía.
Mateo dobló el papel.
—Alguien está borrando sus huellas.
—¿Quién? —pregunté.
—Todavía no lo sabemos.
Pero por la forma en que lo dijo, comprendí que sospechaba de alguien muy cercano.
En ese momento, un hombre joven entró al despacho sin tocar.
Vestía un traje gris y llevaba un reloj dorado.
Tenía el cabello perfectamente peinado y una sonrisa que desapareció al verme.
—¿Qué hace este niño aquí?
Mateo no se levantó.
—Buenos días, Alejandro.
El recién llegado miró mi ropa, mis zapatos y mis manos.
—¿Ahora recoges vagabundos del río?
Sentí que las mejillas me ardían.
Mateo se puso de pie.
—Este niño tiene nombre. Se llama Aurelio Mendoza. Y si vuelves a referirte a él de esa manera, vas a tener un problema conmigo.
Alejandro levantó las manos, fingiendo inocencia.
—Tranquilo, tío. Solamente preguntaba.
¿Tío?
Miré a Mateo.
Nunca me había explicado que tuviera familia.
Alejandro se acercó al escritorio y tomó la fotografía sin pedir permiso.
En cuanto vio el rostro de Esperanza, su expresión cambió.
Fue apenas un instante.
Pero lo vi.
Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del papel.
—¿Dónde encontraste esto? —preguntó.
Mateo le quitó la fotografía.
—No es asunto tuyo.
Alejandro soltó una risa seca.
—Claro que es asunto mío. Esa mujer causó suficientes problemas hace doce años.
El aire pareció desaparecer del despacho.
—¿Conociste a mi abuela? —pregunté.
Alejandro me miró como si hubiera olvidado que yo estaba allí.
—Tu abuela era una empleada. No tienes por qué saber nada de los asuntos de esta familia.
—Pues usted parece saber mucho de ella.
Su sonrisa se borró.
—Cuida tu lengua, chamaco.
—Y usted cuide lo que dice de mi abuela.
Julián dio un paso hacia nosotros, pero Mateo lo detuvo con un gesto.
Alejandro se inclinó hacia mí.
—No tienes idea de en qué te estás metiendo.
—Entonces explíquemelo.
Por un segundo pensé que iba a responder.
En cambio, miró a Mateo.
—Necesitamos hablar a solas.
—Puedes hablar delante de Aurelio.
—No.
—Entonces no tenemos nada de qué hablar.
Alejandro apretó los labios.
Finalmente, se volvió hacia la puerta.
Antes de salir, me dedicó una mirada cargada de desprecio.
—Disfruta tu estancia, niño. Los huéspedes no suelen durar mucho en esta casa.
Cuando se marchó, el despacho quedó en silencio.
—¿Quién es? —pregunté.
—Alejandro Vargas. Mi sobrino.
—Me odia.
Mateo recogió la fotografía.
—Alejandro no sabe tratar con nadie que no considere inferior a él.
—¿Y por qué se puso tan nervioso al ver a mi abuela?
Mateo miró hacia la puerta cerrada.
—Porque probablemente sabe más de lo que está dispuesto a admitir.
Aquella tarde, Julián me acompañó a una pequeña clínica privada para que un médico revisara los golpes que me había hecho en el río.
No tenía nada grave, solamente moretones, una cortada en el labio y una tos que debía vigilarse.
Al regresar a la mansión, pedí permiso para llamar a una persona.
Mateo me entregó un teléfono.
—¿A quién quieres hablarle?
—A doña Carmen. Era vecina de mi abuela.
Encontré su número escrito en el reverso de una fotografía.
Doña Carmen había sido una de las pocas personas que me ayudaron después del funeral. Me había dado comida y me había permitido quedarme en su patio cuando no tenía dónde dormir.
Respondió al tercer intento.
—¿Bueno?
—Doña Carmen, soy Aurelio.
Escuché cómo soltaba el aire.
—¡Aurelio! ¡Por Dios, muchacho! ¿Dónde estás? Te busqué por el parque y nadie me supo decir nada.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—Estoy bien, señora.
—¿Estás comiendo? ¿Tienes dónde dormir?
—Sí.
Me quedé callado unos segundos.
—Doña Carmen, necesito preguntarle algo sobre mi abuela.
—Dime, mijo.
—¿Usted conocía al doctor Adrián Salcedo?
El silencio al otro lado de la línea fue tan repentino que aparté el teléfono para comprobar que la llamada seguía activa.
—¿Quién te habló de ese hombre? —preguntó finalmente.
—Mateo Vargas.
Escuché un pequeño sollozo.
—Ay, Virgen Santísima.
—¿Qué pasa?
