Chapter 8: La niña que fingía ser mi hermana conocía el paradero de mi madre

No pude dejar de mirar el documento.
Había pasado toda mi vida creyendo que no tenía familia y, en menos de dos días, había descubierto que tenía un padre, una madre desaparecida, un hermano mayor y una hermana cuya existencia seguía envuelta en mentiras.
Ahora ni siquiera podía confiar en las fotografías.
—¿Quién es esa niña? —pregunté.
Arturo guardó silencio.
Mateo lo tomó del brazo.
—Contesta.
—Se llama Valentina Cruz. Tenía unos meses cuando la llevaron al hospital para una revisión. Su madre había muerto y no tenía familiares cercanos. Alguien utilizó sus documentos para crear una identidad falsa.
—¿Y mi hermana?
Arturo bajó la mirada.
—La verdadera niña fue trasladada a otro lugar la misma noche en que nacieron los gemelos.
—¿Quién la trasladó?
—Salcedo.
Mateo soltó el brazo de su hermano.
—¿Por qué?
—Porque Alejandro necesitaba controlar la herencia. Si los tres niños permanecían juntos, Esperanza podía presentar los registros originales y demostrar que la familia había alterado las identidades.
Me acerqué a Arturo.
—¿Y qué pasó con Valentina?
—La dejaron con una familia que no sabía nada de la conspiración. Años después, cuando comenzó a hacer preguntas sobre su origen, alguien la buscó y le ofreció dinero para que colaborara.
—¿Colaborara en qué?
Arturo me miró fijamente.
—En hacerse pasar por tu hermana.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
Valentina no había elegido nacer en medio de aquella historia. Quizá también había crecido creyendo mentiras sobre su familia.
Pero alguien la había convertido en una pieza de un juego que no comprendía.
—¿Sabe quién es realmente? —pregunté.
—Sí. Hace un año encontró documentos que demostraban que su identidad había sido modificada. Desde entonces, ha estado ayudando a Lucía.
Mateo se pasó una mano por el rostro.
—¿Dónde están?
Arturo sacó un papel del bolsillo.
—La última vez que hablé con Lucía, me dijo que se reuniría con Valentina en una antigua fonda de Santa Elena. No sé si todavía están allí.
Julián se acercó.
—Jefe, tenemos que movernos antes de que Alejandro llegue.
Mateo asintió.
Pero yo no me moví.
—Quiero saber qué pasó con mi verdadera hermana.
Arturo me miró con una expresión que me hizo temer la respuesta.
—Aurelio, no todos los niños que aparecen en esos registros sobrevivieron.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—¿Mi hermana está muerta?
—No lo sé.
—¡Usted siempre dice que no sabe!
Mi voz se quebró.
—Todos saben algo, pero nadie quiere contarme la verdad. Mi abuela murió, mi mamá desapareció y ahora resulta que ni siquiera puedo saber si tuve una hermana.
Arturo bajó la cabeza.
Mateo se arrodilló frente a mí.
—Aurelio, mírame.
No quería hacerlo.
Pero él esperó.
Finalmente levanté los ojos.
—No te voy a mentir —dijo—. Todavía no sabemos si tu hermana está viva. Pero tenemos una pista, y vamos a seguirla.
—¿Y si llegamos demasiado tarde?
Mi padre me sostuvo los hombros.
—Entonces habremos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. Pero no vamos a abandonarla sin buscarla.
Aquellas palabras me recordaron a mi abuela.
Ella tampoco había tenido todas las respuestas.
Sin embargo, había hecho lo posible por protegerme.
Me limpié las lágrimas con la manga.
—Vamos.
Salimos de la finca en dos vehículos.
Arturo viajó con nosotros, acompañado por Julián. Durante el trayecto, mi tío permaneció mirando por la ventana.
Yo no sabía si confiar en él.
Había pasado años escondido, fingiendo estar muerto. Había permitido que Mateo creyera que su hermano había desaparecido para siempre. Y aunque ahora afirmaba querer ayudarnos, todavía no había explicado por qué había esperado tanto tiempo para revelar la verdad.
