Calm

Chapter 2: El nombre que mi esposo no quiso escuchar

Nunca había visto a Christopher ponerse tan blanco.

Ni siquiera cuando murió su padre.

Ni cuando Matthew tuvo aquel accidente de carretera.

Ni cuando Daniel pasó una noche entera desaparecido después de una discusión familiar.

Pero al escuchar que un hombre preguntaba por Daisy, mi esposo parecía haber visto un fantasma.

—¿Quién es? —pregunté.

Christopher no contestó.

—Christopher.

—No lo sé.

El doctor lo miró con seriedad.

—Señor Hayes, usted sí sabe quién es.

Mi esposo apretó la mandíbula.

—No aquí.

—Precisamente aquí es donde tenemos que hablar.

Yo abracé a Daisy con más fuerza.

—Quiero saber su nombre.

La enfermera seguía parada junto a la puerta.

—Dice llamarse Thomas Miller.

Christopher cerró los ojos.

Fue apenas un segundo.

Pero lo vi.

—¿Lo conoces? —pregunté.

—No.

La respuesta fue demasiado rápida.

—Acabas de decir que no lo conoces.

—Porque no lo conozco.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?

—Rebecca, por favor.

—No me pidas que tenga paciencia mientras todos aquí parecen saber algo menos yo.

El doctor se acercó a mí.

—Señora Hayes, necesito que me entregue a Daisy por un momento para realizar una revisión.

No quería soltarla.

Ni siquiera por un minuto.

Pero asentí.

La enfermera tomó a la bebé con cuidado.

Daisy hizo un pequeño gesto con los labios.

Sentí un vacío inmediato.

—Estaré aquí —le susurré.

Entonces la enfermera salió.

El doctor cerró la puerta.

—Christopher —dijo—, necesitamos aclarar la situación antes de que ese hombre tenga acceso a la bebé.

Mi esposo se pasó una mano por el rostro.

—No puede acercarse.

—¿Por qué?

—Porque no es familiar de Daisy.

—¿Entonces qué quiere?

Christopher guardó silencio.

Lo miré.

—¿Qué quiere?

Finalmente dijo:

—La quiere.

Se me heló la sangre.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque es un hombre peligroso.

—¿Peligroso cómo?

—Rebecca…

—¡Contéstame!

Mi voz resonó dentro de la oficina.

El doctor bajó la mirada.

Christopher respiró profundamente.

—Hace muchos años conocí a Thomas.

—¿Cuántos?

—Veinticinco.

Aquella cifra me hizo detenerme.

Veinticinco años.

Yo tenía veintiséis cuando nos casamos.

Nuestros hijos eran pequeños.

Nuestra vida apenas comenzaba.

—¿Dónde lo conociste?

—En otra ciudad.

—¿En qué ciudad?

—Eso no importa.

—Para mí sí.

Christopher se quedó callado.

Entonces escuchamos pasos apresurados afuera.

Alguien discutía con una enfermera.

Una voz masculina se elevó.

—¡Tengo derecho a verla!

Christopher se levantó de golpe.

—No.

El doctor levantó una mano.

—Quédese aquí.

—Ese hombre no puede estar cerca de ella.

—Seguridad ya está interviniendo.

Me acerqué a Christopher.

—¿Qué pasó hace veinticinco años?

—Nada.

—No me mientas.

—No te estoy mintiendo.

—Sí lo estás haciendo.

El sonido de una puerta golpeando me hizo brincar.

La discusión afuera se intensificó.

Luego silencio.

Pasaron unos minutos.

La enfermera regresó.

—El hombre fue retirado.

Solté el aire.

—Gracias a Dios.

Pero ella no parecía tranquila.

—Hay otra cosa.

—¿Qué? —pregunté.

La enfermera miró al doctor.

—Encontramos algo en la ropa de la bebé.

El médico asintió.

—Tráigalo.

La mujer salió y regresó con una pequeña bolsa transparente.

Dentro había un sobre.

Era viejo.

Arrugado.

Tenía una mancha oscura en una esquina.

Y en el frente había un nombre.

Mi nombre.

REBECCA HAYES.

Sentí que las piernas me temblaban.

—Eso no puede ser.

Christopher se quedó inmóvil.

—Ábrelo —dijo el doctor.

Lo miré.

—¿Yo?

—Es suyo.

Tomé el sobre.

