Chapter 13: La verdad que una madre se llevó a la tumba
Durante todo el camino hacia Atlixco, nadie habló.
Yo miraba por la ventana mientras las casas quedaban atrás y el cielo se llenaba de una luz dorada.
Pero dentro de mí todo seguía oscuro.
La frase de Laura se repetía una y otra vez.
“Esa bebé también tiene sangre de nuestra familia.””
Miré a Christopher.
—¿Tienes otra hija?
Él mantenía los ojos en el camino.
—No que yo sepa.
—Eso ya no me sirve.
—Rebecca…
—Veintiocho años, Christopher.
Mi voz salió tranquila.
Demasiado tranquila.
—Veintiocho años creyendo que conocía a mi esposo. Ahora resulta que tienes una hija que nació esta madrugada y que alguien usó para engañarme.
—No sabía que existía.
—¿Y cómo sabes que no existe otra?
Christopher apretó las manos sobre el volante.
—Porque jamás tuve una relación con nadie después de casarnos.
Lo miré.
—Eso espero.
Jacob estaba sentado en el asiento trasero.
No dijo nada.
Después de unos minutos, habló.
—Mamá.
—¿Sí?
—Encontré algo antes de salir de la clínica.
—¿Qué?
—El registro de la bebé.
Christopher frenó ligeramente.
—¿Qué registro?
Jacob sacó su teléfono.
—No aparece como hija de una mujer desconocida.
Me incliné hacia atrás.
—¿Entonces?
—La madre se llamaba Amelia Brooks.
El nombre no significaba nada para mí.
Pero Christopher reaccionó.
Fue apenas un movimiento.
Un parpadeo.
Un cambio en su respiración.
Lo vi.
—¿La conoces?
—No.
—Christopher.
—No.
Jacob miró la pantalla.
—Papá, hay una fotografía.
Le mostró el teléfono.
Christopher miró la imagen.
Y su rostro se quedó sin color.
—Dios mío.
Tomé el teléfono.
Era una mujer joven.
Cabello castaño.
Ojos claros.
Y un pequeño lunar junto a la boca.
—¿Quién es?
Christopher tardó en responder.
—La conocí hace veintitrés años.
Sentí que algo dentro de mí se rompía otra vez.
—¿Dónde?
—En un restaurante.
—¿Y?
—Hablamos.
—¿Cuánto tiempo?
—Una noche.
—¿Sólo una noche?
—Sí.
—¿Y después?
Christopher tragó saliva.
—Nunca volví a verla.
Jacob levantó la mirada.
—Eso no es exactamente cierto.
Christopher lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Hay registros telefónicos.
Jacob deslizó el dedo.
—Amelia te llamó durante casi seis meses.
Mi esposo cerró los ojos.
—No sabía que estaba embarazada.
—¿Por qué nunca me dijiste que existía?
—Porque pensé que había sido una aventura sin importancia.
La palabra me dolió.
“Aventura.””
No importaba si había ocurrido una sola vez.
Me importaba que hubiera elegido ocultármelo.
—¿Ella te dijo que estaba embarazada?
—Sí.
—¿Y qué hiciste?
—Le pedí una prueba.
—¿Y?
—Dijo que no quería nada de mí.
—¿La volviste a ver?
Christopher negó.
—Nunca.
Jacob intervino.
—Pero ella sí intentó encontrarte.
—¿Cómo lo sabes?
—Hay correos.
Me quedé mirando el camino.
—¿Y qué decía?
Jacob leyó uno.
—“Christopher, necesito hablar contigo. No quiero dinero. Sólo necesito que conozcas a tu hija.””
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Cuándo fue enviado?
Jacob miró la fecha.
—Hace veintidós años.
Veintidós.
La misma edad que Jacob.
La misma edad que había tenido yo cuando renuncié a la idea de tener una hija.
Cerré los ojos.
—¿Y tú nunca recibiste ese correo?
Christopher negó.
—No.
Jacob mostró otra información.
—Fue enviado a una dirección que papá ya no utilizaba.
—¿Quién la tenía?
Jacob tardó en contestar.
—George.
El automóvil quedó en silencio.
—Mi padre interceptó el mensaje.
Christopher apretó el volante.
—Entonces él sabía.
—Sí.
—Sabía que tenía una hija.
—Sí.
—¿Y la ocultó?
Jacob asintió.
—Y hay más.
—¿Qué?
—Amelia murió esta madrugada.
Miré a Christopher.
—La madre de la bebé.
Jacob asintió.
—Murió después del parto.
El silencio se volvió insoportable.
Entonces comprendí.
La bebé no había sido abandonada.
Había sido utilizada.
Alguien había esperado el nacimiento para convertir a una niña inocente en una pieza de un juego que llevaba décadas.
