Chapter 5: La casa donde nadie debía entrar
La casa estaba a casi una hora del hospital.
El camino parecía interminable.
Yo llevaba el teléfono en la mano.
La fotografía seguía abierta.
Christopher y el hombre que supuestamente era su hermano estaban de pie frente a un automóvil antiguo.
Ambos sonreían.
Ambos tenían el mismo rostro.
Pero había una diferencia.
Christopher llevaba un reloj.
El otro hombre tenía una cicatriz pequeña sobre la ceja.
—Richard —murmuré.
Christopher apretó el volante.
—Sí.
—¿Por qué nunca me hablaste de él?
—Porque mi padre lo echó de la familia.
—¿Por qué?
—Era problemático.
—Eso no es una respuesta.
—Tenía problemas de conducta. Robaba. Mentía. Se metía en problemas.
—¿Y tú?
—Yo intentaba mantener a mi mamá tranquila.
—¿Qué hizo para que tu padre lo sacara de la casa?
Christopher guardó silencio.
—¿Qué hizo?
—Robó dinero.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—¿De quién?
—De una empresa familiar.
Lo miré.
—¿Y Michael?
Christopher tardó unos segundos.
—Michael descubrió el robo.
—Entonces Richard tenía un motivo para odiarlo.
—Sí.
—¿Y Michael murió poco después?
Christopher no contestó.
Sentí un frío en la espalda.
—¿Cuánto tiempo después?
—Tres semanas.
Cerré los ojos.
Todo comenzaba a encajar.
—¿Y tú nunca sospechaste?
—Tenía veintisiete años, Rebecca.
—¿Y?
—Creía que el mundo era más sencillo.
—No.
Miré por la ventana.
—El mundo no era más sencillo. Tú simplemente decidiste no mirar.
Christopher golpeó suavemente el volante.
—Tienes derecho a estar enojada.
—No estoy enojada.
Lo miré.
—Estoy aterrada.
Llegamos a la propiedad poco después de las cinco de la mañana.
La casa estaba rodeada de árboles.
No había luces.
Ningún automóvil.
Ningún sonido.
Christopher apagó el motor.
—Quédate aquí.
Abrí la puerta.
—Ni lo sueñes.
—Rebecca.
—Si Daisy está ahí, entro contigo.
—No sabes qué puede haber adentro.
—Tampoco tú.
Él se quedó callado.
Entramos.
La puerta principal estaba sin seguro.
Eso fue lo primero que me preocupó.
—Alguien quiere que entremos —dije.
Christopher asintió.
La casa olía a humedad y madera vieja.
Había muebles cubiertos con sábanas.
Una lámpara rota.
Fotografías familiares sobre una repisa.
Me acerqué.
En una aparecía Christopher con sus padres.
Y Richard.
Los dos niños estaban sonriendo.
Pero detrás de ellos había una mujer.
Elena.
Mucho más joven.
Sentí que el corazón me golpeaba.
—¿Por qué estaba ella aquí?
Christopher no respondió.
—¿Cuándo fue tomada esta fotografía?
—No lo recuerdo.
—Mientes.
—No.
—Mira.
Señalé la fotografía.
Elena estaba embarazada.
Y Christopher tenía una mano sobre su hombro.
No parecían amigos.
Parecían una pareja.
—¿Tú estabas enamorado de ella?
Christopher bajó la cabeza.
—Sí.
Sentí un vacío.
—¿Antes de mí?
—Sí.
—¿La amabas?
—Sí.
La palabra dolió.
Aunque perteneciera al pasado.
—¿Y por qué te casaste conmigo?
—Porque pensé que Elena estaba muerta.
—Eso ya me lo dijiste.
—Pero nunca te dije lo demás.
—Entonces dilo.
Christopher tomó aire.
—El día que desapareció, me dejó una carta.
—¿Qué decía?
—Que estaba embarazada y que no quería que yo la buscara.
—¿Por qué?
—Porque había descubierto que Michael era el padre.
Lo miré.
—¿Y tú qué hiciste?
—Me fui.
—¿Sin buscarla?
—Sí.
—¿Y luego conociste a mi familia?
—Sí.
—¿Y luego a mí?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo pasó?
—Cuatro meses.
Me quedé callada.
Cuatro meses.
Una mujer desaparecía.
Un bebé estaba en camino.
Y Christopher había seguido adelante.
Quizá la historia que él me había contado durante veintiocho años nunca había sido completa.
De repente escuchamos un ruido arriba.