Mis dedos temblaban.

Lo abrí lentamente.

Había una fotografía.

Una fotografía de una joven.

Tendría unos veintitantos años.

Estaba embarazada.

La reconocí de inmediato.

No porque la hubiera visto antes.

Sino porque Christopher la estaba mirando como quien reconoce a alguien que había intentado olvidar.

—¿Quién es ella?

Él no respondió.

Le di vuelta a la fotografía.

Atrás había una fecha.

25 años atrás.

Y debajo, una frase escrita a mano:

“Si algún día me pasa algo, entréguenle a mi hija a Rebecca.””

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

—¿A mi hija?

Miré a Christopher.

—¿Qué significa esto?

—No lo sé.

—¡No me digas que no sabes!

Él retrocedió.

—Rebecca, yo…

—¿Tú conocías a esa mujer?

Silencio.

—¿Christopher?

Finalmente asintió.

—Sí.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí.

—¿Quién es?

—Se llamaba Elena.

—¿Y qué relación tenías con ella?

—Éramos amigos.

—¿Sólo amigos?

No contestó.

No necesitaba hacerlo.

Su silencio fue una respuesta.

Me llevé una mano a la boca.

Veintiocho años de matrimonio.

Tres hijos.

Una casa.

Una vida.

Y de pronto una mujer desconocida aparecía desde el pasado con una bebé que, según una nota, debía entregarme a mí.

—¿Daisy es hija de Elena? —pregunté.

—Sí.

—¿Y quién es el padre?

Christopher bajó la mirada.

—No lo sé.

—Christopher.

—No lo sé.

El doctor intervino.

—Hay información médica que quizá pueda aclarar algunas cosas.

—¿Qué información?

—El expediente de la bebé incluye antecedentes familiares.

El hombre abrió otra carpeta.

—Y hay algo que nos llamó la atención.

—¿Qué?

—El tipo de sangre.

Miró los papeles.

Después a Christopher.

—Daisy tiene un tipo de sangre que coincide con el de su esposo.

Mi corazón dio un vuelco.

—Eso no significa nada —dijo Christopher inmediatamente.

El doctor frunció el ceño.

—No, por sí solo no.

Pero entonces sacó otra hoja.

—También hay una anotación en el expediente prenatal.

La acercó.

—El padre biológico fue identificado hace años.

Miré el documento.

Había un nombre.

No pude leerlo de inmediato.

Mi vista estaba nublada por las lágrimas.

Christopher tomó aire.

—No lo leas.

Levanté la mirada.

—¿Por qué?

—Porque no es lo que parece.

—Entonces dime qué parece.

Él no respondió.

Miré nuevamente la hoja.

Esta vez lo vi.

El nombre.

Christopher Hayes.

Mi esposo.

Mi compañero durante veintiocho años.

El padre de mis tres hijos.

El hombre que había dormido junto a mí todas las noches durante casi tres décadas.

Sentí que el piso desaparecía.

—Tú eres su padre.

Christopher empezó a llorar.

—Rebecca…

—Tú eres el padre de Daisy.

—No exactamente.

—¿Qué significa “no exactamente”?

—Yo pensé que había muerto.

Lo miré sin comprender.

—¿Quién?

Christopher señaló la fotografía de Elena.

—Ella.

La enfermera se llevó una mano al pecho.

El doctor quedó inmóvil.

—Elena no murió hace veinticinco años —dijo Christopher—. Desapareció.

Me quedé helada.

—¿Y ahora?

—Ahora alguien la encontró.

—¿Dónde está?

Christopher levantó la mirada.

—En este hospital.

Mi corazón se detuvo.

—¿Elena está aquí?

Él negó lentamente.

—No.

—Entonces, ¿dónde?

Christopher sacó su teléfono.

La pantalla estaba llena de mensajes.

Me mostró uno.

Era de un número desconocido.

Sólo decía:

“Ya entregaste a la niña. Ahora cumple tu parte.””

Debajo había una fotografía.

Era una imagen reciente.

Una mujer acostada en una cama.

Pálida.

Con tubos alrededor del rostro.

Y aunque habían pasado veinticinco años…

La reconocí por los ojos.

Era la mujer de la fotografía.

Elena.

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Entonces llegó otro mensaje.

“Si Rebecca descubre quién es Daisy antes del amanecer, los tres van a perderlo todo.””

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