Pero una cosa estaba clara.
Si quería encontrar a mi madre, necesitaba escuchar todo lo que supiera.
—Arturo —dije—, ¿por qué mi abuela nunca me contó que Mateo era mi papá?
Mi tío tardó en responder.
—Porque sabía que, si lo descubrías demasiado pronto, podrías buscarlo.
—¿Y eso era malo?
—En aquel momento, sí. Alejandro vigilaba a Mateo y a cualquiera que se acercara a él. Si Esperanza te hubiera llevado a la mansión, habrías quedado expuesto.
—¿Y por qué no me dijo nada cuando ella estaba viva?
Arturo me miró.
—Porque quería darte una infancia normal.
Solté una risa amarga.
—¿Normal? Dormí en un parque durante tres meses.
Arturo cerró los ojos.
—No sabía que te habían dejado solo.
—Pues todos parecen no saber nada hasta que alguien termina sufriendo.
Mi tío no intentó defenderse.
Cuando llegamos a Santa Elena, la fonda estaba a punto de cerrar.
Una mujer de cabello canoso recogía las sillas de la entrada mientras un muchacho barría las hojas de la banqueta.
Mateo se acercó.
—Buenas tardes. Buscamos a una mujer llamada Lucía.
La dueña dejó de barrer.
Su expresión cambió en cuanto vio el rostro de mi padre.
—No sé de quién me habla.
Arturo dio un paso al frente.
—Señora, no venimos a hacerle daño. Necesitamos encontrarla.
La mujer apretó los labios.
—La mujer que buscan estuvo aquí ayer. Pagó su comida y dejó una bolsa debajo de la mesa. Después se marchó con una niña.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Hacia dónde se fueron?
—No lo sé. Pero antes de irse me pidió que, si aparecía un niño llamado Aurelio, le entregara algo.
La mujer entró en la fonda y regresó con una bolsa de tela azul.
La reconocí.
Mi abuela tenía una igual.
Dentro había un cuaderno, una fotografía y un pequeño sobre.
Abrí el sobre con manos temblorosas.
La carta estaba escrita por mi madre.
«Aurelio:
Si estás leyendo esto, significa que tu padre finalmente te encontró. No sé si debo sentir alivio o miedo, pero necesito que sepas que nunca dejé de buscarte.
La niña que viste en las fotografías se llama Valentina. Ella me ayudó a encontrar parte de los registros originales. No es tu hermana, pero se ha convertido en alguien a quien considero familia.
Tu verdadera hermana se llama Inés.
La última vez que tuve noticias de ella, estaba en una casa de acogida al norte de la ciudad. Después de que Alejandro descubrió que yo seguía viva, tuve que marcharme antes de que pudieran encontrarla.
No sé si todavía está allí.
Pero si quieres conocer la verdad sobre tu familia, busca a la mujer que firmó los documentos de su traslado.
Se llama Teresa».
Leí el nombre dos veces.
Teresa.
La mujer que me había llevado el desayuno en la mansión de Mateo.
La mujer que había sido amable conmigo desde el primer momento.
La mujer que trabajaba para mi padre desde hacía años.
Levanté la mirada.
Mateo había leído la carta por encima de mi hombro.
Su rostro se volvió sombrío.
—No puede ser.
Arturo se acercó.
—¿Quién es Teresa?
—La encargada de mi casa.
Mi padre tomó el teléfono y llamó inmediatamente a la mansión.
Nadie contestó.
Lo intentó de nuevo.
Nada.
Julián recibió un mensaje.
Lo leyó y palideció.
—Jefe, tenemos que regresar.
—¿Qué ocurrió?
—Teresa salió de la mansión hace una hora. Se llevó una maleta y todos los documentos personales que guardaba en su habitación.
Mateo cerró los ojos.
—¿Alguien la vio marcharse?
—Sí. Uno de los guardias asegura que subió a un taxi y dejó un sobre en la entrada.
—¿Qué decía?
Julián sacó una fotografía de su teléfono.
