Chapter 3: La mujer que volvió de entre los muertos
A las cuatro y diecisiete de la mañana, descubrí que mi esposo no sólo me había ocultado una mujer.
Me había ocultado una hija.
Y alguien estaba dispuesto a destruir nuestra familia para que yo jamás supiera la verdad completa.
—¿Dónde está? —pregunté.
Christopher no levantó la mirada de su teléfono.
—Rebecca…
—Te pregunté dónde está Elena.
—No lo sé.
—Acabas de mostrarme una fotografía de ella en un hospital.
—La fotografía no dice dónde.
—Entonces averígualo.
El doctor Carter intervino.
—Hay un problema.
Todos lo miramos.
—¿Qué problema?
—La fotografía fue tomada dentro de este hospital.
Sentí un escalofrío.
—¿Estás seguro?
—Reconozco el cuarto.
Christopher se puso de pie.
—Entonces está aquí.
—No necesariamente —dijo el doctor—. Tenemos varias áreas restringidas.
—¿Y por qué alguien me enviaría esa foto?
Nadie respondió.
Miré hacia la puerta.
Daisy estaba en la estación de enfermería.
Tan pequeña.
Tan indefensa.
Y yo sentía que el mundo entero se estaba moviendo alrededor de ella.
—Quiero verla.
La enfermera asintió.
Regresamos al área de maternidad.
Daisy estaba dormida.
Me acerqué.
Cuando tomé su manita, sus dedos se cerraron alrededor de mi índice.
Sentí que las lágrimas regresaban.
—No sé quién te hizo esto —susurré—, pero nadie va a quitarte de mis brazos.
Christopher me escuchó.
—Rebecca…
—No.
Lo miré.
—Todavía no quiero escuchar excusas.
—No son excusas.
—Entonces dime la verdad.
—Te la voy a decir.
—Ahora.
Christopher miró a Daisy.
—Hace veinticinco años, conocí a Elena cuando trabajaba en un proyecto fuera de la ciudad.
—¿Y?
—Ella estaba embarazada.
—¿De ti?
Cerró los ojos.
—Eso creíamos.
Me quedé completamente quieta.
—¿Qué quieres decir con “creíamos”?
—Elena me dijo que el bebé era mío.
—¿Y tú le creíste?
—Sí.
—¿Entonces por qué nunca me dijiste?
Christopher se quedó en silencio.
—Porque cuando te conocí, Elena había desaparecido.
—¿Y tú decidiste simplemente seguir con tu vida?
—Pensé que estaba muerta.
—¿Y si no lo estaba?
—Nunca tuve pruebas.
—¿Nunca intentaste buscarla?
—Sí.
Lo miré con incredulidad.
—¿Cuánto tiempo?
—Años.
—¿Y después?
—Me detuve.
—¿Por qué?
—Porque nacieron nuestros hijos.
Aquella respuesta me dolió más de lo que esperaba.
—¿Y eso te dio permiso de olvidar que quizá tenías otra hija?
—No la olvidé.
—¡Entonces me mentiste!
Christopher bajó la cabeza.
—Tenía miedo.
—¿De qué?
—De perderte.
Me alejé de él.
—Ya me perdiste.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero yo no podía consolarlo.
No todavía.
Una enfermera apareció corriendo.
—Doctor.
—¿Qué pasa?
—La habitación 317.
El doctor palideció.
—¿Qué ocurrió?
—La paciente está despierta.
Christopher dio un paso adelante.
—¿Quién?
La enfermera lo miró.
—La mujer que ingresó esta noche bajo el nombre de Elena Vargas.
Mi esposo se quedó sin palabras.
Yo sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—Llévame con ella.
La enfermera dudó.
—Señora, usted no puede entrar.
—Es la madre de Daisy.
—Lo sé.
—Entonces llévame.
El doctor intervino.
—Yo iré con ella.
Christopher intentó seguirnos.
—Tú no.
Me giré.
—¿Qué?
—Creo que será mejor que yo hable primero con Elena.
—No.
—Rebecca…
—Llevas veinticinco años hablando por ella.
Me acerqué.
—Esta vez va a hablar ella.
Christopher no insistió.
El doctor y yo caminamos hacia el elevador.
Cada piso parecía tardar una eternidad.
Cuando llegamos al tercero, el pasillo estaba casi vacío.
El doctor me condujo hasta una puerta.
317.
Me detuve.
—¿Qué voy a encontrar?
—No lo sé.
—¿Está grave?
—Mucho.
