Calm

Chapter 4: La confesión que podía salvar a Daisy

El mensaje seguía iluminado en mi teléfono cuando comprendí que ya no podía seguir creyendo en las medias verdades de mi esposo.

“Dile a tu esposo que confiese quién es el verdadero padre antes de que salga el sol.””

Levanté la mirada hacia Christopher.

—¿Quién es el verdadero padre?

Él no respondió.

—Christopher, te lo estoy preguntando por última vez.

—Rebecca…

—¡¿Quién es?!

Mi voz hizo eco en el pasillo oscuro.

El doctor Carter miró a los guardias que acababan de llegar corriendo.

—Cierren todas las salidas —ordenó—. Nadie entra ni sale del área de maternidad.

Yo seguía mirando a mi esposo.

Christopher parecía destrozado.

Pero había algo más en su rostro.

Miedo.

No el miedo de un hombre que acababa de perder a una bebé.

Era el miedo de alguien que sabía exactamente quién podía llevársela.

—Tú sabes quién es —dije.

—Sí.

La palabra salió tan baja que casi no la escuché.

Me acerqué.

—Entonces habla.

Christopher miró hacia la puerta de la habitación 317.

Elena seguía allí, débil, conectada a varios aparatos.

—No delante de ella.

—¿Por qué?

—Porque si digo el nombre, la pondré en peligro.

Elena abrió los ojos.

—Ya está en peligro.

Christopher se volvió.

—Elena, por favor.

—No me digas por favor después de veinticinco años.

El doctor cerró la puerta.

—Tenemos unos minutos antes de que llegue la policía.

Yo crucé los brazos.

—Entonces empieza.

Christopher respiró profundamente.

—El verdadero padre de Daisy se llama Michael Bennett.

El nombre cayó en medio del pasillo como una piedra.

—¿Quién es?

Christopher tragó saliva.

—Era mi mejor amigo.

—¿Era?

—Murió hace veinticuatro años.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo?

Christopher no contestó.

Elena sí.

—No murió por accidente.

Christopher cerró los ojos.

—Elena.

—Ya no podemos seguir protegiendo a los muertos —dijo ella.

Me volví hacia ella.

—¿Qué pasó?

Elena respiró con dificultad.

—Michael y yo estábamos juntos antes de que tú conocieras a Christopher.

—¿Y Daisy?

—Daisy es su hija.

—Entonces, ¿por qué Christopher pensó que era suya?

Elena miró a mi esposo.

—Porque yo se lo dije.

Christopher apretó los puños.

—Me dijiste que era mía.

—Tenía miedo.

—Me hiciste creer que mi hija había muerto.

—¡Porque querían quitármela!

Elena comenzó a llorar.

Yo sentía que la cabeza me daba vueltas.

—¿Quiénes?

Elena me miró.

—La familia de Michael.

—¿Por qué querrían a una bebé?

—Porque Michael había descubierto algo.

—¿Qué?

Elena dudó.

—Una cuenta bancaria.

Christopher se acercó.

—Rebecca, esto se está complicando.

—No me importa.

—Sí importa.

—No.

Lo señalé.

—Lo que importa es que una recién nacida está desaparecida mientras nosotros seguimos hablando del pasado.

Christopher bajó la cabeza.

Tenía razón.

No necesitaba más explicaciones.

Necesitaba encontrar a Daisy.

Un guardia entró corriendo.

—Doctor, encontramos una puerta abierta en el sótano.

—¿Alguna cámara?

—El sistema se apagó durante tres minutos.

—¿Y el hombre?

—Nada.

Sentí que las piernas me fallaban.

—Tres minutos…

Elena levantó la voz.

—No fue un hombre solo.

Todos la miramos.

—¿Qué?

—Thomas no trabaja solo.

Christopher se acercó.

—¿Quién más?

Elena lo miró con desprecio.

—Tu hermano.

Christopher palideció.

Yo sentí que el mundo volvía a detenerse.

—¿Qué hermano?

—No tengo hermanos —dijo Christopher.

Elena soltó una risa amarga.

—Eso es lo que siempre dijiste.

Christopher negó con la cabeza.

—Elena, estás confundida.

—No.

Elena buscó algo debajo de la almohada.

Sacó un pequeño papel doblado.

—Su nombre es Richard.