Era una imagen de Teresa junto a una mujer joven que yo no conocía.
Al reverso había una frase escrita a mano:
«La niña que buscan nunca estuvo en la casa de acogida. La llevé conmigo para mantenerla a salvo».
Me quedé inmóvil.
—¿Teresa se llevó a mi hermana?
Mateo no respondió.
Arturo tomó la fotografía.
—Si ella la crió, debe saber dónde está.
—¿Y por qué huyó? —pregunté.
Mi tío me miró con seriedad.
—Porque quizá no quiere que la encontremos.
Regresamos a la mansión antes de que anocheciera.
Mateo ordenó revisar las cámaras y llamar a todos los contactos que pudieran localizar a Teresa. También envió a Julián a investigar la dirección que aparecía en sus antiguos documentos laborales.
Yo subí a la habitación que me habían asignado.
Me senté en la cama y volví a leer la carta de mi madre.
Inés.
Mi hermana se llamaba Inés.
Por primera vez tenía un nombre al que aferrarme.
Un nombre que podía repetir en voz baja mientras intentaba imaginar su rostro.
Me pregunté si tendría mi misma marca junto a la oreja. Si le gustarían las tortillas con sal. Si habría aprendido a leer con alguien que le tuviera paciencia.
Me pregunté si alguna vez había pensado que estaba sola.
Y, sobre todo, me pregunté si ella sabía que yo existía.
Alguien tocó la puerta.
Era Mateo.
Entró sin saco y con el rostro cansado.
—¿Puedo sentarme?
Asentí.
Se acomodó en una silla junto a la cama.
Durante unos minutos ninguno habló.
Después me entregó una pequeña fotografía.
Era una imagen de una niña de unos seis años, con el cabello recogido en dos trenzas y un vestido amarillo.
En la parte posterior había una fecha y un nombre.
Inés Mendoza.
—La encontré en los archivos que Arturo entregó —explicó Mateo—. Es la última fotografía que tenemos de ella antes de que desapareciera.
Tomé la imagen.
La niña sonreía.
Tenía los ojos de mi madre.
—Es bonita —susurré.
—Sí.
—¿Cree que todavía se acuerde de mí?
Mateo tardó en responder.
—No lo sé, hijo. Pero, si está viva, vamos a darle la oportunidad de conocerte.
Guardé la fotografía debajo de la almohada.
Por primera vez desde que había llegado a la mansión, sentí que tenía algo que esperar.
Entonces sonó el teléfono de Mateo.
Respondió inmediatamente.
—Habla Vargas.
Al otro lado se escuchó una voz femenina.
Una voz que reconocí por la grabación de la cinta.
Era mi madre.
—Mateo, no tienes mucho tiempo. Alejandro encontró a Teresa.
Mi padre se puso de pie.
—¿Dónde estás, Lucía?
—No puedo decírtelo. Escúchame, por favor. No confíes en Arturo.
Mateo miró hacia la puerta.
—¿Por qué?
La voz de Lucía comenzó a temblar.
—Porque él no está intentando encontrar a Inés para salvarla.
Se escuchó un ruido al otro lado de la línea.
Después, mi madre susurró:
—Está intentando encontrarla porque necesita que ella declare que tú no eres su padre.
La llamada se cortó.
Mateo permaneció inmóvil.
Yo lo miré, incapaz de comprender.
Entonces escuchamos un grito desde el piso inferior.
Julián apareció en la puerta.
—¡Jefe! ¡Arturo desapareció!
Mateo corrió hacia las escaleras.
Yo lo seguí.
Sobre la mesa del despacho había una nota.
La letra era de Arturo.
«No me busques, Mateo. Si quieres recuperar a tu hija, tendrás que aceptar la verdad sobre la noche en que nació Aurelio».
Debajo había una fotografía de un recién nacido.
En la pulsera del bebé aparecía un nombre.
*Aurelio Vargas.*
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Pero la fecha de nacimiento no coincidía con la mía.
Y, por primera vez, tuve miedo de que mi propia identidad fuera otra mentira.
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