Respiré profundamente.
Entré.
La mujer de la fotografía estaba acostada.
Era mucho mayor de lo que imaginaba.
Tenía el cabello oscuro con algunas canas.
El rostro delgado.
Los labios resecos.
Pero sus ojos…
Eran exactamente los mismos.
Me miró.
Y comenzó a llorar.
—Rebecca.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Me conoces?
Elena asintió.
—Desde hace mucho tiempo.
—¿Por qué?
Ella intentó incorporarse.
El doctor la ayudó.
—Daisy.
Mi cuerpo se tensó.
—Está abajo.
Elena cerró los ojos.
—Gracias.
—¿Por qué me la entregaste?
Elena empezó a llorar.
—Porque no tengo tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para decirte la verdad.
Me acerqué a la cama.
—Entonces habla.
Elena respiró con dificultad.
—Christopher no es el padre de Daisy.
Me quedé paralizada.
—¿Qué?
—Él creyó que lo era.
—Pero el expediente…
—Fue falsificado.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Por quién?
Elena miró hacia la puerta.
—No aquí.
—¿Por quién?
Sus dedos comenzaron a temblar.
—El hombre que vino por ella.
—Thomas.
Elena asintió.
—Thomas sabe quién es el verdadero padre.
—¿Quién?
Elena me miró directamente.
—Tu esposo.
—Acabas de decir que no es Christopher.
—No hablo de Christopher.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces de quién?
Elena tomó aire.
—Del hombre que Christopher creyó que estaba muerto.
La puerta se abrió.
Christopher apareció.
—¡Rebecca!
Elena se puso pálida.
—No.
Yo me giré.
—¿Qué pasa?
Elena levantó una mano.
—No dejes que entre.
Christopher se detuvo.
—Elena, tenemos que hablar.
—¡Fuera!
La voz de Elena salió débil, pero desesperada.
Christopher miró al doctor.
—Está confundida.
—No estoy confundida —respondió Elena.
Me miró.
—Rebecca, escucha con cuidado.
Me acerqué.
—Te escucho.
—Hace veinticinco años, alguien quiso quedarse con mi hija.
—¿Quién?
—El padre de Thomas.
Christopher cerró los ojos.
Elena continuó.
—Él tenía dinero, poder y miedo de que la verdad saliera a la luz.
—¿Qué verdad?
Elena me miró como si estuviera a punto de entregarme algo que había cargado durante un cuarto de siglo.
—Daisy no es sólo una bebé.
—¿Qué significa eso?
—Su nacimiento puede destruir a una familia entera.
Christopher dio un paso hacia nosotros.
—Elena, basta.
Ella gritó:
—¡Tú también sabes la verdad!
El doctor bloqueó el camino.
Christopher se detuvo.
Elena volvió a mirarme.
—Rebecca, necesito que hagas algo por mí.
—¿Qué?
—No confíes en nadie que te diga que Daisy debe irse del hospital.
—¿Por qué?
—Porque alguien ya intentó sacarla esta noche.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
—¿Quién?
Elena señaló a Christopher.
—Él sabe quién.
Miré a mi esposo.
Christopher estaba llorando.
—Rebecca, no fue como ella lo está haciendo parecer.
—Entonces explícate.
Antes de que pudiera responder, las luces del pasillo comenzaron a parpadear.
Una vez.
Dos veces.
Después se apagaron.
El hospital quedó sumido en oscuridad.
Escuchamos un grito desde el área de maternidad.
Y luego otro.
—¡La bebé!
Mi corazón se detuvo.
Corrí hacia la puerta.
—¡DAISY!
Christopher salió detrás de mí.
El doctor gritó por ayuda.
Las luces de emergencia se encendieron unos segundos después.
Pero la estación de enfermería estaba vacía.
La cuna de Daisy también.
En el piso había una cobija amarilla.
Nada más.
Me quedé sin aire.
—No…
Christopher se acercó.
—Rebecca…
Me agaché y recogí la cobija.
Todavía estaba tibia.
Entonces escuché mi teléfono vibrar.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Había una fotografía de Daisy.
Estaba en los brazos de un hombre cuyo rostro no podía verse.
Debajo había una sola frase:
“Ahora ya sabes por qué Christopher tuvo tanto miedo de contarte la verdad.””
Mi mano comenzó a temblar.
Llegó otro mensaje.
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Esta vez sólo decía:
“Si quieres volver a ver a la niña, dile a tu esposo que confiese quién es el verdadero padre antes de que salga el sol.””