Nos congelamos.
—¿Escuchaste eso? —susurré.
Christopher asintió.
Subimos las escaleras.
Cada peldaño crujía.
Llegamos al segundo piso.
Una puerta estaba entreabierta.
Christopher levantó la mano.
—Quédate detrás de mí.
Entró.
Yo lo seguí.
Era un dormitorio vacío.
Había una cuna vieja.
Y sobre la cuna había una manta amarilla.
La misma que Daisy llevaba en el hospital.
Me acerqué.
—No.
Christopher revisó el cuarto.
—No está.
Entonces escuchamos un golpe detrás de nosotros.
La puerta se cerró.
Christopher corrió hacia ella.
No abrió.
—¡Está cerrada!
Golpeó el picaporte.
—¡Rebecca, aléjate de la ventana!
—¿Qué?
—¡Ahora!
Me aparté justo cuando escuchamos un ruido fuerte en el vidrio.
Una piedra había atravesado la ventana.
Había una nota atada alrededor.
Christopher la recogió.
La abrió.
Leyó.
Su rostro cambió.
—¿Qué dice?
Me entregó el papel.
“Llegaron tarde.””
Debajo:
“Daisy nunca estuvo aquí.””
Sentí una mezcla de alivio y terror.
—Entonces, ¿dónde está?
Christopher miró alrededor.
—No sé.
Entonces escuchamos el sonido de un teléfono.
No era el mío.
Era un teléfono viejo sobre la mesa.
Christopher lo tomó.
—¿Bueno?
Una voz respondió.
—Hola, hermano.
Christopher palideció.
—Richard.
—Te tardaste.
—¿Dónde está Daisy?
—En un lugar seguro.
—Déjala ir.
—Todavía no.
—¿Qué quieres?
Richard soltó una risa.
—Lo mismo que hace veinticinco años.
—No.
—Sí.
—Eso terminó.
—No terminó nada.
Christopher apretó el teléfono.
—Michael murió.
—Exactamente.
Me acerqué.
Richard continuó:
—Y tú llevas veinticuatro años viviendo con su esposa.
Sentí un escalofrío.
Miré a Christopher.
—¿Qué?
Richard rió.
—¿No se lo dijiste?
Christopher cerró los ojos.
—Rebecca…
—¿Qué significa eso?
Richard habló antes que él.
—Elena no era la única mujer que sabía la verdad.
Silencio.
—¿Quién más? —pregunté.
—Tu suegra.
Sentí que me faltaba el aire.
—Mi suegra murió.
—Su cuerpo fue enterrado.
—¿Qué?
—Pero antes de morir dejó documentos.
Richard hizo una pausa.
—Documentos que prueban que Christopher no es quien tú crees.
La llamada terminó.
Me quedé mirando el teléfono.
—¿Qué quiso decir?
Christopher se dejó caer sobre una silla.
—No lo sé.
—¡Otra vez!
—Rebecca, te juro que no sé.
—Entonces dime algo que sí sepas.
Él me miró.
—Mi padre tuvo un secreto.
—¿Cuál?
—Richard no era mi hermano.
Sentí que todo se detuvo.
—¿Qué?
—Era mi medio hermano.
—¿Y quién era su padre?
Christopher no respondió.
—¿Quién?
—Michael.
No pude hablar.
—Eso significa…
—Sí.
Christopher asintió lentamente.
—Richard es hijo de Michael.
La verdad cayó sobre mí con una fuerza brutal.
Richard no había querido solamente dinero.
Había querido vengarse.
Y Daisy era la última pieza de una historia que comenzó antes de que yo siquiera conociera a Christopher.
Mi teléfono vibró.
Un nuevo mensaje.
Esta vez venía acompañado de un video.
Lo abrí.
Daisy aparecía dormida en una habitación.
Una mujer estaba sentada junto a ella.
La cámara se acercó.
Era Elena.
Pero no la Elena que estaba en el hospital.
La mujer del video era otra.
Más joven.
Más saludable.
Y detrás de ella estaba Richard.
Entonces apareció un texto:
“Rebecca, si quieres saber por qué tu esposo te eligió hace veintiocho años, ven sola al cementerio de Santa Clara.””
Miré a Christopher.
—No voy sola.
Él negó.
—No puedes ir.
—¿Por qué?
—Porque conozco ese lugar.
—¿Y?
Christopher bajó la voz.
—Ahí enterramos a Michael.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
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Christopher levantó la mirada.
—Ahí enterramos a alguien más.
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