—Aurelio, escúchame con atención. Tu abuela me hizo prometer que nunca hablaría de lo que ocurrió cuando tú naciste.
Me quedé sin aire.
—¿Qué ocurrió cuando nací?
Doña Carmen comenzó a llorar.
—Tu abuela no era tu abuela biológica, mijo.
El teléfono casi se me cayó de las manos.
—¿Qué?
—Ella te crió como si fueras suyo. Te amó más que a su propia vida. Pero la noche que naciste, alguien dejó a un bebé en sus brazos y le pidió que lo protegiera.
Miré a Mateo.
Había escuchado cada palabra.
Su rostro se había vuelto inexpresivo.
—¿Quién dejó al bebé? —pregunté.
Doña Carmen respiró temblorosamente.
—Una mujer que llegó al hospital cubierta de sangre. No dejaba de repetir que su hijo no podía quedarse con los Vargas.
Mateo cerró los ojos.
Yo apreté el teléfono.
—¿Quién era esa mujer?
—Nunca supe su nombre verdadero. Pero tu abuela me dijo que era hija de un hombre muy poderoso. Un hombre que habría destruido el mundo entero antes de permitir que alguien le arrebatara a su heredero.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Y mi padre?
Doña Carmen lloró con más fuerza.
—Eso no lo sé, Aurelio. Pero hay algo que tu abuela guardó durante doce años. Una carta que debía entregarte cuando estuvieras preparado para conocer la verdad.
—¿Dónde está?
—En la iglesia de San Miguel. Tu abuela se la dejó al padre Ignacio antes de morir.
La llamada se cortó.
Me quedé mirando la pantalla.
Mateo tomó el teléfono con cuidado.
—Julián, prepara el vehículo.
—¿Vamos a la iglesia? —pregunté.
—Sí.
—Quiero saber quiénes son mis padres.
Mateo me sostuvo la mirada.
—Y yo quiero saber quién ordenó que tu abuela desapareciera de nuestras vidas.
Salimos de la mansión antes de que anocheciera.
Durante el trayecto, Mateo permaneció en silencio. Julián conducía mientras dos vehículos nos seguían a distancia.
La iglesia de San Miguel estaba en una calle estrecha, rodeada de puestos de comida y casas antiguas.
El padre Ignacio nos recibió en una pequeña oficina detrás del altar.
Era un hombre delgado, de cabello blanco y manos temblorosas.
Cuando me vio, se llevó una mano al pecho.
—Tienes sus ojos.
—¿Los de mi abuela?
El sacerdote negó lentamente.
—Los de tu madre.
Me acerqué a él.
—¿Usted tiene una carta para mí?
El padre Ignacio abrió un cajón y sacó un sobre amarillento.
Mi nombre estaba escrito en la parte delantera con la letra de mi abuela.
Aurelio Mendoza.
Me temblaron las manos al abrirlo.
Dentro había una carta y una fotografía pequeña.
La carta comenzaba con una frase que reconocí inmediatamente.
«Mi niño, si estás leyendo esto, significa que ya no pude protegerte como te prometí».
Tuve que detenerme.
Las lágrimas me nublaban la vista.
Mateo permaneció detrás de mí, sin decir una palabra.
Continué leyendo.
«Hay una verdad que te oculté porque pensé que el silencio podía mantenerte a salvo. Durante doce años te dije que eras mi nieto, pero la sangre que corre por tus venas pertenece a una familia que ha destruido muchas vidas».
Tragué saliva.
«Tu madre se llamaba Lucía Vargas. Era la hija de Mateo, el hombre al que quizá algún día conocerás. Cuando naciste, alguien intentó separarte de ella para utilizarte en una guerra por el poder. Yo te saqué del hospital y prometí criarte lejos de todos ellos».
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Mateo se tambaleó.
Por primera vez, el hombre que controlaba media ciudad parecía incapaz de mantenerse en pie.
—No puede ser —susurró.
Miré la carta.
Todavía quedaban varias líneas.
«Pero hay algo más que debes saber, Aurelio. El hombre que ordenó que te apartaran de tu madre sigue vivo. Y durante doce años ha estado sentado a la mesa de la familia, fingiendo que no sabe que existes».
Debajo de aquellas palabras había un nombre.
Un nombre escrito con tinta roja.
Alejandro Vargas.
Levanté lentamente la mirada.
Mateo estaba pálido.
El padre Ignacio cerró la puerta de la oficina.
Y desde el otro lado de la pared escuchamos tres golpes secos.
Después, una voz conocida pronunció mi nombre.
—Aurelio, sé que estás ahí. Tenemos que hablar de tu abuela.
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Era Alejandro.
Y no había llegado solo.
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