—Tenemos que encontrarla —dije.
Christopher asintió.
—Sí.
Llegamos a la dirección de Laura poco después.
Era una casa pequeña, rodeada de árboles.
La puerta estaba abierta.
Bajamos.
—Laura —grité.
No hubo respuesta.
Entramos.
La casa estaba vacía.
Una taza de café todavía estaba sobre la mesa.
Había una cobija doblada en una silla.
Y sobre el piso encontré un pequeño zapato de bebé.
—Daisy estuvo aquí.
Jacob revisó las habitaciones.
—Mamá.
Corrí hacia él.
—¿Qué encontraste?
Una fotografía.
Laura aparecía junto a una adolescente.
La joven tenía el mismo lunar que Amelia.
—¿Quién es ella?
Jacob miró el reverso.
—Daisy.
Sentí que las piernas me temblaban.
—Entonces está aquí.
Una puerta se cerró en el segundo piso.
Christopher levantó la mirada.
—Arriba.
Subimos.
Encontramos una habitación con juguetes.
Había ropa doblada.
Libros.
Fotografías.
Daisy había vivido allí durante años.
En una pared había una fotografía de Laura con una niña pequeña.
La niña sonreía.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Ella no sabía nada.
Christopher miró la foto.
—No.
Entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.
Laura apareció en la puerta.
Tenía las manos levantadas.
—No se acerquen.
—Laura.
—¿Dónde está Daisy?
—Segura.
—¿Dónde?
Laura miró a Christopher.
—Richard la tiene.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
—La encontró antes de que ustedes llegaran.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Christopher dio un paso.
—¿Qué le hizo?
—Nada.
—¿Estás segura?
—Sí.
Laura comenzó a llorar.
—Richard no quiere lastimarla.
—Entonces, ¿qué quiere?
—Que tú vayas.
Me señaló.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
Laura tomó una fotografía.
Era una imagen de mi madre.
Y junto a ella estaba Amelia.
—Tu madre conocía a Amelia.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Amelia era hija de una mujer que trabajó con tu mamá.
—¿Y por qué importa?
Laura me entregó un sobre.
—Porque Amelia descubrió quién eras.
—¿Quién soy?
Laura asintió.
—Tu madre no era tu madre biológica.
No pude moverme.
—No.
—Rebecca…
—¡No!
Elena ya me había dicho que había sido cambiada al nacer.
Pero aquello era diferente.
—¿Quién es mi madre?
Laura negó.
—No lo sé.
—Entonces ¿por qué dices que mi mamá no era mi madre?
—Porque ella misma lo escribió.
Abrí el sobre.
Había una carta.
La letra era de mi madre.
“Mi querida Rebecca:
Si algún día alguien te dice que no soy tu madre, no le creas completamente.
Te crié.
Te amé.
Y eso me convierte en tu madre.
Pero nunca tuve el valor de contarte de dónde venías.””
Las lágrimas me nublaron la vista.
La carta continuaba.
“Tu padre biológico murió antes de que tú pudieras conocerlo.””
Sentí que el pecho me dolía.
“Era hermano de Michael Bennett.””
Levanté la mirada.
Thomas.
La misma familia.
La misma sangre.
La misma mentira.
Y entonces llegué a la última línea.
“Pero hay una razón por la que George quiso separarte de tu hermana.””
Mi respiración se detuvo.
“Porque tú eras la heredera principal.””
Laura habló.
—La propiedad nunca perteneció a George.
—¿A quién?
—A tu familia.
Me quedé mirando la carta.
Entonces mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Dónde está Daisy?
Richard respondió.
—En el lugar donde todo empezó.
—¿Dónde?
—En el viejo rancho Santa Isabel.
—Voy para allá.
—Sola.
—No.
—Si llevas a Christopher, Daisy desaparece.
—¿Qué quieres de mí?
—Que vengas a reclamar lo que te pertenece.
La llamada terminó.
Miré a Christopher.
—Voy.
—No sola.
—Dijo que…
—No me importa lo que dijo.
Tomó las llaves.
—Esta vez no voy a dejar que vuelvan a decidir por ti.
Jacob se acercó.
—Yo también voy.
Lo miré.
—No.
—Mamá.
—No quiero perderte también.
Jacob me abrazó.
—No me vas a perder.
Y por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, sentí algo parecido a esperanza.
Pero cuando salimos de la casa, vimos un automóvil estacionado frente a nosotros.
Dentro estaba Richard.
Y en el asiento trasero, Daisy.
La verdadera Daisy.
Viva.
Asustada.
Mirándome directamente.
Richard bajó la ventana.
—Rebecca.
Yo di un paso.
—Déjala ir.
—Primero dime una cosa.
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—¿Qué?
—¿Estás lista para descubrir quién era realmente tu madre?