Christopher retrocedió.

—No.

Yo lo miré.

—¿Quién es Richard?

—Nadie.

—¡Deja de decirme eso!

Tomé el papel.

Había una dirección escrita.

Y debajo:

“Richard Hayes. Hermano mayor de Christopher.””

Me quedé helada.

—¿Tienes un hermano?

Christopher no respondió.

—¿Por qué me dijiste que eras hijo único?

—Porque Richard murió.

—¿Cuándo?

—Hace mucho tiempo.

Elena negó lentamente.

—No murió.

El silencio fue absoluto.

—Está vivo —susurró—. Y fue él quien ordenó que se llevaran a Daisy.

Sentí un escalofrío.

—¿Dónde está?

Elena cerró los ojos.

—En la casa de tu suegra.

Christopher dio un paso atrás.

—Eso es imposible.

—No.

—Mi mamá murió hace seis años.

—Lo sé.

—Entonces no puede estar en su casa.

Elena abrió los ojos.

—No hablo de tu mamá.

Sacó otro papel.

—Hablo del hombre que compró la casa después de su muerte.

Christopher lo tomó.

Leyó la dirección.

Se quedó completamente inmóvil.

Yo se la arrebaté.

Reconocí el lugar.

Era una propiedad familiar que Christopher había mencionado años atrás.

Una casa antigua.

Vacía.

Según él.

—¿Qué hay ahí?

Elena respondió:

—La respuesta a todo.

Antes de que pudiéramos continuar, mi teléfono vibró otra vez.

Número desconocido.

Contesté.

—¿Dónde está mi bebé?

No hubo respuesta.

Después escuché una voz masculina.

—No es tu bebé.

—¿Dónde está Daisy?

—Eso depende de Christopher.

—¿Qué quieres?

—La verdad.

—Entonces habla.

El hombre soltó una risa baja.

—No conmigo.

La llamada terminó.

Miré a Christopher.

—Vamos.

—¿A dónde?

—A esa casa.

—No.

—¿Qué?

—Es demasiado peligroso.

—Mi hija está ahí.

Christopher cerró los ojos.

—Rebecca, no sabes lo que estás diciendo.

—Por primera vez en toda la noche, sé exactamente lo que estoy diciendo.

El doctor intentó detenerme.

—Señora Hayes, debe esperar a la policía.

—Si esperamos, Daisy puede desaparecer para siempre.

Elena habló desde la habitación.

—Rebecca.

Me acerqué.

Ella tomó mi mano.

—No vayas sola.

—No lo haré.

Miré a Christopher.

—Él viene conmigo.

Elena apretó mis dedos.

—No confíes en él.

Sentí un dolor profundo en el pecho.

Porque una parte de mí quería defender a Christopher.

Habíamos pasado veintiocho años juntos.

Pero otra parte empezaba a comprender algo terrible.

Quizá mi esposo no había estado protegiéndome de la verdad.

Quizá había estado protegiendo la verdad de mí.

Salimos del hospital.

El cielo todavía estaba oscuro.

El amanecer se acercaba.

Y Daisy seguía desaparecida.

Cuando llegamos al estacionamiento, Christopher se detuvo.

—Rebecca.

—¿Qué?

—Antes de entrar a esa casa, necesito decirte algo.

—Dilo.

Me miró a los ojos.

—Yo no sabía que Richard estaba vivo.

—¿Y qué más no sabes?

—Todo lo que ocurrió después de que Michael murió.

—¿Michael murió cómo?

Christopher bajó la mirada.

—En un accidente automovilístico.

—¿Seguro?

—Eso dijeron.

—¿Quiénes?

Christopher no contestó.

Y en ese momento entendí que nuestra búsqueda acababa de cambiar.

No íbamos solamente a rescatar a Daisy.

Íbamos a descubrir quién había mentido sobre una muerte ocurrida veinticuatro años atrás.

Subimos al automóvil.

Christopher encendió el motor.

Mientras salíamos del estacionamiento, mi teléfono recibió una última fotografía.

Esta vez no era de Daisy.

Era de Christopher.

Veinticinco años más joven.

Junto a un hombre idéntico a él.

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Debajo había un mensaje:

“Uno de ellos es el monstruo. El otro lleva veintiocho años fingiendo ser tu esposo.””

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